15 de mayo de 2018

La dualidad cultura versus derechos: ¿Mito o realidad?


El discurso y los movimientos de derechos humanos de las mujeres han quedado atrapados en la dualidad cultura versus derechos. Yakin Ertürk afirma que se trata de una falsa dualidad, que sirve a los intereses del patriarcado privado y público de la globalización neoliberal.

Introducción*

La década de los noventa fue un período notable en el que se desintegró el orden mundial que había caracterizado a la mayor parte del siglo XX, a la vez que quedaban al descubierto las tendencias y corrientes contradictorias en la gestación de un nuevo contrato social al interior de las sociedades y entre ellas en la era post-Guerra Fría.

En este período se produjo un nuevo despertar en el conocimiento de los derechos humanos cuando personas comunes de todo el mundo, que carecían de poder, lograron acceder directamente al sistema internacional de los derechos humanos que les ofreció un repertorio de estándares normativos para presentar demandas legítimas más allá del estado nacional (Levy and Szaider, 2006).

En este contexto, el movimiento global de mujeres se destaca particularmente por la eficacia con que logró aprovechar las oportunidades globales emergentes para hacerse escuchar. La movilización impulsada por las conferencias de la ONU sobre mujeres,1 así como por las conferencias globales2 de los años noventa permitió que las mujeres – desde el nivel local hasta el global –llevaran sus diferentes preocupaciones al terreno del diseño internacional de políticas y la incidencia por derechos humanos. Esta participación de las mujeres en procesos transnacionales transformó la teoría y la práctica convencionales de los derechos humanos centrada sobre todo en violaciones cometidas por actores estatales en la esfera pública, y modificó la doctrina del Estado para incluir su responsabilidad positiva.

La cultura como mediadora de la diferencia

Pero estos desarrollos se dieron en paralelo con el auge de fuerzas que se les oponían y que utilizaron la cultura y la religión como mediadoras de la diferencia y como bases para políticas de identidad. Los derechos humanos universales – y sobre todo las demandas de derechos humanos de las mujeres – fueron rechazados con el argumento de que eran conceptos ajenas a ‘nuestra cultura’. Cuando se mira este problema desde el Norte Global, se percibe cómo la cultura ‘otra’ se había esencializado hacía ya mucho tiempo como causa del subdesarrollo y de la subordinación de las mujeres en el mundo no-occidental.

Poco después de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer realizada en Beijing – el evento internacional de mayor concurrencia entre los de su clase –, en 1996 los talibanes tomaron el poder en Afganistán con la misión de limpiar el espacio público de mujeres, supuestamente para ‘protegerlas de los valores occidentales corruptos’ así como de sus colaboracionistas locales, es decir, los hombres de pensamiento liberal. En 2001, el ejército estadounidense atacó Afganistán para ‘salvar’ a las mujeres del país del salvajismo de los talibanes.

Si bien el caso de Afganistán constituye una batalla inconclusa, y puede ser considerado un ejemplo extremo de cómo se utiliza a las mujeres en lo que he llamado ‘choque de masculinidades alternativas’ (Ertürk, 2009), podría afirmarse que las guerras ‘culturales’ de hoy se están librando en torno al simbolismo de la representación que asumen las mujeres en la esfera pública. Por eso, los debates sobre los derechos de las mujeres quedaron atrapados en discursos basados en la cultura, fragmentando al movimiento de derechos humanos de las mujeres y presentando un desafío de envergadura para los paradigmas, políticas y prácticas feministas y de derechos humanos.

La Primavera Árabe vuelve a plantear la dualidad cultura/derechos ya que los feminismos de Estado preexistentes, promovidos por gobiernos autoritarios, están siendo reemplazados por las agendas conservadoras de los partidos islamistas.

¿Se producirá una violación totalitaria de los derechos humanos conquistados bajo los feminismos de Estados autoritarios? ¿Se abandonarán los compromisos internacionales contraídos por los regímenes del pasado, como la CEDAW? La Primavera Árabe, ¿puede realizar las aspiraciones democráticas de los pueblos sin hacer lugar a las demandas de las mujeres? Estas y muchas otras preguntas sobre las transiciones en la región carecen todavía de respuestas.
Pero lo que resulta claro, como el caso de Afganistán, es que el poder está cambiando de manos entre hombres que representan agendas patriarcales alternativas, con la cultura y la religión ocupando el centro de las políticas de identidad, sobre todo de las mujeres.

La mirada ‘cultural’ sobre las mujeres

Situar el problema de los derechos de las mujeres en el marco de la ‘cultura’ distrae la atención de las estructuras de género desiguales, así como del ambiente económico y político general en el que están teniendo lugar estos eventos.

Según Merry (2003: 64), ‘Culpar a la cultura por las desventajas que padecen las mujeres, las minorías y otros grupos vulnerables es una ideología atractiva para quienes defienden la globalización neoliberal contemporánea. Atribuye los estragos causados por el capitalismo expansivo y los conflictos globales a la cultura “del otro”’.

Por eso, el discurso de la autenticidad cultural les brinda a los patriarcas tradicionales una coartada perfecta para evadir toda responsabilidad de hacer lugar a las demandas de derechos de las mujeres; la interpretación cultural de la subordinación de las mujeres alivia a los países ricos de la responsabilidad por los desposeimientos causados por el capitalismo, el neoliberalismo, el militarismo, las ocupaciones y conflictos armados.

La buena noticia es que las mujeres no se han sometido pasivamente a estas violaciones a sus derechos. Individual y colectivamente siempre negociaron los valores hegemónicos. Enfrentándose a la cultura de la dominación, se organizaron y redefinieron la cultura y la religión para promover los derechos de las mujeres. Musawah y la Violence is not Our Culture Campaign (Campaña La violencia no es nuestra cultura) son apenas dos ejemplos en el mundo musulmán.

Jerarquía de derechos

Por otra parte, el marco de referencia internacional de los derechos humanos – en el que confían las mujeres para hacer que sus respectivos gobiernos rindan cuentas con respecto a los compromisos internacionales que han adquirido – continúa siendo algo abstracto, que se expresa en jerga jurídica y está alejado de las vidas de las mujeres.

Además, el trato ideológico que reciben los derechos en el sistema de derechos humanos – que privilegia los derechos civiles y políticos por encima de los económicos, sociales y culturales – refuerza la globalización neoliberal. Los gobiernos rara vez integran factores socioeconómicos en sus respuestas legislativas y políticas a los temas de las mujeres. Los derechos humanos de las mujeres quedan reducidos a una conceptualización estrecha de la violencia contra las mujeres como ‘daño causado’, sin tener en cuenta temas socioeconómicos que subyacen a la violencia como pobreza, vivienda, desempleo, educación, agua, seguridad alimentaria, comercio, políticas migratorias, conflictos y otros.

Cultura versus derechos

Desde hace mucho, las académicas feministas critican la noción de los derechos económicos, sociales y culturales como derechos sobre todo ‘aspiracionales’ que se pueden ir realizando de manera progresiva según los recursos de que disponga el Estado, en contraste con los derechos civiles y políticos que se consideran derechos ‘obligatorios’ que deben ser garantizados de inmediato. Ellas consideran que a estos últimos también se les puede aplicar un proceso de realización progresiva dado que los Pactos Gemelos imponen deberes positivos a los gobiernos, que deben cumplir sus obligaciones sin discriminación.

Una perspectiva desde la economía política hace explícitos los vínculos entre lo económico, lo social y lo político, demostrando que el poder opera no sólo por coerción sino también a través de las relaciones de producción y reproducción estructuradas que rigen la distribución y el uso de recursos, beneficios, privilegios y autoridad dentro y fuera del hogar.

También destaca la importancia de los derechos y prerrogativas económicas y sociales para fortalecer las capacidades de las mujeres y crear las condiciones necesarias para que ellas disfruten todos sus derechos.

Los desafíos a futuro

¿Cómo avanzamos considerando las fragmentaciones que causan las políticas de identidad, la distancia y la jerarquía de los derechos, y la reacción provocada por los avances que han logrado las mujeres expandiendo el espacio que ocupan? Es necesario responder a estos desafíos tanto desde la teoría como desde el activismo feminista. En primer lugar, es preciso que recordemos que las culturas, incluida la cultura de los derechos humanos, son espacios en disputa; por eso, necesitamos continuar adoptando estrategias de transformación para negociar y cambiar los valores y prácticas discriminatorias – ya sea en nombre de la cultura o en nombre de las normas universales de derechos humanos.

A nivel de paradigma, necesitamos revisar el discurso sobre las mujeres en el desarrollo y reconciliarlo con el discurso de derechos humanos para poder construir a partir de las lecciones aprendidas de cada uno, y avanzar hacia un paradigma integrado e integral de los derechos de las mujeres.

A nivel conceptual, tanto académicas como activistas feministas necesitar sumar fuerzas para cerrar la brecha entre los estándares de derechos humanos abstractos/distantes y las realidades de las mujeres sobre el terreno, desarrollando instrumentos analíticos y prácticos que cumplan un rol intermediario y estén contextualizados. El concepto de capacidades de Martha Nussbaum’s (2005) es un buen ejemplo en esta dirección.

