9 de agosto de 2017

De una niñez de explotación laboral a una vida de promoción de los derechos de las mujeres.


En Bolivia, luego de pasar por la Escuela de Dirigentas, apoyada por ONU Mujeres, una mujer aymara logró superar una niñez y adolescencia de explotación laboral para convertirse en promotora de los derechos de las mujeres.
A los 8 años, Lucrecia Huayhua Choque fue llevada desde su comunidad aymara en el municipio de Cocapacabana, a la ciudad de La Paz (a 155 km) para cuidar a una niña de 8 meses. “La señora me hacía dormir bajo las gradas. Me tapaba con una alfombra y dormía con su perrito. Ahí he trabajado como cuatro años. Me he salido, sin ningún sueldo”, comenta.
Aunque le gustaba mucho estudiar, sólo pudo llegar hasta el cuarto grado y luego tuvo que trabajar para ayudar a mantener a su numerosa familia de 12 hermanas y hermanos. “Mi familia carecía de alimentación, de ropa, de todo”, recuerda.
En su siguiente trabajo, en el que estuvo hasta los 22 años, realizó múltiples tareas atendiendo a más de 12 personas en jornadas de más de 20 horas diarias; y tampoco recibió retribución, vacación ni otros beneficios sociales. “Me daban víveres para ayudar a mis hermanos…Las palabras que abundaban de parte de mi empleadora eran que yo no servía, que era inútil. Esas cosas se te quedan….Yo no tenía autovaloración”, señala.
Según un estudio conjunto de la ONU y el Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social, se estima que en Bolivia el 28 por ciento de las y los niños y adolescentes de entre 5 y 17 años (unos 848 mil) se encuentran en situación de trabajo infantil—al menos 60 por ciento de cuales serían niñas.[1]
La Sra. Huayhua Choque volvió a su comunidad a los 22 años y al mes de llegar fue “raptada” por quien es todavía su marido. Luego de estar encerrada por tres días y siguiendo la costumbre local, los progenitores de ambos convinieron su unión forzada. “Una no puede decir que no quiere casarse porque ya es deshonra y una tiene que acatar”, comenta Lucrecia, quien a la fecha tiene cinco hijas e hijos.
Su vida en pareja fue difícil. “Desconociendo mis derechos, siempre viviendo en subordinación, en maltrato, acatando siempre órdenes porque así he aprendido desde mi niñez”, recuerda.
Pero su perspectiva cambió luego de participar en talleres impartidos por la Organización de Mujeres Aymaras del Kullasuyo (OMAK) sobre derechos de las mujeres como pilares para fortalecer el empoderamiento económico. Llegó a ser una de las seleccionadas para participar en la Escuela de Dirigentas, iniciativa llevada adelante gracias al apoyo del Fondo para la Igualdad de Género de ONU Mujeres, a través de la Red de ONGs Coordinadora de la Mujer.
Incentivada por su madre, empezó a asistir, a pesar de que su esposo se opuso.
“Si no sales de tu casa, vas a morir golpeada, torturada, maltratada y sin saber qué pasa a tu alrededor. Ves dentro de tu entorno y en otros hogares que se ve violencia y te conformas y dices así será mi vida, así será mi suerte, así voy a morir”, recuerda la Sra. Huayhua Choque.
La formación en la Escuela de Dirigentas estuvo dividida en cuatro módulos impartidos a dirigentes postuladas por diversas organizaciones durante todo el año con periodos presenciales de una semana en tres regiones del país. En estos espacios se abordaron las temáticas de despatriarcalización y descolonización, estructuras del Estado Plurinacional y derechos de las mujeres,  incidencia política e historia desde las mujeres.
La Sra. Huayhua Choque recuerda que cuando empezó no sabía lo que significaba la palabra género y mucho menos la palabra sororidad y comenta que ella fue mejorando su autoestima a medida que fue aprendiendo sobre la Constitución Política del Estado, y sobre los derechos sexuales y reproductivos. Afirma que para ella fue “un impacto, una novedad, conocer mi cuerpo, de amarme yo misma, de valorarme yo misma porque nunca fui valorada, excepto por mis papás”.
A la vez enseñaba a otras mujeres, leyendo las cartillas que le daban en los talleres de OMAK y de la Escuela de Líderes y haciendo dibujos para tratar de traducir esta realidad.

“Este proyecto ha ayudado a las mujeres participantes a conocer sus derechos y mejorar su autoestima, a tiempo de impartir y replicar estos cambios profundos con otras mujeres”, dice la Representante a.i. de ONU Mujeres en Bolivia, Carolina Taborga, señala la importancia que han tenido los espacios que se han apoyado en el país para avanzar en transformaciones sustantivas en la vida de las mujeres. “Entre los ejes prioritarios de nuestro trabajo en Bolivia está el aumentar el liderazgo y participación de las mujeres, además de poner fin a la violencia contra mujeres y niñas”, resalta.

Actualmente, Lucrecia tiene 47 años y trabaja en OMAK, compartiendo sus aprendizajes sobre los derechos de las mujeres y sobre la lucha contra la violencia con otras mujeres de diversas comunidades urbanas y rurales.

“El equipo técnico de OMAK está comprometido para que las mujeres líderes, conociendo sus derechos y fortalecidas desde el empoderamiento económico, puedan desarrollarse y ejercer la igualdad de género en sus vidas”, señala la Presidenta de OMAK, Andrea Flores.

http://www.unwomen.org/es/news/stories/2016/6/from-child-labourer-to-womens-rights-defender

26 de julio de 2017

Agricultoras que desbrozan el machismo.


Una campesina con el puño izquierdo en alto, pañuelo en la cabeza y otro sobre los hombros, una mueca de grito. Esta imagen en tonos morados recuerda que La Vía Campesina es cada vez más feminista. “Construimos movimiento para cambiar el mundo, con feminismo y soberanía alimentaria”, reza la pancarta que arropa a la V Asamblea de Mujeres que este movimiento social acaba de celebrar en la localidad vizcaína de Derio.
 La violencia, en todas sus formas, usos y estrategias de opresión, es el hilo conductor de las reivindicaciones territoriales que han surgido en este encuentro de unas 150 mujeres de todo el mundo y que ha sido uno de los actos previos de la VII Conferencia Internacional de La Vía Campesina, que este año se celebra en tierras vascas. La violencia, recuerdan, es no tener acceso de igual manera que los hombres a las herramientas y recursos para realizar sus labores como agricultoras, ganaderas o pescadoras; violencia es no poder acceder a las subvenciones o al crédito, no tener derechos laborales, que las tierras no estén a nombre de quien las trabaja; violencia es no tener acceso a las semillas o al agua.
 Violencia son, insisten, los abusos sexuales, las guerras, las fronteras, los matrimonios forzosos, los problemas de visado, el cambio climático… “Violencia es que no haya mujeres en cargos políticos o que en las organizaciones campesinas no participen en los órganos de toma de decisión”. Estas reivindicaciones, unas más globales y otras de carácter más territorial, salieron en la puesta en común del encuentro. Las palestinas, por ejemplo, se quejaban de sus problemas de movimiento, de los controles israelís o de cómo muchas se quedaban viudas muy jóvenes. Mientras, desde algunos países africanos se hablaba de la poligamia o del acaparamiento de tierras.
 “Hay un incremento de la violencia estructural, del feminicidio, de los asesinatos de lideresas, de la impunidad, de los abusos sexuales incluso a niñas”, apuntaba, con fuerza, una representante de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC). “Tenemos que producir la enseñanza de nuevos valores. En las organizaciones mixtas hay violencias contra las campesinas que toman un rol protagonista. Hay que construir nuevos valores, nuevas masculinidades, igual que nos estamos formando y avanzando con el feminismo. Tenemos leyes, pero no caminan”, añadió tras recordar la poca gracia de determinados chistes sexistas que se escuchan en el interior de las organizaciones campesinas.

