"las acciones son mucho mas sinceras que las palabras"..... ( Scuderi)
27 de noviembre de 2018
Las esclavas modernas que sirven en hogares de Líbano.
ONG locales denuncian la situación de explotación y maltrato de las empleadas del hogar etíopes en este país árabe.
“Cada dos semanas tenemos que repatriar el cuerpo de una mujer etíope. La mayoría se han precipitado al vacío desde el balcón del hogar donde trabajaban como sirvientas o se han suicidado. Las menos han muerto en un accidente de tráfico”. Este es el balance que hace en Beirut el cónsul de Etiopía en Líbano, Wahide Belay Abitew. El diplomático asegura que esta semana se han intensificado las negociaciones bilaterales con el fin de alcanzar un acuerdo que proteja los derechos de al menos 80.000 compatriotas suyas en el país árabe y que representan un tercio de las migrantes empleadas en Líbano.
El optimismo de Abitew respecto a las negociaciones contrasta con el pesimismo que expresaba una década atrás su predecesor Asaminew Bonssa. “No podemos hacer nada para proteger a nuestras nacionales, así que hemos impuesto una prohibición de viaje a Líbano”, lamentaba el entonces cónsul en Beirut. En 2008, Bonssa cifraba en dos las etíopes muertas a la semana en Líbano. Si bien la situación legal de estas mujeres ha cambiado poco o nada, sí ha disminuido drásticamente la cifra de fallecidas. El mérito es de la amplia red de apoyo creada por las propias migrantes, muchas sin papeles, que gracias al apoyo de ONG locales y a la incalculable ayuda que representan las redes sociales ofrecen un escape a las maltratadas por sus jefes.
“El caso de Meriem es uno de libro”, dice Inu conforme recorre las calles de una modesta barriada de Beirut. Esta veinteañera llegó a la capital libanesa hace dos años para trabajar como empleada del hogar. Ahora tiene un empleo de trabajadora social (sin papeles) en el Centro para la Comunidad de Migrantes en Líbano. Esta ONG fue fundada por feministas y activistas contra el racismo en 2011, en plena vorágine de la Primavera árabe. Su objetivo: ayudar a las inmigrantes irregulares que trabajan en empleos domésticos. Mujeres como Meriem, que ha cumplido 19 años y desde hace dos meses es una fugitiva. Sin lágrimas ni dramas, relata los seis meses de abusos y maltratos que sufrió desde que dejó los suburbios de Addis Abeba, la capital etíope, para aterrizar en el seno de una familia libanesa con tres niños en la norteña ciudad de Trípoli.
Su cuerpo se antoja un mapa de maltratos. Se señala la cabeza para rememorar el día en que su madame ─como comúnmente se refieren a las empleadoras libanesas─ le abrió una brecha golpeándola con una silla “porque la pequeña no se terminó el puré”. Luego se remanga el jersey para descubrir una oscura cicatriz en la espalda, legado del míster (señor) que un día decidió morderle la espalda hasta hacerla sangrar. Llegó al Líbano como llegan todas: con la mediación de las agencias. “El dalala [intermediario local] cobra a las chicas (en Etiopía) y a las agencias libanesas por reclutar jóvenes en los pueblos etíopes”, explica en Beirut Samaya Mattouk, de la ONG libanesa Kafa.
Sin pasaporte y sin contrato
Nada más aterrizar en Beirut, un empleado de la agencia le confiscó el pasaporte con la connivencia de los servicios de inmigración libaneses, como le ocurre al 85% de las mujeres que llegan con los mismos planes, según un estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Meriem firmó un contrato por 218 euros mensuales por seis días de trabajo a la semana. No le dieron copia. La mitad de las empleadas domésticas migrantes en Líbano no tienen un solo día libre, según el citado informe.
“Es muy complicado proteger los derechos de estas trabajadoras porque están excluidas del código laboral libanés por el artículo 7”, advierte también en Beirut Mariela Acuña, coordinadora para Oriente Próximo de la Federación Internacional de Trabajadores del Hogar. En caso de litigio con la empleadora libanesa, pueden recurrir a los tribunales civiles, pero emiten decisiones temporales. Su segunda opción es el Código Penal libanés, aunque la resolución del veredicto lleva años y muy pocas migrantes se embarcan en el proceso.
En el plano internacional, Líbano tampoco ha ratificado la convención 189 de la Organización Internacional del Trabajo. El único marco regulatorio del que disponen es el modelo único de contrato que Líbano adoptó en 2009 tras intensas presiones ejercidas por las ONG. “Sigue siendo insuficiente y ambiguo por lo que permite que los empleadores libaneses mantengan las malas prácticas y los abusos”, resume Lala Arabian, gerente de la ONG Insan. A falta de regulación, las empleadas del hogar migrantes quedan sujetas al sistema de kafala (apadrinamiento) y vinculadas legalmente a su espónsor libanesa. Los abusos e incluso crímenes son cometidos en un 85% por mujeres libanesas, cristianas y musulmanas por igual. De la gran mayoría de los casos, las madames salen legalmente impunes y socialmente se consideran dueñas de sus sirvientas.
https://elpais.com/internacional/2018/11/20/actualidad/1542728185_984168.html#?id_externo_nwl=newsletter_global20181127m
15 de noviembre de 2018
La crianza con apego como desafío al capitalismo patriarcal.
Si las mujeres-madre que maternan con apego tienen una gran presión social y laboral, en las que son feministas hay que añadir las contradicciones internas. Aún mantenemos la concepción errónea de maternidades sumisas por imperativo moral o biológico, que en nada se asimilan a las maternidades empoderadas que reclaman su presencia en la esfera pública.
Nuestro país tiene la mala costumbre de no contar con las personas implicadas a la hora de legislar. Así, las reformas laborales no cuentan con los y las trabajadoras; las leyes de educación, con profesorado y alumnado, y en las medidas de conciliación no participan las madres y tampoco se reconocen las necesidades de bebés, niños y niñas. Antes de ser madre, como integrante de una sociedad adultocéntrica, no era consciente de que la infancia debe tener voz política. Niños y niñas han sido consideradas personas incompletas e inferiores que, con un alto grado de obediencia, deben adaptarse -e incluso someterse- a las necesidades, demandas y expectativas de sus progenitores. Sin embargo, cuando nos convertimos en madres o padres y pretendemos romper la relación unidireccional de la crianza occidental, descubrimos que la infancia tiene una serie de necesidades a las que no estamos dando respuesta. Y nos damos cuenta porque los métodos que hemos aprendido -como parte de un modelo de crianza occidental hegemónico- no funcionan bien y los bebés o niñes tienden a oponerse a ellos: principalmente a través de su lenguaje, el llanto, e incluso a costa de su salud.
