30 de noviembre de 2015

PRÁCTICAS ARTÍSTICAS TEXTILES Y ACTIVISMO.



El análisis de la relación del bordado y la costura con la historia de las mujeres pone de manifiesto que si bien se emplearon como herramientas para educar a las féminas, con el tiempo también fueron utilizadas como armas para luchar contra la opresión. Pongamos como ejemplo las banderas, pancartas y estandartes bordados con consignas, empleadas por las sufragistas en sus protestas callejeras, pidiendo el voto para las mujeres. Estas prácticas textiles consideradas artesanales y domésticas y que reforzaban el ideal de feminidad, fueron subvertidas por las sufragistas y empleadas para atentar contra ese mismo ideal femenino.
En su búsqueda de la transgresión, las artistas feministas de los setenta ensalzaron categorías vinculadas tradicionalmente con el arte realizado por las mujeres, haciendo un uso político de las mismas e iniciando un debate contra la cultura patriarcal dominante. La reivindicación de esferas como el bordado, la costura y las tradiciones artesanales en general, se entendía como un ataque al patriarcado, pero a su vez como un homenaje a la identidad femenina. En el marco del feminismo, los tejidos, más allá de su valor cultural, eran concebidos como el lugar de producción de significados culturales de todo tipo- religiosos, políticos e ideológicos -, con contenidos y significados diversos, que son a su vez temas centrales para el feminismo: la lucha por los derechos civiles y políticos de las mujeres, la denuncia de estereotipos sexistas, la construcción cultural del género, la lucha por la liberalización del cuerpo de las féminas y la denuncia de la violencia contra las mujeres.
Vinculados al movimiento feminista hicieron su aparición movimientos que pusieron en marcha acciones pacifistas y antimilitaristas. En muchas de estas acciones, las prácticas textiles cumplieron un papel fundamental. Citemos dos ejemplos. A comienzos de los ochenta en Inglaterra, un grupo de mujeres acamparon alrededor de la base aérea de Greenham Common para tejer redes de lana que anudaron a las alambradas que cercaban la base. En estas redes colgaron fotografías y mensajes con los que expresaban sus ideas y sentimientos, en una acción de protesta antinuclear. El campamento adoptó el nombre de Women´s Peace Camp. En 1985, en Estados Unidos, tuvo lugar una acción a favor de la paz que recibió el nombre de “The Pentagon Peace Ribbon” y que consistió en rodear el Pentágono con una tira de tela de 10 millas de largo hecha a base de bordados y estandartes cosidos, confeccionada por personas de diferentes puntos del país.
En el contexto de los regímenes dictatoriales en Latinoamérica, muchas mujeres se movilizaron para luchar colectivamente en la defensa de los derechos humanos. Durante la cruenta dictadura militar del general Augusto Pinochet se desarrolló el denominado movimiento de las arpilleristas. Las arpilleras forman parte de una antigua técnica textil chilena que consiste en la realización tapices a partir de la utilización de la tela de los sacos. Sobre la base de la arpillera y empleando diferentes tipos de telas, las mujeres chilenas representaron escenas con las violaciones, asesinatos, detenciones, desapariciones y torturas que tuvieron lugar durante la dictadura. Se trata por tanto de obras textiles convertidas en testimonios artísticos y expresiones vivenciales y testimoniales de las atrocidades cometidas en aquellos años terribles.
Los textiles y concretamente los quilts han sido ampliamente utilizados por los movimientos de derechos civiles. En la Sudáfrica postapartheid los quilts se han convertido en una potente herramienta para conmemorar fechas destacadas de la lucha por la defensa de los derechos humanos y como vehículos de expresión y de denuncia de injusticias y de violación de derechos.
En fechas relativamente recientes ha hecho su aparición el craftivismo, término acuñado en 2003 por Betsy Greer. El craftivismo concede un valor político y social a la producción manual, lo que determina que las prácticas craftivistas transiten por posiciones políticas (pacifismo, defensa del medio ambiente, denuncia de las injusticias sociales en los países en vías de desarrollo), sociales (lucha contra el cáncer, la violencia de género, el analfabetismo) y económicas (crítica al consumismo, anticapitalismo). Se trata por tanto de una actitud ética y una forma de activismo que actúa empleando “lo hecho a mano” y que parte de la idea de que la capacidad de creación puede ser una poderosa herramienta de lucha.

https://puntadassubversivas.wordpress.com/2014/08/16/practicas-artisticas-textiles-y-activismo-del-sufragismo-al-craftivismo/

28 de noviembre de 2015

Pobreza y marginación causan muertes maternas; indígenas en México, las más vulnerables.


