27 de junio de 2018

LAS MUJERES Y EL PODERÍO, UNA MIRADA FEMINISTA


La era del feminismo, signada por el poder y la libertad
En la modernidad, el poder marca la compleja experiencia, la conciencia crítica
creciente y la identidad de las mujeres, porque el poder define la condición de género
de las mujeres cautivas bajo poderes de dominio por la marca patriarcal.
En pos de nuestra libertad, las mujeres hemos desarticulado poderes de dominio
y cambiado la faz de sociedades y culturas contemporáneas. La manera de
lograrlo ha sido a través de una política crítica en la convivencia y la vida cotidiana
y también en la vida pública, creando esos poderes vitales, distintos en su conformación
a los poderes tradicionales porque, a diferencia de éstos, no son opresivos.
Hemos hecho, en la práctica y en la teoría, una crítica permanente del poder
hegemónico y hemos demostrado que el poder opresivo no es eterno. Con nuestra
práctica política hemos revolucionado de manera radical el campo del poder al
inaugurar poderes para eliminar cualquier dominio y salir de la opresión.
Por eso, la revolución política feminista de las mujeres inaugura un nuevo
paradigma político, social y cultural, civilizatorio.
La política de las mujeres abarca dos grandes esferas: la vida cotidiana y la
política pública. Al afirmarnos en ambas, las mujeres hemos creado poderes vitales
no opresivos y hemos innovado el horizonte de lo político y el contenido de la
democracia. Configuramos una tendencia política estable al mantenernos y crecer
en influencia en distintos países y regiones, en sociedades y culturas diversas
y al haber logrado democratizar la modernidad y transformar el mundo concomitante
con la participación de las mujeres, con el conjunto de procesos derivados
que ello implica.

La política

La política es vista a través de diversas ideologías como acción pública
para acceder a posiciones que permiten incidir en la sociedad, como acción que permite acaparar poderes y ejercerlos sobre otros y, en esa tesitura, es
común la interpretación que la valora como acción negativa cargada de abusos,
trampas y corrupción. Porque la política hegemónica preserva poderes,
estructuras, relaciones e instituciones de dominación, ha sido vista críticamente
y denunciada por quienes ocupan posiciones sociales de sujeción o son
víctimas de ese dominio.
Sin embargo, la política es vista, también, cada vez por más mujeres como
acción emancipadora en sí misma, debido a su potencial transformador del pacto
social, de los modos de vida y de la cultura.
De manera paradójica, cuando la política hegemónica viene de retirada y la
desesperanza política avanza, las mujeres participamos más, con visibilidad y
relativa incidencia. Muchas lo hacen por primera vez en relación con la generación
anterior. La educación escolarizada, la formación cívica ideológica y política,
el trabajo y la participación en organizaciones gremiales, o la acción comunitaria,
han incrementado el número de mujeres que quieren hacer política además
de participar en procesos sociales y civiles.
Muchas mujeres reconocen que, a pesar de lo negativo de la política,
desde sus espacios es posible potenciar la autoridad del discurso y concretar
acuerdos imprescindibles para lograr cambios, defender posiciones o
consolidar en la sociedad y en el Estado cambios sociales, económicos,
legislativos, judiciales y culturales imprescindibles desde una perspectiva
de género.
En este sentido, la política contiene la capacidad de ser vía del empoderamiento
colectivo de las mujeres, del empoderamiento de quienes hacen política
y de la ampliación de poderes de mujeres poderosas.
Si arriban mujeres con conciencia, tradición y acciones políticas de género,
su presencia y participación contribuye a llevar a la esfera de la política las necesidades,
las aspiraciones, los intereses, las denuncias y las propuestas de mujeres
que construyen alternativas sociales. Esa amalgama de elaboraciones se convierte
en agenda política y las mujeres aparecen con un perfil político específico
de género.
Construir la fuerza política de género de las mujeres en la esfera de lo político
es un hecho de empoderamiento y se convierte no sólo en un medio sino en
una alternativa transformadora de las relaciones de poder de género y de sus
mecanismos de reproducción en un ámbito de visibilidad pública y, por ende,
potencialmente influyente en las costumbres y normas sociales. Lo que no ocurre
siempre. Pocas mujeres de clases, etnias y otros grupos subalternos llegan a
espacios políticos. Los partidos políticos que acogen a mujeres y hombres establecen
mecanismos de supremacía masculina.
Así, para llegar a las instituciones, a los parlamentos y organismos de representación
ciudadana o popular, las mujeres han pasado ya por un cedazo político
de género.

La cultura feminista

En los últimos tres siglos, con énfasis durante el siglo XX, se ha ampliado la experiencia
de las mujeres con transformaciones en la cotidianidad y en el sentido de la
vida. A ello han contribuido los esfuerzos para erradicar la reclusión de las mujeres,
al lograr su movilidad territorial y su participación económica, social y política. La
educación y el acceso a la cultura moderna científica e ilustrada han permitido eliminar
la especialización de género con la incursión de las mujeres en oficios, trabajos
y actividades, así como con la apertura de esferas vedadas.
Dichas innovaciones constituyen la base de una comunicación inédita entre las
mujeres y de acciones políticas colectivas para cambiar el mundo y la propia condición
de género. Nada de esto sucedería sin la reflexión crítica y la voluntad de las mujeres.
Al ser tocadas por esta profunda conmoción vital, las mujeres hemos tenido
un profundo impacto social y cultural a través de acciones políticas y de luchas
para eliminar condiciones opresivas de vida. La búsqueda ha estado regida por
las promesas utópicas de la modernidad, marcada crítica y radicalmente por el
feminismo. Entre la vivencia personal y compartida y la trascendencia política
han mediado la reflexión, la afectividad y el pensamiento críticos y discordantes,
generadores de nuevos enfoques e interpretaciones, investigaciones, conocimientos
y teorías sobre el significado del hecho político para nosotras.
Caracterizan al feminismo los deseos, los anhelos y los afanes de las mujeres
por entender el mundo desde nuestra propia experiencia y subjetividad, por transformarlo
y cambiar la propia vida. El impulso feminista de las mujeres ha sido
fuente creadora de una dimensión democratizadora de la historia contemporánea
sin la cual la modernidad como la conocemos no existiría.
La cultura feminista, basada en la visión del mundo y en los movimientos políticos
feministas, es la contribución civilizatoria personal y colectiva más importante
fraguada políticamente y realizada por las mujeres en la historia.
Nunca antes del surgimiento del feminismo en diferentes países, las mujeres
se habían identificado, reconocido y agrupado con fines políticos de género ni
habían hecho política desde su propia condición en la magnitud y con la incidencia
lograda en esta era.
El hecho político feminista ha sido contundente y su impulso e impacto signan
la identidad de millones de mujeres de culturas, países y generaciones
diversas, en distintos momentos, diseminados a lo largo de tres siglos. A pesar
de que en ese transcurso no todas las mujeres han sido implicadas en él, el
feminismo ha marcado de manera compleja a distintas sociedades e incidido
en las desigualdades de género y en la mejora de las oportunidades de desarrollo
y participación de las mujeres. En las sociedades más influenciadas por el
feminismo, la vida es más abierta y participativa y tiende a relaciones equitativas
entre mujeres y hombres.
Sin el feminismo viviríamos bajo una densidad oscurantista y opresiva
patriarcal que abarcaría la vida toda. Pero el feminismo ha contribuido a desvalijar
al patriarcado y, a pesar de que vivimos en sociedades con diversos grados,
estilos e historias patriarcales, el feminismo ha contribuido a abrir fisuras
y a extender alternativas sociales, culturales y políticas de tal magnitud
que, hoy en día, su impacto forma parte de la configuración de las democracias
más avanzadas.
El feminismo se ha traducido en calidad de vida para las mujeres, la cual,
para concretarse, ha requerido de la ampliación del proyecto social con sentido
solidario. La presencia y las contribuciones de las mujeres han favorecido avances económicos en la producción y la distribución ampliada de bienes y recursos,
la generación de oportunidades sociales, de opciones educativas y políticas; la
crítica feminista del mundo se ha concretado en alternativas al desarrollo, con el
diseño y el impulso de transformaciones sociales, económicas y jurídicas e incluso
en avances científicos y culturales.
De manera simultánea, aunque no automática, y con enormes conflictos, se
ha propiciado la creciente presencia y participación política, económica, social y
cultural de las mujeres. Sin ellas no se habría producido el mejoramiento social
ni el progreso de género, es decir, el avance en la eliminación de las formas y las
condiciones de la opresión y la construcción de alternativas sociales de convivencia
genérica equitativa entre mujeres y hombres.
Los movimientos feministas han impulsado cambios de creencias y de mentalidades.
En los ámbitos de influencia de la cultura feminista se despliegan formas
de pensamiento crítico, se incrementan procesos de secularización cada vez
que se eliminan poderes religiosos sobre la subjetividad de las mujeres y sobre
las normas que constriñen sus vidas. Con ello se abren paso tendencias a eliminar
creencias y normas dogmáticas.
El feminismo se ha nutrido del pensamiento científico y, al mismo tiempo, sus
exigencias críticas han propiciado el desarrollo científico así como el pensamiento
filosófico.
Las intelectuales, las académicas, las científicas y las artistas feministas han
generado nódulos epistemológicos, nuevos problemas para las ciencias, la filosofía
y las humanidades, han producido conocimientos diferentes sobre viejos problemas
y han planteado nuevos problemas y formas de pensarlos. Al invalidar verdades
dogmáticas han abierto mecanismos y esferas de innovación en los lenguajes
y las representaciones simbólicas, en los discursos y las formas de expresión
de lo reprimido y prohibido, lo imaginado y experimentado. Esta renovación y elaboración
cultural ha sido cauce del surgimiento constante de nuevos deseos y la
ampliación de exigencias y expectativas vitales.
Por todo ello, el feminismo es una dimensión política radical de la modernidad.
Su método ha sido la crítica, la rebeldía, la subversión, la trasgresión creadora de alternativas paradigmáticas. Ha creado rupturas sustantivas con la vida
social moderna tan profundas que cimientan un nuevo paradigma civilizatorio
basado a su vez en un nuevo paradigma de género en proceso.
Ruptura y nuevo paradigma
El punto de ruptura del feminismo con la modernidad es el patriarcado. La
crítica política feminista trastoca las relaciones genéricas y asume cambios en la
condición de las mujeres, las estructuras sociales, las relaciones y las prácticas
sociales, las instituciones y las relaciones de poder, así como en las concepciones
y valores y en el sentido del mundo y de la vida.
El feminismo surge como una revolución personal y social marcada por la disidencia
con los otros y con el mundo. Se convierte en una sintonía compleja y contradictoria
entre mujeres diversas y sus acciones y repercusiones dan lugar a una
revolución radical que no irrumpe, sino que sucede, y no usa la violencia como
recurso de transformación. Es en sí mismo un nuevo paradigma en desarrollo.
La génesis paradigmática ha echado a andar con la rebeldía e insumisión de
millones de mujeres que han llevado a vivir y producir cambios discontinuos que
impactan y benefician también a mujeres y hombres que no coinciden con su
sentido.
La gran alternativa feminista se dirige a eliminar la opresión de género, basada
en el sexo y, a la vez, a construir alternativas de vida social basadas en una
sexualidad no opresiva y relaciones de género no opresivas. Busca hacer posible
una vida social que potencie a las mujeres y haga accesibles para las mujeres los
avances de la modernidad.