EL FEMINISMO, HERRAMIENTA DE TRABAJO

En toda esta dura enumeración de problemas y opresiones, el feminismo apareció como elemento articulador para entender los contextos, aplaudir las resistencias y buscar alternativas. “Nuestra articulación de mujeres surgió por la desigualdad, pero en el proceso hemos encontrado que el feminismo es una herramienta de análisis liberadora. El feminismo campesino y popular es un desafío”, apuntó una de las participantes. Este feminismo popular y campesino es uno de los retos de la Vía Campesina.
 “La lucha por la emancipación de las mujeres tiene que estar articulada con la de los movimientos sociales campesinos, y la lucha por la igualdad de género tiene que caminar junto con la lucha por el fin de la propiedad privada, por el derecho a la tierra y al territorio, por la reforma agraria. Será el momento de afirmar que el socialismo y el feminismo campesino y popular son insumisos y cuestionar las concepciones patriarcales y burguesas, funcionales a las políticas de explotación capitalista”, explica la brasileña Marina dos Santos, una de las dirigentes del Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST).
 A la espera de concretar el plan de acción para los próximos cuatro años (la anterior asamblea se celebró en Yakarta, Indonesia, en 2013) varias ideas marcarán las acciones de la Vía Campesina, movimiento social que aglutina a más de 450 organizaciones de unos 70 países. Fortalecer las articulaciones regionales y fomentar la participación, promover la auto-organización de las mujeres en sus colectivos, fomentar la paridad en los órganos de decisión y participar en espacios de gobernanza son algunos de los asuntos que pretenden pulir desde el punto de vista organizativo. También expresan la necesidad de fortalecer y ampliar la campaña de ‘no más violencia’ contra las mujeres, de apostar por las acciones de visibilización en fechas clave, de seguir luchando por la paz y contra la militarización, así como de fomentar las escuelas de formación feminista.
 Y, por supuesto, poner luz en la situación de las mujeres en todas las luchas estructurales de la Vía Campesina, como son la reforma agraria popular, la oposición a los agronegocios y al modelo energético actual, la defensa del agua, la batalla contra la privatización de los bienes naturales; y, por supuesto, la crítica al sistema capitalista, patriarcal, racista y xenófobo. “Hay que abordar el trabajo político y productivo desde el feminismo y la soberanía alimentaria”, “ratificamos nuestro compromiso con las resistencias”, “el capitalismo y el patriarcado violenta nuestros cuerpos y nuestros territorios” o “hay que compartir los trabajos productivos y de cuidados” fueron otras de las ideas lanzadas en la declaración final que se leyó.
 “Somos las personas que trabajan la tierra y que alimentan al mundo, pero nuestros territorios están bajo un ataque constante. Nos enfrentamos a una criminalización creciente. Esta conferencia es un paso adelante en la internacionalización de nuestras luchas, creando una estrategia para frenar los poderes del capitalismo global y construir un movimiento para el cambio”, afirmó Elizabeth Mpofu, campesina de Zimbabue y coordinadora general de La Vía Campesina.

http://www.cimacnoticias.com.mx/?q=noticia/agricultoras-que-desbrozan-el-machismo