En México, una de las poblaciones vulnerables a este tipo de situaciones es la población indígena, aseguró el Director General del Centro Nacional de Equidad de Género y Salud Reproductiva.
La mortalidad materna en América Latina está ampliamente relacionada con la pobreza, falta de educación y desigualdad, así como con deficiencias en el acceso a la salud y la calidad de atención oportuna durante el embarazo, parto y puerperio.
Así aseguró Cuauhtémoc Ruiz Matus, director interino del Departamento de Familia, Género y Curso de Vida de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en el marco de la presentación en México de la campaña #CeroMuertesMaternas, que busca reducir la muerte de mujeres por hemorragia posparto en la AL.
El representante de la oficina regional para las Américas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) señaló que aunque en los últimos cinco lustros la región ha presentado una importante reducción en mortalidad materna, “los avances han sido insuficientes [pues] aún más de 5 mil mujeres mueren en en América Latina y el Caribe por complicaciones evitables del embarazo y del parto. En la región, todos los días mueren al menos 16 mujeres por estas causas”.
Los principales grupos de edad en los que se encuentran más muertes por hemorragias son en menores de 16 años y mayores de 35; y el fenómeno generalmente está ligado a mujeres con múltiples embarazos, cesáreas previas o que tuvieron complicaciones en otros embarazos.
Pero Riuz Matus apuntó que esta problemática no sólo es de tipo médica y de salud, sino también social, por lo que es necesario atenderla de forma integral “haciendo frente a las desigualdades y a las inequidades, y a las determinantes sociales en salud como es la pobreza, la educación, la falta de acceso a transporte, el acceso a servicios de planificación familiar, la atención oportuna y de calidad durante el embarazo, el parto y el puerperio”.
En entrevista para SinEmbargo, el médico detalló que es urgente que los gobiernos entiendan y disminuyan estas inequidades y detalló que la sensibilización y capacitación del personal de los centros de salud es crucial para evitar la mortandad materna:
“Los responsables de organizar y brindar servicios de salud tenemos que entender el contexto comunitario en los que están las embarazadas para darles consejerías y apoyo [...] Hay mujeres que tienen que atravesar ríos, cerros o montes. Que no pueden pagar el dinero del transporte. Hay que saber cómo sacarlas de la comunidad y participar con los pobladores para atenderlas oportunamente.
“Por otro lado, muchas veces las mujeres que llegan son rechazadas o enviadas a otras instituciones, o no está el médico, o está lleno, etcétera. Tenemos que trabajar con los prestadores de salud para que no exista rechazo a las mujeres embarazadas. Debemos sensibilizar al personal, tener personal calificado y garantizar una atención oportuna”, dijo.
“En este sentido, los países de las Américas deben proveer de elementos necesarios para  tener servicios de salud oportunos y de alta calidad, porque eso, en la región, sigue siendo un desafío”, añadió.
En lo que respecta a México, Ruiz Matus detalló que, en comparación con otros países de América, tenemos una de las mejores infraestructuras para atender la problemática, pero aún se  debe mejorar el garantizar el transporte y atención de las mujeres embarazadas, sobre todo en regiones marginadas.
En cuanto a los avances de la materia, Ricardo Juan García Cavazos, Director General del Centro Nacional de Equidad de Género y Salud Reproductiva, perteneciente a la Secretaría de Salud, señaló que ya se han implementado 109 Posadas de Atención a Mujeres Embarazadas en comunidades de difícil acceso a la salud, en las que mujeres embarazadas pueden alojarse previo al parto para recibir atención oportuna.
También en entrevista para SinEmbargo, el funcionario señaló que aunque en el país las muertes maternas se han reducido, aún es “necesario visibilizar y combatir determinantes que pueden influir en inequidades como acceso a los servicios de salud, la distancia a recorrer para tener acceso, las situaciones del escenario de vida, y la atención a la prevención de embarazo adolescente”.
En México, anualmente mueren alrededor de 860 mujeres por alguna causa relacionada con el parto o embarazo, y entre los estados que presentan las tasas mas altas se encuentran Guerrero, Chihuahua, Chiapas, Hidalgo y Puebla. Estados como Colima, Nayarit, Campeche y Tamaulipas, por su parte, presentan tasas mulas de mortalidad por estas causas.
“Una de las poblaciones vulnerables a este tipo de situaciones es la población indígena, por las dificultades que enfrentan en el acceso a la salud”, señaló García Cavazos. Por ello, insistió: “para garantizar una atención integral al tema se requiere de responsabilidades compartidas de todos y cada uno de los que tomamos parte de los sectores tanto económico, educativo, social y en salud. Todos tenemos que entrar en este esfuerzo por disminuir inequidades y poder atender mejor a las mujeres”.

Por  
http://www.sinembargo.mx/28-11-2015/1561610

25 de noviembre de 2015

Prevenir la violencia contra las mujeres .