http://yosoyjoven.com/assets/biblioteca/empoderamiento%20lagarde.pdf

26 de junio de 2018

Vías para el empoderamiento de las mujeres.

Una de las vías para lograrlo es usar el propio empoderamiento para avalar, prestigiar,
legitimar, autorizar y sustentar a otras mujeres, sus creaciones, propuestas
y acciones, así como a instituciones, movimientos o causas y, de manera recíproca,
recibir el aval para empoderarnos.
Una vía fundamental para hacer más profundo, permanente y abarcador el
empoderamiento consiste en que las leyes reconozcan el adelanto, el valor, los
derechos, las oportunidades y las aportaciones de las mujeres, así como la
legitimidad y la autoridad de dicho avance frente a la sociedad. Es preciso llevar
a las leyes, es decir, a un pacto jurídico político en el Estado, el derecho
al adelanto de las mujeres, porque la compulsión jurídica es mayor garantía
de respeto de tal derecho, aun por quien no está de acuerdo y porque lo logrado
por algunas puede convertirse en derecho de todas por la vía de los derechos
sociales grupales.
El empoderamiento se sustenta también en procesos pedagógicos de género,
educativos y políticos entre mujeres, implícitos en la crianza y la formación:
quien enseña – la madre, la maestra, la dirigenta, la trabajadora o la empresaria
experimentada, la colega solidaria – apoya el empoderamiento de la otra mujer –
su hija, alumna, colega o compañera. Y a la inversa sucede también, cuando la
hija, la alumna, la colega, en pos de la satisfacción de sus necesidades, exige el
desarrollo de habilidades, fortaleza y autoridad de la otra mujer – su madre,
maestra, socia o colega – y muestra sus propios poderes vitales. En ambos sentidos
estamos ante procesos de empoderamiento que se potencian si la interacción
tiene incidencia recíproca.
Como es evidente, empoderarse es un proceso de generación y acopio de nuevos
poderes. Se trata de poderes vitales cuya característica es que no se basan
en la opresión de nadie y permiten a la vez eliminar el binomio dominio-opresión
en que estamos inmersas. Los poderes vitales permiten independencia y autonomía
– autosuficiencia – material, social, subjetiva – sexual, intelectual, afectiva
– y ética.
Empoderarse de manera personal se concreta en la individuación, es
decir, en la transformación personal en un ser individual: único e independiente,
con personalidad y concepciones propias, con capacidad de decidir y de actuar por cuenta propia, con movilidad y autodeterminación. La autoestima,
la seguridad y la confianza se incrementan al empoderarse. Y cuando
empoderarse se produce en grupos y movimientos, se condensa en la
conciencia de tener una identidad grupal específica, en el desarrollo o la
consolidación de una visión compartida del mundo y de la vida y en la legitimidad
de las integrantes para actuar en nombre del movimiento o del
grupo con autoridad. Desde luego, la autoestima de grupo, el orgullo de pertenencia
y su valoración incrementan los poderes vitales, tanto individuales
como del grupo.

El empoderamiento

Hablamos de cambio profundo, significativo, cuando los avances sociales no
han dejado atrás a las mujeres o no se han cebado en ellas, sino que, al tomar
en cuenta las necesidades y los aportes de las mujeres, se han traducido en su
empoderamiento.
El empoderamiento está enmarcado en la emancipación y su sentido es la
constitución de las mujeres en sujetas.
Por eso, impulsar el empoderamiento de las mujeres en su proceso de emancipación
es una de las aspiraciones más insistentes y un eje prioritario de las acciones
políticas en las últimas décadas. Por su propia voluntad, las mujeres determinan
salir de la inferiorización, la sujeción, la tutela, el sometimiento y la colonización de
género, mecanismos políticos que reproducen su opresión integral. El empoderamiento
contiene las acciones concretas y los recursos para lograrlo.
El empoderamiento es un camino efectivo y sólido de las mujeres para salir de
sus cautiverios y eliminar los cautiverios que enajenan a las mujeres como género.

¿De dónde surge el empoderamiento?

Se ha requerido la contribución de una gran cantidad de mujeres de manera
personal y de movimientos de mujeres para concebir el empoderamiento como
una necesidad. Hemos llegado a esa conclusión tras experiencias de participación
que no colman el anhelo de fortaleza política personal y colectiva.
La dimensión práctica del empoderamiento es lograr que las mujeres no flaqueen,
no sean víctimas de chantaje, hostilidad emocional o ideológica, no se
expongan a la violencia o bien que se retiren de cuadros, situaciones o ciclos de violencia; consiste también en lograr que aprendan a protegerse y evitarla y que,
al hacer frente a los retos no sólo se mantengan sino que profundicen y avancen
en sus convicciones, sus intereses y sus nuevos objetivos.

¿Qué es empoderarse?

Si las mujeres incorporan su experiencia y sus avances como parte de ellas
mismas y se transforman, se empoderan, ya que cambia su subjetividad, amplían
su visión del mundo y de la vida, aumentan sus capacidades y habilidades y
su incidencia, adquieren seguridad y fortaleza; o sea, al interiorizar ese conjunto
de poderes vitales, adquieren potencia vital.
Así, fortalecerse, aprender, imaginar, inventar y crear son poderes vitales específicos
generados frente a los desafíos vitales. Todas ellas son características subjetivas
producto del empoderamiento y además lo propician. De manera independiente
de los triunfos se crea un plus de experiencia, un plus de conocimientos, un plus de
vínculos sociales o afectivos, un plus de autovaloración y autoestima y, además,
poderes de reconocimiento, visibilización, interlocución, negociación o pacto, poderes
para transformar, para incidir y lograr la consecución de objetivos.
El empoderamiento tiene en la experiencia de legitimidad uno de sus ejes fundamentales.
Cada mujer, grupo o movimiento se legitima, aunque no sea por
aprobación social o de los otros, sino que cada quien se otorga legitimidad y se
autoriza. El poder vital que se crea en esa experiencia es la autoridad propia sin
necesidad de reconocimiento externo y contribuye a convencer a otros y a lograr
su reconocimiento y, en ocasiones, su aprobación, al eliminar prejuicios y al dar
paso a la valoración positiva de las mujeres, de sus propuestas, sus acciones e
innovaciones y de sus maneras de ser y de vivir.

http://yosoyjoven.com/assets/biblioteca/empoderamiento%20lagarde.pdf

19 de junio de 2018

Trabajadoras domésticas inmigrantes explotadas en Medio Oriente



Hay un gran número de personas que viven fuera de sus países de origen, lo que hace cada vez más evidente la necesidad de parámetros legales más fuertes para proteger a los migrantes más vulnerables cuando violan sus derechos.

“Es importante atender las cuestiones específicas a las que deben hacer frente las trabajadoras migrantes en Medio Oriente”, subrayó Somayya Mohammed, abogada especializada en migraciones, en entrevista con IPS.

“Las trabajadoras domésticas migrantes representan una parte importante de la fuerza laboral regional en el sector informal y están entre los grupos de trabajadores más vulnerables”, precisó.

El Pacto Mundial sobre Refugiados que negocian los estados miembro de la Organización de las Naciones Unidas se concentra en cuestiones de derechos laborales y humanos, entre otros.

También será un instrumento significativo para mejorar la gobernanza en materia de migraciones y hacer frente a los desafíos que plantean en la actualidad los desplazamientos de personas.

La región del Golfo tiene unos 2,4 millones de migrantes, tradicionalmente procedentes de países asiáticos, la mayoría de Filipinas, Indonesia e India.

Las trabajadoras extranjeras en el Golfo forman parte del sistema kafala (visa patrocinada), que les impide irse de los países de la región o cambiar de empleo sin el consentimiento del empleador inicial.

Si infringen la norma, pueden ser detenidas y castigadas por “fuga” con multas, detención y deportación.

Algunos países de la región comenzaron a reformar el sistema.

