"las acciones son mucho mas sinceras que las palabras"..... ( Scuderi)
16 de mayo de 2019
Los perseguidos LGTBI.
La exposición 'Orgullo de Valientes' refleja cómo viven y sienten aquellos que se ven obligados a huir de su país por su orientación sexual o identidad de género. 72 países criminalizan a este colectivo.
“Nosotras no existimos ante las leyes pero sí estamos. No existimos para la sociedad pero sin embargo la sociedad nos usa: estamos en los polígonos, en plena calle Montera de Madrid o en la Casa de Campo pero somos invisibles. Yo soy transexual, mujer y migrante y sufro esa triple discriminación”, así denuncia Fabiana cómo es su día a día, invisible ante una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado.Ella formó parte del proyecto Orgullo de Valientes, una exposición organizada por La Merced Migraciones, que ahora se puede ver en esta fotogalería. Las imágenes visibilizan la situación de aquellos que se ven obligados a huir de su país por su orientación sexual o identidad de género y piden refugio en España.
Fabiana es mexicana y desde hace más de una década lucha por la defensa de los derechos de las personas LGTBI+ para que en su país de origen se reconozcan los matrimonios igualitarios en otros estados más allá de Ciudad de México y denunciar el constante acoso que sufren sus compañeras trans arrestadas y obligadas a permanecer en los calabozos sin haber cometido ningún delito.
“Cuando estaba en España de vacaciones entraron dos veces en mi casa, registraron y destrozaron todo. En ese momento mi familia me dijo que no regresara porque tenían miedo que pudieran hacerme algo. Porque así se trabaja en México, se elimina a los líderes de los movimientos para infundir el miedo y que los demás no se manifiesten”, cuenta. Eso ocurrió en 2016, y desde ese momento ya no ha podido volver a su país por las amenazas constantes que recibe. México es el segundo país más violento contra la comunidad LGTBI+, sólo superado por Brasil. “Yo soy de un estado del norte de México donde la gente es muy conservadora. Cuando sales de la capital es cuando empiezan a asesinar a líderes como mi compañera Agnes Torres y las amenazas a quienes defendemos los derechos del colectivo”, reconoce Fabiana.
En el mundo, 72 países siguen criminalizando al colectivo LGTBI+ y en Arabia Saudí, Irak, Irán, Nigeria, Siria, Somalia, Sudán y Yemen la homosexualidad se castiga con pena de muerte. Por sentir y amar diferente, se enfrentan a detenciones arbitrarias y violencia, se les niegan derechos de reunión, expresión e información, sufren discriminación en el empleo, la salud y la educación. Según la Organization for Refugee, Asylum & Migration (ORAM) más de 175 millones de personas LGTBQ+ viven en condiciones de peligro o violencia en todo el mundo, pero se estima que menos de 3.000 reciben protección internacional cada año.
Uno de los supuestos bajo los que se puede solicitar asilo y protección en España es tener un temor fundado de sufrir persecución por pertenecer a un colectivo determinado, como es el definido por la orientación sexual o la identidad de género. Muchas de estas personas llegan a España buscando vivir su condición sexual en libertad pero no son pocas las barreras que tienen que superar, como los problemas para encontrar empleo o para alquilar una vivienda, que aumentan para las personas transexuales.
Hace tres años nació un proyecto de La Merced Migraciones con el objetivo de apoyar a las personas del colectivo LGTBI+ solicitantes de asilo y refugio. “Muchas de estas personas cuando llegan carecen de apoyos bien porque tirar de los apoyos que tienen de su propia comunidad en España supone meterse de nuevo en el armario o porque muchas veces llegan solos y no conocen a nadie. Cuando has sufrido rechazo por parte de tu comunidad en tu país y llegas a otro lugar y tienes que refugiarte de nuevo supone volver a sufrir un rechazo”, cuenta Josué González, trabajador social del proyecto. Por esos motivos, decidieron crear un proyecto específico que apoya a este colectivo.
“Muchos sufren bloqueo porque no les es fácil responder a las entrevistas de asilo contando su vida porque tienen miedo. Muchos de ellos no saben que en nuestro país la homosexualidad no sólo no está criminalizada sino que hay una serie de derechos y libertades garantizados constitucionalmente”, cuenta Josué, denunciando como en muchos casos los profesionales que trabajan en el campo del asilo y refugio desconocen bastante las particularidades del colectivo LGTBI+.
Manuel tuvo que huir de Venezuela por la persecución política que sufría por ser miembro de un partido de oposición. Estuvo viviendo en Madrid unos años y volvió a Venezuela para trabajar pero se vio obligado a regresar de nuevo a España y pedir asilo porque la situación era insostenible. “Si además de ser de oposición eres gay hay una saña bastante importante por parte de las fuerzas de seguridad. Más de la mitad de las agresiones a personas LGTBI+ en Venezuela las cometen agentes de las fuerzas de seguridad”, declara Manuel. Aunque reconoce que a nivel social la situación en Venezuela había mejorado respecto a hace unos años, echaba de menos no poder ir cogido de la mano de su pareja o expresar públicamente afecto. “Después de vivir en España, cuando volví a Venezuela tuve que volver al armario de puertas para afuera de mi casa”. Entre junio de 2015 y mayo de 2016 en el país sudamericano se produjeron un total de 18 asesinatos y 75 agresiones a personas de la comunidad LGTBI+. Aunque no existen datos gubernamentales oficiales, ya que en el país no no están reconocidos los crímenes de odio contra las personas de este colectivo.
