4 de abril de 2014

Aspectos psicológicos y sociales de la desigualdad entre hombres y mujeres.


Quisiera empezar con un texto de Alicia en el País de las Maravillas que puede servir para reflexionar sobre el uso y abuso de las palabras y su pérdida de sentido, de palabras como igualdad, respeto, derechos, justicia... Palabras adulteradas con las que convivimos y que demuestran la perversión del lenguaje y su capacidad para ocultar y enmascarar la ideología.
Cuando yo empleo una palabra -insistió Humpty Dumpty en tono desdeñoso- significa lo que yo quiero que signifique... ¡Ni más ni menos!
- La cuestión está en saber -objetó Alicia- si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
- La cuestión está en saber -declaró Humpty Dumpty- quién manda aquí.
En definitiva, se trata de una cuestión de poder y del ejercicio de la violencia simbólica...
Sobre la desigualdad entre hombres y mujeres no voy a dar cifras. Todos somos historia, personal y social y tenemos memoria, baste sólo con recordar la violencia de género: el maltrato, los asesinatos, la prostitución, la esclavitud sexual, los crímenes de honor, la venta de niñas, el sexismo, la ablación, la utilización de la violación de las mujeres como arma de guerra, o la división sexual del trabajo, la prohibición del acceso a la educación y la salud, la imposición del burka, el techo de cristal, la feminización de la pobreza, y un largo etc.
Cualquier persona sensible siente la injusticia contra las mujeres de cualquier parte del mundo que día a día se muestra a través de los medios de comunicación. Hace un mes, a Malala, se le concedió el premio Sájarov y estuvo a punto de concedérsele el Novel de la Paz, ella víctima de la intolerancia y el fanatismo contra las mujeres transformó su dolor en lucha por el acceso de las mujeres a la educación. Y ella no es un caso aislado, en todas partes hay personas que luchan contra la discriminación de las mujeres.
Los grados, formas, características y efectos de la desigualdad dependen del contexto social, cultural y político de cada sociedad y en muchos casos son de difícil aprehensión por estar naturalizados e impresos en la vida social y personal. Es cierto que los movimientos sociales, la investigación no androcéntrica, la lucha política y del feminismo han logrado frenar y suprimir algunas barreras de la discriminación por razón de sexo, pero sigue existiendo la desigualdad, sin fronteras, así lo muestran los indicadores sociales que permiten medir el nivel de desigualdad de las sociedades como son: la violencia de género y la discriminación laboral y social (acceso a la salud, educación, trabajo). La dinámica histórica de avances y retrocesos, pone de manifiesto la dificultad de la estabilidad de los logros y su dependencia de la imposición de movimientos y políticas totalitarias y retrógradas. Es significativo que en el informe del Foro Económico Mundial de 2013 "La brecha de género mundial", España haya caído en tres años del puesto once al treinta.
A mucha gente, sobre todo del llamado primer mundo, se le llena la boca hablando de igualdad, de derechos y deberes en un discurso personal e institucional de supuesta corrección política y que más tarde se ve desdicho por la práctica personal y política. Un discurso farisaico que, a mi juicio, enmascara la profunda convicción de que el mantenimiento de las asimetrías es el fundamento de un determinado "orden social patriarcal" y también de la conservación personal y social de los lugares de poder. Lo saben y tienen razón, sino fuera así hace ya tiempo que hubiéramos dejado de hablar de este problema y en muchos casos, demasiados, de sufrir por ello. Los tratamientos cosméticos que se implementan son el fruto de una necesidad explícita o implícita, más o menos consciente del mantenimiento personal o político de esas relaciones de poder asimétrico y del cual, sin duda, se obtienen ganancias. Relaciones de poder asimétrico, de grupos dominantes y dominados, que articulan las relaciones entre pobres y ricos, razas, minorías y en el caso que nos ocupa de las relaciones entre varones y mujeres. El análisis de estas ganancias podría ser objeto de debate y estoy segura que aclararía muchos de los frenos que impiden el desarrollo de la igualdad. En este sentido podemos hacernos algunas preguntas, ¿cuál es la ganancia del ministro Gallardón con la nueva ley del aborto, o cual la del ministro Wert con la ley de educación? ¿Quién y qué se gana con la segregación por sexos, o con la supresión de la educación para la ciudadanía? ¿Qué se pretende con la publicación de 'Cásate y sé sumisa'? ¿Qué se pretende con la reducción de las políticas de igualdad? ¿Los recortes en la ley de dependencia son tan sólo un problema económico? ¿Cómo afectan a la vida de las y los dependientes y a sus, en gran mayoría, cuidadoras? ¿o por qué se mantiene en el diccionario de la Real Academia la herencia sexista del siglo XX, conservando en 2014 las acepciones de sexo débil como "conjunto de las mujeres" y sexo fuerte o feo como "conjunto de los hombres"?.
El catálogo de efectos perversos y crueles de la desigualdad es devastador pero conserva una estructura común: la desposesión del sujeto, su tratamiento como objeto, su definición subordinada, su aprovechamiento, consumo, manipulación e incluso aniquilación. El caso más evidente es la violencia física, pero esta se sustenta en algo más sutil de carácter psicológico y simbólico que exige un tiempo de construcción y aparatos y agentes ideológicos para su mantenimiento. Como ejemplo muy claro tenemos la imposición del Burka a las mujeres por los talibanes que, por motivos supuestamente religiosos, supone el extremo de la negación privada y pública del cuerpo de las mujeres y de la identidad que lo recorre y que, con su consideración de peligrosidad, liga directamente el control político del cuerpo de las mujeres al del control de la sexualidad y del espacio personal. La violencia simbólica también se muestra en nuestra cultura por la presión, sostenida por la publicidad y los medios de conseguir más allá de las diferencias una imagen única de mujer, supermujer, ideal de juventud, delgadez y belleza, pero también una imagen de varón de potencia, agresividad y músculos, que tiene efectos devastadores en la construcción de la identidad tanto de varones como de mujeres. Anorexia y vigorexia son algunos de sus efectos más evidentes, pero hay otros que de forma casi inconsciente hacen mella en la autoestima e imagen corporal y que influyen en deseos y placeres. ¿Ante esta uniformidad somos todos perdedores? ¿Hay ganadores en el mercado? ¿Qué se gana y que se pierde?
No es fácil desvelar la compleja red psicosocial que construye, mantiene y reproduce relaciones desiguales entre varones y mujeres, y esto es así porque abarca dimensiones sociales y personales que son, a su vez, parte integrante de la construcción de los sujetos como pertenecientes al grupo, como sujetos portadores de una identidad construida a través de los procesos de socialización y de identificación de los valores y normas de su cultura.