El Consejo Federal Nacional (parlamento) de Emiratos Árabes Unidos adoptó un proyecto de ley sobre los trabajadoras domésticas que, por primera vez, les garantiza un día de descanso semanal, 30 días de vacaciones pagas, licencia por enfermedad paga y no paga, y 12 horas de descanso al día, entre otros derechos laborales.

El gabinete de Qatar también adoptó un proyecto de ley que garantiza un día de descanso semanal, 30 días de licencia paga, 10 horas de trabajo diario y un pago por terminación de servicio.

“Son avances significativos, pero aún no están acordes al Convenio sobre las Trabajadoras y los Trabajadores Domésticos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT)”, recordó Human Right Watch (HRW), con sede en Nueva York.

Las normas de Omán, por ejemplo, son muy débiles y no contemplan penas para los empleadores que violan las reglas. Es el último país de la región que no garantiza derechos laborales en su legislación, reza la declaración.

“Las trabajadoras domésticas, en particular, se ven obligadas a trabajar en aislamiento y bajo duras condiciones laborales, y son vulnerables a agresiones sexuales, entre otras formas de abuso”, señala la organización.

Kuwait y Filipinas negocian un acuerdo, que al parecer garantizará una mayor protección y un marco normativo más fuerte para los trabajadores migrantes.

Muchos países asiáticos ahora verifican los contratos de sus ciudadanos en el exterior para chequear que los empleadores cumplen con un salario y condiciones laborales mínimas antes de permitirles viajar.

India y Sri Lanka también le piden a los patrocinadores depósitos de seguridad, que devuelven cuando la trabajadora regresa segura a su hogar.

Pero muchas investigaciones revelan que desde que los países asiáticos tomaron medidas para proteger a sus ciudadanas en el extranjero, los reclutadores extienden su demanda a lugares más baratos de África oriental, en especial a países donde hay mucha pobreza y un gran número de desempleados, lo que hace difícil rechazar la oferta laboral.

“La gente cree que van a ganar mucho dinero y se van a hacer ricos”, indicó una trabajadora de Tanzania que estuvo en Omán, al ser consultada por IPS.

“Pero no saben que se van al infierno”, alertó.

Cuándo se fue de Tanzania en 2014, creyó que había conseguido un trabajo soñado que le permitiría mantener a su familia en su país.

En cambio, pasó dos años virtualmente encerrada en la casa de su empleador, explotada y maltratada.

Tenía que hacer todas las tareas de la casa, ocuparse de cuatro niños, entre ellos un bebé recién nacido, y estar a disposición para levantarse a cualquier hora de la noche para cuidarlo, y luego levantarse a las cuatro de la madrugada para preparar el desayuno de la familia y aprontar a los niños para ir la escuela.

Además, podía comer dos veces al día las sobras, y le permitían comunicarse con su familia sólo 10 minutos cada dos meses.

Patricia Lawson, investigadora de la Coalición de Trabajadores Domésticas de Tanzania, entrevistó a 50 trabajadoras domésticas en Omán y Kuwait.

Unos 43 entrevistadas denunciaron que los empleadores les confiscaron sus pasaportes, las obligaron a trabajar siete días a la semana, y casi la mitad declaró que en un momento u otro las obligaron a quedarse en la casa o en los complejos residenciales, reveló Lawson, cuya organización se dedica a defender trabajadoras domésticas.

“La mayoría de las mujeres dijeron que sus empleadores les dificultaron la huida limitando sus comunicaciones durante semanas e impidiendo que se comunicarán con el mundo exterior”, detalló.

“Y por lo menos la mitad no tenían ninguna privacidad y las obligaban a dormir en el piso de los salones de estar”, relató Lawson.

Las mujeres que denunciaron agresiones sexuales dijeron que los hombres de la familia las agarraban, exponiéndose y entraban a sus habitaciones de noche. Muchas dijeron que las violaron.

“Los hombres se ponían violentos o nos amenazaban cuando nos negamos a sus avances”, denunció Aisha, otra trabajadora doméstica que estuvo en Emiratos un año y luego en Omán, dos.

“O le mentían a sus esposas, diciendo que traté de seducirlos”, añadió.

Las trabajadoras también denunciaron que no se podían comunicar con sus empleadoras por la barrera del idioma o por miedo a que las despidieran, indicó Lawson.

Además, dijeron que cuando se quisieron ir, sus empleadores o agentes les reclamaban que les devolvieran el dinero, y muchas veces era más de lo que habían ganado.

Un exfuncionario de la embajada de Tanzania en Omán dijo a IPS que ninguno de los casos de violación denunciados a la policía por trabajadoras domésticas que él había asistido habían avanzado, porque ellas se negaban al análisis forense o porque la policía, tras cuestionarlas, no les creía.

En el Golfo, cuando las autoridades no creen en una denuncia de violación, esta puede considerarse como una confesión de relaciones sexuales consensuadas, lo que deriva en cargos de zina (relaciones sexuales fuera del matrimonio) contra la víctima de violación.

La organización de Lawson les enseña a las mujeres a identificar las señales de explotación y hacen un seguimiento a las trabajadoras en el extranjero y llaman a la embajada si están en problemas.

Dada la falta de mecanismos de seguridad o de voluntad política para el cambio, es mejor “no decirle a las mujeres que no vayan, sino explicarles cómo viajar seguras”, explicó.

Según el informe de HRW de 2016, Tanzania amplió las protecciones a las trabajadoras domésticas en el extranjero a partir de 2011, pero todavía hay muchas falencias en las políticas migratorias y de reclutamiento, que las pone frente a un gran riesgo desde el comienzo y ofrecen pocas oportunidades de reparación.

Tanzania le pide a sus ciudadanos que procesen sus solicitudes de emigración a través del Ministerio de Trabajo, pero muchos trabajadores emigran sin seguir ese camino.

Las autoridades disponen que las mujeres emigren a través de una agencia de reclutamiento, pero no fijaron estándares mínimos de cómo esas organizaciones deben asistirlas en casos de abuso ni inspecciones o penas frente a casos de violación.

“Impulso investigaciones. No me encontré con ningún caso que fuera investigado”, observó Mickness Mahera, una dirigente política tanzana que ayuda a rescatar mujeres atrapadas en Medio Oriente, en entrevista con IPS.

Mahera reclama al gobierno que logre acuerdos laborales con los países del Golfo para proteger a las trabajadoras domésticas en el extranjero.

http://www.ipsnoticias.net/2018/03/trabajadoras-domesticas-inmigrantes-explotadas-medio-oriente/

31 de mayo de 2018

“Violencia contra las mujeres no es un fenómeno monolítico”



La precursora en el activismo contra la violencia hacia las mujeres Montserrat Sagot cree que “siempre es importante” que se levanten voces para visibilizarla, pero subraya que los movimientos latinoamericanos contra el fenómeno son diferentes a la campaña  #MeToo surgida en Estados Unidos.
En una entrevista con IPS, con motivo del Día Internacional de la Mujer, este 8 de marzo,  la directora del Centro de Investigación en Estudios de la Mujer de la Universidad de Costa Rica afirmó que el movimiento centroamericano y latinoamericano contra la violencia machista “siempre ha partido de un análisis político y estructural de la violencia”.
La académica y activista costarricense afirmó  que “siempre es importante que se levanten voces contra este serio y prevaleciente problema”, en referencia a movimientos como  #MeToo (yo también) que nació en octubre de 2017 en Hollywood, la capital de la industria del cine.
Pero la también coordinadora del grupo de trabajo “Feminismos, resistencias y procesos emancipatorios” del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) consideró que ese tipo de actividades surgidas en el Norte industrial, “homogenizan a las mujeres y nos hacen aparecer a todas como víctimas de las mismas formas de violencia”.
“Es decir, se omite un análisis de las diferentes formas de violencia que afectan a las mujeres según su condición de clase, de raza, de edad, de condición migratoria”, remarcó desde San José, y se soslayan realidades que “tienen un impacto sobre quiénes serán más afectadas por la violencia y están en mayor riesgo de morir”.
¿Qué movimientos de liderazgo y activismo contra la violencia hacia las mujeres han surgido en América Central, con personalidad propia?
MONSERRAT SAGOT: El movimiento por la no violencia contra las mujeres de Centroamérica es de los más viejos del continente y empieza sus actividades desde inicios de los años 90, con la creación de la Red Feminista Centroamericana contra la violencia. Este movimiento es pionero también en exigir la aprobación de legislación y políticas públicas contra la violencia.
De hecho, en Costa Rica se aprueba la ley contra la violencia doméstica en 1997 y luego desde Centroamérica surge el movimiento para llamar a incorporar el delito de femicidio como un tipo penal aparte del homicidio en los diferentes códigos penales. Algunos de los países de la región como Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Nicaragua ya lo incorporaron desde hace más de una década.
En ese sentido, los movimientos que existen son una continuidad de estas primeras iniciativas y responden a las condiciones de violencia extrema contra las mujeres que se viven en la región y convierten a Centroamérica en una de las regiones más violentas del mundo fuera de las zonas de guerra abierta.
De hecho, El Salvador, Guatemala y Honduras poseen algunas de las tasas de asesinatos de mujeres más altas del mundo.
¿Cómo han incidido estos movimientos en la concreción de políticas públicas y los resultados sobre violencia machista?
El movimiento ha sido muy exitoso en exigir la creación de políticas públicas y leyes contra la violencia hacia las mujeres. En casi todos los países se ha aprobado legislación y políticas sobre violencia doméstica e intrafamiliar y se ha incorporado el delito de femicidio o feminicidio en los códigos penales.
Lamentablemente, estas leyes y políticas no parecen haber tenido un impacto en la reducción de la violencia. Si bien existen las leyes y las políticas, esto no es suficiente para modificar una estructura social profundamente desigual y autoritaria en las sociedades centroamericanas que es lo que genera las condiciones de violencia exacerbada.
¿En qué se diferencia este activismo feminista regional y sus consignas como con los movimientos surgidos en 2017 en países del Norte? ¿Percibe particularidades con los movimientos latinoamericanos, como Ni una Menos o Ni una Más, nacidos en 2015?
El movimiento por la no violencia contra las mujeres en Centroamérica y América Latina en general siempre ha partido de un análisis político y estructural de la violencia. Es decir, la violencia contra las mujeres ha sido entendida como un componente estructural de un sistema de opresión profundamente imbricado con las condiciones de opresión económica y política.
Es decir, la violencia contra las mujeres ha sido un importante instrumento de muchas feministas de la región para desarrollar un análisis crítico de las interrelaciones entre el patriarcado, el capitalismo y el carácter represivo del Estado.
Me parece que estos planteamientos nos han alejado de visiones más culturalistas y a veces un poco ingenuas o individualistas que han sido desarrolladas por algunos movimientos del Norte. Es decir, que parten de que la violencia contra las mujeres es un problema de falta de educación o sensibilización y que si se educara más a las mujeres y a los hombres, la violencia disminuiría.
¿Cuál es su opinión sobre la propalación mundial de campañas como  #MeToo estadounidense, que estalló en las redes tras las denuncias de agresión sexual en la industria del cine de Hollywood?
Como activista en contra de la violencia por décadas, siempre me parece importante que se levanten voces contra este serio y prevalente problema. También me parece muy bien que voces de mujeres importantes se sumen a la lucha. Siempre es ganancia tener más personas involucradas.
Pero este tipo de movimientos, desde mi punto de vista, homogenizan a las mujeres y nos hacen aparecer a todas como víctimas de las mismas formas de violencia. Es decir, se omite un análisis de las diferentes formas de violencia que afectan a las mujeres según su condición de clase, de raza, de edad, de condición migratoria, etc.
Con eso quiero significar que si bien el problema de la violencia contra las mujeres es universal e histórico, no todas estamos expuestas al mismo nivel de riesgo y peligrosidad. En síntesis, ni la violencia contra las mujeres ni el feminicidio son fenómenos monolíticos.
Hay personas y grupos que están desproporcionadamente expuestas a la violencia y a la muerte al estar en relaciones íntimas más peligrosas, así como en posiciones sociales más peligrosas o ambas.
En ese sentido, un movimiento como #MeToo homogeniza y no toma en cuenta los análisis realizados en diversos países que demuestran que factores como el desempleo, la pobreza, la edad, el grupo étnico, el nivel educativo, el aislamiento, el estatus migratorio y la falta de recursos de apoyo, tienen un impacto sobre quiénes serán más afectadas por la violencia y están en mayor riesgo de morir.