Manuel y Fabiana son solo algunas de las personas que forman parte de la exposición dirigida por el fotógrafo Cheché Díaz quien, tras un proceso participativo, fue fotografiando lo que cada participante quería transmitir. “Han sido muy valientes de enfrentarse al estigma, de salir ante la cámara, sentirse libres y mostrarse tal y como son. Había muchos temores e incertidumbres pero el resultado es que ellos dieron un paso y han querido contar sus historias y hacerlas visibles. Y quieren luchar desde ahí fuera y no encerrados sintiéndose como si no formaran parte de nada”, explica Díaz.
Para Fabiana, participar en esta exposición significó tener la oportunidad de luchar contra los discursos xenófobos y poder contar su historia. “Lo que yo he vivido siendo una transexual migrante viviendo en Madrid no lo quiero para otra compañera. Eso es lo que me motiva a seguir trabajando. Mi sueño sería que no existiera la discriminación y que cada uno fuera como quisiera ser”. Un sueño que será posible algún día gracias a personas valientes como ellos.
https://elpais.com/elpais/2019/03/25/planeta_futuro/1553517984_827632.html
29 de abril de 2019
El Patriarcado como sistema de opresión.
Para la mayoría de las personas la lucha feminista se presenta como una lucha “antihombre”, la equiparan al machismo, creen que busca la superioridad de las mujeres por sobre los hombres, etc. Lo anterior, demuestra la ignorancia que se tiene en torno a la connotación y la importancia que ha tenido la lucha feminista, en tanto emancipadora para nosotras las mujeres, como también en su gran aporte a la teoría de las clases sociales. Creemos que para lograr entender la lucha feminista y su aporte, es importante el develamiento del sistema patriarcal como sistema de opresión esencialmente hacia las mujeres, pero que aporta elementos de manera sustancial a la generación y conformación de los más diversos sistemas económicos de explotación.
En los años 70’s las feministas radicales logran, luego de años de tener la sensación de que había un “algo” en donde se sustentaba la opresión hacia las mujeres, dar un cuerpo teórico al sistema patriarcal hasta ese momento no considerado en las diferentes perspectivas de cambio social. No obstante, el prominente desarrollo de la crítica y la producción en torno a esta herramienta teórico/práctica, hasta el día de hoy se encuentra denostada e invisibilizada.
¿QUE ES EL PATRIARCADO?
Para responder esta pregunta podemos citar a Dolores Reguant, quien señala:
“Es una forma de organización política, económica, religiosa y social basada en la idea de autoridad y liderazgo del varón, en la que se da el predominio de los hombres sobre las mujeres; del marido sobre la esposa; del padre sobre la madre, los hijos y las hijas; de los viejos sobre los jóvenes y de la línea de descendencia paterna sobre la materna.
El patriarcado ha surgido de una toma de poder histórico por parte de los hombres, quienes se apropiaron de la sexualidad y reproducción de las mujeres y de su producto, los hijos, creando al mismo tiempo un orden simbólico a través de los mitos y la religión que lo perpetúan como única estructura posible. De esta definición se puede extraer principalmente que es un sistema que se ha ido conformando paulatinamente, profundizando sus raíces con cada sistema económico con los cuales ha convivido. Además, de sufrir un proceso de naturalización, a tal modo, de pasar inadvertido en nuestra cotidianeidad sin ser cuestionado en casi ninguna esfera de la sociedad; demás está mencionar los aportes que han hecho grandes “genios” de la humanidad (Aristóteles, Tomas de Aquino, Proudhon, Napoleón, Einstein, entre otros) en la tarea de dar sustento “científico” al paradigma en donde lo masculino es la medida de todas las cosas generando la subordinación de las mujeres.
Otras definiciones que encontramos son más polémicas, pues, definen el patriarcado como un “…pacto -interclasista- por el cual el poder se constituye como patrimonio del genérico de los varones”. Por otro lado, Marta Fontela asevera:
“El patriarcado puede definirse como un sistema de relaciones sociales sexo–políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurado por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia”.
Sin duda, estas afirmaciones son altamente polémicas puesto que plantean un pacto interclasista, que destaca la transversalidad que tiene este sistema de opresión a través de las clases sociales. De ahí el surgimiento de consignas tales como: “No hay nada más parecido a un machista de izquierda que uno de derecha”. Ambas definiciones establecen un pacto entre hombres, que aunque estén en desigualdad de condiciones económicas, es decir, pertenecientes a diferentes clases sociales, van cediendo en algunos puntos, siendo capaces de articularse en función del patriarcado. Como bien plantea la feminista-socialista Heidi Hartmann, para un análisis del patriarcado dentro de las sociedades capitalistas: “el salario familiar es un pacto patriarcal interclasista entre varones de clases sociales antagónicas a efectos del control social de la mujer”. Haciendo hincapié en la perspectiva histórica del surgimiento del capitalismo, en donde, la mano de obra femenina fue relegada al ámbito privado.
HISTORIA
El sistema patriarcal surge alrededor de 10.000 años atrás, vinculando su origen con el proceso de sedentarización y el cambio de mentalidad de sociedades colectivizadas horizontales a sociedades individualistas jerárquicas y la consecuente aparición de las clases sociales. Así lo grafica Marcela Lagarde, quien establece:
“La opresión de las mujeres es parte de los fenómenos que confluyeron en la conformación de la sociedad de clases y que contribuyeron a mantenerla, es decir, las prácticas patriarcales anteceden al surgimiento de las clases, al ser un paso elemental de un cambio de mentalidad de sociedades igualitarias a sociedades que se basan en la opresión y explotación de parte de su población para funcionar”
Es por lo anterior que las feministas establecen que hay una vinculación directa entre el patriarcado y los diversos sistemas económicos, pues ha sido parte esencial de su conformación (como el esclavista y el feudal), estableciendo actualmente una clara alianza con el sistema capitalista. “Las sociedades patriarcales de clases encuentran en la opresión genérica uno de los cimientos de reproducción del sistema social y cultural en su conjunto”.