El entramado psicosocial de la desigualdad se articula tanto a través del contexto cultural como de la historia de los sujetos. Entre ambos se entreteje la red de imposiciones explícitas e implícitas que recorren la socialización de varones y mujeres. Es un tejido sutil en el que todos somos protagonistas, actores o reproductores de las pautas de relación asimétrica que nos recorre desde el nacimiento y que nos posiciona social e individualmente arrastrando el pesado fardo de normas, expectativas y creencias con las que se va configurando nuestra identidad como varones o mujeres.
Las definiciones que prescriben las formas de ser de un varón y de una mujer son asimétricas, jerárquicas y excluyentes; los estereotipos sobre la supuesta feminidad y masculinidad son cadenas que impiden las posibilidades diversas de desarrollo de ambos. La rigidez con la que se rigen y separan pensamientos, afectos, emociones, acciones y funciones construye el círculo vicioso por el que se generan y mantienen las dependencias asimétricas, en la dinámica de la posesión o la falta. La asunción del imperativo de la masculinidad y feminidad ciega otras posibilidades de ser, de reconocerse como sujetos y tiene efectos perversos para ambos sexos.
Por ello, para quebrar los supuestos esencialistas y producir transformaciones profundas, son necesarias rupturas tanto en el marco social como en el personal y un marco de análisis en el que se integre la complejidad psicosocial de las relaciones.
Es en este sentido en el que hago mías las siguientes consideraciones:
- El significado otorgado a los sexos, la forma en que se representan es histórica, el sexo, configurado desde el género, es una construcción histórica que se nutre de los significados culturales y expresa la dinámica de las relaciones intergrupales, abarcando tanto la toma de posición intersubjetiva como intrasubjetiva.
- El género se hace, no existe tal esencia de la naturaleza femenina ni masculina, es una construcción social, son los significados de la diferencia biológica los que delimitan las fronteras del mundo dividido en categorías en función del sexo. Son los marcadores categoriales de sexo, raza, o edad, los que arrastran consigo significados que desencadenan comportamientos que superan, con mucho, el efecto de las diferencias biológicas.
- El hecho de la existencia de diferencias biológicas no explica la asimetría social, ni las complejas relaciones intrasubjetivas e intersubjetivas construidas alrededor del significado de las diferencias. Existen diferencias, pero ligadas a la vivencia simbólica, experimentadas como género. El género más que un nombre es un verbo, se hace, se recrea a través de la continuidad generacional de valores y actitudes y pautas de conducta diferenciales.
- Las desiguales relaciones de género posibilitan la reproducción de subjetividades masculinas y femeninas que, así mismo, perpetúan la existencia de esas relaciones de poder. Los sujetos, varones y mujeres, asimilan normativamente la estructura de creencias, disposiciones y valores de una representación del mundo relacionada con las diferentes posiciones de ambos sexos en la estructura de poder social. Dado que los modelos sociales nutren las representaciones de los participantes en la vida social y conforman las normas que definen las relaciones entre los sujetos, estableciendo su marco de acción, el proceso de construcción de la subjetividad se ve afectado por los modos de relación definidos por la asimetría genérica.
- Las sociedades se organizan alrededor de dimensiones productivas, reproductivas y deseantes. Los Sistemas económicos, ideológicos y religiosos delimitan la estructura de las relaciones de poder y definen pensamiento y acción. Los modos de relación entre los sexos expresan la forma de interacción establecida por los sistemas de supervivencia y continuidad del grupo, generando narrativas simbólicas donde los sujetos se sitúan como integrantes, forjadores y garantes del mantenimiento del acuerdo e imposiciones sociales.
Pero el mantenimiento de la estructura de poder desigual no sería posible si no se articulara en un poder de definición y un poder de control:
- El poder de definición delimita "las posibilidades de ser" según el sexo, define qué es un varón y qué una mujer, y aglutina los contenidos de estereotipos y roles que marcan comportamientos, sentimientos, lugares, funciones y papeles. Con este poder se imbrican las instituciones, políticas, legislativas, científicas, culturales, educativas o religiosas que configuran la representación simbólica de los sexos.
- El poder de control instituye los mecanismos del cumplimiento o sanción de la normativa definitoria, sexual, afectiva y reproductiva, así como el acceso a los recursos (salud, educación, trabajo).
Para que ese contexto disciplinario pueda naturalizarse y desarrollarse es necesario implicar a los sujetos en esa tarea, y es a través de la socialización y por los mecanismos psicológicos de identificación, y las necesidades de reconocimiento y autoestima, como hace suyo el sujeto el mandato social. Deberíamos preguntarnos en qué capa profunda de la identidad arraiga la creencia en la inferioridad de las mujeres, o cómo una creencia, un estereotipo, se convierte en certeza que moviliza deseo, pensamiento y acción.
Como ejemplo de la alambicada relación entre definición y control podemos referirnos a la creciente naturalización de la violencia de género entre l@s adolescentes. Desde la estereotipia de la masculinidad y feminidad se dan como naturales y propias de las relaciones amorosas, el control, los celos y las actitudes de maltrato y acoso. Como demuestra el reciente estudio sobre la adolescencia de la Universidad Complutense de Madrid con 8.000 entrevistas on line a 8.000 menores.
Por ello, el camino hacia la desaparición de las desigualdades entre varones y mujeres exige rupturas a nivel social y personal. La compleja articulación de las asimetrías que subyacen a la desigualdad hace necesario que se parta de una realidad personal, política y social, y que integre tanto aspectos subjetivos, como representacionales y ejecutivos.
En referencia a la dimensión subjetiva, supone la transformación cognitivo/afectiva del sujeto hacia la flexibilidad cognitiva y emocional y el desarrollo de la autoestima psicológica. En cuanto a la representacional, un cambio de contenidos de las representaciones sociales sobre los sexos y de las imágenes acerca de la feminidad y masculinidad como significados excluyentes de los sujetos, y en la ejecutiva la ampliación de la capacidad, la acción y el empoderamiento, a través del desarrollo de la socialización en la igualdad, diversidad, respeto y cooperación, así como el fomento de la igualdad de oportunidades y la transformación de la división sexual del trabajo y la toma de decisiones.
Supone por tanto un compromiso político y ético, personal y social inmerso en la vida social, privada y cotidiana de todos, varones y mujeres.
 