http://www.ipsnoticias.net/2018/03/violencia-las-mujeres-no-fenomeno-monolitico/

30 de mayo de 2018

Mujeres migrantes, víctimas de violaciones, abusos e invisibilidad.


 Las mujeres que cada año arriesgan su vida cruzando Centroamérica y México en busca de mejores oportunidades laborales en Estados Unidos sufren una sistemática violación de sus derechos, abusos e invisibilidad, que no cesan al final del trayecto, denunciaron víctimas y expertas.
Según cifras de Naciones Unidas, de los 214 millones de personas migrantes en el mundo, la mitad corresponde a mujeres cuyas características y motivaciones para abandonar sus lugares de origen han cambiado significativamente en los últimos años haciéndolas más vulnerables."Ya no sólo van como dependientes, como parte de un proceso de reunificación familiar, sino que cada vez más lo hacen por razones económicas, como trabajadoras migrantes", explicó Ana Güezmes, directora Regional para México, Centroamérica, Cuba y República Dominicana de ONU Mujeres, tras una conferencia en la capital mexicana.
Esto implica que en muchos casos emprenden solas el largo viaje que las separa de su país de destino, un camino que en Centroamérica y México está plagado de peligros y amenazas, tales como "violencia sexual, trata o extorsiones" y que por miedo a ser deportadas casi nunca denuncian, un temor que se prolonga más allá del trayecto.De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Migración citadas durante la conferencia en la Fundación Ford por Marcela Zamora, periodista y directora del documental "María en tierra de nadie", de los 150,000 migrantes que cada año cruzan México, entre 15 y 30 por ciento son mujeres.
Como país emisor y receptor de migrantes por su situación fronteriza con Estados Unidos, México es paso obligado para estas mujeres que, lejos de encontrar el apoyo de las autoridades, hacen frente a los abusos de las fuerzas de seguridad y la delincuencia.
Güezmes puso de relieve la necesidad de que las autoridades mexicanas cumplan las recomendaciones del último informe del Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW), que reclama información más "consistente" en materia de desapariciones, muertes y abusos, así como mayor protección.
Según la representante del Equipo Argentino de Antropología Forense, Mercedes Doretti, también presente en la conferencia, en la última década se han documentado 448 casos de migrantes desaparecidos en territorio mexicano, un 25% son mujeres.
El calvario, lejos de acabar durante el periodo de tránsito, se mantiene en el país de destino, donde el miedo a la deportación las mantiene en total invisibilidad y vulnerabilidad, dijo Michelle Brané, directora del Programa de Detención y Asilo de la Comisión de Mujeres Refugiadas."En Estados Unidos, las mujeres sin documentos tienen miedo de presentarse ante la policía aunque las hayan violado, hayan sido víctimas de un crimen o de violencia doméstica", aseguró.
Además, denunció una realidad que cada vez se hace más habitual entre madres migrantes cuyos hijos al haber nacido en el país tienen la ciudadanía, y cuando son deportadas no pueden traerlos consigo, sino que se quedan bajo responsabilidad gubernamental.La reconocida activista mexicana Elvira Arellano, deportada de Estados Unidos tras permanecer un año refugiada junto con su hijo en una iglesia, relató cómo en 1997 decidió emigrar por la falta de oportunidades laborales en su natal Michoacán.
El 10 de diciembre de 2002, cuando realizaba labores de limpieza de aviones en el aeropuerto de Chicago, fue detenida por agentes federales por no tener documentación y la amenazaron con llevar a su hijo a un orfanato del Gobierno.Tras pagar una fianza de 3,500 dólares, Arellano se quedó a la espera de una sentencia que llegó en 2006 en forma de orden de deportación. Desesperada, acudió a su iglesia junto con su pequeño y allí permanecieron un año por derecho de santuario, recordó.Cuando decidió salir casi un año después, fue deportada y separada de su hijo Saúl, por quien protagonizó una auténtica batalla mediática para recuperarlo, llegando a pedir al presidente mexicano, Felipe Calderón, su intervención.
Actualmente, como miembro del Movimiento Migrante Mesoamericano y con su hijo de 13 años ya en México, es una de las caras más visibles de lucha por los derechos de las migrantes, a quienes anima a "denunciar" cualquier tropelía o violación de sus derechos "por su bien y el de sus familias"
.Pero el fenómeno migratorio también afecta a aquellas mujeres que se quedan en su comunidad sin el apoyo de quien se ha ido, con el miedo de que si desaparece en el camino, tienen que hacer frente al "estigma" que produce la sospecha del abandono."Mi marido desapareció hace once años cuando se fue a Estados Unidos, nunca más volvimos a saber nada más de él. Yo me quedé sola con mis dos hijas pequeñas", relató Telma Acevedo, salvadoreña de 40 años, quien no pierde la esperanza de saber qué pasó con él.A pesar de que su marido se fue acompañado por dos amigos que más tarde volvieron y explicaron que le perdieron la pista en México cuando eran perseguidos por varios agentes.
Nadie sabe de su paradero, si sigue vivo o murió en el trayecto, aunque Telma cree que esta última es la opción más probable."Se fue por la situación económica que estábamos pasando en nuestro país, pues no hay mucho trabajo y teníamos a los dos hijas (...) Por eso, él desesperado decidió irse para Estados Unidos y se quedó en el camino", dijo.

http://www.chicagotribune.com/hoy/ct-hoy-8130388-mujeres-migrantes-victimas-de-violaciones-abusos-e-invisibilidad-photogallery.html

15 de mayo de 2018

La dualidad cultura versus derechos: ¿Mito o realidad?


El discurso y los movimientos de derechos humanos de las mujeres han quedado atrapados en la dualidad cultura versus derechos. Yakin Ertürk afirma que se trata de una falsa dualidad, que sirve a los intereses del patriarcado privado y público de la globalización neoliberal.

Introducción*

La década de los noventa fue un período notable en el que se desintegró el orden mundial que había caracterizado a la mayor parte del siglo XX, a la vez que quedaban al descubierto las tendencias y corrientes contradictorias en la gestación de un nuevo contrato social al interior de las sociedades y entre ellas en la era post-Guerra Fría.

En este período se produjo un nuevo despertar en el conocimiento de los derechos humanos cuando personas comunes de todo el mundo, que carecían de poder, lograron acceder directamente al sistema internacional de los derechos humanos que les ofreció un repertorio de estándares normativos para presentar demandas legítimas más allá del estado nacional (Levy and Szaider, 2006).

En este contexto, el movimiento global de mujeres se destaca particularmente por la eficacia con que logró aprovechar las oportunidades globales emergentes para hacerse escuchar. La movilización impulsada por las conferencias de la ONU sobre mujeres,1 así como por las conferencias globales2 de los años noventa permitió que las mujeres – desde el nivel local hasta el global –llevaran sus diferentes preocupaciones al terreno del diseño internacional de políticas y la incidencia por derechos humanos. Esta participación de las mujeres en procesos transnacionales transformó la teoría y la práctica convencionales de los derechos humanos centrada sobre todo en violaciones cometidas por actores estatales en la esfera pública, y modificó la doctrina del Estado para incluir su responsabilidad positiva.