Hay madres y padres que consiguen aguantar e imponer las normas sociales interiorizadas. Otros y otras comienzan a mentir a la familia y a la sociedad (y a pediatras), ocultando su uso de prácticas de crianza no normativas pero que funcionan (como dormir con los bebés). Algunas familias comienzan a investigar otros métodos de crianza, se forman e informan, crean redes de apoyo (como los Grupos de apoyo a la lactancia materna) y presentan públicamente sus métodos alternativos de crianza. Pero, ¿es la crianza con apego una cuestión de moda? La etnopediatría (Meredith Small, James Mckenna, Carol Wortman, MªJosé Garrido) ha demostrado que las necesidades de la primera infancia son similares en todas las culturas pero que no todos los modelos de crianza las satisfacen por igual. En palabras de Meredith Small: “Quizás el hallazgo más sorprendente de la etnopediatría sea, hasta ahora, el hecho de que los estilos de los padres de la cultura occidental, esas reglas que tanto apreciamos, no son necesariamente lo mejor para nuestros bebés”.
Tal y como expone la antropóloga María José Garrido, máxima exponente de la etnopediatría en España, esta disciplina apuesta por la crianza con apego porque respeta los ritmos madurativos del bebé (cognitivo, conducutal y motriz) para formar adultos más equilibrados y sociedades más armónicas y menos agresivas. Hay tanto en juego, que sería irresponsable rebajarlo al nivel de moda pasajera. Además tenemos el acceso a un gran número de fuentes de información fiables, disponibles incluso para quienes presentan desconfianza ante las evidencias científicas de la OMS, que en otras ocasiones ha mostrado su connivencia con el capitalismo patriarcal. La satisfacción de las necesidades de la infancia debe ir unida a una ampliación del concepto de necesidad, más allá de alimento y abrigo, rechazando -como se hace desde el ecofeminismo- la distinción entre necesidades básicas y superiores. Para ampliar este concepto y evitar las tradicionales jerarquías piramidales podríamos basarnos en las teorías de Desarrollo a Escala Humana de Max-Neef (1994). Llevado al ámbito que nos ocupa y a modo de ejemplo: dar el pecho constituiría un satisfactor sinérgico, pues además de satisfacer la necesidad de subsistencia, estaría estimulando las necesidades de protección, afecto e identidad. En definitiva, si niños y niñas dejasen de considerarse seres incompletos que duermen mal, comen mal, se relacionan mal y se comportan mal, porque no lo hacen como nosotres (la adultonormalidad) y pasasen a ser personas completas dentro de cada fase evolutiva (las gafas con las que vemos el mundo, además de moradas, deberían viajar en el tiempo hacia nuestras propias infancias), comprenderíamos mejor sus necesidades y el aprendizaje que ofrece la crianza dejaría de ser unidireccional.
Pero dejando a un lado los aspectos teóricos, la fuente más fiable son sin duda nuestros hijos e hijas. Muchas de las mujeres que leyeron libros sobre crianza con apego lo hicieron cuando ya la estaban practicando de forma inconsciente: querían buscar un sentido racional a sus actuaciones para afianzar sus prácticas y armarse frente a la presión social ejercida, entre otras cuestiones, por querer destinar una parte de su tiempo vital a la crianza al margen del mercado laboral (a través de reducción de horarios, excedencias e incluso abandono del empleo). Nos encontramos en el lado opuesto de hace unas generaciones: hemos pasado de la maternidad como fuente indiscutible de realización personal de las mujeres, a la maternidad como un obstáculo para la realización personal, por lo tanto esta elección no está exenta de crítica social y de pensamientos antagónicos. Un matiz importante: esta dedicación a la crianza es más fácil si la capacidad económica, condiciones laborales y redes de apoyo lo permiten, porque la conciliación -con los actuales permisos mínimos y centrados exclusivamente en el ámbito laboral- tiene un claro sesgo de clase.
¿Cuál es la relación de este modelo de crianza con el feminismo?
Si las mujeres-madre que maternan (con apego) tienen una gran presión social y laboral, para las mujeres- madre feministas supone además una gran fuente de contradicciones internas. A lo largo de la historia -y aún hoy- el feminismo hegemónico ha considerado la maternidad como una maldición biológica y patriarcal. La lucha por salir de la esfera del machismo no ha ido unida a la salida de la lógica del capitalismo, al que se ha accedido con gusto e incluso con deseos de ocupar cargos de poder dentro del sistema patriarcal. Así el empoderamiento de las mujeres se ha desvinculado de la puesta en valor de las capacidades culturalmente consideradas “femeninas” (y de los procesos sexuales y la crianza) y se ha centrado en fortalecer aquello que nos habían negado (hemos librado esta batalla con las armas del enemigo, de manera que el patriarcado, íntimamente ligado al neoliberalismo, no ha tenido problema para asimilarnos).
Naturalizadas, con la única misión del cuidado de la vida, sin elección ni alternativas posibles, es normal que para aquellas grandes luchadoras feministas volver a hablar de maternidad en estos términos sea considerado una regresión y un encarcelamiento voluntario. Pero las reglas del juego, gracias a estas luchadoras, han cambiado, y las fichas que debemos mover hoy desde el feminismo quizás deban ser otras. Si los procesos para la protección de la vida se dotasen de significado político, podrían constituir (como se piensa desde el ecofeminismo) el germen para el cambio social y una herramienta de liberación (desde luego más liberadora que el alienante trabajo asalariado) y nosotras, las mujeres, las principales protagonistas de ese cambio. Sin embargo, uno de esos procesos, la maternidad, sigue considerándose una lacra para la mayoría de feministas, a pesar de que, como expone Casilda Rodrigañez, si rechazamos la maternidad para no ser inferiores a los hombres, estaríamos reconociendo que la maternidad es degradante per se.
A esta percepción negativa se le une la enorme sobrecarga a la que nos vemos expuestas y surge así la reivindicación de la figura de las “malas madres”: es difícil aunar el compromiso de la crianza con el compromiso laboral sin que alguno salga perjudicado. Sin embargo, jamás nos plantearíamos ser “malas profesionales” (o como diría Paca Moya, “malas trabajadoras precarias” o “malas esclavas”), pues aunque el feminismo ha conseguido que ambas situaciones puedan ser elegidas libremente por la mujer (tener hijos y tener empleo), parece ser que la maternidad a tiempo completo mina nuestra personalidad y sigue siendo considerada una actividad inferior. En parte porque aún mantenemos la concepción errónea de maternidades sumisas por imperativo moral o biológico, que en nada se asimilan a las maternidades empoderadas que aquí estamos defendiendo.