ROSA PASTOR CARBALLO.

Claves para un análisis feminista de la prostitución.



La prostitución es un antiguo fenómeno social que ha experimentado cambios muy profundos en los últimos treinta años, relacionados con dos procesos sociales que están transformando el mundo del siglo XXI y estrechamente vinculados a la crisis del contrato sexual. Mujeres en distintas partes del mundo han conseguido derechos y, además, los han ejercido. Por primera vez en la historia, grupos reducidos, pero significativos, de mujeres pueden decir, y dicen, 'no' a los varones. Esa primera parte del contrato sexual por el que cada varón se convierte en dueño y señor de una mujer, y cuya expresión social legítima es el matrimonio, ha entrado en crisis, pues ha dejado de ser la única opción para muchas mujeres. Sin embargo, este hecho no debe oscurecer que frente a esta mayor libertad para algunas mujeres, se encuentran otras cuya situación ha empeorado visiblemente. Y con esta afirmación, me estoy refiriendo a la segunda parte del contrato sexual, por la que un reducido grupo de mujeres es asignado a todos los varones y cuya expresión, socialmente reprobable, es la prostitución. La idea que argumentaré brevemente es que a medida que algunas mujeres pueden desasirse del dominio masculino y conquistan parcelas de individualidad, otras son más intensamente dominadas y explotadas por el sistema patriarcal. Con la globalización neoliberal el rostro de la prostitución ha cambiado decisivamente, pues de ser una realidad social reducida se ha convertido en una gran industria global que moviliza miles de millones de euros anuales.
Para comprender la complejidad de esta práctica social hay que diferenciar dos planos: el intelectual y el ético-normativo. Primero hay que examinar la naturaleza y las causas de este fenómeno social y, en consonancia con ese análisis intelectual, adoptar una posición ético-normativa respecto a su existencia. Si el punto de partida, tras estudiar la prostitución y las causas que la originan, es que esta práctica social es una forma deseable de vida y no puede ser definida como una forma de explotación sexual, entonces la conclusión lógica es legalizar y reglamentar la prostitución. Si, por el contrario, se considera la prostitución una forma inaceptable de vida, resultado del sistema de hegemonía masculina, vinculada a la dominación patriarcal y que vulnera los derechos humanos de las mujeres al convertir su cuerpo en una mercancía y en un objeto para el placer sexual de otros, entonces se concluye la imposibilidad de su legalización.
El punto de partida ético-normativo, que compartimos quienes escribimos en este monográfico, es que la prostitución es una realidad social que debe ser erradicada porque es fuente inagotable de desigualdad y subordinación para las mujeres que la ejercen y para las mujeres en general [1]. Para ello es necesario distinguir el fenómeno social que es la prostitución del colectivo concreto que son las mujeres prostituidas, pues esta distinción nos permitirá criticar esa realidad social y al mismo tiempo establecer elementos de solidaridad con las mujeres que la ejercen. En otros términos, pondremos en tela de juicio la estructura de subordinación y explotación sexual que subyace a la prostitución y, al mismo tiempo, afirmamos nuestra solidaridad con las mujeres prostituidas.
NATURALIZACIÓN DE LA PROSTITUCIÓN
Uno de los argumentos centrales de este debate hace referencia al estereotipo de que la prostitución es el 'oficio más viejo del mundo'. En el imaginario colectivo está profundamente arraigada la idea de que la prostitución es una realidad que está más allá de lo cultural. Todo fenómeno social para que pueda reproducirse a lo largo del tiempo tiene que estar sometido a procesos permanentes de legitimación. La primera legitimación de cualquier fenómeno social se encuentra en su propia facticidad. El hecho de que haya existido durante largos periodos históricos puede sugerir que forma parte de un 'orden natural' de las cosas imposible de alterar. Si, además de existir, también ha sobrevivido a intentos de acabar con esa realidad, como, por ejemplo, la legislación prohibicionista, entonces parece que tiene una fuerza que va más allá de lo puramente social. Uno de los subtextos del imaginario de la prostitución sugiere que está profundamente anclada en algún oscuro lugar de la naturaleza humana. Y éste es, desde luego, uno de los problemas que obstaculizan una posición crítica frente a la prostitución: su naturalización, pues con esos argumentos se coloca a esta práctica social en el orden de lo pre-político. En efecto, si el fundamento de esta práctica social está en la naturaleza, entonces difícilmente podrá ser definida como una institución y, por tanto, interpelada socialmente.
LA INVISIBILIDAD DEL CLIENTE
La prostitución es una realidad social cada día más compleja debido tanto al aumento creciente de los actores y procesos involucrados alrededor de esta institución como a los significados e implicaciones ideológicas que derivan de su existencia. En efecto, la prostitución hoy es una gran empresa global, vinculada a la economía criminal, y en la que intervienen muchos actores que se benefician de ese negocio: medios de comunicación, empresarios del sexo, agencias de turismo sexual, proxenetas, narcotraficantes o traficantes de mujeres. Sin embargo, los actores principales, en primera instancia, son las mujeres que ejercen la prostitución y los clientes que utilizan los servicios de estas mujeres. En el imaginario colectivo, sin embargo, la prostitución está asociada a la imagen de la puta. Y, sin embargo, no hay mujer prostituida sin cliente. ¿Por qué el cliente ha sido invisibilizado en el imaginario de la prostitución? La prostitución, sin embargo, no debe ser definida como el oficio más antiguo del mundo sino como la actividad que responde a la demanda más antigua del mundo: la de un hombre que quiere acceder al cuerpo de una mujer y lo logra a cambio de un precio [2]. Lo que queremos hacer notar es que la figura del cliente ha sido silenciada como si fuese un elemento completamente secundario en esta obra de teatro. Y este hecho es un claro indicador de la permisividad social que existe hacia el prostituidor. De ahí la necesidad de mostrar la asociación entre cliente y dominio masculino, pues solo así podrán visibilizarse las relaciones de poder que están en el origen de la prostitución.
Por eso es necesario resignificar el imaginario de la prostitución y poner a los clientes en el lugar que les corresponde. Es necesario señalar que esos varones son algo más que consumidores y la prostitución no es una práctica inocua sino que, como todas las demás, no puede desligarse de las relaciones de poder que estructuran cada sociedad. En sociedades patriarcales en las que los varones tienen una posición dominante difícilmente podría pensarse que la prostitución es una realidad ajena a las relaciones de poder entre los géneros.
En este sentido es necesario retomar la categoría de patriarcado, pues sin la misma perdería sentido la posición ético-normativa que mantenemos sobre la prostitución. Si prescindimos de esta categoría que da nombre a esa compleja estructura social nos quedamos sin las herramientas intelectuales que hacen posible su comprensión. En efecto, la prostitución, como realidad social, solo se hace legible a la luz de esta estructura sistémica que organiza la sociedad asignando recursos y derechos asimétricamente entre hombres y mujeres.
CONSENTIMIENTO Y COACCIÓN EN LAS MUJERES PROSTITUIDAS
Un argumento que aparece recurrentemente en la literatura sobre prostitución y que está muy asentado en el imaginario colectivo es el de la legitimidad de la relación entre la mujer prostituida y el prostituidor, siempre y cuando las mujeres elijan libremente esa actividad. Sin embargo, ¿hasta qué punto las mujeres en situación de prostitución, todas ellas pobres y en algunos países, además, inmigrantes, pueden ser definidas como libres a la hora de elegir la prostitución como forma de vida? Con esta pregunta, queremos señalar que la cuestión del consentimiento es una variable fundamental a la hora de adoptar una posición ética sobre la prostitución.
¿Es un contrato libre, y por ello legítimo, el que establece la mujer prostituida y el cliente? La Modernidad se edificó sobre una nueva relación social, la contractual, y la piedra angular de ese edificio fue el consentimiento. La figura del individuo como sujeto político, la configuración de una nueva clase hegemónica, la burguesía, y la propuesta de un nuevo sistema político, la democracia son los elementos centrales del nuevo mundo. Y es ahí donde precisamente adquiere sentido la categoría de consentimiento. La Modernidad no aceptará la instauración de sistemas políticos ni relaciones sociales que no estén basados en un contrato basado en el consentimiento de sus miembros. No podríamos entender la democracia ni el resto de las relaciones sociales, incluido el matrimonio, fuera del contrato. Ese tipo de relación contractual es históricamente nueva y surge como una conquista frente a las relaciones sociales medievales, basadas en relaciones de adscripción.
A fin de comprender las relaciones sociales que se desarrollan entre el varón prostituidor y la mujer prostituida es necesario hacer una reflexión sobre la naturaleza del contrato y sobre la naturaleza del consentimiento. Rousseau explica que un contrato firmado por dos partes en la que una de ellas está dominada por la necesidad no es un contrato legítimo. Kant también explica que no se puede ser al mismo tiempo cosa y persona, propiedad y propietario. Estos filósofos sugieren que esos contratos podrán ser legales, pero nunca legítimos porque la capacidad de decisión de quien está dominado por la necesidad vicia ese consentimiento. En esa misma línea, en el siglo XIX, Marx lanzaba una mirada crítica a los contratos establecidos entre un burgués y un obrero, entre un empresario y un trabajador, al poner en cuestión los contratos económicos basados en la necesidad absoluta de una de las partes contratantes. Y de esta argumentación se deriva una conclusión que ha estado en el fundamento de todas las teorías críticas de la sociedad: no puede haber libertad de contrato absoluto en sistemas sociales edificados sobre dominaciones. Ya en el siglo XX, Carole Pateman analiza el contrato entre prostituidor y mujer prostituida como carente de legitimidad, pues esa relación se origina en un contrato sexual sobre el que se edifican las sociedades patriarcales
Nos interesa señalar que la ilimitada libertad de contrato forma parte del núcleo ideológico más duro del liberalismo y la crítica a esa libertad absoluta forma parte de las señas de identidad de los pensamientos críticos. La idea que queremos subrayar es que la libertad y el consentimiento de las mujeres que llegan a la prostitución son reducidos, pues están limitados por la pobreza, la falta de recursos culturales, la escasa autonomía y en muchos casos por el abuso sexual en la infancia. Y para que todo ello adquiera sentido hay que señalar que esas realidades están inscritas en el marco de sociedades patriarcales en las que los varones tienen una posición de hegemonía sobre las mujeres.
Los análisis que intentan justificar la prostitución como un contrato legítimo se apoyan en argumentaciones funcionales al neoliberalismo, para cuya ideología los contratos no deben tener límites. Los autores y autoras que defienden la legitimidad de ese contrato fundamentándolo en la voluntad del individuo, se olvidan que libertad y voluntad no coinciden en muchas ocasiones.
Para concluir, la prostitución como práctica social que consagra la explotación sexual sólo puede ser combatida con más libertad y más igualdad para las mujeres que se ven obligadas a ejercerla y todo ello en el marco de los derechos humanos.
 