A nivel de políticas, al igual que Bandana Purkayastha sostengo que las mujeres necesitan llevar sus preocupaciones a las mesas de negociación institucionales para generar cambios verdaderos. En este sentido, más analistas necesitan dedicarse a implementar políticas, y otras necesitan encontrar la manera de garantizar que las/os legisladoras/es escuchen e implementen sus análisis (Ertürk and Purkayastha, 2012).

A nivel práctico es necesario desarrollar alianzas estratégicas con otros movimientos progresistas y promover que el trabajo de las mujeres se organice a través de modalidades innovadoras. Grupos de mujeres de base le están insuflando una vida nueva a los enfoques cooperativos, que dejaron de estar de moda en la era neoliberal (uno de estos ejemplos es la iniciativa de la ONG turca ‘Fundación de apoyo al trabajo de las mujeres’).

Esto exigirá una interacción estratégica con el marco de referencia internacional de los derechos humanos para transformar la cultura de los derechos humanos y garantizar que los gobiernos cumplan con sus compromisos internacionales. Con respecto al marco de referencia, es importante pensar estrategias más allá de la CEDAW que las mujeres ya están utilizando de manera eficaz: los comités que monitorean el cumplimiento de los Pactos Gemelos tienen una importancia particular para cuestionar la jerarquía y la fragmentación de los derechos. Los derechos de las mujeres continuarán siendo aspiracionales si ellas no se empoderan a través del acceso a la vivienda, la tierra, el crédito, los ingresos y la autoridad.


http://www.forum.awid.org/forum12/es/2013/04/la-dualidad-cultura-versus-derechos-mito-o-realidad/

14 de mayo de 2018

RAVENSBRÜCK | EL INFIERNO DE LAS MUJERES



El nazismo sembró Europa de campos de concentración y exterminio que terminaron con la vida de millones de personas. En la gran mayoría de aquellos recintos de la muerte, hombres y mujeres vivían (sobrevivían, malvivían) separados en distintas zonas. Pero existió uno que se dedicó a exterminar a mujeres y niños después de hacerles vivir un verdadero infierno en la tierra. Ravensbrück ha quedado relegado en muchas ocasiones de los libros de historia. Su situación al otro lado del telón de acero durante la Guerra Fría y la desaparición de buena parte de sus archivos, lo relegaron a un injusto olvido. Allí, las mujeres recluidas descubrieron que no sólo los hombres eran capaces de cometer las más indescriptibles de las atrocidades. Ravenbrück fue algo más que un centro de reclusión y exterminio femenino, fue también una macabra escuela de maldad en el que fueron instruidas las guardianas nazis más agresivas y violentas del Tercer Reich.
A unos cincuenta quilómetros al norte de Berlín, junto a una típica aldea alemana llamada Ravensbrück, con casas de cuento y bucólicos lagos, se construyó el campo de concentración femenino más grande del nazismo, sólo superado por la sección femenina del centro de exterminio de Auschwitz-Birkenau. El nuevo centro se empezó a construir por orden de Heinrich Himmler en noviembre de 1938 con el esfuerzo de unos quinientos reclusos que fueron trasladados desde el campo de concentración de Sachsenhausen, situado en Brandemburgo. El lugar elegido por Himmler era perfecto. Lo suficientemente escondido pero también perfectamente conectado por tren con la capital del Reich.

En pocos meses estaba preparado para convertirse en la pesadilla de miles de víctimas del holocausto. 15 de mayo de 1939. Esa fue la fecha maldita en la que sus puertas se abrían para las primeras novecientas reclusas que fueron trasladadas desde el campo de concentración de Lichtenburg, centro que se convirtió en uno de los muchos subcampos de Ravensbrück. Desde su apertura hasta su cierre seis años después, pasaron por Ravensbrück 132.000 mujeres y niños, un millar de chicas adolescentes recluidas en el campo adyacente preventivo de Uckermark y 20.000 hombres de un pequeño centro masculino dependiente del campo principal. Cifras frías que esconden infinidad de historias de muerte, desesperanza y crueldad gratuita.
La estructura y rutinas del campo de concentración de Ravensbrück no distaban demasiado de las que se implantaron en el resto de campos que se extendieron por la vieja Europa como una terrible plaga letal. El campo estaba organizado en dieciocho barracones, de las cuales doce se reservaban como habitáculo de las reclusas. En literas de tres y con condiciones sanitarias deplorables, el hacinamiento en estos barracones fue en aumento a medida que más reclusas iban llegando hasta que, a partir de 1943 la situación se hizo insostenible. La sobrepoblación fue campo abonado para epidemias mortales como el tifus. Los otros seis barracones se utilizaron como enfermería, prisión y almacenes. El campo fue ampliado hasta en cuatro ocasiones, pero nunca se mejoraron las condiciones infrahumanas en las que tuvieron que vivir las reclusas.

Mujeres que soportaron una exigua alimentación, escasas horas de descanso y torturas físicas y psicológicas mientras se encargaban de hacer tareas en el propio campo o eran trasladadas a las distintas fábricas que se erigieron alrededor de Ravensbrück para que las reclusas trabajaran al servicio del Tercer Reich. Las que permanecían dentro, tenían la obligación de limpiar las calles embarradas y cavar fosas para las muchas reclusas que morían a diario. En las fábricas que se situaron alrededor del campo fueron obligadas a trabajar en condiciones de esclavitud en talleres textiles y en la fabricación de armamento para los alemanes.

Una vida muy parecida a la de los demás campos de concentración y de trabajo nazis. Pero había una importante diferencia. Las mujeres de Ravensbrück aún tuvieron que sufrir torturas adicionales por su condición femenina. Muchas de ellas habían atravesado las puertas metálicas del campo después de largas y agónicas travesías por Europa en vagones de ganado estando embarazadas. Su estado no fue precisamente de buena esperanza. Al llegar a Ravensbrück, las que no fueron obligadas a abortar en condiciones deplorables, vieron con absoluto pavor como sus hijos recién nacidos eran arrancados de sus brazos mientras eran obligadas a presenciar el asesinato a sangre fría de aquellos pequeños inocentes. Las guardianas nazis, sin ningún tipo de humanidad, lanzaban los diminutos cuerpos contra un muro, los descoyuntaban o los ahogaban. No es de extrañar que las madres quedaran enajenadas. En un macabro acto de piedad, algunos niños eran trasladados a una habitación a oscuras donde quedaban al amparo del frío y el hambre esperando una muerte segura. Fueron muy pocos los niños que consiguieron sobrevivir.

Otra de las diferencias aterradoras de Ravensbrück fueron los constantes experimentos médicos que se realizaron con mujeres. Además de inyectarles una solución química que les provocara la desaparición de la menstruación para que, según los doctores, fueran más productivas en las fábricas, muchas mujeres fueron sometidas a aberrantes experimentos de esterilización. El salvajismo que aquellos que se hacían llamar médicos llegó hasta tal punto que las mujeres de Ravensbrück sufrieron amputaciones provocadas, transplantes de huesos y tratamientos con sustancias que se suponían prevenían infecciones cuando en realidad provocaban indescriptibles sufrimientos, secuelas de por vida, cuando no la muerte.
La más absoluta denigración de las mujeres de Ravensbrück fue la prostitución. Si sus cuerpos ya no eran capaces de permanecer en pie y sus mentes habían sido demenciadas a causa de los constantes maltratos psicológicos, los responsables del campo aún encontraron una nueva forma de hundir a las reclusas. Bajo la falsa promesa de ser mejor alimentadas y quizás liberadas, muchas mujeres decidieron “voluntariamente” prostituirse en los burdeles nazis. Los constantes abusos sexuales y las enfermedades venéreas fueron otras de las muchas armas letales que exterminaron a aquellas mujeres inocentes.

Aunque pueda parecer imposible, las reclusas que conseguían sobrevivir construyeron redes de apoyo entre ellas. La ayuda, a falta de todo lo necesario para mantener unas condiciones físicas dignas, se centró en mantener el ánimo en aquel escenario de muerte y desolación. La poesía, la danza o la música fueron las armas que utilizaron las prisioneras de Ravensbrück para no caer en el pozo de la desesperación. La multiculturalidad que hizo del campo una pequeña Torre de Babel convirtió los cantos en el lenguaje universal de la esperanza. En los últimos meses de existencia del campo, las normas se fueron relajando y las reclusas que sabían tocar algún instrumento consiguieron recuperarlos de las barracas en las que se guardaban los bienes confiscados y organizar pequeños conciertos que hacían de las pocas horas libres momentos para recuperar el ánimo.