19 de julio de 2017

Trabajo forzoso vinculado al Banco Mundial


El Banco Mundial financia US$500 millones en proyectos agrícolas relacionados con el trabajo forzoso y el trabajo infantil en Uzbekistán, señalaron Human Rights Watch y el Foro Uzbeko-Alemán de Derechos Humanos en un informe publicado hoy. Bajo los acuerdos de préstamo, el gobierno uzbeko debe cumplir con las leyes que prohíben el trabajo forzoso y el trabajo infantil, y el Banco Mundial puede suspender los créditos si hay evidencia creíble de violaciones.
El documento, de 115 páginas y titulado “‘No podemos negarnos a cosechar algodón’: trabajo forzoso e infantil vinculado a las inversiones del Grupo del Banco Mundial en Uzbekistán”, detalla cómo el gobierno uzbeco forzó a estudiantes, profesores, personal médico y, a veces, a niños a cosechar algodón en 2015 y 2016, así como a eliminar la maleza de campos y plantar algodón en la primavera de 2016. El gobierno ha amenazado con despedir a personas, cesar los pagos de ayudas sociales y suspender o expulsar a estudiantes si se niegan a trabajar en los campos de algodón.
“El Banco Mundial está encubriendo un sistema de trabajo abusivo en la industria del algodón de Uzbekistán”, dijo Umida Niyazova, directora del Foro Uzbeko-Alemán de Derechos Humanos. “El Banco Mundial debe dejar claro al gobierno de Uzbekistán y a los potenciales inversionistas que no desea formar parte de un sistema que dependa del trabajo infantil y forzoso suspendiendo la financiación hasta que estos problemas se resuelvan”.
El apoyo del Banco Mundial a estos proyectos ha creado la impresión de que Uzbekistán está tomando medidas de buena fe para poner fin al trabajo forzoso, cuando en realidad no es así, confundiendo a empresas responsables y gobiernos, dijeron Human Rights Watch y el Foro Uzbeko-Alemán.
En las últimas semanas, el Foro Uzbeko-Alemán encontró que el gobierno está forzando de nuevo a sus ciudadanos, niños incluidos, a quitar maleza de los campos y a plantar algodón, además de calabazas, tomates y otros productos agrícolas.
El nuevo presidente del país, Shavkat Mirziyoyev, ha prometido reformas después de más de dos décadas de gobierno represivo bajo Islam Karimov, cuya muerte fue anunciada el 2 de septiembre de 2016. Este cambio de liderazgo brinda una buena oportunidad a los gobiernos interesados y las instituciones financieras internacionales para presionar a favor de reformas integrales. Los representantes de los países del G20, cuya reunión se ha fijado para los días 7 y 8 de julio de 2017 en Hamburgo, deberían asegurarse de que sus esfuerzos para apoyar cadenas de suministro sostenibles y el trabajo decente vayan más allá de las fábricas y alcancen a las granjas, y presionar al Banco Mundial para que deje de financiar proyectos que refuercen sistemas laborales abusivos.
El informe está basado en 257 entrevistas detalladas y cerca de 700 conversaciones breves con víctimas de trabajo forzoso e infantil, agricultores y actores clave en el sistema de trabajo forzoso, documentos gubernamentales filtrados y declaraciones de funcionarios gubernamentales. Human Rights Watch y el Foro Uzbeko-Alemán documentaron un caso de trabajo forzoso e infantil en un área de proyecto del Banco Mundial y trabajo forzoso sistemático en todo el sector del algodón. Descubrieron que es muy probable que los proyectos de agricultura y riego del Banco Mundial, así como sus inversiones en educación, estén vinculados con una situación continua de trabajo forzoso y que también exista un riesgo significativo de trabajo infantil.
Uzbekistán es el quinto productor de algodón más grande del mundo. Exporta alrededor del 60 por ciento de su algodón en bruto a China, Bangladesh, Turquía e Irán. La industria algodonera de Uzbekistán genera más de US$1.000 millones en ingresos anuales, o alrededor de una cuarta parte del producto interno bruto (PIB) del país, de un millón de toneladas de fibra de algodón. Los ingresos del algodón van a parar a una opaca cuenta extrapresupuestaria del Ministerio de Hacienda que no está abierta al escrutinio público y está controlada por altos funcionarios gubernamentales.
Un total de 274 empresas se han comprometido a no abastecerse de algodón procedente de Uzbekistán a sabiendas debido al trabajo forzoso e infantil en el sector.
En 2015 y 2016, las inversiones del Banco Mundial en el sector agrícola de Uzbekistán ascendieron a US$518,75 millones. El gobierno de Uzbekistán prometió al Banco que no recurriría al trabajo forzoso o infantil en los proyectos o dentro de las áreas de proyecto. El Banco prometió monitorear de manera independiente cualquier posible abuso y crear una vía para que las víctimas puedan pedir reparación. Pero el gobierno uzbeko ha seguido forzando a un gran número de personas, a veces a niños de tan sólo 10 u 11 años, a trabajar largas jornadas en los campos de algodón en condiciones difíciles, incluso dentro del área del proyecto de riego del Banco Mundial. El Banco se ha conformado con un monitoreo superficial e ineficaz, lo que ha brindado una oportunidad al gobierno uzbeko para enmascarar sus abusos.
“El gobierno dio la orden [de recoger algodón] y nadie desobedece esas órdenes”, dijo un maestro de escuela en el distrito de Turtkul, Karakalpakstán, donde el gobierno está implementando el proyecto de riego financiado por el Banco. “Si me niego, me despedirán (...) Perderíamos el pan que comemos”.
Grupos independientes, incluido el Foro Uzbeko-Alemán, presentaron evidencias de trabajo forzoso e infantil al Banco Mundial durante y después de la cosecha de otoño de 2015, así como de ataques contra defensores de derechos humanos que trataron de denunciar estos abusos. En lugar de suspender su préstamo al gobierno, en consonancia con su acuerdo de 2014, el Banco Mundial aumentó sus inversiones en la industria agrícola de Uzbekistán a través de su brazo de crédito del sector privado, la Corporación Financiera Internacional (IFC). En diciembre de 2015, la IFC invirtió US$40 millones en un productor líder de hilados de algodón en Uzbekistán para expandir su planta textil.
El Banco Mundial contrató a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), organismo tripartito de las Naciones Unidas compuesto por gobiernos, organizaciones de empleadores y representantes de los trabajadores, para monitorear el trabajo forzoso y el trabajo infantil en 2015 y 2016. A la OIT le corresponde un importante papel en la promoción de los derechos laborales fundamentales en Uzbekistán. Sin embargo, con el involucramiento del gobierno y los sindicatos no independientes en la vigilancia, en la práctica el sistema se está monitoreando a sí mismo. El gobierno también ha hecho grandes esfuerzos para instruir a los recolectores para que digan a los monitores que están cosechando algodón voluntariamente. En 2016, la OIT decidió que ya no era necesario seguir vigilando el trabajo forzoso, citando el reconocimiento implícito del gobierno de este problema.
El gobierno utilizó la intimidación, la violencia y la detención arbitraria para impedir que los monitores independientes y los periodistas informaran sobre el trabajo forzoso. En 2015 y 2015 los monitores del Foro Uzbeko-Alemán, así como otras personas que llevaban a cabo estudios de monitoreo de derechos humanos y derechos laborales, enfrentaron constantes riesgos de acoso y persecución.
En 2015, un monitor, Dmitry Tikhonov, tuvo que huir del país y otro, Uktam Pardaev, fue encarcelado durante dos meses y liberado por la suspensión de su sentencia. En 2016, sólo una monitora del Foro Uzbeko-Alemán, Elena Urlaeva, siguió trabajando abiertamente, y fue sometida a vigilancia, hostigamiento, detención arbitraria, agresión y estancias involuntarias en un hospital psiquiátrico.
El Banco Mundial y la IFC deberían suspender la financiación para la agricultura y el riego en Uzbekistán hasta que aborde el problema del trabajo forzoso e infantil, dijeron Human Rights Watch y el Foro Uzbeko-Alemán. El Banco y la IFC también deberían tomar todas las medidas pertinentes para prevenir las represalias contra los defensores de derechos humanos cuyo trabajo se centra en sus inversiones, responder con rapidez en caso de abuso y trabajar con los beneficiarios de sus préstamos para remediar los abusos.
“La misión del Banco Mundial es combatir la pobreza, pero las personas que viven en la pobreza son las más vulnerables al trabajo forzoso e infantil en Uzbekistán”, dijo Jessica Evans, investigadora sénior sobre empresas y derechos humanos de Human Rights Watch y coautora del informe. “El Banco Mundial debería dejar de financiar proyectos que promuevan el sistema de trabajo forzoso del país, y en su lugar fomentar iniciativas que aborden las necesidades sociales y económicas de las personas que viven en la pobreza”.

https://www.hrw.org/es/news/2017/06/27/uzbekistan-trabajo-forzoso-vinculado-al-banco-mundial

7 de julio de 2017

Las damas de Pervyse.