ROSA COBO.

2 de abril de 2014

Minar ideas misóginas para romper el techo de cristal.


El “techo de cristal” hace referencia a una superficie invisible pero implícita –basada en prejuicios, ideas o normas morales– en la carrera laboral de las mujeres, que es difícil de traspasar y que impide su avance en la política, la educación, la ciencia o la academia.

Aunque es persistente, hay mujeres que históricamente se han esforzado por romper esta barrera; pese a las críticas, obstáculos o limitaciones que han enfrentado algunas de ellas lograron traspasarla y al mismo tiempo dejar huella para que mujeres de otras generaciones no cedan en el intento.

Patricia Galeana, doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM y directora del Museo de la Mujer, recopila estas luchas, propuestas y avances de las mujeres al traspasar estas barreras en el libro “Rompiendo el techo de cristal. Las mujeres en la ciencia, en la educación y en la independencia financiera”.  

Galeana también hace uso de cifras, estadísticas y comparativos nacionales sobre la desigualdad en el acceso al ámbito educativo, así como a los puestos de representación y toma de decisiones para exponer la realidad, que pese a los avances, las mexicanas continúan padeciendo.

La publicación está compuesta por 16 textos de académicas o investigadoras destacadas, entre las que se encuentran Esther Orozco, ex rectora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México; las investigadoras en Economía Alicia Girón y Eugenia Correa; la física y especialista en mecánica cuántica Ana María Cetto, o la doctora y fundadora del grupo Mujer y Ciencia, Elia Martha Pérez Armendáriz.

Divididos en tres capítulos, los textos hacen un recorrido por las conceptualizaciones históricas del papel de las mujeres en la sociedad o la educación; las historias de éxito de investigadoras y de políticas que quedaron invisibles ante la historia oficial, y las propuestas para romper los prejuicios que fortalecen el techo de cristal.