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Una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual en su vida, una cifra abrumadora que refleja una pandemia de proporciones mundiales. Sin embargo, a diferencia de una enfermedad, agresores e incluso sociedades enteras eligen cometer actos de violencia, y también pueden decidir ponerles fin. La violencia no es inevitable: se puede prevenir. Aunque no es algo tan fácil como erradicar un virus. No hay una vacuna, no hay un medicamento, no hay una cura. Tampoco hay un único motivo por el que ocurre. -
Por ello, las estrategias de prevención deben ser holísticas, y deben incluir múltiples intervenciones realizadas en paralelo para lograr efectos duraderos y permanentes. Es preciso involucrar a muchos sectores, actores y partes interesadas. Cada vez se cuenta con más pruebas sobre las intervenciones que funcionan para prevenir la violencia: desde la movilización comunitaria hasta el cambio de las normas sociales, desde intervenciones escolares exhaustivas centradas en el personal y el alumnado hasta el empoderamiento económico y los complementos a los ingresos junto con capacitación sobre la igualdad de género.
La prevención es el tema de 2015 para el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que se celebra el 25 de noviembre, y del llamado a favor de la acción que se lleva a cabo durante 16 días de la campaña ÚNETE para poner fin a la violencia contra las mujeres. Este año, en la conmemoración oficial de la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, se presentará y debatirá el primer Marco de las Naciones Unidas para prevenir la violencia contra las mujeres (Cámara del ECOSOC; de 10 de la mañana a 12 del mediodía). Este documento surge de la colaboración de siete entidades de las Naciones Unidas: ONU Mujeres, OIT, ACNUDH, PNUD, UNESCO, UNFPA y OMS. El marco establece una visión común para el sistema de las Naciones Unidas, las personas encargadas de formular políticas y otras partes interesadas respecto a prevenir la violencia contra las mujeres y proporciona una teoría del cambio para respaldar la acción.
Desde el 25 de noviembre hasta el 10 de diciembre, el Día de los Derechos Humanos, los 16 Días de activismo contra la violencia de género tienen como objetivo generar conciencia entre el público y movilizar a las personas de todo el mundo para conseguir el cambio. Este año, la campaña del Secretario General de las Naciones Unidas ÚNETE para poner fin a la violencia contra las mujeres te invita a "Pintar el mundo de naranja", utilizando el color designado por la campaña ÚNETE para simbolizar un futuro más esperanzador sin violencia.
Entre los eventos celebrados este año ya contamos con: un concierto benéfico para el Fondo Fiduciario de la ONU para Eliminar la Violencia contra la Mujer en un escenario engalanado de naranja en el Carnegie Hall de Nueva York, y la iluminación del Palacio de la Paz de La Haya, Países Bajos. Está previsto realizar eventos naranja en más de 70 países de todo el mundo antes y durante los 16 días. Estos incluirán la iluminación naranja de lugares destacados importantes como las cataratas del Niágara (Canadá/EE. UU.), el edificio de la Comisión Europea (Bélgica), las ruinas arqueológicas de Petra (Jordania), el Palacio Presidencial en Brasilia (Brasil), y el Palais de Justice (República Democrática del Congo). Otras actividades planificadas incluyen adornar de naranja paradas de autobús en Timor-Leste, organizar maratones en Venezuela y hacer flashmobs espontáneas con el color naranja como protagonista en Indonesia.
En su mensaje para el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (25 de noviembre), la Directora Ejecutiva de ONU Mujeres Phumzile Mlambo-Ngcuka dice "si todas y todos trabajamos juntos: gobiernos, organizaciones de la sociedad civil, el sistema de las Naciones Unidas, empresas, escuelas y personas que se movilizan a través de los nuevos movimientos solidarios, seremos capaces de lograr un mundo más igualitario un planeta 50-50 en el que las mujeres y las niñas podrán vivir sin violencia.

http://www.unwomen.org/es/news/in-focus/end-violence-against-women
http://www.unwomen.org/es/news/stories/2015/11/ed-message-intl-day-for-elimination-of-violence-against-women

24 de noviembre de 2015

Mujeres inmigrantes como víctimas de la Violencia de Género.