Y he aquí donde radica la importancia del aporte del feminismo, pues entrega una teoría trascendental a la lucha de clases, volviéndola claramente una aliada epistémica, ya que es capaz de entregar la base teórica para entender la opresión especifica de las mujeres. Opresión que sin duda, no hallaba respuesta en la sola teorización de las clases sociales. Esta miopía teórica da como resultado que muchas de las “grandes” luchas sociales que han sido llevadas a cabo por el “pueblo” no han significado lo mismo para hombres que para mujeres, presentándose muchas veces como perpetuación de los roles asignados socialmente a nosotras.
Así también, la teoría del patriarcado, es capaz de definir relaciones estructurantes de poder en la sociedad, es decir, cuando hablamos de relaciones patriarcales, no nos referimos solamente a las que se dan como una opresión de los hombres hacia las mujeres, sino que también, cuando estamos ante situaciones autoritarias, de violencia, jerarquías, etc., pues todos ellos constituyen elementos centrales de sociedades patriarcales-clasistas. En relación a lo anterior, ya no podemos pensar análisis, por ejemplo, del Estado, la política, los partidos políticos, sin considerar el profundo arraigo patriarcal que tienen dichas instituciones, por lo anterior, la lucha feminista es intrínsecamente antipartidista y antiestatal.
Por ello se torna interesante comenzar a incorporar este sistema de análisis a nuestros discursos y propuestas de cambio de sociedad, sino seguiremos condenando a la mitad de la humanidad a una constante opresión, “las discriminaciones sobre las mujeres surgen no sólo en su relación con el sistema económico, sino también con el sistema de una dominación masculina hegemónica”. No se trata de privilegiar el género o la clase, sino de entrelazar estos ejes de dominación”
Vemos necesario, entonces, comenzar a cuestionar nuestras prácticas más cotidianas e ir aportando en la construcción de sistemas integrales que den respuesta a la totalidad del colectivo social, ya no más fragmentada ni priorizando unas luchas por sobre otras. Finalmente, se puede afirmar que uno de los grandes aportes de la teoría patriarcal es que descubre y quita el manto de “biológico” y “natural” a la opresión de las mujeres volviéndola transformable y cuestionable.
http://www.gamba.cl/2014/12/el-patriarcado-como-sistema-de-opresion/
25 de abril de 2019
¿Por Qué la Violencia de Género Está Tan Normalizada?
"Muerte por decir que no", "asesinada por un hombre que la acosaba", "sólo estaba corriendo" – estos son algunos de los titulares que se publican cuando se anuncian estas muertes. Cuando se anuncian los casos de violencia de género que, de acuerdo con ONU Mujeres, representa el 35% de mujeres alrededor del mundo las que han sufrido violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental.
Y por más desesperanzadoras que sean estas noticias, lo que es realmente triste es ver las reacciones de las demás personas – tanto hombres como mujeres – que normalizan la violencia:
"Eso le pasa por estar caminando por ahí sola". "Quien la manda a salir con un hombre mayor". "Eso le pasa por decir que no".
Primero, la víctima NUNCA es responsable por su abuso. Nada le da permiso a una persona de violentar física ni emocionalmente a una persona. ¿Hasta cuándo seguiremos responsabilizando a las mujeres por ser víctimas de una sociedad machista? ¿Por qué seguimos normalizando la violencia de género? ¿Cuáles son las distintas caras de la violencia?
¿CUÁNDO SE EMPIEZA A NORMALIZAR LA VIOLENCIA?
Una reciente encuesta realizada por Oxfam Intermon encontró que 2 de cada 3 hombres latinoamericanos normalizan la violencia hacia la mujer; más del 80% cree que puede tener relaciones sexuales con quien quieran, pero que las mujeres no pueden; y, el 40% piensa que que si una mujer está ebria, se presta a que un hombre tenga relaciones sexuales con ella sin su consentimiento.
Aún cuando hay hombres que no consideren sus comportamientos como violentos, esta encuesta pone en manifiesto que los pensamientos y las creencias de la violencia hacia la mujer está normalizada. Pero, ¿de dónde viene? El reporte hace la siguiente conexión sobre cómo se crean y mantienen estas creencias:
La interdependencia de todos estos factores personales, familiares, y sociales, son la causa primordial a la normalización de la violencia de género. La masculinidad tóxica, el machismo internalizado, la misoginia – son todas formas en las que estas creencias se refuerzan. Y, es un ciclo vicioso que sólo se detiene concientizando, educando, y desafiando.
LAS DISTINTAS CARAS DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
Muchas veces, debido a los ciclos y patrones señalados anteriormente, la violencia de género se perpetúa porque es la forma de relacionarse que se conoce. Algunas veces por los propios antecedentes o dinámicas familiares que se conocen. Debido a esto, se le puede hacer difícil a la víctima reconocer cuándo está formando parte de una relación violenta. Aquí van algunas caras de la violencia de género:
Estas son solo algunas de las formas en las que se puede distinguir los distintos tipos de violencia. La violencia física, aunque en ocasiones más fácil de identificar por las huellas concretas que quedan en el cuerpo, sigue siendo violencia. Y, la violencia emocional, aunque más difícil de identificar por la sutileza con la cual se manipula y se llega a coercer a su pareja, dejan huellas dolorosas en la salud mental de la víctima.
No hay nada que una persona diga o haga que de permiso para que otra persona la lastime, controle o invada – ni su cuerpo, ni su mente.