El debate sobre la maternidad dentro del feminismo no es sencillo, porque no son aplicables teorías generalistas y entramos en un terreno plagado de sentimientos y frustraciones, en función de cómo cada mujer ha vivido o ha decidido vivir la maternidad, según el periodo histórico, la clase social, la etnia, la ideología, las creencias personales y familiares, los mitos que rodean la maternidad, etc. También depende del conocimiento experiencial, es decir, de haber sido madre. Por contar mi propia experiencia: como feminista pre y posmaternidad, me he enfrentado a grandes contradicciones por una educación feminista -a la que, sin embargo, le debo lo que soy- que seguía ese modelo de maternidad independiente, donde les hijes no podían entrometerse en mi identidad como mujer libre. Los libros de crianza con apego, antes de ser madre, me parecían los típicos libros de autoayuda y, como no podía ser de otra forma, intenté practicar dicho modelo de crianza. Duró poco, porque a mi lucha interna se le sumaba un bebé con unas necesidades concretas. Fue entonces cuando me dejé llevar por mi instinto y todo cobró sentido, la crianza era más sencilla y el bebé y yo éramos más felices. Después, en la búsqueda de significados más racionales, encontré un gran grupo de apoyo a la lactancia aportando ayuda, consuelo, información, formación y una tribu. La mayoría de feministas que defienden la maternidad (como he podido comprobar en dos años de investigación) han pasado por un proceso similar, por lo tanto conocen de primera mano ambos discursos, pueden establecer comparaciones entre ellos y, lo más importante, son sensibles a las mujeres que hay detrás aunque no compartan sus ideas, a través de la práctica de la sororidad.
Aunque en ocasiones los grupos de apoyo se enfrentan a los apelativos “madres extremistas” o “talibanas de la teta” (no olvidemos que los machistas usan calificativos similares para el feminismo), jamás, en el trabajo de campo que he realizado dentro de grupos de apoyo, he encontrado imposiciones ni juicios negativos sobre distintas formas de crianza (siempre que no perjudicasen de una forma evidente y en ocasiones violenta al bebé).
Si creemos que las necesidades de la infancia deben ser adecuadamente satisfechas, en lugar de renegar de la idea de “buena madre”, deberíamos evitar el pluriempleo al que nos vemos sometidas, exigiendo medidas de conciliación efectivas, como permisos por maternidad más amplios y transferibles o incluso sacando al debate político la renta básica. Pero además, debemos luchar para que esa maternidad no se realice en solitario. La ausencia de tribu y la reducción de la familia extensa convierte la crianza en una actividad desbordante realizada por una o dos personas. Para empezar (en las familias con dos progenitores heterosexuales) se debería demandar la figura de “buen padre” mediante una paternidad entrañable, que además sea corresponsable en todas las actividades de la vida. Si bien esta idea es compartida por todas las corrientes del feminismo, las madres feministas -desde una perspectiva biocultural- somos conscientes, a pesar de que no sea políticamente correcto, que maternidad y paternidad son diferentes.
La negación de los procesos biológicos y fisiológicos por los que pasa una mujer cuando es madre invisibiliza su sexualidad y la condena a meros trámites para la obtención de bebés. En la batalla por el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo debería incluirse el embarazo y parto respetado, el aborto, pero también la crianza respetada. El problema reside en que el bebé recién nacido se considera ya un ser separado de la madre y por lo tanto no forma parte (erróneamente) de los derechos de la mujer sobre su sexualidad. Quizás algún día se considere la exterogestación como una parte más del proceso reproductivo de la mujer. Por otro lado, el individualismo -inherente al sistema capitalista- se adentra incluso en discursos feministas y genera una especie de miedo a la ecodependencia. Cuando el bebé nace, directamente es tratado como un ser independiente y ajeno, que necesita cuidados por su inmadurez fisiológica, pero nada más (no importa ni el cómo ni los porqués). Algunas corrientes feministas ven necesario mantener esa separación entre madre y criatura para que la mujer como sujeto político no acabe convirtiéndose en la díada mujer-madre. En ocasiones, la dependencia que biológicamente tiene el bebé es trasladada a la madre como algo patológico y seguimos inmersas en la triste premisa: “ahora que hemos conseguido la libertad no podemos dejar que nuestras hijas o hijos nos la roben”. Cuando el punto de mira es estrecho se comprende esta relación: la sociedad patriarcal y capitalista, que no pone en el centro la vida, hace que las mujeres-madre queden relegadas a un ámbito “inferior” (y privado) y desterradas de cualquier actividad que pudieran desarrollar con anterioridad a su maternidad. Pero, desde un punto de vista más amplio, cualquiera puede analizar que el problema no es la maternidad, sino el sistema, por lo tanto la verdadera batalla feminista debería centrarse en un cambio de sistema, debería ser antipatriarcal pero también anticapitalista, predicar con el ejemplo en lugar de seguir las directrices del mercado y sacar las maternidades a la esfera pública: no para que el Estado críe a nuestros bebés, sino para que los bebés formen parte de la vida social en la que participan mujeres y hombres.
Es por eso que, en la actualidad, el discurso antimaternal jamás podrá ser feminista. Si hemos conseguido superar antiguas concepciones de “la buena mujer” y su destino incuestionable de la maternidad, tampoco podemos insistir en que la “buena mujer” contemporánea sea la gran emprendedora, que debe abandonar cualquier proyecto deseado (personal, familiar, social, activista) por un trabajo asalariado. De hecho, cualquier movimiento social que apueste por el decrecimiento y pretenda un cambio sistémico -y no leves transformaciones o reformas- debería cuestionarse esa relación con el mercado, ya sean mujeres u hombres. Un mercado que despedaza la vida humana, donde la mujer que trabaja no es mujer sino fuerza de trabajo: “un cuerpo despiezado”, como explica Casilda Rodrigañez, donde “cada pedazo tiene su lugar: la fábrica, el piso, la guardería, la oficina, el colegio, en donde puede estar la madre pero no la criatura o puede estar el hombre pero no la mujer. Cuanta más división, más despiece, cuanto más despiece, más jerarquía, cuanta más jerarquía, menos conciencia, menos autonomía, más centralización, menos solidaridad: tales son las reglas de la explotación, la destrucción del tejido social formado por el apoyo mutuo”.
Las madres que acuden a grupos de apoyo a la lactancia y que no desean ser “despedazadas” son conscientes de la gran desigualdad laboral a la que se ven expuestas por ser mujeres que maternan, por ello piden medidas de conciliación favorables para ellas y sus criaturas, que se adapten a sus necesidades y su modelo de familia y culpabilizan a las leyes de empleo, medidas de conciliación de los gobiernos y a las empresas, pero nunca a sus maternidades.
Si hacemos un recorrido por las corrientes feministas, el feminismo de la diferencia fue el primero en criticar aquellas corrientes que bebían de Simone de Beauvoir por el hecho de querer buscar un espacio para la emancipación de la mujer dentro del modelo masculino, adaptándonos a él y usándolo como punto de referencia. Aceptar las diferencias (que no la desigualdad) es vital, entre muchas cosas, para la sexualidad femenina y la maternidad. Por otro lado, el ecofeminismo, mediante su crítica a las dicotomías naturaleza y cultura -desterrando determinismos de cualquier tipo- para desarrollar, como expone Vandana Shiva, una perspectiva de subsistencia, podría ser la corriente que más se ha acercado a estas nuevas maternidades feministas. Según estas teorías, poner el eje de la desigualdad en las actividades “reproductivas” es culpabilizar a las víctimas, en lugar de establecer los verdaderos culpables de la desigualdad: la sociedad capitalista y patriarcal, que se ha levantado según Shiva y Míes gracias a la colonización de los otros (las mujeres, la naturaleza, las sociedades del sur). Que los y las colonizadas deseen seguir el mismo modelo de desarrollo, como hemos visto en países del sur, no funciona y acarrearía graves consecuencias. Querer por lo tanto alcanzar los “privilegios” que los hombres han conseguido es participar activamente y en igualdad en un sistema patriarcal y capitalista que seguirá somentiéndonos.