Aún en la actualidad un aspecto que sorprende de las sociedades occidentales son las altas cifras de violencia doméstica. El conflicto en el seno del hogar, encubierto por las relaciones afectivas y familiares, conlleva malos tratos, violaciones y abusos y en el peor de los casos llega hasta el asesinato de las mujeres.
En Estados Unidos se calcula que cada año son maltratadas entre dos y cuatro millones de mujeres. Según datos del observatorio del Departamento de Justicia entre 1998 y 2002 hubo 3 millones y medio de crímenes cometidos en el seno familiar, el 49% de los mismos fueron contra las esposas.i En el caso de malos tratos las cifras registradas por la policía se elevan a 4 millones. iiEstas cifras de por si significativas no contemplan todos los casos de violencia doméstica que no llegan a los tribunales. Sobre todo es en el caso de la inmigración cuando se produce una mayor reticencia a denunciar los casos de malos tratos, como veremos.
A pesar del avance que ha supuesto la elaboración de leyes contra la violencia de género en las democracias occidentales, la violencia doméstica es aún un fenómeno muy presente en las sociedades y enraizado en la cultura y las relaciones de poder entre géneros. El marco legislativo que recoge estas prácticas, junto con el trabajo de las organizaciones de mujeres ha dado a conocer el fenómeno públicamente. Así pues la violencia doméstica ha dejado de ser considerada un aspecto privado para pasar a poder ser condenada públicamente, bajo el amparo de las leyes contra la violencia doméstica y machista.iii
No obstante, a pesar de este marco legislativo favorable y de los avances, las mujeres muestran aún fuertes reticencias a denunciar. Las causas para no hacerlo son diversas. Las consecuencias en el seno familiar que comporta la denuncia, el sometimiento a un tipo de relación afectiva y la falta de alternativas económicas legales para subsistir, son algunos de los aspectos más frecuentes que retraen a las mujeres para denunciar públicamente estas vejaciones y el riesgo al que están sometidas. Este fenómeno es sobre todo latente y alarmante en el caso de las mujeres inmigrantes donde además deben añadirse otros aspectos vinculados a su condición legal y que las sumerge en una doble marginalidad: como mujeres y como inmigrantes.
Por un lado, sufren una desinformación legal y, por el otro, su situación de irregularidad administrativa en el país de acogida les lleva a no querer denunciar por el miedo a la expulsión. A ello aún hay que sumarle los condicionantes de la propia cultura, las relaciones patriarcales y la amenaza a ser expulsadas por parte de sus conyugues o parejas.
Más allá de un mero enfoque culturalista, que sin duda es importante para comprender y abordar en toda su complejidad la violencia de género, para poder entender sus causas y su imbricación en los valores tradicionales de las distintas culturas, es necesario también un enfoque desde el género. Hay un elemento común transversal en todas las culturas que, a su vez, es la base a partir de la cual poder actuar para transformar las situaciones de violencia doméstica. Nos estamos refiriendo a los elementos vinculados a las relaciones de poder y de dominación que ejercen los hombres sobre las mujeres.
Si bien la dominación masculina es un elemento transversal vinculado a los valores del patriarcado, se ha observado que en aquellas sociedades o grupos donde las mujeres tienen poder económico y/o autoridad en la vida familiar los niveles de maltrato se reducen La violencia de género puede estar más presente de forma homogénea en aquellos grupos culturales donde los valores tradicionales vinculados a unas relaciones de subordinación y dominación hombre/mujer son aún más presentes. Este elemento transversal de género que afecta indistintamente a la clase o a la etnia subyace en todos los casos y es sobre todo, como veremos, es un elemento con el cual trabajar para la intervención en casos de este tipo de violencia. Sin negar la importancia de las diferencias culturales y sociales, incorporar el elemento de género como un mecanismo de concienciación y liberación de las mujeres. Parece fundamental el empoderamiento de estas mujeres víctimas de violencia de género a través de mejorar su autoestima y conseguir formación y redes de apoyo que las permitan romper el ciclo de la violencia e iniciar una nueva vida.
Todo ello nos lleva a plantear la importancia de la interseccionalidad en el análisis teórico, donde cultura y género son dos de los elementos clave a tener en cuenta para abordar y poder analizar la violencia de género en el seno de las sociedades occidentales y en un contexto de globalización (Crenshaw, 2005). En el caso de las mujeres migrantes además del género, la clase y la propia cultura y, en algunos casos, el color de la piel, debe añadirse su situación legal o no en el país. La propia situación de inmigrantes las hace más dudosas a la hora de denunciar o explicar el abuso.
¿Cuáles son las causas que conllevan que las mujeres migrantes soporten los malos tratos? Uno de los motivos que aparece como relevante en el estudio es que los agresores las amenazan con la expulsión, con denunciar su situación de irregularidad a la policía, si se quejan de los malos tratos recibidos por sus maridos o compañeros. También aparecen como significativos los motivos culturales, como veremos. La desinformación sobre qué hacer o poder hacer por un lado, la falta de recursos económicos y, sobre todo, el hecho de vivir los malos tratos como algo "normal" propio de la relación de pareja y de la dominación masculina conllevan que las mujeres soporten estas vejaciones y pongan en peligro sus vidas. En muchos de los casos estas mujeres han sufrido violencia doméstica en otras relaciones anteriores o previamente en el seno familiar. Todo ello hace que se asuman los malos tratos como algo que forma parte de las relaciones entre los géneros. El hecho de haber vivido la violencia doméstica desde la infancia es considerado uno de los factores que influyen en una mayor tolerancia hacia las actitudes de violencia de género y ha sido analizado como una de las constantes entre las mujeres latinoamericanas víctimas de violencia doméstica; así como, un mayor sentimiento de culpabilidad entre las víctimas Las mujeres migrantes sufren una doble vulnerabilidad, de dependencia afectiva y de falta de redes familiares y sociales que les permitan salir de la situación de violencia, sumada a una gran precariedad laboral. A ello aún hay que añadirle que en algunos casos su situación de legalidad en el país depende del marido: de su matrimonio con el maltratador o, como hemos expuesto, su situación de irregularidad hace que tengan miedo a condenar los malos tratos .Más allá del sesgo cultural lo que perpetúa estas relaciones de dominación masculina y agresión contra las mujeres es el hecho que las relaciones entre los géneros están basadas en un orden patriarcal y machista, donde la mujer debe obedecer y es víctima de las actitudes violentas de su pareja, que impone su poder y dominación incluso por la fuerza. El romper con esta situación aprendida y vivida por las mujeres es de por si difícil y ello lo es mucho más si se encuentran en una situación de inmigración o inmigración irregular.

Articulo completo.
http://www10.ujaen.es/sites/default/files/users/factra/Congreso/57.pdf

23 de noviembre de 2015

Qué les pasa a las adultas que sufrieron abusos sexuales en su infancia.