¿CÓMO ERRADICAR LA VIOLENCIA DE GÉNERO?
He tenido que tomarme recesos mientras me encuentro escribiendo este artículo. Particularmente, porque cualquier tema que pone en evidencia una violación a los derechos humanos de alguien es doloroso de leer e investigar. Nisiquiera por ser mujer, es un tema de humanidad. Es una temática que no es fácil de abordar, pero es lo que justamente la hace muy necesaria.
Si has leído mis otros artículos, te has podido dar cuenta que no soy fanática de dejar problemas sin resolver. Y, quiero finalizar este post con algunas acciones tangibles recomendadas por el reporte mencionado más arriba que podemos hacer para minimizar y, algún día, erradicar la violencia de género:
Actuar a nivel familiar – Educar a madres, padres, hermanos, hermanas y cualquier otro miembro de la familia que pueda y quiera deconstruir estas creencias normalizadas sobre la violencia.
Hablar con amigos/as – Los chistes, los cuentos, las películas y el lenguaje con el que nos comunicamos importa. Si nosotras/os desde nuestro privilegio identificamos algo como un comentario violento o una normalización de la violencia, es importante aprovechar estas situaciones como momentos de enseñanza. Desafiar esta normalización.
Ayudar a las mujeres jóvenes a retomar sus narrativas – Cuando una mujer decide denunciar un caso de violencia, lo que debería sentirse como un proceso de revindicación se vuelve en un espacio de escrutinio y humillación. Los medios y la comunidad, en lugar de apoyarla, deciden cuestionarla – lo que dificulta poder traer incluso más casos de violencia a la luz. Por esto, hay que apoyar, ayudar y honrar a las mujeres que deciden denunciar y contar su historia.
Construir referencias alternativas a la masculinidad – La forma en la que se ha estructurado el concepto de masculinidad es dañino, simplista y constrictivo (por ende, el término masculinidad tóxica). Hay que ayudar a ampliar este concepto, con la esperanza de no tener que reducir a nadie a su sexo biológico ni género en un futuro.
Movilizarse y ocupar espacios para crear consciencia – En algún momento le escuché decir a un buen amigo aliado "si no nos dan los espacios, tenemos que tomárnoslo". Lo mismo aplica para los espacios de movilización ciudadana que sirven para exigir justicia y crear consciencia.
Por más difícil que sea hablarlo, comunicarlo, estudiarlo y escucharlo – no podemos dejar de luchar y resistir. La única forma de desafiar estas injusticias es hablándolo, hablándolo, y hablándolo un poco más.
https://www.marianaplata.com/blog/2018/8/30/por-qu-la-violencia-de-gnero-est-tan-normalizada
24 de abril de 2019
La descolonización del feminismo: tejiendo el género desde los Andes.
El feminismo contemporáneo se difundió a nivel mundial con teorías europeas y norteamericanas, las cuales se convirtieron en la base de la práctica política y los discursos del movimiento para diversos países.
Tras décadas de expansión, la crítica apareció desde sus propias filas: feministas como la hindú Chandra Talpade Mohanty cuestionaron estos orígenes europeos por desconocer las experiencias y los conocimientos de las mujeres de contextos no occidentales.
Ellas sostienen que este feminismo occidental o feminismo hegemónico de Occidente universaliza el género, el modelo de poder y su lucha, y los exporta a otros contextos para aplicarlos de forma homogénea a todas las culturas, incluso a los mundos indígenas.
Es decir, debido a su marca colonizadora, no toma en cuenta las realidades históricas que viven otras mujeres en tiempos y espacios singulares, así como tampoco sus contradicciones étnicas y de clase social.
Sobre esta crítica, la investigadora de culturas andinas, Ana María Pino Jordán, explica cómo la categoría género debe entenderse desde las diferencias culturales, abordando el caso andino, y detalla en qué consiste la descolonización del feminismo.
El género y su mirada occidental
En diálogo con Servindi, Pino Jordán indica que la perspectiva de género nace en oposición a la cultura antropocéntrica —que también es hegemónica y masculina—, debido a que mantiene un poder jerárquico sobre las mujeres.
En esa realidad, para la investigadora, las medidas feministas de lucha resultan justas. "Para mí son legítimas las cuotas de género en una cultura, comunidad o sociedad calificada de antropocéntrica, en donde el varón es el privilegiado, el que tiene el poder”, observa.
"Porque a su igual, que es la mujer, el hombre la mantiene discriminada e inferiorizada. En ese panorama sí entiendo la cuota de género. Es positiva”, agrega.
El conflicto con este concepto ocurre cuando se aplica a otras culturas no occidentales como la andina. El feminismo occidental, al crearse en una cultura excluyente como la hegemónica, impone un «modo correcto» de entender la variable de género.
"En la cultura andina, la construcción de roles y funciones de ambos sexos sigue un diferente sentido. Un hombre y una mujer son opuestos complementarios”, detalla.
"Así que estas cuotas (de género) en otras culturas, donde las relaciones de género son distintas, se convierten en una forma de colonialidad, una imposición”, alerta.
Para Pino Jordán se ha universalizado este concepto en "la arrogancia de pensar que todas las culturas han desarrollado sus roles y funciones de género" de la misma forma a lo largo de la historia.
El caso de la cultura aymara
El pensamiento aymara, según la especialista, es una muestra de cómo influyen los sentidos de vida en el concepto género, al punto de cambiar su significado.
Por ejemplo, el chacha-warmi ("chacha" significa varón, mientras que "warmi" es mujer) representa el principio de complementariedad que rige las relaciones entre sus hombres y mujeres.
Este binomio, a diferencia de la relación jerárquica hombre-mujer de la cultura occidental, no fomenta la superioridad ni la inferioridad entre ambos.