Durante la Primera Guerra Mundial, en el frente belga, dos mujeres emprendieron una lucha intensa por salvar la vida de miles de soldados heridos y enfermos. La pasión por las motocicletas, algo poco habitual en mujeres de finales del siglo XIX, las unió en una aventura que marcaría sus vidas para siempre. La prensa las recordó como las "Damas de Pervyse", localidad en la que fijaron su centro de operaciones; fueron condecoradas una y otra vez por Inglaterra y Bélgica; sus rostros fueron inmortalizados una y otra vez siendo las mujeres más fotografiadas en el frente de la Gran Guerra. La historia de Elsie y Mairi, dos mujeres que se enfrentaron a la muerte, el hambre y la desesperanza de un conflicto que se llevó por delante miles de almas, ha permanecido durante décadas escondida.
El 25 de septiembre de 1914, Elsie Knocker y Mairi Gooden-Chilsom se embarcaron rumbo a Bélgica, país que había sido ocupado por las tropas alemanas poco después del inicio de la Primera Guerra Mundial. Una curiosa afición común las había unido tiempo atrás. Elsie y Mairi eran unas apasionadas de las motocicletas y se habían conocido en una de las muchas carreras que se celebraban entre Hampshire y Dorset. Pero más allá de su afición a los vehículos de dos ruedas, Elsie y Mairi venían de mundos muy distintos. Para empezar, les alejaba una amplia diferencia de edad.
Elsie era el nombre de pila con el que conocían sus seres queridos a Elizabeth Blackall Shapter. Había nacido en Exeter, Devon, el 29 de junio de 1884. Era la pequeña de los cinco hijos del doctor Thomas Lewis y Charlotte Bayly. Elsie tendría muy pocos recuerdos de sus progenitores pues quedaría huérfana de madre a los cuatro años y de padre a los seis. Mientras que sus hermanos fueron acogidos por varios miembros de la familia, Elsie fue dada en adopción a los Upcott, Lewis Edward Upcott, profesor en el Marlborough College, y su esposa Emily, dedicada a la pintura.
Elsie fue separada de sus hermanos de los que no conservó ninguna fotografía, tampoco de sus padres, cuando se trasladó a vivir con sus nuevos padres, a los que nunca llamó como tal, sino que nombró siempre con respeto como sus tíos. Elsie tuvo una infancia triste, primero en la escuela de chicas de Marlborough en la que nunca se adaptó y después en la escuela para señoritas Saint Nicholas de Kent. En 1903 sus padres adoptivos la trasladaron a un internado en Suiza.
De vuelta a Inglaterra, cuando ya era una mujercita que superaba los veinte años de edad, conoció al que se convertiría en su marido, Leslie Duke Knocker, con quien se casó el 5 de abril de 1906. Leslie trabajaba en un banco en Londres y tenía diez años más que Elsie. Poco tiempo después la pareja se trasladó a Singapur donde uno de los hermanos de Leslie le había conseguido un trabajo en la China Mutual Insurance Company.
La vida en Asia no fue un camino de rosas. Al poco de llegar a Singapur, Elsie supo que estaba embaraza. Leslie, a quien, con el tiempo, se dio cuenta que no conocía, empezó a comportarse de manera sombría y a alejarse de su esposa a la que llegó a maltratar y echar de casa. Por suerte, Elsie disponía de la herencia familiar y pudo regresar a Londres donde dio a luz a su hijo Kenneth. A pesar de la actitud violenta de Leslie hacia su mujer, esta decidió regresar a Singapur con su hijo en agosto de 1907. Elsie aún viajó varias veces de Inglaterra a China y tuvo que aguantar el maltrato y el adulterio de su marido. Cansada de la situación en diciembre de 1910 dejó para siempre Asia y regresó con su hijo a la casa de sus padres adoptivos a los que nunca explicó la verdad acerca de su fallido matrimonio.
A finales de 1912, Elsie Knocker inició un proceso de divorcio, algo inusual y muy mal visto en la Inglaterra de principios del siglo XX. Apenas 300 mujeres habían iniciado demandas de divorcio pues se exponían al ostracismo y al rechazo social. Pero Elsie era una mujer independiente gracias a la herencia paterna y no estaba dispuesta a continuar casada con un hombre que la había hecho infeliz. Sin embargo, cuando Elsie conoció a Mairi y al resto de personas con las que compartiría su vida durante la Primera Guerra Mundial se inventaría otro pasado haciéndose pasar por una mujer viuda.
Pero antes de que estallara la Gran Guerra, Elsie empezaría una nueva vida como partera en el Queen Charlotte's Hospital de Londres mientras su hijo permanecía con los Upcotts en Marlborough. En julio de 1913 se reencontró con los suyos y vivió una de las épocas más felices de su vida. Con parte de la herencia que había recibido de un tío suyo, Elsie decidió hacer algo poco habitual en una mujer, se compró una motocicleta y un sidecar, cumpliendo uno de sus sueños, poder disfrutar de la velocidad que le permitían estos nuevos artilugios colocando a su pequeño Kenneth en el asiento del sidecar. Elsie se unió al Gypsy Motor Cycle Club y exprimió la vida al máximo... hasta que la guerra estalló.
La historia de Mairi era muy distinta a la de Elsie. Mairi Lambert Gooden-Chisholm había nacido el 26 de febrero de 1896 en Escocia, cuando Elsie ya era una niña de 12 años y sufría el rechazo de sus compañeras en la escuela por ser adoptada. La infancia de Mairi estuvo llena de alegría y ciertos lujos como bicicletas y caballos para ella y su querido hermano, Ualiean. Sus padres, el Capitán Roderick Gooden-Chisholm y su esposa, Margaret Fraser, se trasladaron a vivir a Dorset cuando Mairi tenía cuatro años. Allí, Mairi y Ualiean fueron educados por una gobernanta hasta que fueron enviados a la escuela. En 1906, la familia creció con la llegada de la pequeña Lucy y un año después Mairi empezaba sus estudios en Redmoor y después al Saint Katharine's School.
Cuando Mairi se reencontró con su hermano años después, lejos de divertirse con entretenimientos dignos de una señorita, ambos disfrutaban de actividades masculinas, entre ellas, hurgar en las tripas de una motocicleta. Mientras que a su padre no le importaba que Mairi se dedicara a montar aquellos cacharros, su madre se desesperaba creyendo que su hija iba a arruinar su futuro.
Pero la felicidad de Mairi junto a su hermano Uailean también terminó pronto. Sus padres hacía poco que habían comprado una hacienda en Trinidad y se trasladaron allí a vivir con la pequeña Lucy reclamando también la presencia del hijo.
En el otoño de 1913, Mairi había conocido a una mujer a la que se la conocía como la "gitana", que disputaba carreras de motos. Era Elsie Knocker. Así que cuando la guerra estalló, hacía muy poco tiempo que ambas se habían conocido. Pero su amistad, fundada en la pasión por las motos, había arraigado con fuerza y así permanecería durante la dura etapa de la guerra. Al enterarse del inicio del conflicto, Elsie escribió una palabras a Mairi que cambiarían sus vidas para siempre: "Hay trabajo que hacer". Elsie propuso a Mairi unirse al Women's Emergency Corps que había fundado Evelina Haverfield junto con otras mujeres sufragistas.
Cuando se trasladaron a Londres, el Doctor Hector Munro conoció a Mairi en uno de los actos del Women's Emergency Corps y la invitó a unirse al Flying Ambulance Corps, una unidad que se estaba preparando para curar a los soldados en el frente belga. Mairi no se lo pensó dos veces y incorporó a Elsie en el proyecto. El 25 de septiembre de 1914, Elsie y Mairi se embarcaron en un barco rumbo a Bélgica. Junto a ellas y el doctor Munro viajaban otras voluntarias como Dorothie Feilding y May Sinclair.
Después de pasar por varios enclaves belgas, Elsie y Mairi se dieron cuenta que sus hospitales de campaña se encontraban demasiado lejos del frente. Perdían demasiado tiempo y esfuerzo trasladando a los heridos, por lo que decidieron separarse del cuerpo de ambulancias y establecerse en Pervyse, una localidad que se encontraba muy cerca del campo de batalla. Allí establecieron en un edificio abandonado el British First Aid Post. Allí permanecieron los tres años y medio siguientes, hasta poco antes del fin de la guerra.
El puesto de Pervyse no estaba vinculado a ninguna organización internacional por lo que fueron ellas mismas las que tuvieron que buscar los recursos necesarios. En varias ocasiones viajaron a Inglaterra donde daban conferencias explicando su labor en el frente y recogiendo todo tipo de donativos en dinero y especies para poder no sólo curar, sino también vestir y alimentar a los soldados heridos y enfermos.
Elsie y Mairi hicieron una labor inmensa en el frente pero también tuvieron tiempo para pasarlo bien organizando veladas con los soldados y fotografiando el que se había convertido en su mundo. Un mundo al que llegaron infinidad de periodistas que querían retratar y conocer a las que fueron bautizadas como las "Damas de Pervyse" o los "Ángeles de Pervyse". Además de ser las mujeres más inmortalizadas en el frente durante la Primera Guerra Mundial, fueron también de las más condecoradas.
En 1916, Elsie se casó con un piloto de las fuerzas aéreas belgas al que no le dijo que estaba divorciada, continuando con la versión de su viudedad. Harold de T'Serclaes era barón, por lo que Elsie adoptaría el título de baronesa.
Al finalizar la guerra, las cosas no fueron nada fáciles para aquellas mujeres que habían forjado un vínculo recio fundado en la lucha y la superación. Elsie y Mairi no presenciaron el final del conflicto en Pervyse pues poco antes de declararse el armisticio, un ataque con gas las obligó a trasladarse a Inglaterra y abandonar el que fuera su hogar que, durante años dio sentido a sus vidas.
Elsie no pudo ocultar por mucho tiempo más que no era viuda. La familia de su segundo marido, católica y tradicional, no podía aceptar que Harold estuviera casado con una mujer divorciada. Tampoco el propio Harold que se alejó de Elsie para siempre. De la misma manera, Mairi, que había sido su amiga inseparable, se sintió traicionada por Elsie de la que se distanció.
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Elsie Knocker, que mantuvo el título de baronesa, se unió de nuevo a la causa, esta vez como oficial de la Women's Auxiliary Air Force (WAAF). En julio de 1942, Elsie quedó devastada por la muerte de su hijo Kenneth al ser abatido el avión en el que viajaba en el frente. Acompañada de sus perritos, la baronesa Elsie Knocker terminó sus días siendo una anciana de 93 años, el 26 de abril de 1978.
Mairi le sobrevivió tres años. Tras el final de la guerra, Mairi se reencontró con una amiga de la infancia, May Davidson, con quien abrió una granja de aves de corral y tuvo una vida tranquila hasta que falleció el 22 de agosto de 1981.