La cultura como mediadora de la diferencia

Pero estos desarrollos se dieron en paralelo con el auge de fuerzas que se les oponían y que utilizaron la cultura y la religión como mediadoras de la diferencia y como bases para políticas de identidad. Los derechos humanos universales – y sobre todo las demandas de derechos humanos de las mujeres – fueron rechazados con el argumento de que eran conceptos ajenas a ‘nuestra cultura’. Cuando se mira este problema desde el Norte Global, se percibe cómo la cultura ‘otra’ se había esencializado hacía ya mucho tiempo como causa del subdesarrollo y de la subordinación de las mujeres en el mundo no-occidental.

Poco después de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer realizada en Beijing – el evento internacional de mayor concurrencia entre los de su clase –, en 1996 los talibanes tomaron el poder en Afganistán con la misión de limpiar el espacio público de mujeres, supuestamente para ‘protegerlas de los valores occidentales corruptos’ así como de sus colaboracionistas locales, es decir, los hombres de pensamiento liberal. En 2001, el ejército estadounidense atacó Afganistán para ‘salvar’ a las mujeres del país del salvajismo de los talibanes.

Si bien el caso de Afganistán constituye una batalla inconclusa, y puede ser considerado un ejemplo extremo de cómo se utiliza a las mujeres en lo que he llamado ‘choque de masculinidades alternativas’ (Ertürk, 2009), podría afirmarse que las guerras ‘culturales’ de hoy se están librando en torno al simbolismo de la representación que asumen las mujeres en la esfera pública. Por eso, los debates sobre los derechos de las mujeres quedaron atrapados en discursos basados en la cultura, fragmentando al movimiento de derechos humanos de las mujeres y presentando un desafío de envergadura para los paradigmas, políticas y prácticas feministas y de derechos humanos.

La Primavera Árabe vuelve a plantear la dualidad cultura/derechos ya que los feminismos de Estado preexistentes, promovidos por gobiernos autoritarios, están siendo reemplazados por las agendas conservadoras de los partidos islamistas.

¿Se producirá una violación totalitaria de los derechos humanos conquistados bajo los feminismos de Estados autoritarios? ¿Se abandonarán los compromisos internacionales contraídos por los regímenes del pasado, como la CEDAW? La Primavera Árabe, ¿puede realizar las aspiraciones democráticas de los pueblos sin hacer lugar a las demandas de las mujeres? Estas y muchas otras preguntas sobre las transiciones en la región carecen todavía de respuestas.
Pero lo que resulta claro, como el caso de Afganistán, es que el poder está cambiando de manos entre hombres que representan agendas patriarcales alternativas, con la cultura y la religión ocupando el centro de las políticas de identidad, sobre todo de las mujeres.

La mirada ‘cultural’ sobre las mujeres

Situar el problema de los derechos de las mujeres en el marco de la ‘cultura’ distrae la atención de las estructuras de género desiguales, así como del ambiente económico y político general en el que están teniendo lugar estos eventos.

Según Merry (2003: 64), ‘Culpar a la cultura por las desventajas que padecen las mujeres, las minorías y otros grupos vulnerables es una ideología atractiva para quienes defienden la globalización neoliberal contemporánea. Atribuye los estragos causados por el capitalismo expansivo y los conflictos globales a la cultura “del otro”’.

Por eso, el discurso de la autenticidad cultural les brinda a los patriarcas tradicionales una coartada perfecta para evadir toda responsabilidad de hacer lugar a las demandas de derechos de las mujeres; la interpretación cultural de la subordinación de las mujeres alivia a los países ricos de la responsabilidad por los desposeimientos causados por el capitalismo, el neoliberalismo, el militarismo, las ocupaciones y conflictos armados.

La buena noticia es que las mujeres no se han sometido pasivamente a estas violaciones a sus derechos. Individual y colectivamente siempre negociaron los valores hegemónicos. Enfrentándose a la cultura de la dominación, se organizaron y redefinieron la cultura y la religión para promover los derechos de las mujeres. Musawah y la Violence is not Our Culture Campaign (Campaña La violencia no es nuestra cultura) son apenas dos ejemplos en el mundo musulmán.

Jerarquía de derechos

Por otra parte, el marco de referencia internacional de los derechos humanos – en el que confían las mujeres para hacer que sus respectivos gobiernos rindan cuentas con respecto a los compromisos internacionales que han adquirido – continúa siendo algo abstracto, que se expresa en jerga jurídica y está alejado de las vidas de las mujeres.

Además, el trato ideológico que reciben los derechos en el sistema de derechos humanos – que privilegia los derechos civiles y políticos por encima de los económicos, sociales y culturales – refuerza la globalización neoliberal. Los gobiernos rara vez integran factores socioeconómicos en sus respuestas legislativas y políticas a los temas de las mujeres. Los derechos humanos de las mujeres quedan reducidos a una conceptualización estrecha de la violencia contra las mujeres como ‘daño causado’, sin tener en cuenta temas socioeconómicos que subyacen a la violencia como pobreza, vivienda, desempleo, educación, agua, seguridad alimentaria, comercio, políticas migratorias, conflictos y otros.

Cultura versus derechos

Desde hace mucho, las académicas feministas critican la noción de los derechos económicos, sociales y culturales como derechos sobre todo ‘aspiracionales’ que se pueden ir realizando de manera progresiva según los recursos de que disponga el Estado, en contraste con los derechos civiles y políticos que se consideran derechos ‘obligatorios’ que deben ser garantizados de inmediato. Ellas consideran que a estos últimos también se les puede aplicar un proceso de realización progresiva dado que los Pactos Gemelos imponen deberes positivos a los gobiernos, que deben cumplir sus obligaciones sin discriminación.

Una perspectiva desde la economía política hace explícitos los vínculos entre lo económico, lo social y lo político, demostrando que el poder opera no sólo por coerción sino también a través de las relaciones de producción y reproducción estructuradas que rigen la distribución y el uso de recursos, beneficios, privilegios y autoridad dentro y fuera del hogar.

También destaca la importancia de los derechos y prerrogativas económicas y sociales para fortalecer las capacidades de las mujeres y crear las condiciones necesarias para que ellas disfruten todos sus derechos.

Los desafíos a futuro

¿Cómo avanzamos considerando las fragmentaciones que causan las políticas de identidad, la distancia y la jerarquía de los derechos, y la reacción provocada por los avances que han logrado las mujeres expandiendo el espacio que ocupan? Es necesario responder a estos desafíos tanto desde la teoría como desde el activismo feminista. En primer lugar, es preciso que recordemos que las culturas, incluida la cultura de los derechos humanos, son espacios en disputa; por eso, necesitamos continuar adoptando estrategias de transformación para negociar y cambiar los valores y prácticas discriminatorias – ya sea en nombre de la cultura o en nombre de las normas universales de derechos humanos.

A nivel de paradigma, necesitamos revisar el discurso sobre las mujeres en el desarrollo y reconciliarlo con el discurso de derechos humanos para poder construir a partir de las lecciones aprendidas de cada uno, y avanzar hacia un paradigma integrado e integral de los derechos de las mujeres.

A nivel conceptual, tanto académicas como activistas feministas necesitar sumar fuerzas para cerrar la brecha entre los estándares de derechos humanos abstractos/distantes y las realidades de las mujeres sobre el terreno, desarrollando instrumentos analíticos y prácticos que cumplan un rol intermediario y estén contextualizados. El concepto de capacidades de Martha Nussbaum’s (2005) es un buen ejemplo en esta dirección.

A nivel de políticas, al igual que Bandana Purkayastha sostengo que las mujeres necesitan llevar sus preocupaciones a las mesas de negociación institucionales para generar cambios verdaderos. En este sentido, más analistas necesitan dedicarse a implementar políticas, y otras necesitan encontrar la manera de garantizar que las/os legisladoras/es escuchen e implementen sus análisis (Ertürk and Purkayastha, 2012).

A nivel práctico es necesario desarrollar alianzas estratégicas con otros movimientos progresistas y promover que el trabajo de las mujeres se organice a través de modalidades innovadoras. Grupos de mujeres de base le están insuflando una vida nueva a los enfoques cooperativos, que dejaron de estar de moda en la era neoliberal (uno de estos ejemplos es la iniciativa de la ONG turca ‘Fundación de apoyo al trabajo de las mujeres’).

Esto exigirá una interacción estratégica con el marco de referencia internacional de los derechos humanos para transformar la cultura de los derechos humanos y garantizar que los gobiernos cumplan con sus compromisos internacionales. Con respecto al marco de referencia, es importante pensar estrategias más allá de la CEDAW que las mujeres ya están utilizando de manera eficaz: los comités que monitorean el cumplimiento de los Pactos Gemelos tienen una importancia particular para cuestionar la jerarquía y la fragmentación de los derechos. Los derechos de las mujeres continuarán siendo aspiracionales si ellas no se empoderan a través del acceso a la vivienda, la tierra, el crédito, los ingresos y la autoridad.


http://www.forum.awid.org/forum12/es/2013/04/la-dualidad-cultura-versus-derechos-mito-o-realidad/

14 de mayo de 2018

RAVENSBRÜCK | EL INFIERNO DE LAS MUJERES



El nazismo sembró Europa de campos de concentración y exterminio que terminaron con la vida de millones de personas. En la gran mayoría de aquellos recintos de la muerte, hombres y mujeres vivían (sobrevivían, malvivían) separados en distintas zonas. Pero existió uno que se dedicó a exterminar a mujeres y niños después de hacerles vivir un verdadero infierno en la tierra. Ravensbrück ha quedado relegado en muchas ocasiones de los libros de historia. Su situación al otro lado del telón de acero durante la Guerra Fría y la desaparición de buena parte de sus archivos, lo relegaron a un injusto olvido. Allí, las mujeres recluidas descubrieron que no sólo los hombres eran capaces de cometer las más indescriptibles de las atrocidades. Ravenbrück fue algo más que un centro de reclusión y exterminio femenino, fue también una macabra escuela de maldad en el que fueron instruidas las guardianas nazis más agresivas y violentas del Tercer Reich.
A unos cincuenta quilómetros al norte de Berlín, junto a una típica aldea alemana llamada Ravensbrück, con casas de cuento y bucólicos lagos, se construyó el campo de concentración femenino más grande del nazismo, sólo superado por la sección femenina del centro de exterminio de Auschwitz-Birkenau. El nuevo centro se empezó a construir por orden de Heinrich Himmler en noviembre de 1938 con el esfuerzo de unos quinientos reclusos que fueron trasladados desde el campo de concentración de Sachsenhausen, situado en Brandemburgo. El lugar elegido por Himmler era perfecto. Lo suficientemente escondido pero también perfectamente conectado por tren con la capital del Reich.