Las mujeres que sufrieron abusos sexuales en su infancia pueden verse afectadas a largo plazo y estos efectos pueden perdurar en su vida adulta y pueden ser más o menos graves en función de: quién fue la persona que las agredió (si era de la familia y de su confianza, como ocurre en la gran mayoría de los casos), si fue algo reiterado o puntual y si lo contó y encontró apoyo o si mantuvo el secreto tal y como probablemente le pidió su agresor.
Pero, en general, se puede hablar de tres grandes efectos muy relacionados entre sí:
  • El que tiene que ver con la opinión de sí misma
  • El efecto sobre su forma de relacionarse, de tener relaciones de confianza
  • Y su forma de vivir la sexualidad
El primero, el autoconcepto, lo que cree que es, está muy influido por la propia dinámica del abuso, porque siendo niña está muy confusa sobre lo que ocurre, siente malestar o dolor mientras se produce, pero a la vez alguien a quien conoce le presta atención, “juega” con ella, la convence para que guarde el secreto. Muchas veces les dan regalos. Esto hace que ellas lo vivan como que son culpables, como que no dijeron que no o que ellas “lo provocaron”.
Esta culpa les hace crecer sintiendo que ellas tienen algo malo, algo que el resto podría ver si no lo esconden muy bien. Se sienten malas, impuras, diferentes, inferiores y no dignas de amor. No creen ser merecedoras de que alguien las quiera por lo que son, por lo que tienden a tener relaciones donde ellas ¨compensan¨ a base de cuidados, atenciones o cesiones.
El segundo, tiene que ver con sus relaciones de intimidad, de confianza. Es importante tener en cuenta de nuevo el contexto en que se produce el abuso, ya que, siendo niñas, una persona muy cercana en su entorno (en la mayoría de los casos es el padre, un hermano, tío, primo, alguien en quien confían, alguien más mayor que debía cuidarlas, protegerlas, y quien les ha enseñado que tienen que obedecer) les hizo mucho daño e hizo que se sintieran sucias, realizando algo que aprendieron que es pecado o inadecuado, sintiendo dolor físico, asco, y un profundo desconcierto por las reacciones de esa persona mientras se producía. Se sintieron solas, indefensas, con miedo. Y a la vez convivían con normalidad con esa persona en la familia: desayunaban en la mesa con él, hacían actividades en familia o simplemente veían la tele. Esto de: “me siento muy mal con él unas ocasiones y otras parece que no pasa nada”, también contribuye a que crean que ellas son las responsables de su malestar, a que consideren que es culpa suya, a que interioricen que son ellas las que tienen algo malo, repulsivo y digno de ese asco que sienten.
Es así como se une este efecto al anterior: crecen con la férrea idea de que “tengo algo malo y la gente muy cercana a mí puede hacerme mucho daño” y esto provoca, en consecuencia, que vivan teniendo relaciones muy superficiales donde ellas se centran en mantener “su línea de seguridad”, un límite invisible en el que ellas se sienten a salvo, en el que no se dejan conocer, no se muestran como son y así no pueden herirlas, una línea en la que dejan fuera a todo el resto de la humanidad.
Para mantener esta línea, en general no hablan de sí mismas no cuentan sus preocupaciones o malestares (si supieran sus “puntos débiles” podrían hacerles daño), no se relajan en las relaciones, viven en un permanente estado de alerta, están pendientes de mantener esta distancia, de no dejar ver su oscuro secreto, que no sepan que hicieron algo sucio y prohibido y ahora por ello son malas.
Este patrón les impide escoger a sus amistades o parejas ya que no son merecedoras de ello. Se conforman con encontrar a alguien “que las tolere”. Por ello, muchas veces se ven inmersas en relaciones muy desequilibradas, incluso de violencia, con gente que no tiene por qué ser a fin a sus valores o filosofía de vida.
En ocasiones, las mujeres víctimas de abuso sexual en su infancia, se aíslan, no tienen prácticamente relaciones
También, en otras ocasiones, las mujeres víctimas de abuso sexual en su infancia, para defender esta línea de seguridad, se aíslan, no tienen prácticamente relaciones o escogen a personas para tener al otro lado de esta línea con la certeza de que es imposible que les puedan hacer daño… Recuerdo el caso de una mujer que se emparejó con un hombre con esclerosis múltiple en fase muy avanzada, por ejemplo. Otras, sólo se relacionan con hombres homosexuales.
El tercer efecto es el que se relaciona con la sexualidad donde, de nuevo, los otros dos efectos contribuyen a éste.
En función de cómo se viva la sexualidad, ésta puede ser una manera de tener relaciones muy íntimas con alguien con quien tienes un vínculo, alguien en quien confías y con quien decides tener un encuentro (ya sea esporádico o en el marco de una relación estable). Es una forma de entrega. Y ellas se encuentran en un terreno que llevan evitando toda su vida, el de relajarse, sentirse a salvo con otra persona y centrarse en disfrutar.
Todo ello hace que éste sea el principal motivo de consulta de las mujeres que han sufrido abuso sexual de niñas: se encuentran en una relación de pareja estable, pero o no pueden disfrutar de la sexualidad compartida o sus parejas están cansadas de no poder tener relaciones con ellas.
Dentro de los efectos a largo plazo en su sexualidad también está el de experimentar síntomas de estrés post traumático, en forma de flash backs, de imágenes intrusivas, ya que, literalmente, ven fragmentos de escenas que vivieron y se sienten como cuando estaban allí. Esto aparece especialmente con algunas prácticas sexuales concretas, con sensaciones, olores, o espacios físicos que las transportan al momento del abuso.
Otro efecto, dentro de la sexualidad, es el contrario, el de aprender que a través del sexo tienen poder, que es una moneda de cambio en sus relaciones que les da control y que les permite “compensar” la atención o el afecto que la otra persona les brinda. Es una forma más de mantener a esa persona al otro lado de su línea de seguridad, de la línea de que la conozca o que haga que ella tenga que entregarse en la relación. Es un “doy sexo, que es algo en lo que soy buena y sé que te gusta, y así tengo claro lo que va a ocurrir, yo decido lo que pasa, me aseguro que te quedas a mi lado y, en el fondo, no me conoces”.
Estos efectos pueden trabajarse, se pueden comprender y superar, pero es imprescindible hacerlo acompañada por profesionales especializadas.