http://www.mujeresenlahistoria.com/2017/07/damas-de-pervyse-elsie-y-mairi.html

5 de julio de 2017

LOS PUSSYHATS: UN MUNDO DE MUJERES VISIBLES.



Antes de la independencia norteamericana, un llamamiento patriótico en 1765 instaba a las mujeres de los colonos a hilar sus propias ropas en casa para no tener que importar tejidos de la metrópoli inglesa y contribuir así a la causa. De esta forma, a la simple ama de casa, le fue atribuida la condición de “hija de la libertad”, emulando la masculina proclama de la organización patriótica (Sons of Liberty, organización en un principio fiel al rey de Inglaterra, con la que estuvieron relacionados Paul Revere o Samuel y John Adams) creada para reivindicar y proteger los derechos de los colonos.
Eso es lo que se decía en un llamamiento cívico que se dirige a ellas, a las mujeres, y solo a ellas. Porque coser, hilar, tejer… eran labores femeniles. Como cuando hubo que coser una nueva bandera nacional con 13 bandas blancas y rojas y 13 estrellas y el mito se atribuyó a una mujer, Betsy Ross (1752-1836), hija de un pastor cuáquero de Pensilvania, repudiada por éste al casarse con un episcopaliano tapicero de profesión. A Betsy la habían enseñado a coser desde la escuela de su iglesia, como se enseñaba a coser a las niñas pobres españolas que entraban en alguna de las escuelas de hilados fundadas por las Sociedades Patrióticas del siglo XVIII o más tarde en las promovidas por las Juntas de Damas del siglo XIX. Coser, hilar, tejer… para el bien de la patria, son formulas con las que se traslada a la mujer, desde un cercado espacio femenino dentro del hogar, al espacio público y visible de la actuación sociopolítica.

Tejer

Hoy vemos en los Estados Unidos recién despertados en la era Trump, cómo las mujeres han encontrado en el acto de tejer una labor altamente patriótica. El Pussyhat Project, puesto en marcha el día de Acción de Gracias por Krista Suh y Jayna Zweiman, dos mujeres de Los Ángeles que nada tienen que ver con la política (la primera es guionista y la segunda arquitecta), junto con la artista Aurora Lady, nació con la intención de «crear un océano de color rosa para la manifestación, ofrecer un mensaje visual que distinguiese a esta protesta» (Noelia Ramírez, El País). Se referían a la manifestación de mujeres contra Donal Trump celebrada en Washington (y en otras ciudades estadounidenses y del mundo) este pasado día 21 de enero de 2017.
El nombre, pussyhat, surge de un juego de palabras: pussy es la versión coloquial de ‘vagina’ y la forma de orejitas de gato en el gorro (hat, un diseño de Kat Coyle) hacen referencia a la palabra pussycat, todo ello como respuesta gráfica al «grab the from the pussy» (traducido libremente como ‘agarrarlas por el coño’) que dicen que dijo Trump según unas comprometidas grabaciones difundidas durante la campaña electoral.
El mensaje es claro: somos mujeres, estamos aquí, hemos tejido nuestro propio elemento distintivo. Pero incluso van más allá. La idea se lanzó con un gran carácter inclusivo para visibilizar a través de ellos la adhesión a la protesta de aquellas mujeres que no pudieran estar presentes en Washington. Unas mujeres los lucen, otras los tejen para ser visibles a través de ellos. Las redes sociales ayudaron a que los pussyhats traspasasen las fronteras estadounidenses y llegasen a Canadá o Reino Unido o a lugares tan lejanos como Noruega, lugares desde donde muchas mujeres se sintieron representadas en la manifestación de Washington al ver sus gorros rosas en las cabezas de las que si estaban allí.