En pocos meses estaba preparado para convertirse en la pesadilla de miles de víctimas del holocausto. 15 de mayo de 1939. Esa fue la fecha maldita en la que sus puertas se abrían para las primeras novecientas reclusas que fueron trasladadas desde el campo de concentración de Lichtenburg, centro que se convirtió en uno de los muchos subcampos de Ravensbrück. Desde su apertura hasta su cierre seis años después, pasaron por Ravensbrück 132.000 mujeres y niños, un millar de chicas adolescentes recluidas en el campo adyacente preventivo de Uckermark y 20.000 hombres de un pequeño centro masculino dependiente del campo principal. Cifras frías que esconden infinidad de historias de muerte, desesperanza y crueldad gratuita.
La estructura y rutinas del campo de concentración de Ravensbrück no distaban demasiado de las que se implantaron en el resto de campos que se extendieron por la vieja Europa como una terrible plaga letal. El campo estaba organizado en dieciocho barracones, de las cuales doce se reservaban como habitáculo de las reclusas. En literas de tres y con condiciones sanitarias deplorables, el hacinamiento en estos barracones fue en aumento a medida que más reclusas iban llegando hasta que, a partir de 1943 la situación se hizo insostenible. La sobrepoblación fue campo abonado para epidemias mortales como el tifus. Los otros seis barracones se utilizaron como enfermería, prisión y almacenes. El campo fue ampliado hasta en cuatro ocasiones, pero nunca se mejoraron las condiciones infrahumanas en las que tuvieron que vivir las reclusas.

Mujeres que soportaron una exigua alimentación, escasas horas de descanso y torturas físicas y psicológicas mientras se encargaban de hacer tareas en el propio campo o eran trasladadas a las distintas fábricas que se erigieron alrededor de Ravensbrück para que las reclusas trabajaran al servicio del Tercer Reich. Las que permanecían dentro, tenían la obligación de limpiar las calles embarradas y cavar fosas para las muchas reclusas que morían a diario. En las fábricas que se situaron alrededor del campo fueron obligadas a trabajar en condiciones de esclavitud en talleres textiles y en la fabricación de armamento para los alemanes.

Una vida muy parecida a la de los demás campos de concentración y de trabajo nazis. Pero había una importante diferencia. Las mujeres de Ravensbrück aún tuvieron que sufrir torturas adicionales por su condición femenina. Muchas de ellas habían atravesado las puertas metálicas del campo después de largas y agónicas travesías por Europa en vagones de ganado estando embarazadas. Su estado no fue precisamente de buena esperanza. Al llegar a Ravensbrück, las que no fueron obligadas a abortar en condiciones deplorables, vieron con absoluto pavor como sus hijos recién nacidos eran arrancados de sus brazos mientras eran obligadas a presenciar el asesinato a sangre fría de aquellos pequeños inocentes. Las guardianas nazis, sin ningún tipo de humanidad, lanzaban los diminutos cuerpos contra un muro, los descoyuntaban o los ahogaban. No es de extrañar que las madres quedaran enajenadas. En un macabro acto de piedad, algunos niños eran trasladados a una habitación a oscuras donde quedaban al amparo del frío y el hambre esperando una muerte segura. Fueron muy pocos los niños que consiguieron sobrevivir.

Otra de las diferencias aterradoras de Ravensbrück fueron los constantes experimentos médicos que se realizaron con mujeres. Además de inyectarles una solución química que les provocara la desaparición de la menstruación para que, según los doctores, fueran más productivas en las fábricas, muchas mujeres fueron sometidas a aberrantes experimentos de esterilización. El salvajismo que aquellos que se hacían llamar médicos llegó hasta tal punto que las mujeres de Ravensbrück sufrieron amputaciones provocadas, transplantes de huesos y tratamientos con sustancias que se suponían prevenían infecciones cuando en realidad provocaban indescriptibles sufrimientos, secuelas de por vida, cuando no la muerte.
La más absoluta denigración de las mujeres de Ravensbrück fue la prostitución. Si sus cuerpos ya no eran capaces de permanecer en pie y sus mentes habían sido demenciadas a causa de los constantes maltratos psicológicos, los responsables del campo aún encontraron una nueva forma de hundir a las reclusas. Bajo la falsa promesa de ser mejor alimentadas y quizás liberadas, muchas mujeres decidieron “voluntariamente” prostituirse en los burdeles nazis. Los constantes abusos sexuales y las enfermedades venéreas fueron otras de las muchas armas letales que exterminaron a aquellas mujeres inocentes.

Aunque pueda parecer imposible, las reclusas que conseguían sobrevivir construyeron redes de apoyo entre ellas. La ayuda, a falta de todo lo necesario para mantener unas condiciones físicas dignas, se centró en mantener el ánimo en aquel escenario de muerte y desolación. La poesía, la danza o la música fueron las armas que utilizaron las prisioneras de Ravensbrück para no caer en el pozo de la desesperación. La multiculturalidad que hizo del campo una pequeña Torre de Babel convirtió los cantos en el lenguaje universal de la esperanza. En los últimos meses de existencia del campo, las normas se fueron relajando y las reclusas que sabían tocar algún instrumento consiguieron recuperarlos de las barracas en las que se guardaban los bienes confiscados y organizar pequeños conciertos que hacían de las pocas horas libres momentos para recuperar el ánimo.

Escuela de asesinas

Ravensbrück, como todos los campos de concentración nazis, estaban organizados con una estricta jerarquía. El primer comandante nombrado por Himmler para dirigir el centro se llamaba Günter Tamaschke. Hijo de un comerciante, Tamaschke fue uno de los primeros miembros de las SS en Berlín. Dachau fue el primer campo de concentración en el que estuvo. Una experiencia que le valió el reconocimiento de las altas instancias nazis que nombraron a Tamaschke director del campo femenino de Lichtenburg hasta que participó en el traslado de sus reclusas al nuevo centro de Ravensbrück, del que fue nombrado director. Cuando llegó a oídos de Himmler que Tamaschke mantenía una relación con una de las guardianas del campo, decidió relegarlo de su cargo. Tamaschke continuó ejerciendo distintas tareas dentro del partido nazi. Finalizada la guerra, vivió tranquilamente retirado en Uhingen hasta que murió en 1959. El nuevo año de 1940 se inició con un nuevo comandante, el capitán Max Koegel. Hijo de un carpintero y huérfano desde pequeño, Mak Koegel ascendió en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. En la época de entreguerras tuvo que malvivir trabajando en una tienda de souvenires y en la antigua fábrica de su padre. Hasta que el nacionalsocialismo le devolvió la ilusión de vivir. Como su predecesor, Koegel, también trabajó en Dachau, Lichtenburg y Ravensbrück antes de sustituir a Tamaschke. En el verano de 1942, Koegel fue trasladado al campo de exterminio de Majdanek y más tarde se encargó del campo de concentración de Flossenbürg. Al final de la guerra fue arrestado y encarcelado. Un día después de ser encerrado se suicidaba. El último jefe de Ravensbrück fue el capitán Fritz Suhren. Suhren pertenecía a una familia de comerciantes del sector textil. Casado y con tres hijos, sin una carrera brillante que ofrecer a los suyos, se unió a las filas del nacionalsocialismo en 1928. Después de recibir formación en Dachau, fue trasladado a trabajar en el campo de Sachsenhausen hasta su nombramiento como director de Ravensbrück. Encargado de instalar la cámara de gas que terminara más rápidamente con la vida de las reclusas, Suhren fue el único de los tres responsables de Ravensbrück que fue juzgado y condenado a morir en la horca en junio de 1950. De nada le sirvió intentar negociar con la vida de una de sus reclusas, una espía a la que confundió con una sobrina del primer ministro británico Winston Churchill.

Günter Tamaschke, Max Koegel y Fritz Suhren fueron los máximos responsables de Ravensbrück. Y también los únicos hombres que tuvieron algún tipo de responsabilidad en él. Por debajo de los directores del campo, las verdaderas encargadas del buen funcionamiento y de aplicar las más terribles torturas a sus reclusas fueron las guardianas.

Ciento cincuenta mujeres miembros de las SS fueron las encargadas de someter a las más infames vejaciones a las reclusas del campo. Pero Ravensbrück fue algo peor, si eso era posible. Más de cuatro mil mujeres nazis fueron formadas en aquella escuela del terror para ejercer su barbarie en otros campos de concentración y exterminio.