Y evita este conflicto a partir de pensar a los hombres y las mujeres como “dos mitades imprescindibles, recíprocas y autónomas una de la otra”.
"Por ejemplo, en el mundo aymara, hace quince o veinte años —cuando todavía no se había introducido tanto la cuestión de género— las que decidían eran las mujeres”, relata.
"Ellas no levantaban su voz en la asamblea. No porque no pudieran hacerlo o porque les estuviera prohibido, sino porque el rol de representación lo tenía el hombre”, adiciona la investigadora.
Por ello, el chacha-warmi es considerado imprescindible para una vida equilibrada en el mundo aymara. “El hombre, en esta complementariedad, se relaciona con lo que estaba fuera de la comunidad, la mujer con todo lo que está dentro”
Repensar el feminismo y su descolonización
Para quitarse el sesgo hegemónico, el movimiento feminista debería apostar por producir un conocimiento descolonizador a través de la interculturalidad.
Esta herramienta toma en cuenta una cuestión ignorada por el feminismo occidental: las subjetividades, conocimientos altamente ricos en culturas diversas y socialmente complejas.
"La cultura occidental, así como es antropocéntrica, también es logocéntrica, o sea, racional al 99 por ciento”, expone Pino Jordán.
"Pero el sentido de vida tiene dos partes: el logos, la razón; y el mitos, como la palabra griega. Este último es tu sentimiento, tu alegría, tu sexto sentido”, añade.
Así, con la interculturalidad se espera traspasar esa mirada racionalista y puramente objetivista de las culturas, para incluir la subjetividad, la cual es dejada de lado por la cultura predominante de Occidente.
"Las culturas no occidentales —no solamente hablo de las andinas— privilegian el mitos; el logos es el 0.1 por ciento”.
"Entonces a través de sus mitos, de su vida diaria, de su quehacer permanente, toma decisiones. En cambio, en la cultura occidental es la razón lo que los mueve”, concluye.
https://www.servindi.org/actualidad-noticias/17/04/2019/la-descolonizacion-del-genero-y-los-feminismos-en-el-mundo-andino
9 de abril de 2019
Un hombre deberá indemnizar a su ex-mujer por el trabajo doméstico durante su convivencia.
La Audiencia de Cantabria confirma la sentencia de un juzgado de Castro Urdiales y fija en 23.628 euros la indemnización.
La Audiencia Provincial de Cantabria ha reconocido a una mujer el derecho a recibir una indemnización de 23.628 euros de manos de su exmarido por el trabajo doméstico que desempeñó durante el periodo de convivencia.
El tribunal de apelación confirma de este modo la sentencia dictada el pasado año por el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción nº 3 de Castro Urdiales, que estimó la demanda de la exesposa. El exmarido recurrió esta decisión y ahora la Audiencia Provincial ha desestimado su pretensión.
La pareja, que se había casado en régimen de separación de bienes, se separó legalmente pero en enero de 2007 reanudó la convivencia, que duró hasta que en mayo de 2013 se dictó sentencia de divorcio.
Explica la Audiencia en su sentencia que durante ese segundo periodo de convivencia la mujer abandonó su trabajo para dedicarse en exclusiva a las labores del hogar, “haciendo posible que el marido prescindiera del servicio doméstico remunerado que hubo de contratar cuando estaban separados”.
Entiende el tribunal que el hombre ha resultado “beneficiado” por esta situación, “ya que el cónyuge que se ha dedicado a trabajar fuera del hogar familiar ha podido con sus ingresos aumentar su patrimonio personal, mientras que el otro ha dedicado su tiempo y esfuerzo a la atención de la familia, no viendo beneficiada su posición económica al final del régimen de separación de bienes”.
Por ello, la indemnización ahora fijada “viene a compensar el tiempo efectivamente dedicado al trabajo en el hogar” y es que, como recuerda la Audiencia, el fundamento de esta indemnización, que es compatible con una pensión compensatoria, “es la previa contribución en especie –el trabajo doméstico- por parte de uno de los cónyuges al levantamiento de las cargas familiares”.
Explica la Audiencia que en los supuestos de reconciliación de los cónyuges separados judicialmente subsiste la separación de bienes y añade que este régimen “no exime a ninguno de los cónyuges del deber de contribuir al levantamiento de las cargas familiares”.
“Puede contribuirse con el trabajo doméstico, no siendo necesario, por tanto, que ambos cónyuges aporten dinero u otros bienes para sufragar las cargas del matrimonio. El trabajo para la casa –continúa la sentencia- es considerado como una forma de aportación a los gastos comunes”.
Es más, añade el tribunal, el trabajo para la casa “no sólo es una forma de contribución, sino que constituye también un título para obtener una compensación en el momento de la finalización del régimen”.
Por tanto, entiende la Audiencia que la exmujer tiene derecho a percibir una indemnización, cuya cuantía, fijada por el juzgado de instancia, califica de “correcta”.
Para su liquidación se ha tenido en cuenta el salario mínimo interprofesional reducido en un cincuenta por ciento -dado que “el trabajo prestado también redundó en la satisfacción de las necesidades propias de la actora”-, así como el periodo de convivencia -desde que se dejó sin efecto la separación hasta que se dictó la sentencia de divorcio.
Contra esta sentencia cabe recurso extraordinario de casación ante el Tribunal Supremo y por infracción procesal ante el Tribunal Superior de Justicia de Cantabria.
29 de marzo de 2019
De sirvientas a empleadas.