Mª José Naranjo Hernández
http://conlaa.com/que-les-pasa-las-adultas-sufrieron-abusos-sexuales-en-su-infancia/
http://www.mujeresparalasalud.org/

18 de noviembre de 2015

POBREZA Y EXCLUSIÓN SOCIAL. LAS MUJERES PRIMERO.


Cuando hablamos de pobreza y exclusión social, a menudo nos vienen a la cabeza imágenes de personas viviendo en la calle o en chabolas, descalzas, con niñas o niños desarrapados corriendo alrededor, mendigando unas monedas en la puerta de cualquier iglesia o, simplemente, muriéndose de hambre. Y es que alrededor de 1.200 millones de personas en el mundo viven en esta situación, con menos de un dólar al día, de las cuales el 70% son mujeres.
Pero la pobreza está mucho más cerca de lo que muchas personas pueden creer, porque ser pobre es también llevar más o menos una vida normalizada, pero sin llegar a fin de mes habiendo cubierto sólo parte de las necesidades básicas. Ser pobre es no poder dar a tus hijos e hijas las mismas oportunidades que tienen los demás niños o niñas, o tener que llevar el mismo abrigo que llevabas hace veinte años y que ya, de ajado, apenas da calor. Ser pobre significa mantener una dieta baja en proteínas, o no poder encender la calefacción cuando el termómetro indica que hace un frío insoportable. Y es que, por ejemplo en Europa, según los datos de Eurostat 2013, aproximadamente 120 millones de personas viven en situación o riesgo de pobreza y exclusión social, de las que un 54% son mujeres, alcanzando cifras de 164 millones en los países de América Latina y el Caribe. Aunque no tenemos datos desagregados por sexo, en el caso de América Latina y Caribe es más que previsible que también en este caso la tasa de pobreza femenina sea mayor que la masculina.
Cuando la impresión generalizada, al menos en muchos países de los considerados desarrollados, es la de que las vidas de las mujeres en dichos países están mejorando, y la de que ahora estamos al mismo nivel que los hombres en el nivel económico, en el profesional, en el social, en el político, en el familiar, etc., las cifras desmienten este tópico. Como ejemplo, decir que, pese a tener más años de educación que los hombres, las mujeres aún nos concentramos en ocupaciones peor remuneradas como la enseñanza, la salud o el sector servicios. Al comparar hombres y mujeres de la misma edad y mismo nivel educativo, los hombres ganan, de media, un 17 por ciento más que las mujeres en América Latina, un 16,4% más en la Unión Europea, y un 17,8% más en España.
Y si volvemos al ámbito mundial, es un hecho verificable, por ejemplo, que en las familias de la mayoría de los países del mundo, el reparto de la renta no sigue pautas de igualdad, sino que sus miembros acceden a un orden jerárquico de reparto presidido por criterios de género; que en muchos -demasiados- países, las mujeres no tienen los mismos derechos de acceso a la educación, lo que les permitiría mejorar su posición en las escalas social y económica; que de los, aproximadamente, 550 millones de personas trabajadoras pobres del mundo, un 60% son mujeres, o que las mujeres tenemos unos ingresos de entre un 30% y un 60% menor que los hombres. Son sólo algunos ejemplos, pero podríamos encontrar muchísimos más ¡Y luego nos hablan de igualdad!
Uno de los efectos más tremendos de los programas de ajuste estructural, inherentes a las políticas neoliberales en todo el mundo, es el del crecimiento del trabajo gratuito de las mujeres en el hogar, resultado de la abdicación de los Estados de aquellas funciones básicas para la vida como la salud, la nutrición, la educación de los hijos e hijas o la atención a las personas dependientes, por poner sólo algunos ejemplos. Estas funciones siempre han estado en manos de las mujeres en la mayoría de los países del mundo y ahora, cuando en algunos de ellos parecía que empezábamos a tener otros roles -económicos y sociales-, con el pretexto de la crisis económica, vuelven a recaer en las familias y, por tanto, otra vez principalmente en las mujeres.
En España, por ejemplo, a los brutales recortes en los sueldos y en los servicios sociales, se ha añadido la derogación en la práctica de la Ley de Dependencia. El objetivo de ésta era precisamente reducir algunas de las cargas de quienes cuidaban a las personas dependientes -es decir, sobre todo mujeres- para facilitar su acceso al trabajo remunerado fuera del hogar. La consecuencia es que se ha convertido a millones de trabajadoras en esclavas, ya del hogar, ya de las empresas.
La globalización, en su versión neoliberal, es un proceso que está ahondando cada vez más la brecha que separa a las personas pobres de las ricas en general. Pero, sin lugar a dudas, las grandes perdedoras de estas políticas económicas somos las mujeres, ya que patriarcado y capitalismo se configuran como las dos macro realidades sociales que socavan nuestros derechos al propiciar la redistribución de los recursos asimétricamente, es decir, en interés de los varones. Y cuando hablamos de recursos no nos referimos sólo a los económicos, sino también a los educativos (en muchos países inexistentes para las mujeres); a los profesionales (colocándonos el famoso techo de cristal por encima de nuestras cabezas); a los de la distribución del espacio (el público sigue siendo mayoritariamente masculino); y un largo etcétera que vulnera los derechos fundamentales de las mujeres y su dignidad.
Llevamos siglos de desventaja y, a pesar de que también han sido de lucha por la igualdad, en todos los países del mundo, en mayor o menor medida, las mujeres seguimos siendo violentadas, cosificadas, tuteladas, sometidas, privadas de libertad, en situaciones de conflicto o de necesidades económicas de supervivencia, más forzadas a abandonar nuestros hogares que los hombres, con menor actividad económica que éstos, con escasa representación política, más excluidas y más pobres.
En muchos países, sobre todos en los llamados Estados de bienestar europeos, las políticas públicas de igualdad, orientadas a reducir las desigualdades económicas y a debilitar las jerarquías a través de acciones positivas, servían hasta ahora para una mejor redistribución de los recursos, aunque nunca suficiente. Pero ha bastado con una crisis económica y financiera, como la que seguimos atravesando, para que muchos de los derechos y avances que habíamos logrado se hayan desvanecido a tenor de políticas económicas neoliberales y nuevas legislaciones que, de una manera encubierta e indirecta, vuelven a situar a la mujer en el punto de partida, lo que no podemos permitir, por lo que es preciso, y más que nunca, seguir luchando.
Son muchas, aún demasiadas, las cosas por cambiar para lograr la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, y proteger a éstas de la pobreza y la exclusión social. Y si lo son en lugares donde la equiparación es mayor, no digamos en lugares en los que las mujeres están en una posición de total inferioridad de condiciones o completamente sometidas. Pero de todos estos cambios, quizá los más necesarios sean modificar los roles domésticos y los estereotipos sociales, así como la puesta en marcha de políticas de igualdad que incidan en el mercado laboral o en el acceso a la educación en igualdad de oportunidades. Porque recordemos: ni todas las mujeres tienen un salario, ni todas las niñas y adolescentes posibilidad de recibir una educación.