Escuela de asesinas

Ravensbrück, como todos los campos de concentración nazis, estaban organizados con una estricta jerarquía. El primer comandante nombrado por Himmler para dirigir el centro se llamaba Günter Tamaschke. Hijo de un comerciante, Tamaschke fue uno de los primeros miembros de las SS en Berlín. Dachau fue el primer campo de concentración en el que estuvo. Una experiencia que le valió el reconocimiento de las altas instancias nazis que nombraron a Tamaschke director del campo femenino de Lichtenburg hasta que participó en el traslado de sus reclusas al nuevo centro de Ravensbrück, del que fue nombrado director. Cuando llegó a oídos de Himmler que Tamaschke mantenía una relación con una de las guardianas del campo, decidió relegarlo de su cargo. Tamaschke continuó ejerciendo distintas tareas dentro del partido nazi. Finalizada la guerra, vivió tranquilamente retirado en Uhingen hasta que murió en 1959. El nuevo año de 1940 se inició con un nuevo comandante, el capitán Max Koegel. Hijo de un carpintero y huérfano desde pequeño, Mak Koegel ascendió en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. En la época de entreguerras tuvo que malvivir trabajando en una tienda de souvenires y en la antigua fábrica de su padre. Hasta que el nacionalsocialismo le devolvió la ilusión de vivir. Como su predecesor, Koegel, también trabajó en Dachau, Lichtenburg y Ravensbrück antes de sustituir a Tamaschke. En el verano de 1942, Koegel fue trasladado al campo de exterminio de Majdanek y más tarde se encargó del campo de concentración de Flossenbürg. Al final de la guerra fue arrestado y encarcelado. Un día después de ser encerrado se suicidaba. El último jefe de Ravensbrück fue el capitán Fritz Suhren. Suhren pertenecía a una familia de comerciantes del sector textil. Casado y con tres hijos, sin una carrera brillante que ofrecer a los suyos, se unió a las filas del nacionalsocialismo en 1928. Después de recibir formación en Dachau, fue trasladado a trabajar en el campo de Sachsenhausen hasta su nombramiento como director de Ravensbrück. Encargado de instalar la cámara de gas que terminara más rápidamente con la vida de las reclusas, Suhren fue el único de los tres responsables de Ravensbrück que fue juzgado y condenado a morir en la horca en junio de 1950. De nada le sirvió intentar negociar con la vida de una de sus reclusas, una espía a la que confundió con una sobrina del primer ministro británico Winston Churchill.

Günter Tamaschke, Max Koegel y Fritz Suhren fueron los máximos responsables de Ravensbrück. Y también los únicos hombres que tuvieron algún tipo de responsabilidad en él. Por debajo de los directores del campo, las verdaderas encargadas del buen funcionamiento y de aplicar las más terribles torturas a sus reclusas fueron las guardianas.

Ciento cincuenta mujeres miembros de las SS fueron las encargadas de someter a las más infames vejaciones a las reclusas del campo. Pero Ravensbrück fue algo peor, si eso era posible. Más de cuatro mil mujeres nazis fueron formadas en aquella escuela del terror para ejercer su barbarie en otros campos de concentración y exterminio.

Johanna Langefeld encabeza la larga lista de guardianas en jefe, conocidas como Oberaufseherin de Ravensbruck. Johanna tuvo una vida anodina. Sin estudios, viuda a los veintiséis y madre de un niño dos años después de enviudar, vivió sin oficio ni beneficio hasta que se alistó en el partido nazi en 1937 y su existencia cambió para siempre. Después de trabajar como guardiana en Lichtenburg, cuando este campo fue desmantelado, fue nombrada superintendente del nuevo campo de Ravensbrück. En 1942 era transferida al campo femenino de Auschwitz-Birkenau. Lamentablemente, Ravensbrück tenía otras guardianas para ejercer el horror.
Son muchos los nombres de aquellas auténticas asesinas en serie y sádicas ejecutoras que demostraron que el sexo femenino es también capaz de cometer las mayores atrocidades. Pero el que quizás provoca mayor estupor es el de Dorothea Binz, una bonita muchacha alemana que se vio irremediablemente deslumbrada por la propaganda del nacionalsocialismo y se convirtió en una de sus más letales abanderadas. Las reclusas intentaban por todos los medios evitar la mirada gélida de Dorothea Binz, quien se paseaba por el campo con un pastor alemán agarrado en una mano mientras con la otra sostenía un látigo. Las palizas, bofetones, latigazos, estaban a la orden del día. Dorothea era una asesina implacable que no dudada en terminar con la vida de una reclusa que se detenía un segundo de su trabajo propinándole patadas hasta terminar con su vida. Junto a Dorothea Binz, en Ravensbrück se formaron otras asesinas con Inma Grese, conocida como “El ángel de Auschwitz”, María Mandel, apodada “La bestia de Auschwitz” o Hermine Braunsteiner-Ryan, “La yegua de Majdanek”.

Si las duras jornadas de trabajo no eran suficientes para terminar con la vida de las reclusas, las Aufseherin se encargaban de torturar a aquellas que consideraban débiles e indignas. Un gesto, un leve movimiento en las largas horas de recuento o cualquier otra absurda excusa, era suficiente para que las guardianas decidieran darles un castigo ejemplar en el temido búnker. Aunque las que recibían más duros castigos eran aquellas reclusas que tenían la desesperada osadía de intentar escapar o hacer acciones de sabotaje en las fábricas de armamento. Esta fábrica del horror era un edificio situado dentro del campo en el que no había calefacción y las celdas de castigo permanecían a oscuras. Palizas constantes, insultos y vejaciones se completaban con largas horas en una absoluta oscuridad, sin comer nada, prácticamente desnudas. Las que sobrevivían al búnker eran muy pocas.

El doctor Gebhardt y sus conejillos de indias

En la enfermería de Ravensbrück, lejos de intentar salvar vidas, se realizaron algunos de los atroces experimentos médicos perpetrados por el nazismo, sólo comparados con los aberrantes experimentos realizados por el temido doctor Mengele en Auschwitz. De hecho, el doctor Karl Gebhardt, médico de Ravensbrück, conoció personalmente al sádico Mengele en el campo de exterminio polaco.

Amigo personal de Heinrich Himmler, de quien su padre era médico, Karl Gebhardt tuvo una brillante carrera no sólo como médico, sino también dentro del partido nazi. Licenciado en medicina en Múnich y especializado en medicina ortopédica, tras su ingreso en el nacionalsocialismo, su amigo Himmler le ayudó a medrar en su carrera como médico. Después de ser nombrado superintendente de un sanatorio de las SS y participar en los Juegos Olímpicos de Berlín como Jefe médico de Educación Física, sustituyó a su padre como médico personal de Himmler. Presidente de la Cruz Roja alemana y médico jefe de las SS, el doctor Gebhardt, después de pasar por Auschwitz, donde aprendió de las atrocidades médicas del doctor Mengele, fue destinado a Ravensbrück.

Las mujeres escogidas por el doctor Gebhardt recibieron el sádico nombre de “sus conejillas de indias”. Mujeres que fueron sometidas a amputaciones, trasplantes de miembros, injertos de pieles y tendones, disecciones, experimentos con medicamentos… todo ello sin prestar atención a ningún control higiénico y, por supuesto, sin utilizar ningún tipo de anestesia. El objetivo del médico de Ravensbrück era experimentar con los cuerpos de aquellas mujeres para realizar estudios de dudosa importancia científica. Los tratamientos de esterilización aplicados a mujeres y los escasos niños que vivían en el campo estaban a la orden del día.

Con la llegada de las tropas aliadas, Karl Gebhardt fue detenido en Bremervörde y sometido al conocido como “Juicio de los Doctores” celebrado en Nuremberg. Tras su juicio y condena a muerte acusado de crímenes contra la humanidad, fue ahorcado en la prisión de Landsberg el 2 de junio de 1948.

Las espías aliadas que terminaron en Ravensbrück

Inglaterra creó durante la Segunda Guerra Mundial una potente red de espionaje y sabotaje militar conocida como SOE (Special Operations Executive, Dirección de Operaciones Especiales). Entre sus filas, fueron muchas las mujeres que decidieron colaborar y se convirtieron en espías clave. Para ellas se creó el FANY (First Aid Nursing Yeomanry, Fuerzas Especiales de Enfermería), una suerte de tapadera para esconder sus verdaderas intenciones en el continente.
Nombres como Violette Szabo, Denise Bloch, Cecily Lefort, Lilian Rolfe engrosan la lista de víctimas que fueron ejecutadas en Ravensbrück después de sufrir la larga lista de atrocidades que acostumbraban a sembrar el campo de terror. Todas ellas fueron miembros del SOE y tras realizar distintas operaciones de sabotaje y espionaje colaborando con la resistencia, fueron capturadas por la Gestapo terminando sus días en el temible campo femenino.

La supuesta sobrina de Churchill

Cuando los aliados se acercaban al campo de concentración de Ravensbrück, su último comandante, Fritz Suhren, se dirigió con una de las reclusas, Odette Samson, a la base norteamericana con la esperanza de recibir un trato de favor al liberar a aquella espía británica que creía era familia del primer ministro británico, Winston Churchill. Suhren no consiguió utilizarla como moneda de cambio y terminó siendo detenido por las tropas aliadas. La propia Odette Samson testificaría en su contra.

Odette Samson protagonizó uno de los muchos episodios de espionaje en territorio ocupado. De origen francés, Odette, casada con un hotelero inglés llamado Roy Samson, terminó enrolándose en el SOE. Dejó a sus tres hijas a cargo de una escuela religiosa y se convirtió en una de las espías del grupo de inteligencia británico. Odette trabajó al lado de Peter Churchill, uno de los capitanes de la SOE quien, a pesar de no tener ninguna vinculación familiar con el primer ministro británico, utilizó el supuesto parentesco para salvar su vida y la de Odette, que pasó por ser su esposa a ojos de los nazis que los detuvieron. La falsa relación familiar salvó la vida de ambos pero no les libró de sufrir torturas en la prisión de París donde los nazis no consiguieron sonsacarles ninguna información de la resistencia. Mientras Peter sobrevivió a Dachau, Odette salvó su vida en Ravensbrück.