Visibilidad

Hubo un tiempo en España en el que las mujeres también realizaron protestas con un claro cariz político y patriótico visibilizado a través de un objeto o un color que lucían en sus cuerpos. Por ejemplo, cuando en 1833, ya fallecido Fernando VII, Isabel II es proclamada reina y «las señoras empezaron a usar, en sus vestidos y adornos, el color azul cristina», contaba José Ortega Zapata en su crónica del Valladolid del XIX, en señal de reconocimiento cristino, es decir, de apoyo a la reina madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, preceptora y regente de la reina niña entre 1833 y 1840, y contra las aspiraciones de los partidarios de Carlos María Isidro, hermano del rey finado.
De igual modo, durante el reinado de Amadeo de Saboya (como Amadeo I, entre 1871 y 1873), una protesta aristocrática, impulsada por Sofía Troubetzkoy (duquesa de Sesto), conminó a las mujeres madrileñas a lucir la españolísima mantilla española en lugar de los sombreros parisinos tan de moda en esos años, para mostrar su adhesión a la restauración borbónica y el rechazo a la nueva casa reinante. Para ello, la duquesa de Sesto diseñó un alfiler en forma de flor de lis (emblema de los Borbones) que las damas debían lucir visibles sobre la mantilla en los paseos solariegos por el madrileño Paseo del Prado.
Llamada la Rebelión de las Mantillas, fue orquestada y llevada a cabo por mujeres, una presencia femenina con un protagonismo propio y una visibilidad con sentido político. O al menos, reivindicativo de una corriente político-social contraria al nuevo orden institucional, como sucede con las actuales mujeres de Washington opuestas al nuevo presidente. Sí. Ninguna de esas formas de protesta pueden ser tomadas como una mera manifestación femenil.
Las mujeres de Estados Unidos y de buena parte del mundo, han querido mostrar en Washington este pasado día 21 una clara (y visibilizada en rosa) oposición a su recién proclamado presidente, a sus modos chulescos y su postura fatua, a sus desplantes mediáticos, a su falta de educación, a su xenofobia manifiesta contra inmigrantes y extranjeros, a su más que evidente machismo, misoginia y agresividad verbal hacia el sexo femenino. La protesta de las mujeres de Washington no solo es feminista, es parte de una protesta cívica y política que algunos medios ya han llegado a calificar de auténtica «resistencia civil».
Claro que, me dirán, que Washington no es precisamente una ciudad proclive a Donald Trump, donde solo un 4% de los votantes le apoyaron (lo que también explicaría las “calvas” en la multitud concentrada frente al Capitolio, en el National Mall, el día de la proclamación presidencial) y que al fin y al cabo, las mujeres, un 53% de las mujeres (blancas, el voto afroamericano conjunto fue del 8%), votaron a favor del nuevo presidente. Son cifras para la reflexión, sobre todo, cuando su oponente demócrata era una mujer, Hillary Clinton.
Pero son cifras que directamente nos dicen que las mujeres tienen su propia opinión política. No votan por corporativismo femenino. Y por lo tanto, la oposición que se realiza ahora frente al nuevo presidente no es feminista ni corporativista, ni debe tenerse únicamente por femenil. Es una reivindicación política que se visibiliza en rosa, sí, con los pussyhats, sí, pero también a través de un claro empuje cívico-político femenino.
La historia nos ha enseñado que tal empuje no debe ser desdeñado. Si podemos considerarlo histórico, Eva realizó la primer acción de protesta femenina (y solo femenina) contra el poder establecido, reivindicando el derecho a la sabiduría para ella y para toda la humanidad. Fue un gran logro, pero a cambio, supuso un alto costo para nosotras: la carga perpetua de un pecado en forma de subordinación femenina al sexo opuesto. No nos conformamos nunca con ese destino.
Fueron muchas las ocasiones en las que a lo largo de la historia las mujeres mostraron ese empuje, coraje y voluntad de cambiar el destino de todas. Fueron las mujeres las que en la Revolución Francesa alentaron a los hombres para salir a las barricadas portando ellas armas y antorchas en todas las revueltas. Fueron las mujeres del mercado de París las que el 5 de octubre de 1789 protagonizaron la marcha a Versalles protestando por la carestía y alto precio del pan, marcha que pronto se tornó en política cuando se unieron a los ciudadanos (hombres y mujeres) que sitiaron el Palacio de Versalles obligando al rey, y a los miembros de los Estados Generales allí reunidos, a volver a París. Para algunos estudios feministas, estos actos son considerados “fundacionales” de la lucha por la emancipación femenina. Pero es que no fueron los únicos.
En la previa Revolución Norteamericana (1775-1783), hubo mujeres que empuñaron armas y cañones (Margaret Corbin, por ejemplo, la primera mujer en la historia de Estados Unidos que recibió una pensión del Congreso por los servicios militares prestados y la única enterrada en West Point, pero también la mítica Molly Pitcher, por cierto, ambas vinculadas a Pensilvania, como Betsy Ross)
Y en la posterior Guerra de la Independencia española iniciada en 1808, las mujeres se rebelaron contra los invasores franceses, llegando a ser artilleras (Agustina de Aragón) o jefas de Somatén (Susana Claretona, Margarita Tona, María Esclopé…), por poner solo un par de ejemplos.
Fueron decididas mujeres norteamericanas (muchas inmigrantes de origen europeo, además) las que protagonizaron las huelgas del sector textil de 1908 (en Chicago) y 1909 (como la famosa “huelga de las camiseras” o el “levantamiento de las 20.000”, organizado por los sindicatos de mujeres de Nueva York) o las que sucedieron en 1911 después del terrible incendio de la Fábrica de camisas Triangle Waist Co. de Nueva York, que se saldó con la muerte de 146 personas, 123 de las cuales eran mujeres, muchas de ellas muy jóvenes y de nuevo, inmigrantes europeas en gran número (incendió que desde entonces se recuerda con el Día Internacional de la Mujer Trabajadora del 8 de marzo).
Las condiciones de trabajo de todas estas mujeres eran terribles y la respuesta que las autoridades dieron a esas manifestaciones multitudinarias no estuvieron ausentes de detenciones, despidos, multas y más violencia (la sindicalista Clara Lemlich, por ejemplo, con varias costillas rotas en la manifestación de 1909 en Nueva York), pero estas protestas alentaron el movimiento sufragista femenino que ya había nacido en el siglo anterior y que tendría en estos primeros años del siglo XX su momento de apogeo.
Y también fueron mujeres con empuje las milicianas republicanas españolas del 36 que defendieron la legalidad constitucional frente a un bárbaro golpe de Estado, dejando visibilizada su condición femenina y su decidida voluntad de participación revolucionaria y política como ciudadanas.
Hoy, muchas mujeres en todo el mundo están mostrando su empuje, su voluntad de seguir siendo escuchadas, su decidida negativa a ser tratadas como ciudadanas de segunda y seres humanos de tercera. Y una de esas reivindicaciones ha llegado al corazón de la gran metrópoli occidental, Washington, visibilizándose con un gorro de lana de color rosa y orejas de gato. La manifestación de mujeres en Washington, y en otras muchas ciudades, portando sus pussyhats o fabricándolos para otras mujeres, han mostrado dos cosas al mundo: una, que en Estados Unidos han empezado a conocer un tipo de protesta civil a la que no estaban acostumbrados, una protesta espontánea y multitudinaria hacia una institución tan venerada en ese país como es la Presidencia de la República; y dos, la han conocido a través de las mujeres… definitivamente estamos en una nueva era… la era de las mujeres.