ISABEL ALLENDE ROBREDO* Y PEPA FRANCO REBOLLAR*
http://conlaa.com/wp-content/uploads/2014/09/32_pobreza_y_exclusion.pdf
 

17 de noviembre de 2015

La creacion del patriarcado.



En su sentido literal significa gobierno de los padres. Históricamente el término ha sido utilizado para designar un tipo de organización social en el que la autoridad la ejerce el varón jefe de familia, dueño del patrimonio, del que formaban parte los hijos, la esposa, los esclavos y los bienes. La familia es, claro está, una de las instituciones básicas de este orden social.
Los debates sobre el patriarcado tuvieron lugar en distintas épocas históricas, y fueron retomados en el siglo XX por el movimiento feminista de los años sesenta en la búsqueda de una explicación que diera cuenta de la situación de opresión y dominación de las mujeres y posibilitaran su liberación.
Las feministas han analizado y teorizado sobre las diferentes expresiones que ha ido adoptando a largo de la HISTORIA y las distintas geografías, estructurándose en instituciones de la vida publica y privada, desde la familia al conjunto de la social. También fueron definiendo los contenidos ideológicos, económicos y políticos del concepto que, conforme a Carol Pateman (1988), es el único que se refiere específicamente a la sujeción de las mujeres y singulariza la forma del derecho político que los varones ejercen en virtud de ser varones.
En los relatos sobre el origen o la creación de los sistemas de organización social y política, del mundo público y privado, hallamos historias conjeturales, considerando algunas que la sociedad emerge de la FAMILIA patriarcal, o las más actuales, que se origina en el contrato. El PODER en el patriarcado puede tener origen divino, familiar o fundarse en el acuerdo de voluntades, pero en todos estos modelos, el dominio de los varones sobre las mujeres se mantiene.
Gerda Lerner (1986) lo ha definido en sentido amplio, como “la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y niños/as de la familia y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres en la sociedad en general”. Sus investigaciones se remontan a la Mesopotamia, entre los años 6.000 y 3.000 A.C. “En la sociedad mesopotámica, como en otras partes, el dominio patriarcal sobre la familia adoptó multiplicidad de formas: la autoridad absoluta del hombre sobre los niños, la autoridad sobre la esposa y el concubinato”.
María Milagros Rivera Garretas, señala como estructuras fundamentales del patriarcado las relaciones sociales de parentesco y dos instituciones muy importantes para la vida de las mujeres, la heterosexualidad obligatoria y el contrato sexual. La institución de la heterosexualidad obligatoria es necesaria para la continuidad del patriarcado, ya que expresa la obligatoriedad de la convivencia entre varones y mujeres en tasas de masculinidad/feminidad numéricamente equilibradas. Junto con estas dos categorías se encuentra la política sexual o relaciones de poder que se han establecido entre varones y mujeres, sin más razón que el sexo y que regulan todas las relaciones.
En el patriarcado no todas las relaciones son familiares, por tanto no se puede entenderlo literalmente sino a riesgo de dejar fuera las demás instituciones sociales que realmente comprende.
La forma de entenderlo como poder de los padres, llega hasta la modernidad, donde el ascenso de una nueva clase, la burguesía, necesita dar otro fundamento al ejercicio del poder para adaptarlo a los cambios producidos. Este nuevo fundamento es el pacto o acuerdo social, mediante el cual se organiza el patriarcado moderno.
Algunas autoras consideran que en la constitución del patriarcado moderno, los varones también pactan su poder como hermanos. Los ideales de igualdad, libertad y fraternidad remiten a este pacto entre fraters.
Celia Amorós, citada por Rosa Cobo (1995), apunta a la constitución de la fratria como un grupo juramentado, aquel constituido bajo la presión de una amenaza exterior de disolución, donde el propio grupo se percibe como condición del mantenimiento de la identidad, intereses y objetivos de sus miembros.