Ecofeministas como Yayo Herrero defienden que “si el feminismo se dio pronto cuenta de cómo la naturalización de la mujer era una herramienta para legitimar el patriarcado, el ecofeminismo comprende que la alternativa no consiste en desnaturalizar a la mujer, sino en “renaturalizar” al hombre, ajustando la organización política, relacional, doméstica y económica a las condiciones de la vida, que naturaleza y mujeres conocen bien”. Sin embargo, algunos de estos discursos teóricos -del ecofeminismo constructivista- se contradicen en la práctica, posicionándose a favor de propuestas antimaternalistas que fuerzan la igualación sin tener en cuenta las necesidades de madres y bebés. Como dice Patricia Merino: “No es la relación padre-hijo la que debe concentrar la atención y los recursos de las instituciones. Esa es una relación que el patriarcado lleva al menos 6.000 años protegiendo, legitimando y priorizando, así como la existente entre marido y esposa. Es el momento de atender la relación más vulnerable desde el punto de vista político y económico, que es la de la madre y la criatura como díada primigenia y como núcleo válido en sí mismo; porque es esa relación la que requiere empoderamiento para construir un sistema no patriarcal”. De hecho, las medidas políticas de conciliación y corresponsabilidad aparecen hoy relacionadas con las nuevas masculinidades y paternidades. Es triste pensar que la crianza va a cobrar valor solo cuando el hombre se adentre en ella. Que los permisos por paternidad se pongan sobre la mesa así lo demuestra. Mientras, se silencia la voz de tantísimas madres que han reclamado durante años permisos más largos, han intentado conciliar a cualquier precio (incluso a costa de su salud), se han cogido excedencias, reducciones de jornada, etc. y lo seguirán haciendo aunque sus parejas tengan permisos de paternidad más largos, porque la demanda es otra.
Por supuesto que la corresponsabilidad debe ser una tarea feminista, así como debería ser de manera preferente defender las necesidades y demandas de las mujeres (donde se incluyen las madres). Que los padres se impliquen en la crianza (y en todas las tareas de cuidado de mayores, enfermos, y hogar, no lo olvidemos) en igualdad no puede contraponerse a las necesidades expresadas de las madres mediante una buena dosis de paternalismo. Las mujeres que desean maternar son conscientes de la importancia de su presencia en los primeros años de vida, mínimo durante el primer año, con funciones como: un parto, un posparto, la exterogestación del bebé, el puerperio, la lactancia y el hecho de constituir la primera figura de apego con el bebé. Estos hechos no tienen por qué herir la sensibilidad de nadie, esta figura puede sustituirse en circunstancias o realidades diferentes. Es importante también que seamos conscientes de que la crianza va mucho más allá del primer año, a partir de ahí padre y madre pueden adquirir la misma función. Corresponsabilidad implica un igual reparto, pero esto no quiere decir que las tareas deban ser las mismas ni en el mismo tiempo (mientras una madre amamanta su bebé, el padre puede estar implicado de múltiples formas, tanto con el bebé, como con el cuidado de hijos e hijas mayores, el trabajo del hogar, etc.).
Con estos argumentos no pretendo hacer una apología de la maternidad y por supuesto hay que tener en cuenta la diversidad familiar, donde debemos hablar de dos madres, dos padres, madre sola, padre solo, etc. Lo que pretendo es dar voz a la cantidad de madres que gritan sin que nadie las escuche y además canalizar esta demanda desde una perspectiva feminista. Porque las madres feministas que deciden maternar no son sumisas, no siguen los dictados del capitalismo, más bien tienen que hacer peripecias para salir de esa lógica del capital y luchar como activistas que quieren sembrar el germen de una vida donde se dé prioridad a las personas. Este nuevo feminismo considera que la revolución será feminista o no será, pero solo lo será cuando las madres, las niñas y niños tengan cabida dentro del movimiento. Hay ya un gran número de madres activistas que proclaman este cambio. Añado al final la mención a varias porque el estudio de sus trabajos podría ser de interés para entender las demandas de las maternidades feministas. Algunas de ellas se encuentran junto a una gran cantidad de madres-feministas-activistas luchando ahora desde la Plataforma de Madres Feministas por unos Permisos Transferibles (PETRA) con un discurso teórico y práctico tan bien armado que podría ser el inicio para la construcción de la cuarta ola del feminismo que, como expone Patricia Merino, barra el antimaternalismo hasta ahora defendido por el “feminismo hegemónico”. Una Plataforma que refleja las demandas de un gran sector de madres (demandas que se extienden desde hace casi veinte años) y que realiza una crítica a la actual Propuesta de ley de permisos iguales e intransferibles. Iguales: porque ampliar los permisos paternos ha significado dejar igual de precarios los maternos y porque, como hemos visto, maternidad y paternidad no son iguales. Intransferibles: porque el cuidado no puede ser impuesto y se deben tener en cuenta las demandas de las madres y las necesidades de los y las bebés. Además quedarían excluidas las familias que solo tienen un progenitor o progenitora, así como las monomarentales.
Las madres empoderadas no queremos medidas paternalistas que ni siquiera pueden garantizar sus objetivos: la corresponsabilidad y la igualdad en el empleo. Porque la corresponsabilidad se educa, no se impone (y si se ejercen medidas impositivas deben explicar cómo garantizarán su cumplimiento). Y porque no se puede reducir la desigualdad en el empleo y la feminización de la pobreza al hecho de ser madre. En todo caso, para evitar una posible discriminación, la maternidad debería protegerse con derechos, por ejemplo a través de unos permisos por maternidad (o transferibles) más amplios, como se ha hecho en aquellos países europeos con mayores niveles de igualdad. Porque los permisos de maternidad son un derecho, no una carga, y pedir su ampliación es una lucha feminista.
Las maternidades salen a la calle y el público se escandaliza cuando hay niños y niñas en sitios socialmente no aptos, cuando se encuentran senos al aire nutriendo cuerpos de edades avanzadas, cuando ven a madres criando con apego, , con proyectos profesionales y ¡considerándose feministas!, cuando se habla de los derechos de la infancia sin referirse a la infancia de países del sur, sino de nuestres propies hijes. El público se escandaliza y algunas feministas se echan las manos a la cabeza. Ya es hora de hacer visible la verdadera esfera privada, donde no solamente había mujeres, también había infancia, cuidados y muchas herramientas de transformación que los movimientos sociales no han sabido utilizar para construir un discurso y una acción verdaderamente feminista y decrecentista.
Julia Cañero Ruiz
http://www.pikaramagazine.com/2018/11/la-crianza-con-apego-como-desafio-al-capitalismo-patriarcal/
16 de octubre de 2018
El futuro es solo con nosotras: advertencia de mujeres rurales.