Resultado de la serie de coloquios que la Federación Internacional de Mujeres Universitarias (IFUW, por sus siglas en inglés) organizó a través de sus federaciones y asociaciones nacionales, para analizar las causas del techo de cristal en los respectivos países y buscar soluciones, el libro busca romper con ideas discriminatorias o misóginas como que las mujeres no logran avanzar en su carrera universitaria por una supuesta autoimposición, o porque “optan por trabajar menos horas que los hombres para poder pasar más tiempo con su familia”.

En la primera parte “Educación para el empoderamiento de las mujeres” se encuentran textos como el de María Elena Tovar González, ex rectora de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, que hace un repaso histórico por el ingreso de las mujeres en la educación, y plantea que invertir en la materia es una forma de acabar con la pobreza en México.

En ese apartado, Candita Victoria Gil Jiménez, ex rectora de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, sostiene que al hablar del techo de cristal también “hablamos de siglos de esfuerzo para tener derecho a aprender y a enseñar, para ser licenciadas, maestras, doctoras, especialistas, funcionarias y rectoras, para ser reconocidas social y profesionalmente por nuestro esfuerzo, saberes y desempeño”.

En la segunda parte (“Las mujeres en la ciencia”) está la voz de Luz Fernanda Azuela, doctora en Geografía y docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, quien destaca que siempre ha existido una presencia constante de las mujeres en actividades científicas “como sanadoras, enfermeras, curanderas y parteras, pero los hombres se apropiaron del quehacer femenino ancestral” y menospreciaron estos esfuerzos.

También está la voz de Elina Elfi Coral Castilla, rectora de la Universidad de Quintana Roo, que recuerda que la educación es un derecho humano elemental y “el mejor instrumento para la equidad, no sólo de género, sino también socioeconómica”, y no obstante en las esferas técnicas y profesionales persisten estereotipos de género.

Finalmente, en la tercera parte “Autofinanciamiento para la independencia económica de las mujeres” se exponen temas como el feminismo, la crisis económica y su impacto en las mujeres, las pensiones de viudez en la nueva Ley del ISSSTE,  así como las satisfacciones laborales de las empresarias tamaulipecas en el sector rural.

Por ejemplo, en su trabajo la investigadora Eugenia Correa expone que la fuerza más importante que sostiene el techo de cristal es la condición de marginación y pobreza tan generalizada que impide que un buen número de mujeres “obtengan condiciones para desarrollar todas sus capacidades” y avancen hacia una vida plena y libre”.

Por: Anaiz Zamora Márquez
http://www.cimacnoticias.com.mx/node/66057
 

12 de marzo de 2014

La Mujer y la Tierra son una sola .


No hablaré de cifras sobre la situación de la mujer ni de sus dolores, o algo por el estilo que parezca académico. Por mucho tiempo he reflexionado sobre por qué en la lengua Awajún se dice a la mujer "nuwa", a la tierra "nugka" y a la madre de la tierra "nugkui". ¿Es una explicación de la relación holística de la mujer con la tierra o es una mera coincidencia lingüística? Yo diría que no es una coincidencia lingüística sino una expresión de conexión de la mujer con el mundo real. Me explico. En la historia del pueblo Awajún, la agricultura llega en manos de la mujer y Nugkui es su principal fuente proveedora de conocimiento en la materia.
La tierra representa fertilidad, pero también es fuente proveedora de la riqueza del mundo. Todo sale de ella. Así como la semilla germina alimentándose de la tierra, todas las naciones venimos por medio de la mujer.
La naturaleza epistemológica de esta relación es muy profunda y holística. La expresión "madre" es una palabra que viene dotada de una significación profunda como la raíz de un árbol anclada en el suelo. Cuando más profunda la raíz, más alta y visible denota el árbol. Pues contemplada en forma humana así se destaca la mujer develando su gran maestría, aunque muy ignorada tantas veces.
No se destaca porque trae naciones al mundo, se destaca porque es la primera maestra del mundo que enseña a la humanidad las bases del caminar. La tierra no se quiere desprender de la mujer, ella no puede hablar pero habla a través de la mujer, por eso le dio el conocimiento de la agricultura y del cuidado que los humanos debemos tener en su aprovechamiento. La mujer es cómplice innata de la tierra. No existe nación alguna sin ninguna identidad territorial como tampoco existe el ser humano sin ninguna madre.
En la modernidad de los tiempos quien entiende mejor el problema climático es la mujer y eso no es porque la mujer estudia con mayor dedicación el fenómeno natural, sino que ocurre que ella es la tierra misma. La mujer en forma de madre entiende mejor el problema del hambre porque es ella la que alimentó a las naciones y es ella la que enfrenta a diario y carga el problema de la escasez.
Entiende de cerca el problema de la pobreza porque conoce el frío que siente un niño cuando no tiene abrigo, entiende mejor el problema de la violencia y de la injusticia porque ella ha repartido desde un principio la ración del mundo con amor y ponderación. Ella es la que en familia distribuye alimento a todos por igual y el cariño que emana es la palabra de amor.
Sin embargo, poco o nada hemos hecho sus hijos por ella. Por eso, en el Día Internacional de la Mujer, lo mínimo que debemos hacer es honrarla como debe ser, darle el espacio que por derecho natural le corresponde. Por qué no entender que de las tantas tareas que existen gran parte de ellas deben estar en las manos maestras de la mujer, por qué no entender que la falta de esta fuerza le quita al mundo de los humanos la mitad de su energía, por qué no facilitar que la mujer siga sorprendiéndonos con su conocimiento, aprender de ella, dejar que con voz cada vez más fuerte diga "así se debe resolver el problema social", "de esta manera se debe equilibrar los poderes para mantener la paz y la justicia", de escuchar sus aportes sobre cómo enfrentar la crisis climática, pero también abrir más espacios en el plano político y económico para que sus manos ayuden a resolver el problema del hambre y la pobreza. Ella es sabia por naturaleza porque no está sola, la tierra es ella y la tierra está con ella, con su divino hacedor. Es el momento de darle vuelta a la página, es el tiempo de la mujer.

Por Gil Inoach Shawit*, es indígena del pueblo Awajún, ocupó el cargo de presidente de la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP) de 1996 al 2002.

http://servindi.org/actualidad/102643?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Servindi+%28Servicio+de+Informaci%C3%B3n+Indigena%29
 
 
 

¿Cuál es la psicología de Alicia en el País de las Maravillas?


El cuento de Lewis Carroll está lleno de alusiones a la educación y las costumbres de su época. Mezcla fantasía y realidad, y ha influido a literatos, músicos, cineastas y científicos.