Antaño la servidumbre fue una opción de sobrevivencia de las mujeres; hoy en día el trabajo doméstico remunerado sigue siendo una actividad casi exclusivamente femenina. Desde hace varios años está en un proceso de reestructuración interna, pues ha experimentado una especie de flexibilización en la cual la misma persona puede ser contratada para desempeñar múltiples tareas de distintas maneras (por día, por horas, a destajo, por función) e incluso para varios patrones/as.
No obstante dicha flexibilidad, algunos aspectos negativos del trabajo doméstico –la discriminación social, la desvaloración de las actividades que abarca, las condiciones laborales adversas en las cuales se realiza (sin las prestaciones señaladas por la ley y sin seguridad social)– son más resistentes al cambio. Por todo lo anterior, sumado a las dificultades que este sector enfrenta para organizarse y defender sus derechos, resulta crucial la labor de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para impulsar el “trabajo decente” para los trabajadores del hogar. Esta valiosa iniciativa de la OIT se concreta en el Convenio 189, que ya México votó a favor, aunque todavía falta que el Senado lo ratifique. Allí se establece que tienen los mismos derechos básicos que los demás trabajadores.
La doctora Mary Goldsmith, profesora en la UAM-Xochimilco, señala que la terminología para hacer referencia a las y los trabajadores del servicio doméstico ha sido tema de debate teórico y político, pues las mujeres que realizan asalariadamente labores domésticas no quieren ser nombradas “sirvientas”, y la palabra “doméstica” les genera incomodidad a algunas. Relata: “Por ejemplo, muchas de las afiliadas a la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (Conlactraho) han rechazado ser llamadas domésticas, porque este término evoca la noción de ser domadas, como animales. En cambio unas cuantas organizaciones utilizan el término ‘trabajadora doméstica’ con el fin de ser entendidas con facilidad por el resto de la sociedad. Pero estas organizaciones dejan de lado que dicho término no diferencia su condición de la del ama de casa”.
Goldsmith, quien no sólo investiga, sino que también ha acompañado desde finales de los años setenta los procesos de organización de estas trabajadoras, cuenta: “En la Ciudad de México, en 2000, se hizo una campaña para la dignificación del trabajo doméstico; esto abarcó la búsqueda de un nombre propio de las trabajadoras domésticas. En una consulta a 2 mil 123 dedicadas a esta ocupación, ganó el término empleada del hogar (498 votos), seguido por trabajadora del servicio doméstico (421), trabajadora del hogar (399) y empleada del servicio doméstico (373)”. Agrega que, aunque algunas organizaciones gremiales han optado por el término “trabajadora del hogar” para subrayar su estatus como trabajadora, la ventaja del término “empleada del hogar” es que así no se produce confusión con el ama de casa, que también es una “trabajadora del hogar”.
El Convenio 189 plantea que tratar a las empleadas del hogar igual que a las de otros gremios u oficios implica que habrá que definirles claramente condiciones de empleo y horarios de labores, hacerles contratos de trabajo, ingresarlas al Seguro Social y otorgarles vacaciones pagadas. ¡Un cambio brutal en lo que han sido y siguen siendo los “usos y costumbres” de las y los patrones en nuestro país! Además, la ratificación del Senado supondrá alinear la legislación, los programas y políticas públicas. ¿Será por eso que el Senado se está tardando tanto en cumplir su parte?
Hace ya cuatro décadas, en 1974, un año antes de que se efectuara la Primera Conferencia de la Mujer de la ONU, Lupina Mendoza nos invitó a la Secretaría del Trabajo a algunas feministas a revisar las leyes laborales para eliminar la discriminación contra las mujeres. Cuando señalamos que había que reformar el artículo de la Ley Federal del Trabajo, donde se otorgaba a los trabajadores domésticos sólo “el tiempo necesario para tomar sus alimentos y su descanso por la noche”, nos miró con tristeza y dijo: “Eso no lo vamos a poder cambiar, pues así es la costumbre”. Años después (en 1980) Goldsmith y otras feministas formarían el Colectivo de Acción Solidaria con las Empleadas Domésticas (CASED), y en 1987 se crearía ATABAL, otra organización similar. De ahí saldría Marcelina Bautista en 2000 para fundar la primera organización exclusivamente de empleadas del hogar: el Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH).
Marcelina ha luchado para que se respeten los derechos laborales de estas trabajadoras, tanto en nuestro país como en el continente latinoamericano. Por eso llegó a ser la secretaria general de la Conlactraho. El lunes 31 de marzo, al día siguiente del Día Mundial de la Trabajadora Doméstica, el Conapred le otorgará el Premio por la Igualdad y la No Discriminación en la categoría nacional a Marcelina Bautista. ¡Felicidades por este reconocimiento más que merecido! Ojalá que el reconocimiento de Conapred sea un aliciente para que finalmente el Senado ratifique. Hay que saldar ya la deuda histórica con estas trabajadoras.
POR MARTA LAMAS
/www.proceso.com.mx/368433/de-sirvientas-a-empleadas
15 de marzo de 2019
Trabajadoras domésticas: radiografía de un vínculo.
La exitosa película Roma expone un mundo de trabajo muchas veces invisibilizado y abre nuevos debates sobre una relación laboral que, de la confianza y el cariño a la desigualdad social y de género, siempre es compleja.