Johanna Langefeld encabeza la larga lista de guardianas en jefe, conocidas como Oberaufseherin de Ravensbruck. Johanna tuvo una vida anodina. Sin estudios, viuda a los veintiséis y madre de un niño dos años después de enviudar, vivió sin oficio ni beneficio hasta que se alistó en el partido nazi en 1937 y su existencia cambió para siempre. Después de trabajar como guardiana en Lichtenburg, cuando este campo fue desmantelado, fue nombrada superintendente del nuevo campo de Ravensbrück. En 1942 era transferida al campo femenino de Auschwitz-Birkenau. Lamentablemente, Ravensbrück tenía otras guardianas para ejercer el horror.
Son muchos los nombres de aquellas auténticas asesinas en serie y sádicas ejecutoras que demostraron que el sexo femenino es también capaz de cometer las mayores atrocidades. Pero el que quizás provoca mayor estupor es el de Dorothea Binz, una bonita muchacha alemana que se vio irremediablemente deslumbrada por la propaganda del nacionalsocialismo y se convirtió en una de sus más letales abanderadas. Las reclusas intentaban por todos los medios evitar la mirada gélida de Dorothea Binz, quien se paseaba por el campo con un pastor alemán agarrado en una mano mientras con la otra sostenía un látigo. Las palizas, bofetones, latigazos, estaban a la orden del día. Dorothea era una asesina implacable que no dudada en terminar con la vida de una reclusa que se detenía un segundo de su trabajo propinándole patadas hasta terminar con su vida. Junto a Dorothea Binz, en Ravensbrück se formaron otras asesinas con Inma Grese, conocida como “El ángel de Auschwitz”, María Mandel, apodada “La bestia de Auschwitz” o Hermine Braunsteiner-Ryan, “La yegua de Majdanek”.

Si las duras jornadas de trabajo no eran suficientes para terminar con la vida de las reclusas, las Aufseherin se encargaban de torturar a aquellas que consideraban débiles e indignas. Un gesto, un leve movimiento en las largas horas de recuento o cualquier otra absurda excusa, era suficiente para que las guardianas decidieran darles un castigo ejemplar en el temido búnker. Aunque las que recibían más duros castigos eran aquellas reclusas que tenían la desesperada osadía de intentar escapar o hacer acciones de sabotaje en las fábricas de armamento. Esta fábrica del horror era un edificio situado dentro del campo en el que no había calefacción y las celdas de castigo permanecían a oscuras. Palizas constantes, insultos y vejaciones se completaban con largas horas en una absoluta oscuridad, sin comer nada, prácticamente desnudas. Las que sobrevivían al búnker eran muy pocas.

El doctor Gebhardt y sus conejillos de indias

En la enfermería de Ravensbrück, lejos de intentar salvar vidas, se realizaron algunos de los atroces experimentos médicos perpetrados por el nazismo, sólo comparados con los aberrantes experimentos realizados por el temido doctor Mengele en Auschwitz. De hecho, el doctor Karl Gebhardt, médico de Ravensbrück, conoció personalmente al sádico Mengele en el campo de exterminio polaco.

Amigo personal de Heinrich Himmler, de quien su padre era médico, Karl Gebhardt tuvo una brillante carrera no sólo como médico, sino también dentro del partido nazi. Licenciado en medicina en Múnich y especializado en medicina ortopédica, tras su ingreso en el nacionalsocialismo, su amigo Himmler le ayudó a medrar en su carrera como médico. Después de ser nombrado superintendente de un sanatorio de las SS y participar en los Juegos Olímpicos de Berlín como Jefe médico de Educación Física, sustituyó a su padre como médico personal de Himmler. Presidente de la Cruz Roja alemana y médico jefe de las SS, el doctor Gebhardt, después de pasar por Auschwitz, donde aprendió de las atrocidades médicas del doctor Mengele, fue destinado a Ravensbrück.

Las mujeres escogidas por el doctor Gebhardt recibieron el sádico nombre de “sus conejillas de indias”. Mujeres que fueron sometidas a amputaciones, trasplantes de miembros, injertos de pieles y tendones, disecciones, experimentos con medicamentos… todo ello sin prestar atención a ningún control higiénico y, por supuesto, sin utilizar ningún tipo de anestesia. El objetivo del médico de Ravensbrück era experimentar con los cuerpos de aquellas mujeres para realizar estudios de dudosa importancia científica. Los tratamientos de esterilización aplicados a mujeres y los escasos niños que vivían en el campo estaban a la orden del día.

Con la llegada de las tropas aliadas, Karl Gebhardt fue detenido en Bremervörde y sometido al conocido como “Juicio de los Doctores” celebrado en Nuremberg. Tras su juicio y condena a muerte acusado de crímenes contra la humanidad, fue ahorcado en la prisión de Landsberg el 2 de junio de 1948.

Las espías aliadas que terminaron en Ravensbrück

Inglaterra creó durante la Segunda Guerra Mundial una potente red de espionaje y sabotaje militar conocida como SOE (Special Operations Executive, Dirección de Operaciones Especiales). Entre sus filas, fueron muchas las mujeres que decidieron colaborar y se convirtieron en espías clave. Para ellas se creó el FANY (First Aid Nursing Yeomanry, Fuerzas Especiales de Enfermería), una suerte de tapadera para esconder sus verdaderas intenciones en el continente.
Nombres como Violette Szabo, Denise Bloch, Cecily Lefort, Lilian Rolfe engrosan la lista de víctimas que fueron ejecutadas en Ravensbrück después de sufrir la larga lista de atrocidades que acostumbraban a sembrar el campo de terror. Todas ellas fueron miembros del SOE y tras realizar distintas operaciones de sabotaje y espionaje colaborando con la resistencia, fueron capturadas por la Gestapo terminando sus días en el temible campo femenino.

La supuesta sobrina de Churchill

Cuando los aliados se acercaban al campo de concentración de Ravensbrück, su último comandante, Fritz Suhren, se dirigió con una de las reclusas, Odette Samson, a la base norteamericana con la esperanza de recibir un trato de favor al liberar a aquella espía británica que creía era familia del primer ministro británico, Winston Churchill. Suhren no consiguió utilizarla como moneda de cambio y terminó siendo detenido por las tropas aliadas. La propia Odette Samson testificaría en su contra.

Odette Samson protagonizó uno de los muchos episodios de espionaje en territorio ocupado. De origen francés, Odette, casada con un hotelero inglés llamado Roy Samson, terminó enrolándose en el SOE. Dejó a sus tres hijas a cargo de una escuela religiosa y se convirtió en una de las espías del grupo de inteligencia británico. Odette trabajó al lado de Peter Churchill, uno de los capitanes de la SOE quien, a pesar de no tener ninguna vinculación familiar con el primer ministro británico, utilizó el supuesto parentesco para salvar su vida y la de Odette, que pasó por ser su esposa a ojos de los nazis que los detuvieron. La falsa relación familiar salvó la vida de ambos pero no les libró de sufrir torturas en la prisión de París donde los nazis no consiguieron sonsacarles ninguna información de la resistencia. Mientras Peter sobrevivió a Dachau, Odette salvó su vida en Ravensbrück.

Volver del infierno

Ravensbrück se llevó la vida de al menos noventa y dos mil personas en los años que estuvo en funcionamiento. Cuesta imaginarse cómo podía ser posible sobrevivir a aquella infame máquina de muerte y destrucción pero hubo unas pocas miles de mujeres que pudieron salir vivas de allí. Aunque salir de Ravensbrück no era terminar con la pesadilla, pues aquellas mujeres tuvieron que aprender a vivir con el recuerdo oscuro, triste y desolador del campo. Muchas permanecieron en el anonimato. Otras fueron condecoradas y algunas consiguieron, muchos años después, escribir sus memorias.

Es el caso de Andrée Virot, una sencilla muchacha francesa que regentaba un salón de belleza que de la noche a la mañana se convirtió en miembro de la resistencia. Conocida como “La Agente Rosa”, su primer acto heroico sucedió un día en el que la ciudad en la que vivía, Brest, estaba en completo silencio, todo el mundo encerrado en sus casas escuchando como fuera se iban acercando las tropas alemanas. Andrée vio que había soldados franceses que intentaban huir, pero con sus ropas militares serían pronto descubiertos. Así que, sin dudarlo, les abrió las puertas de su casa y les facilitó ropa de civil con la que pudieron escapar. Desde entonces y hasta el final de la guerra, Andrée Virot formó parte de la silenciosa resistencia que, tras el frente bélico luchó con todas las armas que tuvo a su alcance para frenar el nazismo.

El 18 de junio de 1940, el general Charles de Gaulle pronunció un discurso esperanzador con la famosa frase “Francia ha perdido una batalla, ¡pero no la guerra!”, ella y sus amigos decidieron transcribirla y distribuirla de manera clandestina. Andrée empezó entonces a repartir el periódico de la resistencia en Brest.
Brest era una ciudad costera en la que las tropas alemanas operaban con gran asiduidad. Es por esto que aquella zona se convirtió en un importante centro de actividad secreta para la resistencia francesa. Andrée no tardó en incorporarse a las filas de la resistencia ayudando en la transmisión de comunicados y colaborando en el rescate de aviadores ingleses que caían en las costas cerca del frente alemán. Ella y otros miembros de la resistencia les ayudaban a deshacerse de su atuendo militar y los llevaban en bicicleta hasta el mar donde embarcaban en algún submarino aliado rumbo a Inglaterra. En uno de aquellos intercambio sde comunicaciones, Andrée parece ser que recibió un mensaje del mismísimo Winston Churchill agradeciendo su labor y la de la resistencia. Por desgracia, por cuestiones de seguridad, dicho mensaje tuvo que ser destruido.