Caída angustiosa. El descenso de Alicia por la madriguera que parece no tener fin recuerda la pesadilla tan recurrente en muchas personas de caer y caer, hasta que la sensación de angustia creciente les hace despertar. Carroll usa esa imagen para describir la entrada en lo inconsciente.

Las prisas. El Conejo Blanco mira su reloj y va siempre apresurado diciendo "¡Dios mío, voy a llegar tarde!". Refleja la ansiedad, la conducta paranoica y la exigencia a veces exagerada que los mayores imponen a los niños.

Fuera rutinas. Los adultos viven atados a la costumbre, como el Sombrerero y su eterno té de las seis. Carroll critica los comportamientos asumidos que nunca son cuestionados. Alicia, a lo largo del libro, se acostumbra a la libertad y a la aventura, y, al despertar del sueño, encuentra "aburrido y estúpido que la vida siguiera su curso normal".

Números. La condición de matemático de Lewis Carroll se nota en la obra, llena de guiños al álgebra, la teoría de números y la lógica. La caída interminable de Alicia recuerda al concepto de límite. En el capítulo 5, la paloma dice que las niñas pequeñas son un tipo de serpiente, ya que las dos comen huevo. Esta deducción alude al cambio de variables.

Crisis de identidad. La incertidumbre propia de la adolescencia aparece cuando Alicia se encuentra a la Oruga Azul sentada fumando con un narguile. Esta pregunta con prepotencia a la niña por su identidad, a lo que ella responde llena de dudas, pues al haber cambiado varias veces de estatura ya no sabe bien quién es. La Oruga Azul es la lógica racional, las dudas y la paciencia como madre de la ciencia.

Vitalidad. El Gato de Cheshire destaca por su sonrisa. Representa el sentido vital: "Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante".

Estira y encoge. En el libro, la protagonista aumenta y disminuye de tamaño varias veces. Eso ha dado lugar al término micropsia o síndrome de Alicia en el País de las Maravillas para definir un trastorno neurológico que afecta a la visión. El sujeto que lo padece percibe los objetos mucho más pequeños y alejados de lo que están en realidad. También se llama visión o alucinación liliputiense.

Intolerancia. La Reina de Corazones gobierna despóticamente el País de las Maravillas. Narcisista, rígida y controladora, resuelve los problemas, pequeños y grandes, mandando decapitar a todo el que ose ofenderla.


http://www.muyinteresante.es/cultura/preguntas-respuestas/cual-es-la-psicologia-de-alicia-en-el-pais-de-las-maravillas-511394618716

9 de marzo de 2014

El empoderamiento de la mujer en el trabajo contribuye al fin a la pobreza.


Invertir en el empoderamiento económico de las mujeres contribuye directamente  a la igualdad de género, la erradicación de la pobreza y el crecimiento económico inclusivo. Las mujeres contribuyen de manera muy significativa a las economías, ya sea en empresas, granjas, como emprendedoras o empleadas o trabajando como cuidadoras domésticas no remuneradas.
Por otro lado, siguen sufriendo de manera desproporcionada la pobreza, la discriminación y la explotación. La discriminación de género implica que a menudo las mujeres acaban desempeñando trabajos no seguros y mal pagados, y siguen siendo una pequeña minoría en puestos directivos. La discriminación también reduce el acceso a bienes económicos como la tierra y los préstamos y limita su participación en el diseño de políticas sociales y económicas. Otro aspecto a considerar es que el grueso de las tareas domésticas recae en las mujeres, por lo que suelen tener poco tiempo libre para aprovechar oportunidades económicas.

Un nuevo informe del Grupo del Banco Mundial se destaca la necesidad de adoptar medidas audaces y coordinadas que fomenten la igualdad de oportunidades para la mujer en el entorno laboral, entre ellas abordar desde un principio los prejuicios de género, ampliar el acceso de la mujer a la propiedad y las finanzas, y elevar la edad jubilatoria, lo que traerá beneficios considerables en la lucha contra la pobreza.

Según la publicación Gender at Work (Cuestiones de género en el trabajo), prácticamente todas las mediciones a nivel mundial indican que las mujeres se ven más afectadas por la exclusión económica que los hombres. Las tendencias sugieren que en los últimos 20 años la participación de la mujer en la fuerza de trabajo se ha estancado y se ha reducido del 57% al 55% a nivel mundial. Esto es así a pesar de la creciente evidencia de que el empleo beneficia a las mujeres, las familias, las empresas y las comunidades.

"Sabemos que si se reducen las disparidades de género en el entorno laboral se pueden generar importantes beneficios en materia de desarrollo: se puede mejorar la salud y la educación de los niños, contribuir a la reducción de la pobreza y fomentar la productividad", señaló Jim Yong Kim, presidente del Grupo del Banco Mundial. "Se trata de una cuestión urgente. No actuar equivale a perder una gran oportunidad. Hasta el momento, se ha avanzado muy poco y con demasiada lentitud".

"Hoy en día, muchas más niñas asisten a la escuela y tienen una vida más larga y saludable que hace 30 o incluso 10 años. Pero esto no se ha traducido en mayores beneficios", afirmó Kim. "Aún hay demasiadas mujeres que carecen de libertades y oportunidades, y enfrentan enormes desigualdades en el mundo laboral".


Medidas progresivas, generales y coordinadas
De acuerdo con el informe, dado que, desde temprano y a lo largo de toda su vida, las mujeres deben enfrentar diversas limitaciones en el ámbito laboral, para reducir la disparidades de género es necesario tomar medidas progresivas, generales y coordinadas. En el documento, que complementa el Informe sobre el desarrollo mundial 2013, dedicado al empleo, se señala que las opciones deberían ser, entre otras, incorporar la igualdad de género en las estrategias de empleo y crecimiento, reformar los sistemas jurídicos, y comprometer la participación del sector privado en la búsqueda de soluciones innovadoras destinadas a promover la igualdad de género.

Asimismo, se afirma que las normas sociales pueden exacerbar las privaciones y limitaciones que enfrentan las mujeres. Casi cuatro de cada 10 personas a nivel mundial —casi la mitad en los países en desarrollo— están de acuerdo en que, cuando los empleos escasean, los hombres tienen más derecho al trabajo que las mujeres. Las limitaciones más comunes que enfrentan las mujeres más desfavorecidas incluyen la falta de movilidad, tiempo y aptitudes, la exposición a la violencia, y la ausencia de derechos básicos.