Volver del infierno

Ravensbrück se llevó la vida de al menos noventa y dos mil personas en los años que estuvo en funcionamiento. Cuesta imaginarse cómo podía ser posible sobrevivir a aquella infame máquina de muerte y destrucción pero hubo unas pocas miles de mujeres que pudieron salir vivas de allí. Aunque salir de Ravensbrück no era terminar con la pesadilla, pues aquellas mujeres tuvieron que aprender a vivir con el recuerdo oscuro, triste y desolador del campo. Muchas permanecieron en el anonimato. Otras fueron condecoradas y algunas consiguieron, muchos años después, escribir sus memorias.

Es el caso de Andrée Virot, una sencilla muchacha francesa que regentaba un salón de belleza que de la noche a la mañana se convirtió en miembro de la resistencia. Conocida como “La Agente Rosa”, su primer acto heroico sucedió un día en el que la ciudad en la que vivía, Brest, estaba en completo silencio, todo el mundo encerrado en sus casas escuchando como fuera se iban acercando las tropas alemanas. Andrée vio que había soldados franceses que intentaban huir, pero con sus ropas militares serían pronto descubiertos. Así que, sin dudarlo, les abrió las puertas de su casa y les facilitó ropa de civil con la que pudieron escapar. Desde entonces y hasta el final de la guerra, Andrée Virot formó parte de la silenciosa resistencia que, tras el frente bélico luchó con todas las armas que tuvo a su alcance para frenar el nazismo.

El 18 de junio de 1940, el general Charles de Gaulle pronunció un discurso esperanzador con la famosa frase “Francia ha perdido una batalla, ¡pero no la guerra!”, ella y sus amigos decidieron transcribirla y distribuirla de manera clandestina. Andrée empezó entonces a repartir el periódico de la resistencia en Brest.
Brest era una ciudad costera en la que las tropas alemanas operaban con gran asiduidad. Es por esto que aquella zona se convirtió en un importante centro de actividad secreta para la resistencia francesa. Andrée no tardó en incorporarse a las filas de la resistencia ayudando en la transmisión de comunicados y colaborando en el rescate de aviadores ingleses que caían en las costas cerca del frente alemán. Ella y otros miembros de la resistencia les ayudaban a deshacerse de su atuendo militar y los llevaban en bicicleta hasta el mar donde embarcaban en algún submarino aliado rumbo a Inglaterra. En uno de aquellos intercambio sde comunicaciones, Andrée parece ser que recibió un mensaje del mismísimo Winston Churchill agradeciendo su labor y la de la resistencia. Por desgracia, por cuestiones de seguridad, dicho mensaje tuvo que ser destruido.

Cuando Andrée fue delatada por un miembro de la resistencia que fue torturado, tuvo que huir a París donde pudo permanecer en la sombra muy poco tiempo. El 10 de mayo de 1944 era capturada, interrogada y torturada. Después de pasar varios días eternos recluida en una celda de castigo, la subieron a un tren de ganado junto a otras mujeres rumbo a Ravensbruck. Allí, en uno de los recuentos, un oficial alemán decidió que Andrée debía ser gaseada. El número tatuado en su brazo fue escrito en un pedazo de papel que dispuso sobre una mesa. De manera increíble, una de las amigas polacas que había hecho en el campo, se arrastró entre las otras reclusas, consiguió coger el papel y tragárselo delante de las narices de sus guardianes sin que se percataran de la arriesgada maniobra. Aquel acto heroico le había salvado la vida.

Andrée Virot fue una de las pocas supervivientes de Ravensbrück. Y, a pesar de que recibió muchas condecoraciones, ninguna medalla le devolvió a todos sus seres queridos ni consiguió borrar el recuerdo de la guerra. Un recuerdo tan doloroso que tardó años en ponerlo por escrito. En 1999, escribió sus memorias, en una autobiografía titulada Los milagros existen.

Corrie ten Boom también escribió sus experiencias en varios libros, el más famoso, El refugio secreto, y, a pesar de que era doloroso para ella, aceptó hablar en público para transmitir su experiencia. El caso de Corrie ten Boom esconde también una conmovedora historia de perdón. Ferviente católica, ella, su hermana Betsie y su padre convirtieron el piso que tenían encima de la tienda de relojes familiar en Haarlem en un improvisado pero efectivo refugio de judíos holandeses. Conocido por la comunidad judía como el Beje, el hogar de los ten Boom fue la puerta para la salvación. Pero Corrie y Betsie terminaron en Ravensbrück. Betsie no logró sobrevivir pero Corrie, fue testigo de un auténtico milagro cuando un error administrativo la liberó el 28 de diciembre de 1944. En una de sus charlas en Alemania, Corrie ten Boom se topó con un guardia y una enfermera que habían trabajado en Ravensbrück y que le pidieron ser perdonados. Corrie les perdonó.

Andrée de Jongh fue una de las mujeres que vio a las tropas soviéticas entrar en Ravensbrück aquel 30 de abril de 1945. Andrée fue una enfermera belga que participó activamente en la operación conocida como “Línea Cometa” que ayudaba desde Francia y Bélgica a soldados aliados a volver a Inglaterra. Hortense Daman también participó en la resistencia belga. Su misión era actuar como correo entre los partisanos. En Ravensbrück sobrevivió con una fuerza de voluntad inaudita, quizás despertada ante la llegada de su propia madre al campo que la hizo no desfallecer y luchar hasta el final por la vida de ambas.
Otro de los nombres propios que aparece en la lista de supervivientes de Ravensbrück es el de Geneviève de Gaulle-Anthonioz, sobrina del entonces general francés Charles de Gaulle y futuro presidente de Francia. Durante tres años, desde 1940 hasta su detención en 1943, Geneviève participó activamente con la resistencia francesa. Ser sobrina del general, le valió ser tratada como una posible moneda de cambio por lo que, a pesar de sufrir las mismas vejaciones que las demás reclusas, Himmler ordenó que se la mantuviera con vida. Así pudo aguantar hasta la liberación del campo.

La doctora Doris Maase, de origen judío y miembro de la resistencia comunista, utilizó sus conocimientos médicos para integrarse en la vida diaria de la enfermería del campo y ayudar a las enfermas en la medida que pudo. Doris, que se jugaba la vida robando medicamentos y salvando vidas en un lugar donde se afanaban en destruirlas, consiguió sobrevivir a Ravensbrück. También conocemos la historia de Rosa Jochmann, una austriaca miembro del partido socialdemócrata que logró salir con vida del macabro búnker; la feminista también austriaca Läthe Leichter; la bailarina checa Nina Jirsïkova… y muchas más que se adentraron en el infierno. Y pudieron salir con vida de él.

El cementerio de las mujeres

Fueron, sin embargo, muchas más las que no tuvieron esa suerte. Ravensbrück fue un campo de trabajo pero también, y sobre todo, un campo de exterminio. Era normal que las reclusas, obligadas a trabajar en condiciones infrahumanas, se vieran debilitadas o cayeran enfermas. Pero los responsables del campo, lejos de apiadarse de ellas, las eliminaba mediante el procedimiento de “selección” de aquellas que ya no eran lo suficientemente productivas. Las escogidas eran fusiladas en una zona del campo conocida como “El pasillo de fusilamiento”. El incremento de las que debían ser aniquiladas, obligaron a los responsables del campo a tomar medidas más drásticas y trasladaban a sus víctimas a un sanatorio en Bernburg donde se había instalado una cámara de gas. Más adelante, se fueron trasladando a otros centro de exterminio hasta que en 1944 las SS decidieron instalar una cámara de gas en el propio campo. En los últimos meses de existencia de Ravensbrück fueron gaseadas más de cinco mil reclusas.

Españolas en Ravensbrück

Las primeras novecientas reclusas que llegaron desde Lichtenburg eran mayoritariamente de nacionalidad alemana. Con los años, las prisioneras que malvivieron en Ravensbrück procedían de muchas nacionalidades distintas. Polacas, rusas, húngaras, francesas, checoslovacas, yugoslavas, belgas. Judías, gitanas, y enemigas del Reich, como las partisanas que participaron en la resistencia. De las miles de mujeres que sufrieron el infierno de Ravensbrück, están documentadas unas cuatrocientas mujeres españolas. La gran mayoría de ellas eran presas políticas, exiliadas de la España que acababa de salir de su cruenta guerra civil. Republicanas que huyeron a Francia y que, a pesar de haber sufrido la derrota ante las tropas franquistas, decidieron continuar con su lucha contra los totalitarismos uniéndose a la resistencia francesa que luchaba contra la ocupación nazi.
De todas ellas, son muy pocas las que han conseguido salir del olvido. Ángeles Martínez es la primera española que ingresó en Ravensbrück de la que se tiene constancia y que logró sobrevivir al horror del campo. Neus Català es una de las supervivientes españolas más conocidas. Esta enfermera de origen catalán, fue miembro activo de las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña. Con la victoria franquista, Neus huyó a Francia donde se unió a las actividades de la Resistencia francesa. Después de sobrevivir a la barbarie de Ravensbrück, aún tardó muchos años a volver a España. Desde Francia siguió con su lucha silenciosa contra la dictadura de Franco. Aun hoy, superado el siglo de vida, Neus Català continua dando testimonio de su experiencia en el campo de concentración femenino.