Este es un artículo de opinión de Claudia Brito, oficial de Género de la oficina regional para América Latina y el Caribe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Este artículo forma parte de la iniciativa 15 días por la autonomía plena de las mujeres rurales, con motivo del Día Internacional de las Mujeres Rurales, el 15 de octubre.
En las últimas semanas se ha hablado mucho acerca del futuro. El año 2030 ha sido señalado por las Naciones Unidas como el decisivo, cuando los efectos del cambio climático se vuelvan catastróficos e irreversibles, si es que nuestros sistemas de producción y consumo se mantienen tal como hoy.
Ese mismo año ya había sido establecido por los países del mundo como la fecha límite para resolver todas las desigualdades y desafíos de nuestro modelo de desarrollo actual.
Es decir, nos quedan menos de 12 años para lograr que todas las personas lleven una vida digna, sin hambre ni pobreza; para que nuestros sistemas productivos sean más responsables y hagan frente al cambio climático; para que las 8.600 millones de personas que seremos para entonces, vivamos en un entorno seguro, con paz y justicia.
Pensando el futuro de esa manera, el año 2030 no parece tan distante, sino abrumadoramente cercano. Tanto que nos hace preguntarnos si nuestros gobiernos, nuestras instituciones y nuestras capacidades técnicas y humanas serán suficientes para cumplir con las 169 metas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, entre las cuales 132 son relevantes para el medio rural.
Son cientos de prioridades y mecanismos estratégicos. Millones de vidas en juego. Solo grandes cambios de comportamiento y transformaciones en las políticas pueden dar respuesta al desafío que hemos asumido como habitantes de este planeta.
La inminencia del año 2030 también debería hacer que nos preguntemos si de verdad estamos incluyendo a todas las personas en esta apuesta de la humanidad por el futuro.
Se habla mucho sobre la responsabilidad compartida entre los países ricos, pobres, grandes y pequeños, entre el mundo rural y el urbano, entre mujeres y hombres. Pero las desigualdades aún forman parte de la vida de más de 600 millones de personas latinoamericanas y caribeñas, entre ellas las mujeres y los pueblos indígenas.
¿Cómo podemos pedir a las agricultoras y agricultores familiares que implementen mejores prácticas agrícolas si los mercados y el sistema económico los sigue dejado atrás?
¿Cómo le decimos a una mujer rural que debe aumentar su productividad para abastecer la creciente demanda de las ciudades por alimentos, si la brecha de género ni si quiera le permite a ella producir en igualdad de condiciones que los hombres?
Y es que el soñar con un mejor futuro para el mundo, plantea la necesidad urgente de que el mundo mejore para millones de personas que permanecen marginadas tras siglos de discriminación, violencia e invisibilización.
Es por eso que este año, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, en conjunto con ONU Mujeres, los mecanismos de integración de Centroamérica y Sudamérica, y las instituciones de desarrollo rural de Brasil y Uruguay, nos hemos unido para difundir un mensaje fuerte y claro:
“No lograremos el desarrollo sostenible si antes no eliminamos las desigualdades entre hombres y mujeres en los territorios rurales de América Latina y el Caribe”.
Si bien en las últimas décadas nuestra región ha tenido enormes avances en el empoderamiento de las mujeres, todavía quedan grandes desafíos para que puedan reconquistar el control sobre sus vidas, sus planes y sus sueños.
Porque cuando las mujeres se empoderan y ejercen sus derechos, también recuperan su voz para hablar del futuro. Si imagináramos qué diría esa voz sobre el 2030, nuestro año decisivo, seguramente el mensaje sería: El futuro es con nosotras y nada sobre nosotras podrá seguir siendo sin nosotras.
Sin duda, se trata de una deuda histórica que necesitamos saldar cuanto antes, si realmente creemos en que tenemos una responsabilidad compartida para que la vida continúe en el planeta y la dignidad de todas las personas prevalezca.
Por eso, ahora es el momento de equilibrar la balanza de las oportunidades en su favor, porque el momento también fue ayer. Y hace siglos.
Esta columna forma parte de la campaña #MujeresRurales, mujeres con derechos, una iniciativa conjunta de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), ONU Mujeres, el Consejo Agropecuario Centroamericano del Sistema de la Integración Centro Americana (CAC/SICA), la Reunión Especializada sobre Agricultura Familiar del Mercosur (REAF Mercosur), la Secretaría Especial de Agricultura Familiar y Desarrollo Agrario de Brasil (SEAD), y la Dirección General de Desarrollo Rural de Uruguay (DGDR/MGAP).
http://www.ipsnoticias.net/2018/10/futuro-solo-nosotras-advertencia-mujeres-rurales/
12 de octubre de 2018
Reconocimiento y políticas piden mujeres rurales latinoamericanas
Las mujeres rurales de América Latina son determinantes en metas como un desarrollo sostenible en el campo, la seguridad alimentaria y la reducción del hambre en la región. Pero se mantienen entre invisibles y vulnerables y requieren reconocimiento y políticas públicas para salir de la situación de abandono.
Suman alrededor de 65 millones y configuran una amplia diversidad por sus orígenes étnicos, los territorios que ocupan, y por las actividades y roles que desempeñan, los que sin embargo carecen de valoración por parte de los Estados, en una deuda que resalta cuando se celebra el Día Internacional de las Mujeres Rurales, el 15 de octubre.
“Ellas cumplen roles claves, producen y trabajan mucho más que los hombres. En las huertas, en las cosechas, en las siembras, hacen los cultivos, ven los animales, después cargan desproporcionadamente con el trabajo de la casa, de los niños, etcétera, pero no ven un peso”: Julio Berdegué.
“El Estado, sea gobernante local o nacional, nos tiene abandonadas, en su cabeza está sembrar fierro y cemento, no entienden que vivimos de la agricultura y que somos las mujeres las más afectadas porque nos encargamos de la alimentación y de la salud de nuestras familias”, manifestó a IPS la aymara Yolanda Flores.
Perteneciente a Iniciati, una aldea de unas 400 familias indígenas y campesinas en el sureño y andino departamento peruano de Puno, situada a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar, Flores se dedica desde siempre a “hacer la chacra”.
Eso significa cultivar en su parcela, heredada de sus padres, papa, habas y granos como quinua y cebada que lava, muele con batán (utensilio de piedra de uso ancestral) y coloca como alimento cotidiano en su hogar. El remanente lo comercializa en forma comunitaria.
“Cuando hacemos la chacra hablamos con nuestros productos, a cada papa abrazamos, le decimos qué ha pasado, por qué te has flojeado, por qué este gusano te ha entrado. Y cuando está grande le felicitamos, uno por uno, así nuestro alimento tiene mucha energía cuando comemos. Pero no entienden esa forma de vida de nosotros y se olvidan de la pequeña agricultura”, dijo.
Así como Flores, los millones de mujeres rurales de América Latina enfrentan la falta de reconocimiento a su trabajo productivo, así como el que realizan para mantener el hogar, atender a la familia, criar a los hijos o cuidar a las personas enfermas y ancianas.