Por 
http://anatomiadelahistoria.com/2017/01/los-pussyhats-un-mundo-de-mujeres-visibles/

8 de junio de 2017

Violencia contra las mujeres difícil de combatir en India.


 La policía de Nueva Delhi lanzó una iniciativa única para frenar el espiral de violencia contra las mujeres en esta ciudad, conocida como la “capital de la violación”: un escuadrón de ciudadanos, que asisten en la prevención y la detección de delitos y contribuyen a mantener el orden.
El grupo, llamado “policías mitras” (amigos de la policía), está formado por granjeros, trabajadoras del hogar y exmilitares.
Por otra parte, los jefes de policía crearon su propia versión de los “Ángeles de Charlie”, un escuadrón de mujeres entrenadas para combatir la delincuencia, agentes con kimonos blancos que saben lanzar patadas y persiguen a los predadores sexuales en todo el país.
"Llevo gas pimienta y un cuchillo cuando vuelvo tarde de la oficina”: Shashibala Mehra.
El grupo de 40 mujeres bien entrenadas en artes marciales vigila lugares “vulnerables” de la ciudad, como las escuelas y las estaciones de tren subterráneo.
India, uno de los peores países en materia de seguridad de la población femenina, incorporó una serie de iniciativas innovadoras para preservar a las mujeres de los delitos sexuales. Pero irónicamente, a pesar de leyes más duras y del fortalecimiento de policía, la violencia aumenta.
Según un informe del Contralor y Auditor General de India, delitos como violación, abuso sexual y acoso se dispararon, aumentando 60 por ciento entre el período 2010-2011 y entre 2014-2015.
Un informe de la Oficina Nacional de Registro de Delitos concluyó que hubo 337.992 denuncias de violencia, violación, crueldad y secuestro, contra las mujeres en 2014, nueve por ciento más que el año anterior.
Las denuncias de violación también aumentaron nueve por ciento, registrándose 33.707 ese mismo año, el último del que se dispongan datos.
Un estudio de la organización ActionAid concluyó que 79 por ciento de las mujeres indias han sufrido acoso o violencia en espacios públicos.
El aumento de ataques contra las mujeres disparó numerosos proyectos voluntarios, como la iniciativa Blank Noise, cuya campaña #WalkAlone (camina sola) llamó a las mujeres a romper el silencio y caminar solas para luchar contra el miedo al acoso callejero.
Otra campaña pidió a las mujeres que enviaran la vestimenta que llevaban cuando sufrieron acoso, la que se usó para montar una instalación pública.
En 2003, la organización convocó a acosadores, víctimas, espectadores y transeúntes, llamados “Héroes de Acción”, una red de voluntarios de todas las edades, géneros y orientación sexual a difundir el mensaje contra el acoso sexual en espacios públicas. También dicta cursos para ayudar a las mujeres a crear espacios seguros.
El parlamento aprobó leyes más duras contra la violación, la trata de personas, los ataques con ácido y el acoso, pero esto tampoco se tradujo en una disminución de los delitos. Algunas activistas analizan que eso se debe a que las movilizaciones generaron un contraataque de los violentos.
“Hay mucha cobertura mediática, marchas con velas y miedo en las redes sociales si las mujeres se indignan, pero en realidad no cambió nada”, observó Pratibha Malik, de la organización Aashrita.
“La presencia misma de las mujeres en espacio no tradicionales, como oficinas, bares, restaurantes, entre otros, en una sociedad patriarcal como la de India es responsable de la respuesta violenta”, opinó.
El disparador para reforzar la legislación y la acción policial fue la violencia de una estudiante de medicina de 23 años en diciembre de 2012 en un autobús en movimiento cuando regresaba del cine con un amigo.
Un grupo de varones, entre los que incluso había uno de 14 años, atacaron a la pareja. La mujer fue varias veces violadas y su amigo, golpeado con una barra de hierro. Ella murió poco tiempo después y todo el episodio, que ocupó los titulares de los diarios de todo el mundo, motivó protestas masivas reclamando medidas contra la violencia.
Al tiempo, se creó el Comité de Justicia Verma, en cuyo informe mencionó “la gobernanza deficiente no crea un ambiente seguro y digno para las mujeres de India, constantemente expuestas a la violencia sexual”.
Los tres agresores del sonado caso de 2012 fueron condenados a muerte. Además, se aprobó una ley ampliando la definición de delitos sexuales para incluir la penetración forzada mediante cualquier objeto, el acoso, la violencia con ácido e, incluso, contra desvestir a las mujeres.
Pero ellas todavía no se sienten seguras, pues consideran que todavía acecha el peligro, en especial en las grandes ciudades, donde salir de noche aún se considera una “aventura”.
“No me siento para nada segura en espacios públicos ni en el transporte público. Sé que nadie va a salir a defenderme si estoy en problemas”, confesó la cocinera Rekha Kumari, de 30 años.
“Llevo gas pimienta y un cuchillo cuando vuelvo tarde de la oficina”, coincidió Shashibala Mehra, una contadora de 52 años. “En los 40 minutos que tengo de regreso a casa, hablo por teléfono con mi esposo para que sepa si tengo algún problema”, acotó.
Laxmi Aggarwal, quien sufrió un ataque con ácido y se dedicó a luchar para prohibir la venta de esa sustancia en este país, señaló que el gobierno no ha hecho mucho al respecto. “Jovencitas vulnerables sufren ataques en distintas zonas rurales de India”, apuntó.
La joven de 27 años trabaja con la organización Stop Acid Attacks para ayudar a otras víctimas como ella y defender sus derechos en la justicia.
Además de comparar armas y gas pimientas, muchas mujeres recurren a aplicaciones de seguridad, toman clases de defensa personal y se unen a grupos de autoayuda.
El colectivo femenino Brigada Roja, por ejemplo, ofrece a mujeres y niñas técnicas de autodefensa y persigue a los hombres que cometieron una agresión sexual.
“Tratamos de que el hombre errado entre en razón hablando con él y sus padres. Si no escucha, vamos a la policía”, detalló Usha Vishwakarma. “Si sigue obstinado, pasamos a la acción”, puntualizó.
Una parte importante del apoyo de la Brigada Roja es ayudar a las víctimas a sacarse el sentimiento de culpa de que son responsables de la violencia sufrida.