Cleo es una de las dos empleadas domésticas de una familia de clase media-alta de Roma, un barrio residencial de la ciudad de México DF, en 1970. Allí transcurre sus días, la mayor parte de su mundo gira en torno a las vidas de otros. No parece tener otro universo conocido o -si lo hay- se vislumbra el de la pobreza. Su trabajo se funde con su vida. Limpia, plancha, cuida y atiende a los niños de esa familia sin escatimar amor. Su entrega es total. Recibe a cambio contención y una relación paternalista de familiaridad y afecto que está mediada por un sueldo. Es el último eslabón de una cadena de cierto maltrato de una familia que se derrumba; y, también, de una rueda de mujeres sosteniéndola. Aunque pasaron casi 50 años, Cleo y su entorno laboral muestran en la multipremiada película Roma (y candidata a varios Oscar) del director Alfonso Cuarón, porciones de la realidad del sector que, junto con el Comercio, más mujeres ocupa en la Argentina (16,1%; 30,5% en la ciudad de Buenos Aires, según la Encuesta Permanente de Hogares 2017) y da cuenta de que el destino habitual del género a lo largo de la historia -aunque esto parece estar cambiando-, ha sido el de las tareas del hogar y del cuidado. La historia de Cuarón sobre este universo femenino expone, además, la soledad y un manojo de abusos, muchas veces naturalizados.
El empleo doméstico es un encuentro de clases sociales con un estatuto muy especial: el empleador abre las puertas de su intimidad, muchas veces se deja en manos de la trabajadora durante varias horas al día lo más preciado que una persona tiene en el mundo (sus hijos), en ocasiones se establece un vínculo de afecto mutuo y no hay una correlación entre la remuneración y semejante responsabilidad (incluso a veces roza el límite o es explotación). Pero cuando las condiciones laborales son medianamente razonables, las empleadas acceden a bienes (simbólicos, culturales) e incluso a servicios a los que no accederían con otro tipo de trabajos acordes a su escaso nivel de estudios (34,7% tiene primaria completa y 25% secundaria incompleta); los empleadores se nutren de un mundo con el que quizá nunca hubieran tenido contacto y, cuando no hay formalización, es la naturalización absoluta de la desigualdad.
Según las estadísticas oficiales, casi la totalidad de las 962 mil trabajadoras de casas particulares en la Argentina son mujeres. Cuatro de cada diez tienen 50 años o más ("es un rubro envejecido") y solo 5% trabaja como Cleo sin retiro" (o cama adentro, como suele decirse). Del resto, la gran mayoría (62%) lo hace para un solo empleador. Desde 2013 existe la ley 26.844 que equipara sus derechos al del resto de los trabajadores. Si bien entre 2003 y 2016 aumentó 400% la formalización, aún alrededor del 65% está en negro (no tiene obra social, ni días por enfermedad, ni licencia por maternidad, ni ART, ni días de estudio, ni indemnización por despido). Casi la mitad de las trabajadoras no registradas del país son de este sector (46,8%). Cerca de la mitad vive en los hogares del quintil per cápita familiar más pobre (entre el resto de las asalariadas, es el 14%) y tienen una mayor carga de trabajo doméstico en sus propios hogares. Roma muestra la esencia absolutamente vigente de una relación laboral y humana compleja, arraigada en la desigualdad de oportunidades.
bajadoras domésticas: radiografía de un vínculo
La exitosa película Roma expone un mundo de trabajo muchas veces invisibilizado y abre nuevos debates sobre una relación laboral que, de la confianza y el cariño a la desigualdad social y de género, siempre es complejaLa exitosa película Roma expone un mundo de trabajo muchas veces invisibilizado y abre nuevos debates sobre una relación laboral que, de la confianza y el cariño a la desigualdad social y de género, siempre es compleja
Cleo es una de las dos empleadas domésticas de una familia de clase media-alta de Roma, un barrio residencial de la ciudad de México DF, en 1970. Allí transcurre sus días, la mayor parte de su mundo gira en torno a las vidas de otros. No parece tener otro universo conocido o -si lo hay- se vislumbra el de la pobreza. Su trabajo se funde con su vida. Limpia, plancha, cuida y atiende a los niños de esa familia sin escatimar amor. Su entrega es total. Recibe a cambio contención y una relación paternalista de familiaridad y afecto que está mediada por un sueldo. Es el último eslabón de una cadena de cierto maltrato de una familia que se derrumba; y, también, de una rueda de mujeres sosteniéndola. Aunque pasaron casi 50 años, Cleo y su entorno laboral muestran en la multipremiada película Roma (y candidata a varios Oscar) del director Alfonso Cuarón, porciones de la realidad del sector que, junto con el Comercio, más mujeres ocupa en la Argentina (16,1%; 30,5% en la ciudad de Buenos Aires, según la Encuesta Permanente de Hogares 2017) y da cuenta de que el destino habitual del género a lo largo de la historia -aunque esto parece estar cambiando-, ha sido el de las tareas del hogar y del cuidado. La historia de Cuarón sobre este universo femenino expone, además, la soledad y un manojo de abusos, muchas veces naturalizados.
El empleo doméstico es un encuentro de clases sociales con un estatuto muy especial: el empleador abre las puertas de su intimidad, muchas veces se deja en manos de la trabajadora durante varias horas al día lo más preciado que una persona tiene en el mundo (sus hijos), en ocasiones se establece un vínculo de afecto mutuo y no hay una correlación entre la remuneración y semejante responsabilidad (incluso a veces roza el límite o es explotación). Pero cuando las condiciones laborales son medianamente razonables, las empleadas acceden a bienes (simbólicos, culturales) e incluso a servicios a los que no accederían con otro tipo de trabajos acordes a su escaso nivel de estudios (34,7% tiene primaria completa y 25% secundaria incompleta); los empleadores se nutren de un mundo con el que quizá nunca hubieran tenido contacto y, cuando no hay formalización, es la naturalización absoluta de la desigualdad.