Por esta situación, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) urge incentivar en la región compromisos de los Estados para revertir las históricas desventajas que enfrentan e impiden su acceso a los recursos productivos, el disfrute de sus beneficios y el logro de su autonomía económica.
“Dependiendo del país, entre dos tercios y 85 por ciento de las horas que trabajan las mujeres rurales, es trabajo no remunerado”, aseguró a IPS el representante regional de la FAO para América Latina y el Caribe, Julio Berdegué.
El también subdirector general del organismo deploró que no reciban pago por el duro trabajo que desempeñan en la agricultura y que se incrementa cuando son jefas de familias, de sus unidades productivas o durante la temporada de cultivo.
Políticas públicas contra discriminación
María Elena Rojas, a cargo de la representación de FAO en Perú, indicó a IPS que si las mujeres rurales en los países latinoamericanos accedieran a la tenencia de la tierra, servicios financieros y asistencia técnica al igual que los hombres, incrementarían el rendimiento de sus parcelas entre 20 y 30 por ciento, y la producción agrícola mejoraría entre 2,5 y cuatro por ciento.
Ese incremento contribuiría a disminuir el hambre entre 12 y 15 por ciento.
“Eso demuestra el rol y aporte de la mujer rural y la necesidad de tener políticas públicas asertivas para lograrlo y que tengan oportunidades para ejercer sus derechos. Ninguna debe quedarse sin estudiar, sin alimentación sana y salud de calidad. Son derechos y no algo imposible”, expresó.
“Ellas cumplen roles claves, producen y trabajan mucho más que los hombres. En las huertas, en las cosechas, en las siembras, hacen los cultivos, ven los animales, después cargan desproporcionadamente con el trabajo de la casa, de los niños, etcétera, pero no ven un peso”, remarcó desde Santiago de Chile, sede regional de la FAO.
“Decimos: queremos que las mujeres se queden en el campo. ¡Por Dios!, ¿por qué se quedarían?, trabajan para el padre, después trabajan para el marido o el compañero. ¡No se vale, no se vale!”, exclamó Berdegué, para luego incidir en la necesidad de desterrar la justificación del trabajo no remunerado de las mujeres rurales, pues impide el logro de su autonomía económica.
Explicó que no tener ingresos propios, o que los generados con el fruto de su trabajo sean luego manejados por los varones, las coloca con menos poder en sus familias, en la comunidad, en el mercado y en la sociedad.
“Imagínense que fuera al revés, que a nosotros, alos hombres, nos dijeran: ustedes trabajan, pero no van a recibir ni un peso. Ya hubiéramos hecho la revolución. Pero nos hemos acostumbrado que para la mujer rural eso está bien porque es el hogar, es la familia”, planteó Berdegué.
El representante regional hizo un llamado a los países a tomar conciencia de esa realidad y a afinar políticas para corregir esa situación de discriminación.
Una carga global de trabajo mayor que la de los hombres, la inseguridad económica, el reducido acceso a recursos como tierra, agua, semillas, créditos, capacitación y asistencia técnica son algunos de los problemas comunes que enfrentan las mujeres rurales de América Latina ya sean agricultoras, recolectoras o asalariadas según el Atlas de las Mujeres Rurales ALC, publicado en 2017 por la FAO.
Aun en esas circunstancias, ellas son protagonistas de cambio como ocurre con el impulso de la organización sindical de mujeres rurales en los sectores de agroexportación.
Con la mayor venta de productos no tradicionales a los mercados internacionales como flores, frutas y hortalizas, las mujeres han engrosado este sector, indica otro estudio regional, aunque muchas veces en condiciones de precariedad y con normas que no aseguran el trabajo decente.
Sindicalización contra explotación
Existen , sin embargo, experiencias de sindicalización para que las mujeres no sean explotadas, como la que protagoniza la afrodescendiente colombiana Adela Torres.
Desde la infancia y siguiendo la tradición familiar, ella trabajó en una finca bananera en el municipio de Apartadó, en Urabá, una región productora de banano para la exportación ubicada en el caribeño departamento de Antioquia.
Ahora, con 54 años, dos hijas y dos nietas, Torres es la secretaria general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Agropecuaria (Sintraingro) que agrupa 268 fincas, desde donde promueve la inserción de mujeres rurales, en un sector de rostro masculino.
Considera que la participación de las mujeres en la producción del banano debe ser equitativa y que su desempeño merece el mismo reconocimiento.
“Hemos conseguido que cada finca contrate a por lo menos dos mujeres más y entre los logros ya obtenidos están su contrato laboral, igualdad salarial, seguridad social e incentivos para educación y vivienda”, explicó.
A su juicio, las mujeres rurales pasan muchas dificultades, muchas no terminan la escolaridad básica, son madres demasiado temprano y jefas de hogar, no tienen formación técnica y no cuentan con apoyo del Estado.
Pero pese a ese contexto, Con su trabajo ellas ganan seguridad para sacar adelante a sus hijos y superarse ellas mismas y contribuir a la seguridad alimentaria.
Dar el salto a los espacios de visibilidad, es también un desafío que Flores ha asumido en las alturas altoandinas de Puno para que sus propuestas y necesidades se escuchen.
“Tenemos que ganar espacios de decisión y entrar como autoridades, esa es la lucha ahora, hablar por nosotras mismas. Yo estoy decidida y estoy animando a otras mujeres para hacer ese camino”, dijo.
Ante la indiferencia de los Estados, más acción y más presencia es la filosofía de Flores, tal como le enseñó su abuela, que le repetía: “No seas floja y siempre trabaja”. “Ese es el mensaje y lo llevo en mi mente, pero quisiera hacerlo con más apoyo y más derechos”.
http://www.ipsnoticias.net/2018/10/reconocimiento-politicas-piden-mujeres-rurales-latinoamericanas/
28 de septiembre de 2018
Licencia pagada para víctimas de violencia doméstica en Nueva Zelanda.
La violencia doméstica en Nueva Zelanda es de las más elevadas de los países en desarrollo, y por eso la nueva ley que da a las víctimas 10 días de licencia pagada, sin tener que presentar ninguna documentación probatoria, fue muy elogiada en el mundo.
La Ley de Protección a las Víctimas de Violencia Doméstica, aprobada a finales de julio con 63 votos a favor y 57 en contra, fue presentada por una legisladora del partido Verde, Jan Logie.
“Nos alegró mucho la aprobación de la ley en Nueva Zelanda que da a las víctimas 10 días de licencia paga y flexibilidad horaria para dejar a sus parejas, encontrar un nuevo hogar y protegerse a sí misma y a sus hijos”, explicó Kristine Lizdas, directora de política legal del Proyecto de Justicia para Mujeres Maltratadas, en diálogo con IPS.
Datos de ONU Mujeres revelan que 70 por ciento de las mujeres han sufrido algún tipo de violencia sexual o física de una pareja íntima.
“Esa política puede contribuir y facilitar el ejercicio del derecho de las mujeres que sufrieron violencia doméstica en Nueva Zelanda a recibir apoyo, servicios sociales y protección para ellas y para sus hijos”, coincidió Juncal Plazaola, especialista en políticas contra la violencia de género de ONU Mujeres, al ser consultada por IPS.