Lise London, hija de emigrantes españoles, Conchita Ramos, de padre francés y madre española, Mercé Núñez o Secundina Barceló, también llegaron a Ravensbrück acusadas de participar en la resistencia francesa. Y salieron de allí con vida. Muchas otras, no sobrevivieron.

La marcha de la muerte

En los últimos días de marzo de 1945, cuando los responsables del campo fueron avisados de la llegada inminente del ejército ruso, decidieron cometer una última atrocidad. Después de destruir todas las pruebas documentales que recogían todo el horror vivido en aquellos más de cinco años de violencia gratuita, obligaron a las más de veinte mil prisioneras que aún tenían un débil halo de fuerza en sus maltrechos cuerpos a salir del campo en lo que se conoció como la “marcha de la muerte”. Para cuando el ejército soviético alcanzó aquel río humano, muchas mujeres habían dejado la vida en el camino. Cuando el 30 de abril de 1945 el Ejército Rojo entraba en Ravensbrück, se encontró con unas tres mil quinientas mujeres y unos trescientos hombres que estaban enfermos y no fueron capaces de unirse a la marcha de la muerte por lo que las autoridades nazis los habían abandonado a su suerte. A pesar de la liberación, muchos de ellos tampoco consiguieron sobrevivir.
Los juicios de la barbarie
Los siete juicios que se celebraron sobre Ravensbrück provocaron un importante interés mediático, sobre todo en los medios de comunicación franceses y británicos. Pero después de las ejecuciones de los que fueron declarados culpables, el recuerdo de Ravensbrück fue borrándose con el tiempo. La llegada de la Guerra Fría que erigió el Telón de Acero, situó el campo de concentración femenino más grande del nazismo en el lado soviético. El Ejército Rojo desmanteló algunas de sus instalaciones y reutilizó Ravensbrück para funciones militares, manteniéndolo activo hasta 1993. La caída del muro de Berlín en 1989, la reunificación alemana y la débil apertura soviética permitió recuperar progresivamente la memoria de Ravensbrück. Una recuperación que fue posible gracias al testimonio que las supervivientes del horror decidieron dar al mundo. Revivir aquellos tristes momentos no fue fácil para ninguna de ellas pero gracias a su valentía, el Memorial de Ravensbrück se ha convertido hoy en día en uno de los muchos centros en los que se intenta no sólo rendir homenaje a las víctimas, sino también trabajar con las nuevas generaciones para que aquel infierno en la tierra no vuelva a repetirse.

Ravensbrück significa “El puente de los cuervos”. Un nombre oscuro para un lugar oscuro, en el que fallecieron miles de mujeres víctimas de la locura de unas dementes que se creyeron con el poder de decidir el destino de aquellos seres humanos. Muertes que en muchas ocasiones se convirtieron en alivio para dejar de soportar constantes vejaciones, humillaciones y torturas que muy pocas imaginaron que alguien pudiera cometer contra ellas. Mucho menos otras mujeres. Las que sobrevivieron, no sólo acarrearon toda su vida secuelas físicas a causa de los aberrantes experimentos médicos a los que fueron sometidas. Lo peor fue tener que continuar con su existencias después de haber vuelto del infierno.

https://sandraferrervalero.wordpress.com/2016/10/09/ravensbruck-el-infierno-de-las-mujeres/

4 de mayo de 2018

La economía informal emplea más de 60 por ciento de la población activa en el mundo, según la OIT


Un nuevo informe de la OIT muestra que 2.000 millones de personas ocupan un empleo informal, gran parte de ellas en los países emergentes y los países en desarrollo. La mayoría carece de protección social, de derechos en el trabajo y de condiciones de trabajo decentes.
 Dos mil millones de personas – más de 61 por ciento de la población activa – se ganan la vida en la economía informal, afirma la OIT en un informe, poniendo de manifiesto que la transición hacia la economía formal es una condición para hacer realidad el trabajo decente para todos.
Mujeres y hombres en la economía informal – Un cuadro estadístico  (Tercera edición) ofrece estimaciones comparables sobre la dimensión de la economía informal y un perfil estadístico de la informalidad utilizando criterios para más de 100 países.
Si se excluye la agricultura, la mitad de la población activa tiene un empleo informal, según el informe.
En África, 85,8 por ciento de los empleos son informales. La proporción es de 68,2 por ciento en Asia y el Pacífico, 68,6 en los Estados Árabes, 40,0 por ciento en las Américas y 25,1 por ciento en Europa y Asia Central.
El informe muestra que 93 por ciento del empleo informal en el mundo se encuentra en los países emergentes y en desarrollo.
El trabajo informal es una mayor fuente de empleo para los hombres (63,0 por ciento) que para las mujeres (58,1). De los dos mil millones de trabajadores que ocupan un empleo informal en el mundo, poco más de 740 millones son mujeres. Las mujeres están más expuestas al empleo informal en la mayoría de países de ingresos bajos e ingresos medios bajos y con mayor frecuencia se encuentran en las situaciones más precarias.
El nivel de educación es un factor determinante del nivel de informalidad. A escala mundial, cuando el nivel de educación aumenta, el nivel de informalidad disminuye, indica el informe. Las personas que han completado la educación secundaria y superior tienen menos probabilidades de ocupar un empleo informal que los trabajadores que no tienen ninguna instrucción o solo han finalizado la educación primaria.
Las personas que viven en las zonas rurales tienen casi el doble de probabilidades de estar empleadas en la economía informal que las que viven en las zonas urbanas, y la agricultura es el sector con el nivel más alto de empleo informal, estimado en más de 90 por ciento.
Dos de los autores del informe, Florence Bonnet y Vicky Leung, señalan que si bien no todos los trabajadores informales son pobres, la pobreza es tanto una causa como una consecuencia de la informalidad. “El informe muestra que las personas pobres enfrentan tasas de empleo informal más altas, y que las tasas de pobreza son más altas entre los trabajadores en la economía informal”, explicó Vicky Leung.
Por su parte, Florence Bonnet, señaló: “Existe la necesidad urgente de combatir la informalidad. Para cientos de millones de trabajadores, la informalidad implica una falta de protección social, de derechos en el trabajo y de condiciones de trabajo decente, y para las empresas significa baja productividad y falta de acceso al crédito. Los datos sobre estas cuestiones son esenciales para elaborar políticas apropiadas e integradas que se ajusten a la diversidad de situaciones y necesidades”.
“La elevada incidencia de la informalidad es un gran desafío para la realización de trabajo decente para todos y el desarrollo inclusivo y sostenible."
Este informe llega en un momento oportuno debido al impulso creado por la Recomendación sobre la transición de la economía informal a la economía formal, 2015 (núm. 204)  y los Objetivos de Desarrollo Sostenible  que incluyen indicadores estadísticos específicos sobre el empleo informal .
La Recomendación núm. 204 de la OIT destaca la necesidad de facilitar la transición de los trabajadores y de las unidades económicas a la economía formal, a fin de promover la creación, preservación y sostenibilidad de las empresas y de empleos decentes en la economía formal, y para prevenir la informalización de los empleos de la economía formal.
“La elevada incidencia de la informalidad en todas sus formas tiene múltiples consecuencias nefastas para los trabajadores, las empresas y las sociedades y es, sobre todo, un gran desafío para la realización de trabajo decente para todos y el desarrollo inclusivo y sostenible. Haber logrado medir esta importante dimensión, incluida ahora en el marco de los indicadores de los ODS, puede ser considerado un excelente progreso para actuar al respecto, en particular gracias a la puesta a disposición de un número mayor de datos comparables de los países”, declaró Rafael Diez de Medina, Director del Departamento de Estadística de la OIT.

http://www.ilo.org/global/about-the-ilo/newsroom/news/WCMS_627202/lang--es/index.htm

3 de mayo de 2018

“La guerra contra las mujeres”


La privatización, minorización y transformación de los asaltos letales contra las mujeres en «problemas de interés particular» o «temas de minorías» es consecuencia de ese tránsito del patriarcado de baja intensidad de la parcialidad masculina en el mundo comunitario al patriarcado colonial-moderno de alta intensidad propio del dominio universal. El efecto de la minorización es sentido, por ejemplo, en la forma en que feminicidios y crímenes homofóbicos tienen un valor residual, siendo rebajados a casi apenas un espectáculo en la práctica jurídica y en los estandards mediáticos de América Latina; al mismo tiempo, las feministas, y nuestras demandas, nos plegamos a tratarlos como temas particulares, compartimentados y del gueto. De esta forma se pasa por alto que todas esas violencias a «minorías» no son otra cosa que el disciplinamiento que las fuerzas patriarcales nos imponen a todos los que habitamos ese margen de la política. Se trata de crímenes del patriarcado colonial moderno de alta intensidad, contra todo lo que lo desestabiliza, contra todo lo que parece conspirar y desafiar su control, contra todo lo que se desliza hacia fuera de su égida, con las varias estrategias y tácticas diarias con las que muchos de nosotros, a propósito o inadvertidamente, nos deslizamos y escabullimos de la vigilancia patriarcal y la desobedecemos. Expurga de ese modo todo lo que no le concede el reconocimiento debido a su forma de estructurar y disciplinar la vida, a su forma de habilitar y naturalizar un camino de asimetrías y dominaciones progresivas.