Según las estadísticas oficiales, casi la totalidad de las 962 mil trabajadoras de casas particulares en la Argentina son mujeres. Cuatro de cada diez tienen 50 años o más ("es un rubro envejecido") y solo 5% trabaja como Cleo sin retiro" (o cama adentro, como suele decirse). Del resto, la gran mayoría (62%) lo hace para un solo empleador. Desde 2013 existe la ley 26.844 que equipara sus derechos al del resto de los trabajadores. Si bien entre 2003 y 2016 aumentó 400% la formalización, aún alrededor del 65% está en negro (no tiene obra social, ni días por enfermedad, ni licencia por maternidad, ni ART, ni días de estudio, ni indemnización por despido). Casi la mitad de las trabajadoras no registradas del país son de este sector (46,8%). Cerca de la mitad vive en los hogares del quintil per cápita familiar más pobre (entre el resto de las asalariadas, es el 14%) y tienen una mayor carga de trabajo doméstico en sus propios hogares. Roma muestra la esencia absolutamente vigente de una relación laboral y humana compleja, arraigada en la desigualdad de oportunidades.
"El trabajo doméstico tiene sus particularidades, es una tarea que no se parece a ninguna otra. No la podemos comparar con una empleada de una fábrica o bancaria. Reviste características únicas. Se desarrolla intramuros, convive en el seno de la familia, cuida a sus niños enfermos, lava su ropa y conoce secretos familiares, lo cual hace que quien maneje el conflicto cuando este estalla, necesite tener el expertise necesario para comprender esa mezcla que se arma entre confianza, cariño y dinero", sostiene Marcela Cortines, presidenta del Tribunal del Servicio Doméstico del Ministerio de Trabajo nacional (único en el país, en Sudamérica y hay quienes dicen que en el mundo) y quien dirige un equipo de mediadores que interviene en los conflictos en el ámbito de la ciudad.
Según Santiago Canevaro, investigador del Conicet y docente en la Universidad Nacional de San Martín, la Argentina, y Buenos Aires en particular, se caracterizan por una mayor "permeabilidad" entre diferentes sectores sociales -que él atribuye a la combinación entre la influencia histórica del peronismo y a la mayor heterogeneidad y fragmentación de los sectores medios empleadores- que torna particularmente rico, lábil y complejo este vínculo entre empleadora (en general son las mujeres las que gestionan la relación) o empleador y empleada. A pesar de que el film de Cuarón, basado en el recuerdo de su propia vida, cuenta una historia de otra época y otro país, muestra con mucha precisión y sutileza todo este entramado afectivo local del que habla el académico argentino. Que es muy diferente, por ejemplo, a lo que sucede en Estados Unidos, Holanda o Alemania, donde la relación es más profesional y está estandarizada (está delimitado y tarifado específicamente el tipo de trabajo: lavar platos, ordenar, planchar, etcétera); o Brasil, Colombia o Perú, donde hay una mayor distancia en el vínculo, marcada por la jerarquía.
Canevaro dedicó su tesis doctoral a desentrañar esta relación. Entrevistó, observó y acompañó a 110 empleadas y empleadoras de la ciudad de Buenos Aires y asistió a juicios laborales que, como le comentó un abogado, "pueden ser más feroces que los de un divorcio".
"Es una película bastante despojada y sutil. Cuarón no quiere mostrar especialmente la opresión, pero tampoco omitirla. En muchas escenas hay, entre comillas, amor verdadero, que es algo que no es racional -opina Canevaro, quien rechaza el análisis que pone el foco en este vínculo afectivo como algo puramente instrumental-. Hay muchas escenas en las que las dos, empleada y empleadora, están mal, se necesitan mutuamente. Quizás parafraseando a Borges, podríamos decir que no las une el amor sino el espanto, que vendrían a ser esos dos hombres en sus vidas para las dos protagonistas de la película. De allí que para ellas el equilibro es estar unidas, las salva la unidad que sí, es jerárquica, pero no deja por eso de haber una relación afectiva, como sucede la mayoría de las veces en la realidad".
La película "ilustra la compleja cotidianidad de las vínculos entre las personas de una familia y sus trabajadoras domésticas -dice Natalia Gherardi, directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA)-, donde el género y la clase muestran todas sus marcas. Un universo de dominio femenino donde el hombre de la casa está ausente aún para dirigir sus propios pedidos a la empleada: no pide el té de la noche, ni reclama por la suciedad del perro por sí mismo: la interlocutora siempre es la señora".
La antropóloga estadounidense Mary Goldsmith entrevistó en México a trabajadoras de un sindicato, luego de ver Roma todas juntas. Las mayores, que habían tenido experiencia de trabajo sin retiro, dijeron sentirse plenamente identificadas con la realidad de Cleo y con la relación con su empleadora.
Las dependencias y fragilidades afectivas de Cleo y su empleadora remiten a los personajes, en otro momento de sus vidas, representados por Norma Aleandro y Norma Argentina en la película Cama adentro (2005), del argentino Jorge Gaggero, que también rompe con miradas maniqueas y cuenta una historia de dos mujeres que conocen sus secretos y se sostienen a su manera, en los momentos en los que parecen naufragar.
Para el investigador, esta cercanía de clases que se complejiza por la cercanía afectiva muchas veces empaña el reconocimiento de la relación laboral: "El 97% de las empleadoras habla de que tiene alguien que la ayuda en la casa, con lo cual ya ubica el vínculo a otro nivel. Pero además se vuelve muy difícil para un empleador pensarse como patrón, porque tiene una imagen del patrón déspota. Ahora, pueden opinar en contra de los peones explotados pero, hablando en términos generales, nunca le aumentan a la empleada o nunca hicieron aportes. Esto claramente comenzó a cambiar en los últimos cinco años, pero no deja de percibirse una doble moral, hacia afuera y hacia adentro".
https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/trabajadoras-domesticas-radiografia-vinculo-nid2218609
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