En 2004, en Filipinas, también se aprobó la Ley para luchar contra la Violencia contra Mujeres y sus Hijos, que también ofrecía 10 días de licencia paga a las víctimas.
Tanto la sociedad civil como numerosos juristas analizaron los beneficios de la nueva política, considerando que las mujeres que sufren violencia doméstica tienen un bajo rendimiento laboral.
En Estados Unidos, las víctimas de violencia doméstica pierden alrededor de 10 días de trabajo remunerado al año y trabajan 10 por ciento menos de horas que quienes no sufren esa situación en el hogar.
“Las mujeres pueden llegar a sufrir un acoso constante en el trabajo, que las retenga alló o que les impidan ir a trabajar. Eso puede llevarlas a renunciar o a que las echen”, explicó Plazaola.
Teniendo en cuenta esas situaciones, es fundamental que sector empresarial contemple esa realidad.
“Las mujeres que sufren violencia doméstica tienen un elevado grado de ausentismo al trabajo, y con ese tipo de medidas se las puede ayudar a conservar el empleo. La nueva política puede contribuir a lograr una mayor seguridad laboral, oportunidades económicas e independencia y mayores posibilidades de que las víctimas de abuso abandonen relaciones abusivas”, añadió.
El abogado laboral Mark I. Shickman, del estudio Freeland Cooper & Foreman LLP, también aplaudió la nueva legislación de Nueva Zelanda: “Los empleadores pueden dar días libres para hacer lo que sea necesario desde el punto de vista legal y médico sin temor a que haya consecuencias negativas en el trabajo o falta de confidencialidad”.
Pero tampoco idealizó el alcance de la nueva norma.
“La adaptación laboral no va a resolver cada problema, pero es una gran ayuda”, observó.
“Las sobrevivientes vulnerables no quieren arriesgar la situación laboral, que suele ser su ambiente más seguro, así que saber que no habrá represalias ni las van a echar mientras necesiten hablar con la policía, psicólogos o agencias de familia o infantil es una gran ayuda”, explicó Schickman.
Con respecto a los riesgos de la nueva norma, teniendo en cuenta que no requiere que la víctima justifique de ninguna manera el abuso, los especialistas parecen optimistas, pues el riesgo de que los empleados cometan fraude contra la compañía es bajo.
“Los beneficios de la ley superan ampliamente los riesgos. La prevalencia de falsos testimonios se ve históricamente hiperbolizada en muchos contextos”, observó Lizdas, de BWJP.
“Muy pocas personas engañarán diciendo que son víctimas de violencia doméstica solo para tener licencia paga”, apuntó.
La norma “probablemente contribuya a tener un personal más empoderado y satisfecho y con mayor productividad”, coincidió Plazaola. La cuestión, precisó, no es el fraude, pues muchos casos ni se denuncian. Menos de 40 por ciento de las mujeres que sufren abusos no buscan ayuda.
“Las razones de ello tienen que ver con la vergüenza, así como la culpa, con respecto a uno mismo y a los otros. No es de esperar que ese tipo de medidas lleven a un uso excesivo o abusivo de las mismas”, concluyó.
Por su parte, Lizdas, explicó: “Si la conciencia sobre la violencia de una pareja íntima se propaga por el sector privado y empresarial y entre los empleadores en general, y si se los incentiva a identificar y a asistir a trabajadoras víctimas de abuso, se estará contribuyendo a reducir el aislamiento de las víctimas”.
Y precisamente, el aislamiento, una relación abusiva y la falta de ayuda externa elevan el riesgo de violencia doméstica. Por lo menos la mitad de las víctimas de homicidio que hay al año, mueren a manos de una pareja íntima. El homicidio es la última etapa de una relación violenta.
“Una relación abusiva no empieza por el asesinato, sino que el abuso escala y sin una intervención y un apoyo oportuno, la mujer puede terminar asesinada”, puntualizó Plazaola.
Para terminar con el desenlace fatal, la especialista aseguró: “Necesitamos leyes y políticas contra el feminicidio, así como herramientas para investigar de forma adecuada y castigar todas las formas de violencia contra las mujeres, entre ellas el feminicidio. Es fundamental terminar con la impunidad”, subrayó.
“Reducir el homicidio de una pareja íntima requiere compromiso de una amplia variedad de sectores sociales, legal, médico, salud pública, educación, servicios sociales, ejército, entre otros”, coincidió Lizdas.
En Estados Unidos, hay otro factor que explica el elevado número de feminicidios, y es el fácil acceso a las armas.
En 2015, 55 por ciento de los homicidios a manos de parejas íntimas en ese país, murieron de un disparo. “El primer gran tema es sacar las armas de las casas”, puntualizó Shickman.
“Las mujeres víctimas de abuso tienen cinco veces más probabilidades de morir asesinadas si el abusador tiene un arma”, añadió.
Plazaola considera que para disminuir y terminar con el número de víctimas fatales en los casos de feminicidio es necesario la participación de toda la sociedad.
“Comprender que el feminicidio es el último acto de una serie de actos de violencia contra las mujeres significa comprender que el sector de la salud, de servicios sociales, la policía y la justicia deben trabajar de forma conjunta”, explicó.
“Tener políticas que reconozcan el derecho a la protección de las mujeres víctimas de abuso, así como a otras medidas para ayudarlas a hacer frente a las consecuencias y al daño que significa la violencia, puede ayudarnos a todos a comprender sus realidades y contribuir a cuestionar el reproche y la vergüenza que a menudo se asocian a ella”, añadió.
Por Carmen Arroyo
Traducción: Verónica Firme
http://www.ipsnoticias.net/2018/08/licencia-paga-victimas-violencia-domestica-nueva-zelanda/
26 de septiembre de 2018
A 45 años del golpe, mujeres y resistencias.
Este año, al cumplirse 45 años desde el golpe de Estado, vivimos un momento político y social tensionado por las memorias del golpe de 1973 y de la dictadura cívico militar.
Hemos visto fracasar los esfuerzos por silenciar, por dar vuelta la página, por atenuar la polarización de quienes cuentan con recursos de poder (en el Poder Ejecutivo, en el poder judicial, en los medios de comunicación) para que las cuentas con el pasado pierdan su presencia política. Se escuchan voces fuertes y poderosas que piden sanción a los responsables de las violaciones a los derechos humanos y que reponen en la agenda pública temas para el futuro de nuestra sociedad y nuestra cultura.
Si bien existe un acuerdo generalizado en la mayoría de la sociedad y de la clase política chilena, sobre la condena al terrorismo de Estado y la necesidad de sancionarlo, permanece una minoría que reivindica el golpe militar y la dictadura que se ha visto fortalecida y que se ampara en discursos y acciones recientes de la autoridad política (en la campaña presidencial, en las palabras de un cuasi ministro y de algunos parlamentarios).