Cuando Andrée fue delatada por un miembro de la resistencia que fue torturado, tuvo que huir a París donde pudo permanecer en la sombra muy poco tiempo. El 10 de mayo de 1944 era capturada, interrogada y torturada. Después de pasar varios días eternos recluida en una celda de castigo, la subieron a un tren de ganado junto a otras mujeres rumbo a Ravensbruck. Allí, en uno de los recuentos, un oficial alemán decidió que Andrée debía ser gaseada. El número tatuado en su brazo fue escrito en un pedazo de papel que dispuso sobre una mesa. De manera increíble, una de las amigas polacas que había hecho en el campo, se arrastró entre las otras reclusas, consiguió coger el papel y tragárselo delante de las narices de sus guardianes sin que se percataran de la arriesgada maniobra. Aquel acto heroico le había salvado la vida.

Andrée Virot fue una de las pocas supervivientes de Ravensbrück. Y, a pesar de que recibió muchas condecoraciones, ninguna medalla le devolvió a todos sus seres queridos ni consiguió borrar el recuerdo de la guerra. Un recuerdo tan doloroso que tardó años en ponerlo por escrito. En 1999, escribió sus memorias, en una autobiografía titulada Los milagros existen.

Corrie ten Boom también escribió sus experiencias en varios libros, el más famoso, El refugio secreto, y, a pesar de que era doloroso para ella, aceptó hablar en público para transmitir su experiencia. El caso de Corrie ten Boom esconde también una conmovedora historia de perdón. Ferviente católica, ella, su hermana Betsie y su padre convirtieron el piso que tenían encima de la tienda de relojes familiar en Haarlem en un improvisado pero efectivo refugio de judíos holandeses. Conocido por la comunidad judía como el Beje, el hogar de los ten Boom fue la puerta para la salvación. Pero Corrie y Betsie terminaron en Ravensbrück. Betsie no logró sobrevivir pero Corrie, fue testigo de un auténtico milagro cuando un error administrativo la liberó el 28 de diciembre de 1944. En una de sus charlas en Alemania, Corrie ten Boom se topó con un guardia y una enfermera que habían trabajado en Ravensbrück y que le pidieron ser perdonados. Corrie les perdonó.

Andrée de Jongh fue una de las mujeres que vio a las tropas soviéticas entrar en Ravensbrück aquel 30 de abril de 1945. Andrée fue una enfermera belga que participó activamente en la operación conocida como “Línea Cometa” que ayudaba desde Francia y Bélgica a soldados aliados a volver a Inglaterra. Hortense Daman también participó en la resistencia belga. Su misión era actuar como correo entre los partisanos. En Ravensbrück sobrevivió con una fuerza de voluntad inaudita, quizás despertada ante la llegada de su propia madre al campo que la hizo no desfallecer y luchar hasta el final por la vida de ambas.
Otro de los nombres propios que aparece en la lista de supervivientes de Ravensbrück es el de Geneviève de Gaulle-Anthonioz, sobrina del entonces general francés Charles de Gaulle y futuro presidente de Francia. Durante tres años, desde 1940 hasta su detención en 1943, Geneviève participó activamente con la resistencia francesa. Ser sobrina del general, le valió ser tratada como una posible moneda de cambio por lo que, a pesar de sufrir las mismas vejaciones que las demás reclusas, Himmler ordenó que se la mantuviera con vida. Así pudo aguantar hasta la liberación del campo.

La doctora Doris Maase, de origen judío y miembro de la resistencia comunista, utilizó sus conocimientos médicos para integrarse en la vida diaria de la enfermería del campo y ayudar a las enfermas en la medida que pudo. Doris, que se jugaba la vida robando medicamentos y salvando vidas en un lugar donde se afanaban en destruirlas, consiguió sobrevivir a Ravensbrück. También conocemos la historia de Rosa Jochmann, una austriaca miembro del partido socialdemócrata que logró salir con vida del macabro búnker; la feminista también austriaca Läthe Leichter; la bailarina checa Nina Jirsïkova… y muchas más que se adentraron en el infierno. Y pudieron salir con vida de él.

El cementerio de las mujeres

Fueron, sin embargo, muchas más las que no tuvieron esa suerte. Ravensbrück fue un campo de trabajo pero también, y sobre todo, un campo de exterminio. Era normal que las reclusas, obligadas a trabajar en condiciones infrahumanas, se vieran debilitadas o cayeran enfermas. Pero los responsables del campo, lejos de apiadarse de ellas, las eliminaba mediante el procedimiento de “selección” de aquellas que ya no eran lo suficientemente productivas. Las escogidas eran fusiladas en una zona del campo conocida como “El pasillo de fusilamiento”. El incremento de las que debían ser aniquiladas, obligaron a los responsables del campo a tomar medidas más drásticas y trasladaban a sus víctimas a un sanatorio en Bernburg donde se había instalado una cámara de gas. Más adelante, se fueron trasladando a otros centro de exterminio hasta que en 1944 las SS decidieron instalar una cámara de gas en el propio campo. En los últimos meses de existencia de Ravensbrück fueron gaseadas más de cinco mil reclusas.

Españolas en Ravensbrück

Las primeras novecientas reclusas que llegaron desde Lichtenburg eran mayoritariamente de nacionalidad alemana. Con los años, las prisioneras que malvivieron en Ravensbrück procedían de muchas nacionalidades distintas. Polacas, rusas, húngaras, francesas, checoslovacas, yugoslavas, belgas. Judías, gitanas, y enemigas del Reich, como las partisanas que participaron en la resistencia. De las miles de mujeres que sufrieron el infierno de Ravensbrück, están documentadas unas cuatrocientas mujeres españolas. La gran mayoría de ellas eran presas políticas, exiliadas de la España que acababa de salir de su cruenta guerra civil. Republicanas que huyeron a Francia y que, a pesar de haber sufrido la derrota ante las tropas franquistas, decidieron continuar con su lucha contra los totalitarismos uniéndose a la resistencia francesa que luchaba contra la ocupación nazi.
De todas ellas, son muy pocas las que han conseguido salir del olvido. Ángeles Martínez es la primera española que ingresó en Ravensbrück de la que se tiene constancia y que logró sobrevivir al horror del campo. Neus Català es una de las supervivientes españolas más conocidas. Esta enfermera de origen catalán, fue miembro activo de las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña. Con la victoria franquista, Neus huyó a Francia donde se unió a las actividades de la Resistencia francesa. Después de sobrevivir a la barbarie de Ravensbrück, aún tardó muchos años a volver a España. Desde Francia siguió con su lucha silenciosa contra la dictadura de Franco. Aun hoy, superado el siglo de vida, Neus Català continua dando testimonio de su experiencia en el campo de concentración femenino.

Lise London, hija de emigrantes españoles, Conchita Ramos, de padre francés y madre española, Mercé Núñez o Secundina Barceló, también llegaron a Ravensbrück acusadas de participar en la resistencia francesa. Y salieron de allí con vida. Muchas otras, no sobrevivieron.

La marcha de la muerte

En los últimos días de marzo de 1945, cuando los responsables del campo fueron avisados de la llegada inminente del ejército ruso, decidieron cometer una última atrocidad. Después de destruir todas las pruebas documentales que recogían todo el horror vivido en aquellos más de cinco años de violencia gratuita, obligaron a las más de veinte mil prisioneras que aún tenían un débil halo de fuerza en sus maltrechos cuerpos a salir del campo en lo que se conoció como la “marcha de la muerte”. Para cuando el ejército soviético alcanzó aquel río humano, muchas mujeres habían dejado la vida en el camino. Cuando el 30 de abril de 1945 el Ejército Rojo entraba en Ravensbrück, se encontró con unas tres mil quinientas mujeres y unos trescientos hombres que estaban enfermos y no fueron capaces de unirse a la marcha de la muerte por lo que las autoridades nazis los habían abandonado a su suerte. A pesar de la liberación, muchos de ellos tampoco consiguieron sobrevivir.
Los juicios de la barbarie
Los siete juicios que se celebraron sobre Ravensbrück provocaron un importante interés mediático, sobre todo en los medios de comunicación franceses y británicos. Pero después de las ejecuciones de los que fueron declarados culpables, el recuerdo de Ravensbrück fue borrándose con el tiempo. La llegada de la Guerra Fría que erigió el Telón de Acero, situó el campo de concentración femenino más grande del nazismo en el lado soviético. El Ejército Rojo desmanteló algunas de sus instalaciones y reutilizó Ravensbrück para funciones militares, manteniéndolo activo hasta 1993. La caída del muro de Berlín en 1989, la reunificación alemana y la débil apertura soviética permitió recuperar progresivamente la memoria de Ravensbrück. Una recuperación que fue posible gracias al testimonio que las supervivientes del horror decidieron dar al mundo. Revivir aquellos tristes momentos no fue fácil para ninguna de ellas pero gracias a su valentía, el Memorial de Ravensbrück se ha convertido hoy en día en uno de los muchos centros en los que se intenta no sólo rendir homenaje a las víctimas, sino también trabajar con las nuevas generaciones para que aquel infierno en la tierra no vuelva a repetirse.

Ravensbrück significa “El puente de los cuervos”. Un nombre oscuro para un lugar oscuro, en el que fallecieron miles de mujeres víctimas de la locura de unas dementes que se creyeron con el poder de decidir el destino de aquellos seres humanos. Muertes que en muchas ocasiones se convirtieron en alivio para dejar de soportar constantes vejaciones, humillaciones y torturas que muy pocas imaginaron que alguien pudiera cometer contra ellas. Mucho menos otras mujeres. Las que sobrevivieron, no sólo acarrearon toda su vida secuelas físicas a causa de los aberrantes experimentos médicos a los que fueron sometidas. Lo peor fue tener que continuar con su existencias después de haber vuelto del infierno.

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