Por otro lado, y éste es el núcleo de mi argumento aquí, si observamos los crímenes contra las mujeres que marcan el presente y buscamos entender qué expresan, qué dicen y qué ocasionan, podremos observar su fuerte conexión con la fase histórica que atravesamos como sociedad. Así como comprender la historia del patriarcado es entender la historia de la esfera pública y del Estado, de la misma forma y en el centro de todas las cuestiones, entender las formas de la violencia de género hoy es entender lo que atraviesa la sociedad como un todo.

Si tuviéramos que construir una alegoría gráfica, pictórica, del mundo hoy, en esta modernidad avanzada, la alegoría sería una de esas pirámides invertidas que forman los acróbatas en los circos, donde una a una se van superponiendo hileras de equilibristas hasta armar un edificio completo de gente a duras penas superpuesta, pies sobre cabezas, estrato sobre estrato, pero allá abajo, en la fundación, en la base de la pirámide, yacería, sustentando el edificio todo, un cuerpo de mujer. Muchas veces me imagino esa estructura, porque me parece ser lo único capaz de explicar por qué permanece imposible algo que a simple vista se presenta tan sencillo de realizar como retirar a la mujer de la posición de subordinación en que se encuentra, castigada, subyugada, agredida; impedir que continúe siendo violada, traficada y esclavizada por la trata, cosificada y desmembrada por el ojo del lente mediático. No sería una tarea difícil, bastarían unas pocas acciones, unas pocas medidas, intervenciones puntuales no muy complicadas. Pero por alguna razón no se puede. Se presenta imposible. Nunca hubo más leyes, nunca hubo más clases de derechos humanos para los cuerpos de seguridad, nunca hubo más literatura circulando sobre derechos de la mujer, nunca hubo más premios y reconocimientos por acciones en este campo, y sin embargo las mujeres continuamos muriendo, nuestra vulnerabilidad a la agresión letal y a la tortura hasta la muerte nunca existió de tal forma como hoy en las guerras informales contemporáneas; nuestro cuerpo nunca fue antes tan controlado o médicamente intervenido buscando una alegría obligatoria o la adaptación a un modelo coercitivo de belleza; nunca tampoco como hoy se cerró el cerco de la vigilancia sobre el aborto que, sintomáticamente, nunca antes fue un tema de tan acalorada discusión como lo es hoy, en la modernidad avanzada.

Al pensar el tema desde esa perspectiva, al sospechar que su victimización cumple allí con la función de proveer el festín en que el poder se confraterniza y exhibe su soberanía, discrecionalidad y arbitrio, entendemos que algo muy importante debe seguramente depender, apoyarse, en esa destrucción constantemente renovada del cuerpo femenino, en el espectáculo de su subyugación, en su subordinación de escaparate. Algo central, esencial, fundacional para el «sistema» debe ciertamente depender de que la mujer no salga de ese lugar, de ese papel, de esa función.

Desmontar la minorización del tema de la mujer equivale a aceptar que, si entendiéramos la formas de la crueldad misógina del presente, no solamente entenderíamos lo que está pasando con nosotras las mujeres y todos aquellos que se colocan en la posición femenina, disidente y otra del patriarcado, sino que también entenderíamos lo que le está pasando a toda la sociedad. Los indicios muestran que se trata de un edificio cuyo material está formado por la amalgama de las corporaciones y el Estado; por alianzas de todo tipo entre actores corporativos, lícitos e ilícitos o de ambas cualidades a la vez, y agentes de gobierno; por razones que se invocan como «razones de Estado» y son, en verdad, «razones de empresa». De algo tengo certeza: para pensarlo, tenemos que retirar del gueto el problema de la mujer, pensarlo entrelazado como cimiento y pedagogía elemental de todas las otras formas de poder y subordinación: la racial, la imperial, la colonial, la de las relaciones centro-periferia, la del eurocentrismo con otras civilizaciones, la de las relaciones de clase.

En un mundo en el que ya en 2015 el 1 % de sus habitantes alcanzó a concentrar en sus manos más riqueza que el restante 99 %; en el que 62 personas son dueñas de la misma riqueza que la que posee la mitad más pobre del planeta, a un creciente ritmo de concentración (1), en el que 1 % de la población de Estados Unidos es dueña de la totalidad de la tierra utilizable de ese inmenso país; en el que apenas nueve familias son propietarias de toda la extensión de la costa marítima chilena… se constata que el correlato de la financiarización del capital es la más contundente de todas las formas de propiedad: el acopio, la concentración de la tierra en pocas manos, el neo-rentismo y la patrimonialización creciente de la gestión estatal. Un escenario de esas características indica que ya no podemos hablar de mera desigualdad, como hacíamos en los años setenta, sino que el tema hoy es la dueñidad o señorío —lordship.

Señorío tiene aquí el sentido muy preciso de que un pequeño grupo de propietarios son dueños de la vida y de la muerte en el planeta. Son sujetos discrecionales y arbitrarios de un poder de magnitud nunca antes conocida, que vuelve ficcional todos los ideales de la democracia y de la república. El significado real de este señorío es que los dueños de la riqueza, por su poder de compra y la libertad de circulación offshore de sus ganancias, son inmunes a cualquier tentativa de control institucional de sus maniobras corporativas, que se revelan hoy desreguladas por completo. Esta inmunidad del poder económico inaugura una fase apocalíptica, completamente anómica del capital, y nos remite a la etapa final, descompuesta y ya transicional del Medievo, cuando los señoríos eran inconmensurablemente mayores pero igualmente regidos por un modo del ejercicio del poder de corte feudal ejercido como crueldad ejemplar sobre los cuerpos, a la manera en que Foucault lo describió.

La dueñidad en Latinoamérica se manifiesta bajo la forma de una administración mafializada y gangsteril de los negocios, la política y la justicia, pero esto de ninguna forma debe considerarse desvinculado de un orden global y geopolítico sobreimpuesto a nuestros asuntos internos. El crimen y la acumulación de capital por medios ilegales dejó de ser excepcional para transformarse en estructural y estructurante de la política y de la economía.

En este nuevo mundo, la noción de un orden del discurso pautado por la colonialidad del poder se vuelve prácticamente insuficiente. De ese patrón emerge, nuda y cruda, la práctica del barrido de los pueblos de los territorios de ocupación tradicional o ancestral. De la colonialidad se consuma un retorno a la conquistualidad, sin los amarres o arrestos que por lo menos en alguna medida y en algunos casos la presencia de la Iglesia impuso un día a la avidez colonial (Gott, 2002). Para nuestro continente, América Latina, las formas extremas de crueldad que se expanden desde México, América Central y Colombia hacia el sur, su atmósfera dramática, caótica y crecientemente violenta pueden ser atribuidas a la idea de que en nuestros paisajes la Conquista nunca se completó, nunca fue consumada, y es un proceso continuo todavía en marcha.

Para este contexto histórico, la compasión, la empatía, los vínculos, el arraigo local y comunitario, y todas las devociones a formas de lo sagrado capaces de sustentar entramados colectivos sólidos operan en disfuncionalidad con el proyecto histórico del capital, que desarraiga, globaliza los mercados, rasga y deshilacha los tejidos comunitarios donde todavía existen, se ensaña con sus jirones resistentes, nulifica las marcas espaciales y puntos de referencia de cuño tradicional sagrado que obstaculizan la captura de los terrenos por el referente universal monetario y mercantil, impone la transformación de oikonomias de producción doméstica y circuitos de mercadeo local y regional en una única economía global, introduce el consumo como meta antagónica por excelencia y disruptiva con respecto a las formas de felicidad relacionales y pautadas por la reciprocidad de la vida comunitaria. En esta fase extrema y apocalíptica en la cual rapiñar, desplazar, desarraigar, esclavizar y explotar al máximo son el camino de la acumulación, esto es, la meta que orienta el proyecto histórico del capital, es crucialmente instrumental reducir la empatía humana y entrenar a las personas para que consigan ejecutar, tolerar y convivir con actos de crueldad cotidianos.

Debe ser por eso que una estrategia central de las guerras contemporáneas, guerras ya no entre Estados, guerras de un alto grado de informalidad, en América Latina y Medio Oriente, es la estrategia de la profanación (Segato, 2014; Kaldor, 2012). No es por otra razón que los expertos hablan hoy de una «feminización de la guerra». Existen innumerables pruebas en documentos humanos de todo tipo y lugar de que es la posición femenina la que custodia, encarna y representa el arraigo territorial, lo sagrado, la vincularidad y la comunidad. Chile y Qatar proporcionan los dos modelos que exponen las tendencias de la presente fase —apocalíptica— del proyecto histórico del capital. Chile, con la aplicación ortodoxa de la receta de Milton Friedman, que conduce a un régimen societario regido por el mercado. La tristeza que impregna la sociedad chilena es frecuentemente asociada por la propia gente al efecto de precariedad que ese modelo le imprime a la vida, en un sentido del término precariedad que lo desvincula de la idea de pobreza o carencia, para significar con precisión precariedad de la vida vincular, destrucción de la solidez y estabilidad de las relaciones que arraigan, localizan y sedimentan afectos y cotidianos. La experiencia de intemperie y desprotección se apodera así de una nación. Qatar, por otro lado, epitomiza el fenómeno de un gobierno de propietarios y la extensión territorial de la nación se confunde con la idea de un inmueble. La abstracción estatal no existe y el Estado es neta y literalmente patrimonial: un Estado de dueños. En América Latina, el patrimonialismo constitutivo de las repúblicas criollas corre un serio riesgo de qatarización. La reprimarización de la producción, la megaminería, la agricultura extractivista y el turismo extractivista son los correlatos del régimen absolutista de mercado y de la fusión del poder político con la dueñidad, de allí resulta la agresión al ser humano y a su medio en forma extrema, sin dejar más que restos a su paso. Intemperie progresiva de la vida, mercadeo de todo y reserva de seguridad exclusiva para los propietarios y controladores de los mecanismos de Estado. Radicalización del despojo, etnocidio, genocidio y conquistualidad.