"Las mujeres pobres en particular son propensas a sufrir múltiples limitaciones en varios niveles", señaló el director de Género y Desarrollo del Grupo del Banco Mundial, Jeni Klugman, coautor del informe con Matthew Morton. "La creación de condiciones equitativas para ese grupo y el aprovechamiento de su potencial económico podrían ser decisivos para combatir la pobreza extrema".


Fuerza femenina
En América Latina y el Caribe, la participación de la mujer en la fuerza de trabajo ha aumentado un 35% desde 1990. En el análisis realizado por el Grupo del Banco Mundial se concluyó que en 2010 los niveles de pobreza extrema y de desigualdad de ingreso promedio habrían sido un 30% y un 28% más elevados, respectivamente, si no hubiera sido por el aumento de los ingresos de las mujeres generado por el incremento de los ingresos laborales, el acceso a beneficios jubilatorios y la participación en la fuerza de trabajo entre 2000 y 2010.

Según el informe, los estudios de diagnóstico en los países son esenciales para ayudar a los Gobiernos a determinar cuáles son las mejores políticas y resulta imprescindible contar con una mayor participación del sector privado, que es, con mucho, la principal fuente de empleo. El sector privado puede marcar el rumbo creando un entorno de trabajo y políticas que tengan en cuenta las condiciones familiares, incentivando a las mujeres a familiarizarse con puestos y sectores no tradicionales, y revisando las políticas y los sistemas de recursos humanos destinados a abordar la discriminación y el acoso. Asimismo, es necesario realizar más inversiones para subsanar las deficiencias principales en materia de datos y conocimientos.

Para promover la igualdad de género en el trabajo, en el informe se recomienda a los Gobiernos la adopción de medidas específicas que abarquen el ciclo de vida de la mujer y se señala que las intervenciones destinadas únicamente a las mujeres en edad reproductiva comienzan demasiado tarde y terminan demasiado pronto. Los sesgos pueden comenzar en las primeras etapas de la vida, en ocasiones de manera sutil, lo que hace que en última instancia resulte difícil y costoso resolver el problema de la desigualdad.


Recomendaciones a los gobiernos
En Gender at Work se recomiendan diversas políticas que los Gobiernos pueden aplicar a lo largo de la vida de una mujer:

* Durante la infancia y la juventud, se pueden aplicar políticas orientadas a combatir la desigualdad a través de la educación y la capacitación, por ejemplo brindando incentivos para que las niñas asistan a la escuela.
* En el caso de las mujeres en edad reproductiva, las medidas a tener en cuenta incluyen eliminar las restricciones al trabajo y el empleo, permitir y alentar la propiedad y la titularidad conjunta de tierras, y aplicar leyes equitativas en materia de sucesiones. Otras estrategias incluyen políticas de flexibilidad y licencias adaptadas a las condiciones familiares, programas de atención infantil accesible y desarrollo en la primera infancia, y el desarrollo de infraestructura para aligerar las tareas que realiza la mujer cuando se dedica al cuidado del hogar y de la familia. Es imprescindible contar con acceso equitativo a los activos y a los servicios financieros. Abordar las limitaciones fuera del sector formal reviste particular importancia en los países de ingreso bajo, dado que la mayoría de las personas —sobre todo las mujeres— no percibe sueldos ni salarios por su trabajo.
* En el caso de las mujeres de mayor edad, los Gobiernos pueden apoyar la elaboración de normas laborales equitativas para la vejez, combinadas con programas de protección social adecuados. La edad jubilatoria debería ser la misma para los hombres y las mujeres. Por otra parte, mediante programas específicos se puede mejorar la capacidad de las mujeres de mayor edad que puedan y quieran trabajar, y a través de las políticas previsionales se puede brindar protección sin desalentar el trabajo de la mujer.

En el informe se advierte que el envejecimiento de la población en el mundo en desarrollo revestirá cada vez más importancia para los Gobiernos. Se espera que de aquí a 2050 la tasa de dependencia de las personas mayores en los países en desarrollo aumente un 144% y que en ese mismo período la tasa de dependencia de los niños disminuya un 20%, lo que alterará la naturaleza de la carga de los cuidados en las familias y las sociedades.

"Hoy en día, se aprovecha apenas la mitad del potencial productivo de las mujeres a nivel mundial. Esto es un desperdicio, dado que la igualdad de género en el entorno laboral es sumamente beneficiosa tanto en el ámbito del desarrollo como de la actividad empresarial. El compromiso debe comenzar con la tarea de fomentar las capacidades y aspiraciones de los niños y las niñas en igual medida desde los primeros años, de manera de generar un efecto lo suficientemente duradero para que ellos y las futuras generaciones vivan en un mundo más equitativo y próspero", manifestó Klugman.

La Organización Internacional del Trabajo estima que se desaprovecha casi la mitad del potencial de las mujeres en edad reproductiva, en comparación con el 22% en el caso de los hombres. La reducción de estas disparidades podría reportar enormes beneficios para el desarrollo. En un estudio realizado por Goldman Sachs se concluye que si se redujeran las disparidades de género en el trabajo se podría incrementar en hasta un 14%, para 2020, el ingreso per cápita en los mercados emergentes.

http://www.unwomen.org/es/what-we-do/economic-empowerment
http://www.wim-network.org/2014/03/el-empoderamiento-de-la-mujer-en-el-trabajo-contribuye-al-fin-a-la-pobreza/

7 de marzo de 2014

La mujer y el cómic .


El mundo del cómic es una realidad relativamente joven. Aun así, en su apenas siglo de vida el noveno arte ha sufrido grandes transformaciones. Una de ellas ha sido la evolución del papel de la mujer, que ha pasado en poco tiempo de extraña a parte fundamental de la industria.
Históricamente, la mujer ha sido en gran medida ajena a aquellas formas de expresión que a finales del siglo XIX originaron el cómic (surgido como incentivo para la venta de periódicos, dirigidos sobre todo a los varones), lo que implicó que quedara excluida, en parte, de los grandes circuitos artísticos. Esto no quita que el sector femenino infantil -y más tarde el juvenil- ganaran en importancia como potenciales consumidores, sobre todo a partir de mediados del siglo pasado, reclamando personajes con los que poder identificarse. Por ello, debemos distinguir dos perspectivas: la mujer creadora y la mujer como personaje de cómic.