Siguiendo a Elizabeth Jelin[1], lo que se toma el escenario y entra en conflicto, no son las memorias de los hechos del pasado, sino los sentidos de esos hechos del pasado. Porque hablar de memorias significa hablar de un presente, del pasado que se actualiza en su enlace con el presente y con un futuro deseado en el acto de rememorar, de olvidar o silenciar. Se trae el “espacio de la experiencia del pasado” al presente, que construye expectativas. El pasado ya pasó, no puede cambiarse, pero el sentido de ese pasado está sujeto a reinterpretaciones ancladas en la intencionalidad, en las expectativas hacia el futuro.
Se trata de sentidos activos, elaborados por actores sociales, en confrontación y lucha frente a otras interpretaciones, a menudo, contra silencios y borramientos públicos, contra posibles políticas de olvido: de los crímenes, de la tortura, de la represión, de la violencia, etc. Son procesos subjetivos en que individuos y grupos construyen significaciones, en interacción con otros, agentes activos que recuerdan y que intentan transmitir -y aún imponer- sentidos del pasado a otros, que pueden tener o no la voluntad de escuchar. En este transmitir y compartir resulta clave la dimensión intersubjetiva de la experiencia y de la memoria.
La transmisión intergeneracional de las memorias sociales ligadas a la dictadura adquiere entonces, no sólo una dimensión de conocimiento, sino una función pedagógica de futuro, porque lo que se hace en un escenario y un momento dado con las imágenes y sentidos del pasado condiciona sus desarrollos futuros, abriendo o cerrando posibilidades. Asimismo, se legitima o avala ciertas voces, se autoriza o deniega algunas temáticas como es el caso de la violencia sexual en la tortura.
Consciente de las luchas por la memoria, y con el anhelo de construcción de un orden democrático, igualitario y feminista, basado en la vigencia de los derechos humanos, como Observatorio de Género y Equidad recuperamos en este Boletín las memorias de distintas mujeres
[1]Elizabeth Jelin, Socióloga argentina, Premio a la trayectoria en Ciencias sociales 2013, en Las luchas por el pasado. Cómo construimos la memoria social. SigloXXI Editores, Argentina 2017.
http://oge.cl/a-45-anos-del-golpe-mujeres-y-resistencias/
25 de septiembre de 2018
CO L O N I A L I D A D Y GÉ N E R O
Las feministas de color han dejado en claro lo que se revela, en términos de dominación y explotación violentas, una vez que la perspectiva epistemológica se enfoca en la intersección de estas categorías.Sin embargo, esto no ha sido sufciente para despertar en aquellos hombres, que también han sido víctimas de la dominación y explotación violentas, ningún tipo de reconocimiento de la complicidad o colaboración que prestan al ejercicio de dominación violenta de las mujeres de color.6En particular, la teorización de la dominación global continúa llevándose a cabo como si no hiciera falta reconocer y resistir traiciones o colaboraciones de este tipo.
La colonialidad del poder Aníbal Quijano concibe la intersección de raza y género en términos estructurales amplios. Para entender su concepción de la intersección de raza y género hay que entender su análisis del patrón de poder capitalista Eurocentrado y global. Tanto «raza»10como género adquieren signifcado en este patrón. Quijano entiende que el poder está estructurado en relaciones de dominación, explotación, y conflicto entre actores sociales que se disputan el control de «los cuatro ámbitos básicos de la existencia humana: sexo, trabajo, autoridad colectiva y subjetividad/intersubjetividad, sus recursos y productos» El poder capitalista, Eurocentrado y global está organizado, distintivamente, alrededor de dos ejes: la colonialidad del poder y la modernidad .Los ejes ordenan las disputas por el control de cada una de las áreas de la existencia de tal manera que el signifcado y las Formas de la dominación en cada área están totalmente imbuidos por la colonialidad del poder y la modernidad. Por lo tanto, para Quijano, las luchas por el control del «acceso sexual, sus recursos y productos» defnen el ámbito del sexo/género y, están organizadas por los ejes de la colonialidad y de la modernidad. Este análisis de la construcción moderna/colonial del género y su alcance es limitado. La mirada de Quijano presupone una compresión patriarcal y heterosexual de las disputas por el control del sexo y sus recursos y productos. Quijano acepta el entendimiento capitalista, eurocentrado y global de género. El marco de análisis, en tanto capitalista, eurocentrado y global, vela las maneras en que las mujeres colonizadas, no-blancas, fueron subordinadas y desprovistas de poder. El carácter heterosexual y patriarcal de las relaciones sociales puede ser percibido como opresivo al desenmascarar las presuposiciones de este marco analítico. No es necesario que las relaciones sociales estén organizadas en términos de género, ni siquiera las relaciones que se consideren sexuales. Pero la organización social en términos de género no tiene por qué ser heterosexual o patriarcal. El que no tiene por qué serlo es una cuestión histórica. Entender los rasgos históricamente específcos de la organización del género en el sistema moderno/colonial de género (dimorfsmo biológico, la organización patriarcal y heterosexual de las relaciones sociales) es central a una comprensión de la organización diferencial del género en términos raciales. Tanto el dimorfsmo biológico, el heterosexualismo, como el patriarcado son característicos de lo que llamo el lado claro/visible de la organización colonial/moderna del género. El dimorfsmo biológico, la dicotomía hombre/mujer, el heterosexualismo, y el patriarcado están inscriptos con mayúsculas, y hegemónicamente en el signifcado mismo del género. Quijano no ha tomado conciencia de su propia aceptación del signifcado hegemónico del género. Al incluir estos elementos en el análisis de la colonialidad del poder trato de expandir y complicar el enfoque de Quijano que considero central a lo que llamo el sistema de género moderno/colonial. Quijano entiende la raza como una ficción. Para marcar ese carácter ficticio, siempre coloca el término entre comillas. Cuando escribe términos como «europeo», «indio» entre comillas es porque representan una clasificación racial.
La colonialidad del poder introduce la clasifcación social universal y básica de la población del planeta en términos de la idea de «raza» .La invención de la «raza» es un giro profundo, un pivotear el centro, ya que reposiciona las relaciones de superioridad e inferioridad establecidas a través de la dominación. Reconcibe la humanidad y las relaciones humanas a través de una fcción, en términos biológicos. Es importante notar que lo que Quijano ofrece es una teoría histórica de la clasifcación social para reemplazar lo que denomina las «teorías eurocéntricas de las clases sociales» . Su análisis provee un espacio conceptual para la centralidad de la clasifcación de la población del mundo en términos de razas en el capitalismo global. También genera un espacio conceptual para comprender las disputas históricas sobre el control del trabajo, el sexo, la autoridad colectiva, y la intersubjetividad, como luchas que se desenvuelven en procesos de larga duración, en vez de entender a cada uno de los elementos como anteriores a esas relaciones de poder. Los elementos que constituyen el modelo capitalista de poder eurocentrado y global no están separados el uno del otro y ninguno de ellos pre-existe a los procesos que constituyen el patrón de poder. Por cierto, la presentación mítica de estos elementos como antecedentes, en términos metafísicos, es un aspecto importante del modelo cognitivo del capitalismo, euro centrado y global.
http://www.redalyc.org/html/396/39600906/
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