Tal escena está ligada al ejercicio de la indiferencia frente a la crueldad, ensayada y entrenada, con saña impune, sobre el cuerpo de la mujer y de los jóvenes, como en Ayotzinapa —cuerpos que no representan al antagonista bélico, sujetos que no corresponden al soldado de la corporación armada enemiga. El terror de Estado de las dictaduras ha dejado paso a un terror difuso que se instala capilarmente en la sociedad. Afirmé que las nuevas formas de la guerra, en nuestro continente, son guerras represivas o guerras mafiosas, o quizás más exactamente una combinación de ambas a la vez, como un golpe que nos llega desde otro lugar, desde una Segunda Realidad (Segato, 2014). Creo inclusive que es posible hablar de una nueva forma de terror asociada a lo que he llamado aquí «intemperie» y que no sería otra cosa que un limbo de legalidad, una expansión no controlable de las formas paraestatales del control de la vida apoderándose de porciones cada vez mayores de la población, en especial de aquellos en condición de vulnerabilidad, viviendo en nichos de exclusión. Ese terror es la constatación, para muchas personas, de que el control estatal y la protección del Estado, así como las leyes republicanas son, y quién sabe si han sido siempre, una ficción, «un sistema de creencias», apenas una fe proveedora de una gramática estable para la interacción social y los límites de la conducta humana. Es posible que las dictaduras terminaran cuando ya habían preparado el terreno para las nuevas formas del terror. Ya no un terror de Estado, sino un entrenamiento para llevar la existencia sin sensibilidad con relación al sufrimiento ajeno, sin empatía, sin compasión, mediante el gozo encapsulado del consumidor, en medio del individualismo productivista y competitivo de sociedades definitivamente ya no vinculares. Algo que remite a la diferencia apuntada por Hannah Arendt entre soledad y aislamiento, este último precondición del control totalitario.

Defendí por mucho tiempo la separación de los feminicidios íntimos de los feminicidios públicos, bélicos, en una fase informal de las guerras. Hoy la lección de la guerra informal, paraestatal, en sus varias formas, ha entrado en las casas, y el umbral de sufrimiento empático se ha retirado. En Guatemala la guerra dejó una secuela de hogares indígenas y campesinos ultra-violentos — atención: no fue al contrario, como sostiene un cierto pensamiento feminista eurocéntrico. La violencia sexual y feminicida no pasó de los hogares a la guerra, su derrotero fue el inverso. En nuestros días, como demuestran una serie de casos en todo el continente, el crimen íntimo pasa a tener características de crimen bélico: la desova de la víctima al aire libre, en las zanjas, basurales y alcantarillas, la espectacularidad de los asesinatos, que han pasado a perpetrarse también en lugares públicos. Asimismo, hablan de ese terror difuso las ejecuciones sumarias, extrajudiciales y a manos de agentes estatales, que sin explicación aumentan cada día en América Latina y especialmente en Brasil, agrediendo la lógica, la gramática que permite tener una expectativa estabilizada de mi relación con los otros.

Es por todo esto que podemos aventurar que, si cada época tiene una personalidad modal, funcional a su fase propia de relaciones económicas (histeria para la revolución industrial, esquizofrenia con su delirio en la expresión artística del modernismo), la estructura psicopática se presenta hoy como la personalidad modal. La personalidad psicopática parecería ser hoy la estructura de personalidad mejor equipada para operar de forma funcional en el orden de la fase apocalíptica del capital. El perfil psicopático, su ineptitud para transformar el derrame hormonal en emoción y afecto, su necesidad de ampliar constantemente el estímulo para alcanzar su efecto, su estructura definitivamente no-vincular, su piel insensible al dolor propio y, consecuentemente y más aún, al dolor ajeno, su enajenación, encapsulamiento, desarraigo de paisajes propios y lazos colectivos, la relación instrumental y cosificada con los otros… parece lo indispensable para funcionar adecuadamente en una economía pautada al extremo por la deshumanización y la ausencia de límites para el abordaje de rapiña sobre cuerpos y territorios, dejando solo restos. Es así que una pedagogía de la crueldad se presenta como el criadero de personalidades psicopáticas apreciadas por el espíritu de la época y funcionales a esta fase apocalíptica del capital.

http://www.culturamas.es/blog/2017/02/14/rita-laura-segato-la-guerra-contra-las-mujeres/


2 de mayo de 2018

India dispuesta a luchar contra la trata y el tráfico humano


El gabinete de India aprobó el proyecto de ley sobre Tráfico de Personas, que propone penas que pueden ir de 10 años de cárcel a cadena perpetua por trata y tráfico humano con el fin de mendicidad, prostitución, trabajo forzado o matrimonio, entre otras.
Luego queda la aprobación de las dos cámaras del parlamento para su promulgación.
Pero la iniciativa trasciende el ámbito punitivo y apuesta a la rehabilitación. El proyecto prevé la protección inmediata de las víctimas, otorgándoles asistencia interina durante 30 días.
Hay artículos especiales de la norma dedicados a atender los traumas físicos y psicológicos de las víctimas, la educación, el desarrollo de capacidades, la atención médica, así como la asistencia legal y un alojamiento seguro.
La Agencia Nacional de Investigación, encargada de combatir el terrorismo, hará de oficina de combate a la trata y el tráfico humano.
También se crea el Fondo de Rehabilitación para ofrecer asistencia a las personas afectadas, independientemente del procesamiento penal de los responsables o del resultado de este.
“Es un triunfo de las 1,2 millones de personas que participaron en la Bharat Yatra (marcha de India) de 11.000 kilómetros”, destacó el premio Nobel, Kailash Satyarthi, refiriéndose a la marcha de un mes promovida por él promovió en 2017.
Las investigaciones revelan que la trata de personas, el tercer mayor delito del crimen organizado que viola los derechos humanos.
El Índice Mundial de Esclavitud de la Fundación Walk Free, con sede en Australia, revela que India concentra el mayor número de adultos y menores víctimas de esclavitud moderna con la enorme cantidad de 18,35 millones de personas.
Miles de mujeres, niñas y niños son víctimas de trata en India, además de traficados a los vecinos Nepal y Bangladesh. A algunos los seducen de pueblos y ciudades pequeñas con la falsa promesa de otorgarles empleos lucrativos en las grandes ciudades, pero a una gran cantidad los secuestran y los trasladan a la fuerza a otro país.
Como el tráfico humano es un delito que requiere de una gran organización, que incluye delincuentes de varios países, el proyecto de ley propone una unidad contra el tráfico, con una policía y audiencias designadas para juicios rápidos.

El proyecto de ley divide varios delitos en “trata” y “trata agravada”.

La primera categoría implica penas de siete a 10 de prisión, mientras que la segunda prevé 10 años pasibles de extenderse a cadena perpetua.
Los delitos agravados incluyen la trata con el fin de realizar trabajos forzados y mendigar, el suministro de sustancias químicas u hormonas para acelerar la madurez sexual y entregar niñas en matrimonio o con este pretexto de casarlas.
El proyecto también propone tres años de cárcel por apoyar, promover o asistir en la trata y el tráfico de personas.
También hay un artículo para un juicio con tiempo limitado y la repatriación de las víctimas, con un plazo de un año desde que se conoce el delito.
Según la Oficina Nacional de Registro de Delitos, 8.100 casos de tráfico se registraron en India en 2016, con 23.000 víctimas rescatadas en 2017.
Pero los especialistas señalan que los números no reflejan la verdadera magnitud de este problema.
El estado de Bengala Occidental, que comparte frontera porosa con Bangladesh y Nepal y es conocido por ser un centro de trata y tráfico, concentró más de una tercera parte de las víctimas de 2016.
Estas también fueron traficadas para someterlas a esclavitud doméstica, matrimonio forzado, mendicidad, venta de drogas y extracción de órganos, según datos de la Oficina Nacional de Registro de Delitos.
La creciente demanda del sector servicios empeora la situación en India, donde se contratan personas secuestradas sin un buen sistema de investigación, se lamentan especialistas.
“Si se implementa, la ley puede lograr beneficios de largo alcance, como disminuir el trabajo informal y garantizar que se paguen salarios justos”, destacó el abogado del Tribunal Supremo, Aarti Kukreja.
La Fundación Walk Free estima que 45,8 millones de personas, entre ellas millones de niñas y niños, están sometidas a alguna forma de esclavitud moderna, por encima de las 35,8 millones de personas en 2014, una preocupación que afecta a grandes regiones de Asia meridional, donde todavía no hay leyes para combatir el flagelo.
“Las leyes existentes trataban a traficantes y traficados como delincuentes”, observó la activista social Vrinda Thakur,
“Es raro. Impedía que las víctimas denunciaran el delito. Pero, con la nueva ley, la primera de ese tipo en India, las víctimas recibirán asistencia y protección”, destacó Thakur.
Aparte, el gobierno ya implementó medidas contra la trata y el tráfico. Se creó una plataforma en Internet para rastrear niños desaparecidos. Además, Nueva Delhi suscribió acuerdos con Bangladesh y Baréin para luchar contra este problema.
Las autoridades también colaboran con organizaciones de la sociedad civil para capacitar oficiales de la policía.
Kukreja explicó que el proyecto de ley cuenta con un mecanismo para evitar las normas anticuadas y burocráticas que complican el cumplimiento de la nueva ley, la que “unificará las leyes existentes, priorizará las necesidades de sobrevivientes y proveerá tribunales especiales para acelerar los casos”, precisó.