En los cómics, los personajes femeninos comenzaron siendo simples acompañantes para los héroes masculinos; intereses amorosos, damiselas en apuros o femmes fatales que complicaban su existencia. El auge de las historietas de aventuras traerá poderosos héroes seguidos ocasionalmente por chicas que añaden un contrapunto exótico y romántico a sus historias. Por el contrario, las villanas se caracterizarán sobre todo por ser sensuales y proactivas (como Catwoman), habitualmente tratando de conquistar al héroe mediante el juego sucio, resultando inesperadamente más atractivas para la audiencia, lo que a la larga será crucial para la evolución de los personajes femeninos. Aun así, sólo en contadas excepciones podremos ver a una mujer siendo el centro de la acción. Ejemplos de ello son Krazy Kat, de las tiras cómicas del mismo nombre creadas por George Herriman en 1915 y sobretodo, Winnie Winkle the Breadwinner (Winnie Winkle, el sostén de la casa), un cómic creado en 1920 por Martin Branner y que se siguió editando hasta los años noventa. Trataba de los avatares de una joven que trabajaba para mantener a sus padres y a su hermano pequeño, reflejo de cómo los tiempos cambiaban tras la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral durante la I Guerra Mundial. Poco a poco, el cómic cambiaría también.

El cómic de aventuras da paso al de superhéroes, al tiempo que la mujer debe de nuevo incorporarse al trabajo para sustituir a los soldados en el frente durante la II Guerra Mundial. Esto permite a algunas mujeres entrar por primera vez a trabajar en las editoriales. Como forma de propaganda, los superhéroes volverán también su mirada a la mujer. Por aquel entonces, las superheroínas eran simples contrapartidas femeninas de héroes anteriores, pero por primera vez se mostraba en el cómic a mujeres fuertes y capaces de realizar trabajos hasta entonces masculinos. Wonder Woman, revolucionario personaje creado por William Moulton en 1941, brillará por encima de todas las demás. Dedicada a combatir a los nazis, no será contraparte de ningún superhéroe, y a pesar de tener un novio, se desliga del rol tradicional de género negándose a casar para seguir luchando contra el mal. Gracias a su atractivo, el personaje se volvió muy popular entre los hombres, pero algunas mujeres trabajadoras vieron en ella un modelo de conducta a seguir, lo que la convirtió en el referente del feminismo que es hoy en día. Sin embargo, a pesar de estos avances, tras la guerra el papel de la mujer vuelve a retrotraerse.

A partir de mediados del siglo XX la audiencia femenina se encuentra ya entre los objetivos de la industria, pero se afrontará casi exclusivamente desde la perspectiva del cómic romántico y adolescente. Patty’s World (conocido en España como Esther y su mundo) es un buen ejemplo de ello, además de ser obra de una mujer, la dibujante Purita Campos, y del guionista británico Phillip Douglas, en 1971. Antes ya había habido numerosos casos de mujeres dibujantes, las cuales trataron en ocasiones de orientar sus creaciones más hacia el costumbrismo que al romanticismo que trataba de imponerse a la audiencia desde las editoriales, responsable de dar paso tras la II Guerra Mundial a tendencias que buscaban recuperar a la mujer hogareña y amable de antaño frente a personajes como Wonder Woman que habían revolucionado el panorama de la época. Es el caso de La pequeña Lulú, creada por Marjorie Henderson Buell, alias Marge, una tira cómica sobre las travesuras cotidianas de una niña pequeña y sus amigos. Décadas más tarde, con el movimiento underground la mujer encontrará un nicho no sólo para protagonizar historias de cualquier género, si no para su propia reivindicación.

En Oriente, el manga japonés ha seguido una trayectoria completamente distinta hasta nuestros días. La cultura japonesa ha sido históricamente muy patriarcal, aunque en un sentido diferente al que podría aplicarse a la sociedad occidental del pasado. Tras el final de la II Guerra Mundial, se produce un fenómeno de hibridación radical en su cultura milenaria que mezcló el rechazo al imperialismo anterior y la aceptación de la ocupación y los valores americanos. Esto provocó una rapidísima emancipación de la mujer que no vino acompañada de un cambio de mentalidad –mentalidad que de hecho se retrotrajo aún más-, por lo que se produce un extraño fenómeno en que la mujer se "descosifica" en un sentido mientras que se sexualiza en el otro. Muy pronto aparecen los primeros personajes femeninos fuertes (La princesa Caballero, de Osamu Tezuka, o Sazae-san de Machito Hasegawa) en cuanto a que por un lado se reivindica su papel, y por el otro se busca ofrecer productos atractivos para consumidoras cada vez más independientes; pero con frecuencia, este desarrollo y protagonismo van unidos a cierto fetiche sexual. El manga se caracteriza por presentar personajes tipo, cuyas personalidades se repiten continuamente de una obra a otra, mientras que es en el desarrollo de esas personalidades donde está la originalidad. De esta forma, surgen clichés que representan diferentes tipos de actitudes, muchos de ellos existentes en la sociedad nipona. En lo referente a la mujer, podemos encontrar –a grandes rasgos- dos tipos opuestos: mujeres sumisas, ingenuas y serviciales (moe o lolitas, principalmente), o féminas fuertes, profundas, de mentalidad activa, e incluso violentas (tsundere, yandere o kūdere, entre otras). Habitualmente, se ha criticado la extrema sexualización de estos caracteres, muchas veces orientados al fanservice o al fetiche de los propios dibujantes, y que ha contribuido a popularizar su imitación entre las aficionadas. La mujer está casi plenamente introducida en la industria del cómic japonesa, por lo que aunque en los cómics creados por y para mujeres estos estereotipos son también habituales, su tratamiento normalmente huye de esta dependencia sexual, sustituyéndola por un fuerte componente romántico (presente también, por otra parte, en muchas obras de varones).

Hoy en día, en occidente la mujer cada vez se encuentra más integrada en el mundo del cómic, gracias a la desaparición de antiguos roles que ha llevado a muchas mujeres a interesarse por temáticas antes reservadas solo a los hombres, o la apertura de las editoriales a las dibujantes, que han podido publicar en este medio sus propias reflexiones sobre su identidad: Maitena, famosa dibujante argentina y sus tiras sobre la mujer actual, o el célebre caso de Marjane Satrapi, cuyas obras como Persépolis reflexionan acerca de la mujer en su Irán natal y en el mundo. De hecho, la difusión del manga, su mezcla de géneros y el protagonismo que concede a la mujer, han provocado que muchas nuevas artistas decidan lanzarse al mundo del cómic desde este género, por lo que, aunque aún quede mucho camino por recorrer, cada día la mujer forma una mayor parte en el noveno arte.