Por Neeta Lal
http://www.ipsnoticias.net/2016/12/violencia-contra-las-mujeres-dificil-de-combatir-en-india/

6 de junio de 2017

Las mujeres indígenas en Perú combaten el cambio climático e impulsan su economía .



Para combatir el impacto del cambio climático, las mujeres indígenas de Laramate en Perú recuperan técnicas ancestrales de cultivo con el apoyo del Fondo para la Igualdad de Género de ONU Mujeres. Además de mejorar los cultivos y sus ingresos, el programa ha promovido la participación de las mujeres indígenas en los espacios públicos y en la toma de decisiones.
Las agricultoras indígenas del distrito de Laramate, en Perú, saben lo que implica el cambio climático. Han visto cómo sus cosechas se marchitan durante las sequías y se pudren bajo constantes lluvias y heladas. La producción era reducida y sus hijos sufrían desnutrición hasta que las mujeres de las comunidades rurales de Atocata, Miraflores, Patachana, Yauca y Tucuta empezaron a recuperar las técnicas de sus ancestros en la selección y conservación de las semillas y el cultivo de la tierra.
El resultado ha sido sorprendente. Los campos ahora rebosan de patata, olluco, maíz, verduras, frutas y granos como kiwicha. La producción es mayor y más diversa, los cultivos son más resistentes a las heladas y las sequías y los productos son más nutritivos.
Las mujeres seleccionan semillas sanas, rotan los cultivos para recuperar la fertilidad del suelo y riegan la tierra de forma más eficiente usando los métodos de sus ancestros. Al dejar de usar agroquímicos, sus productos saben mejor y duran más.
“Nuestra tierra es la única herencia que tenemos. Cuidamos de ella como lo harían nuestros ancestros, sembrando semillas pero también dejando descansar la tierra por períodos de tiempo”, asegura Magaly Garayar, de 37 años, residente de la comunidad de Atocata y presidenta de OMIL (Organización de las Mujeres Indígenas de Laramate), a la que a su vez apoya el Centro de Culturas Indígenas del Perú (CHIRAPAQ), la organización beneficiaria del Fondo para la Igualdad de Género de ONU Mujeres. CHIRAPAQ trabaja para fortalecer las capacidades de las mujeres indígenas en el distrito de Laramate, les aporta formación y les ayuda a mejorar su situación económica.
Photo courtesy of CHIRAPAQ
Como presidenta de la OMIL (Organización de las Mujeres Indígenas de Laramate), Magaly Garayar defiende los derechos de las mujeres indígenas. OMIL ayuda a las mujeres indígenas a comercializar y vender sus productos en mercados locales. Foto cortesía de CHIRAPAQ
Lucia Rupire, otra residente de Atocata y miembro de OMIL, apela a los recuerdos de su padre y su abuelo fertilizando la tierra con abono del ganado vacuno, las ovejas y la alpaca. “Empecé a hacer lo mismo después de recibir la formación porque entendí que las técnicas de mis ancestros respetan el medio ambiente así como mejoran la fertilidad del suelo y nuestra salud. Ahora hemos aprendido a preparar un abono mejor y más orgánico (…) ¡Mi marido está sorprendido de lo que hemos cosechado!”
La mejora en la producción ha derivado en una mejora de la economía y la salud de las familias en la zona. “En el pasado solo sembrábamos patatas, solo comíamos un poco de trigo… No podíamos permitirnos comprar nada. Ahora cultivo mis propias verduras y nuestra comida es mejor porque la combino con verduras. Parte de lo que siembro lo cocino para mí misma y el resto lo vendo para ganar algo de dinero”, declara Carmen Tenorio, de la comunidad de Yauca.
Magaly Garayar lidera el grupo de 110 mujeres de la OMIL que defienden los derechos de las mujeres indígenas. “El machismo continúa presente en nuestras comunidades. La mayoría de las veces los hombres no nos dejaban participar en eventos, actividades o talleres (…) Los hombres eran los únicos que podían tomar decisiones. Pero ahora las mujeres tienen voz, nuestras autoridades nos escuchan y nuestras opiniones son tenidas en cuenta”, asegura Garayar.
Como parte del programa “Mujeres indígenas defendiendo a la Madre Tierra: Derechos económicos y empoderamiento en América Latina”, financiado por el Fondo para la Igualdad de Género de ONU Mujeres e implementado por CHIRAPAQ, OMIL también ha ayudado a las mujeres indígenas a comercializar y vender sus productos en los mercados locales. Asimismo, ha conseguido el compromiso del Gobierno local en apoyo de la celebración de una feria agroecológica todos los meses para impulsar su economía. Además, la organización ha ayudado a fortalecer al negocio local de lácteos en la región andina de Ayacucho, que ha desarrollado una marca popular para sus quesos, yogures y otros productos.
“Este programa demuestra la iniciativa y la resistencia de las mujeres indígenas. A través del uso combinado de estructuras económicas colectivas y el apoyo técnico apropiado, han conseguido mitigar el impacto del cambio climático y expandir sus oportunidades de negocio, usando medios sostenibles y respetuosos con el medio ambiente de producción y consumo. La iniciativa no solo ha impulsado los ingresos de las mujeres; también su autoestima y sensación de empoderamiento”, explica Elisa Fernández, Jefa del Fondo para la Igualdad de Género. Entre 2013 y 2015, el programa ha impactado en la vida de más de 400 mujeres en Perú, ha aumentado la participación de las mujeres en los espacios públicos y su capacidad de influir en las políticas sobre derechos económicos de las mujeres indígenas y la erradicación de la violencia contra las mujeres.

http://www.unwomen.org/es/news/stories/2016/8/indigenous-women-in-peru-combat-climate-change-and-boost-economy