Por Neeta Lal
Traducción: Verónica Firme
http://www.ipsnoticias.net/2018/04/india-dispuesta-luchar-la-trata-trafico-humano/

1 de mayo de 2018

1º de Mayo Tiempo de ganar igualdad .


Las luchas de las mujeres son luchas de clase. La lucha feminista es lucha de clase. Es, además, una lucha básica del género humano: la igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres. Las luchas de las mujeres son luchas de clase, pero, también, son luchas por el empoderamiento personal y soridario; por eso estas luchas suelen ser reprimidas con más saña, en la empresa, en los movimientos sociales, en el interior de los hogares.

No es casual que los derechos de las mujeres en el mundo del trabajo sigan marcados por la precariedad o, directamente, por la violación de derechos humanos básicos como la vida, la integridad o la dignidad. La reivindicación de igualdad en el mercado de trabajo entre mujeres y hombres es de las más importantes y urgentes a las que nos enfrentamos. La brecha de derechos sólo se combate desde la prioridad a los derechos de las mujeres. «El lugar de las mujeres en cada sociedad marca el nivel de civilización de esta sociedad», decía Elisabeth Cady Stanton.

No es casual que el mercado de trabajo, a las puertas del 1 de mayo, siga caracterizado por la precariedad en los sectores feminizados. Según los últimos datos de la EPA, la pérdida de ocupación afecta, casi totalmente, a las mujeres, que pierden 11.500 trabajadoras, mientras que en los hombres supone una pérdida de 900 trabajadores. Una muestra más de la debilidad y la precariedad extrema del empleo de las mujeres que está sometido a una inaceptable volatilidad. Nueve de cada diez ocupaciones perdidas en Alicante han sido de mujeres: claro y transparente un mercado laboral machista.

Las luchas de las obreras son luchas contra el abuso patronal y legal, pero, además, son luchas contra la masculinidad hegemónica en la clase obrera. De ahí que cada minuto sea más necesario, más urgente, que las mujeres tomemos los sindicatos, los partidos, las entidades sociales? y los convirtamos en reales y efectivos instrumentos feministas de lucha de clase. Camareras de piso, empleadas del hogar, producción textil, calzado, limpiadoras? son sectores que ven pisoteados los más elementales derechos y dignidad. Es el momento de seguir reivindicando. Es el momento de esforzarnos en desarrollar una verdadera corresponsabilidad que permita el mismo grado de libertad para conseguir una participación igualitaria en los espacios sociales, sindicales, políticos que cada una y uno quiera. Es el momento de reforzar el reconocimiento de la acción de las mujeres, de nuestra autoridad. Es el momento de poner en valor el trabajo por la igualdad real y efectiva que llevamos haciendo desde hace mucho, mucho tiempo. Es el momento, además, de remover los obstáculos necesarios para tener unas instituciones sanas e igualitarias, un sistema judicial que sea justo y que no siga dictando sentencias que criminalizan a las mujeres, no protegiéndolas y dando cancha a la violencia patriarcal.

María Candelas Sanchiz 
http://www.diarioinformacion.com/opinion/2018/05/01/tiempo-ganar-igualdad-1-mayo/2015529.html

30 de abril de 2018

Reformatorios franquistas de mujeres: adoctrinamiento y esclavitud.


Encierros, violaciones, humillaciones públicas, torturas y robo de bebés a mujeres republicanas o consideradas "caídas" del régimen. La organización Women’s Link pide a los tribunales argentinos la investigación de crímenes contra mujeres durante la dictadura

Ser republicana o hija de republicanos, pensar diferente o no obedecer con el modelo de mujer que exigía el régimen franquista fue durante muchos años un factor de alto riesgo. Las menores de edad que no cumplían con el rol impuesto por las instituciones podían ser consideradas mujeres “caídas” o en “riesgo de caer”. Miles fueron castigadas y encerradas en reformatorios y preventorios donde sufrieron malos tratos, vejaciones y torturas. También miles de mujeres fueron obligadas a trabajar en condiciones de esclavitud para grandes empresas sin recibir ningún tipo de remuneración. Y todo ello bajo disciplina militar.

Así se desprende de la primera querella presentada por Women’s Link ante la justicia argentina que denuncia los crímenes de género cometidos durante la dictadura. La organización pide a la jueza María Servini, encargada de investigar crímenes franquistas, que amplíe la causa e investigue también estos delitos. “Los tribunales españoles no están juzgando ninguna causa de los represaliados del franquismo, se archivan todas las causas”, asegura Carmen Miguel, directora legal regional de Women’s Links.

Entre los delitos que sufrieron estas mujeres durante el franquismo figuran la violencia sexual, el robo de bebés, los abortos forzados, las purgas con aceite de ricino, humillaciones públicas y castigos y encierros en reformatorios y preventivos. “El régimen estableció que el ideal de mujer era sumisa, madre y esposa cuyo único objetivo vital era la maternidad”, declara Carmen Miguel.

Cárceles ocultas

Los reformatorios, gestionados por Carmen Polo y el Patronato de la Mujer, funcionaron desde los años cuarenta hasta mediados de los años ochenta. Eran cárceles ocultas para mujeres que ingresaban siendo menores de edad y permanecían retenidas hasta los 25 años, asegura el escrito. “Estaban sometidas a una reeducación férrea basada en el nacional catolicismo. Les daban la mínima comida posible y solo podían beber una vez al día, dormían en lugares sin calefacción. Las mujeres que han pasado por estos centros a día de hoy no han superado el trauma”, explica Carmen Miguel.

Era sencillo entrar, pero casi imposible salir. Según explica el escrito, las jóvenes eran obligadas a ingresar en estos centros, repartidos por todo el país, a causa de denuncias y redadas. A partir de ese momento su patria potestad quedaba en manos del Patronato. “Ha habido empresas importantes de este país que durante esa época que se han servido del trabajo gratuito de estas mujeres”, añade Carmen Miguel.
Pero además de los reformatorios, el Patronato también puso en marcha los preventorios entre los años 1945 y 1975. Camuflados como colonias infantiles para menores de bajos recursos para “recibir vacunas, comer bien y hacer ejercicio al aire libre” y así prevenir enfermedades, el régimen instauró centros donde los niños sufrieron malos tratos. “Era un régimen militar; nos quitaban todas nuestras referencias de identidad; pertenencias personales (…) y a partir de ahí empezaba lo que era la pretensión de esta gente (…) de formar una población general, una ciudadanía que no tuviese esa consideración y esa autovaloración como ciudadano, en obediencia, en resignación y en el terror (…) todo esto acompañado de insultos, vejaciones, malos tratos, abusos continuos”, dice Ángela Fernández. Un testimonio recogido en la querella.

La abogada explica que las víctimas han vivido estos hechos como una “experiencia vergonzosa” puesto que “se las estaba encerrando porque supuestamente estaban haciendo algo mal y no estaban haciendo nada mal”. “A todas las que tenían una aspiración diferente se las castigaba”, apunta la portavoz de Women’s Link.

Bebés robados

Además de los reformatorios y los preventorios, el Patronato de la Mujer ejerció una “práctica totalmente planificada de manera sistemática”: el robo de bebés. “Son niños que eran separados de sus madres mientras las madres cumplían pena de prisión. También hijos de madres que fueron robados y desaparecidos en hospitales públicos y niños desaparecidos en los reformatorios y en los preventorios”, afirma Carmen Miguel.

Según relata el escrito, en 1942 cerca de 9.000 niños estaban tutelados por el Estado, bien en escuelas religiosas o en establecimientos públicos dirigidos por las instituciones franquistas. Un año después la cifra ascendió a 12.042 menores. Entre 1944 y 1954 el Patronato de San Pablo se ocupó de distribuir en sus centros a más de 30.000 niños. Vallejo Néjara, psiquiatra de la órbita del régimen, elaboró estudios en los que trataba a los republicanos como “infra-personas, enfermos mentales o seres de una raza inferior”, explica la querella. “Contribuyó a justificar y alentar esta práctica. El robo se realizaba con la finalidad de entregar a los recién nacidos a familias afectas al régimen que no podían tener descendencia”, dice el escrito. Es más, un decreto impulsado en el año 1940 permitió que la pérdida de tutela a favor del Estado fuera un “trámite sencillo y arbitrario”. “Fue una práctica institucionalizada”, apunta Carmen Miguel.

Desde Women’s Link consideran que “ninguna causa que investigue las violaciones de derechos humanos” puede estar completa “si no se contempla los crímenes que se cometieron contra las mujeres por el hecho de serlo”.

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