Con la formación de los Estados modernos, el poder de vida y muerte sobre los demás miembros de su familia pasa de manos del pater familias al Estado, que garantiza principalmente a través de la ley y la economía, la sujeción de las mujeres al padre, al marido y a los varones en general, impidiendo su constitución como sujetos políticos.
Las teorizaciones sobre el patriarcado fueron esenciales para el desarrollo de las distintas corrientes del feminismo, en sus versiones radical, marxista y materialista, entre otras.
Desde los primeros trabajos de Kate Millet (1969), para el feminismo radical la sexualidad de las mujeres se considera prioritaria en la constitución del patriarcado. La autora con el término, se refiere a las relaciones sexuales como relaciones políticas, a través de las cuales los varones dominan a las mujeres. Shulamit Firestone (1976) postula como base de la opresión social de las mujeres, su capacidad reproductiva.
Anna Jonásdottir plantea el problema básico de este sistema como: “una cuestión de lucha de poder socio–sexual específica, una lucha sobre las condiciones políticas del amor sexual”. Sigue a Millet y a Firestone al centrarse en la sexualidad y el amor al “cuestionar la forma presente de heterosexualidad dominada por el hombre y las articulaciones del poder sexista en la sociedad moderna en general” (Jonásdottir 1993),
Otras corrientes consideran que las relaciones de reproducción generan un sistema de clases sexual, que se basa en la apropiación y el control de la capacidad reproductiva de las mujeres, y que existe paralelamente al sistema de clases económico basado en las relaciones de producción.
Dentro del denominado feminismo materialista, Lidia Falcón considera a las mujeres como clase social y económica, siendo los padres–maridos quienes controlan el cuerpo femenino y se apropian del trabajo productivo y reproductivo de aquellas. Por su parte, Christine Delphy afirma la existencia de una “relación de producción entre marido y mujer en la familia nuclear moderna, consistente en la relación de una persona o jefe, cuya producción se integra al circuito mercantil, con otra que le está subordinada, porque su producción, que no se integra a ese circuito, es convertida en algo invisible”. En virtud del matrimonio y del trabajo doméstico gratuito, las mujeres comparten una posición común de clase social de género.
En la línea del feminismo marxista, una de sus exponentes más importantes, Heidi Hartmann (1981) sostiene la teoría de los sistemas duales definiendo el patriarcado “como un conjunto de relaciones sociales entre los hombres que tienen una base material, y aunque son jerárquicas, crean o establecen interdependencia y solidaridad entre ellos que los capacitan para dominar a las mujeres”. No es sólo el sistema, sino los varones como tales quienes oprimen a las mujeres. La restricción de su sexualidad, junto al matrimonio heterosexual, como formas de control sobre la fuerza de trabajo de las mujeres son elementos cruciales del patriarcado, que no descansa sólo en la en la familia, sino en todas las estructuras que posibilitan este control.
Para Audre Lorde (2003) las mujeres están expuestas a distintos grados y tipos de opresión patriarcal, algunas comunes a todas y otras no.
En la América conquistada por los españoles, la subordinación de las mujeres se consolida especialmente a través de las Leyes de Partidas, la familia patriarcal y la influencia y poder de la Iglesia católica, continuándose en las leyes de los Estados–Nación que se van constituyendo a lo largo del siglo XIX.
En términos generales el patriarcado puede definirse como un sistema de relaciones sociales sexo–politicas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurado por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia.
Los estudios feministas sobre el patriarcado, y la constatación de que se trata de una construcción histórica y social, señalan las posibilidades de cambiarlo por un modelo social justo e igualitario.

Texto de Marta Fontenla
http://www.mujeresenred.net/spip.php?article1396