9 de noviembre de 2012

LA INVISIBILIDAD DE LA DOBLE OPRESIÓN...



La sociedad no se construye para todos y todas. Y cuando los colectivos reivindican sus derechos de ciudadanía, no se propone la sociedad modificar y adecuar el entorno para que sea el de todos los ciudadanos y ciudadanas, con todas sus peculiaridades, diferencias y características, prefiere camuflar al "diferente" para que pase como "normal".

La "persona diferente" es una presencia problemática y casi fastidiosa; es una persona con plenos derechos, pero que se aparta de las expectativas sociales, y encima, se queja de que sus derechos no son suficientemente respetados o incluso reconocidos.

El problema no está en la diversidad, en la existencia de gente "diferente"; el problema y la conflictividad se encuentra en la valoración desigual que se hace de la diferencia, lo cual convierte la diferencia en desigualdad.

La sociedad que hemos creado necesita para funcionar un modelo de persona sana, lista, guapa, competitiva, joven y consumista. Las discapacidades no encajan bien en nuestra cultura, es una desviación.

Cuando hablo de MUJERES desde la discapacidad, me centro en el olvido del lugar social que ocupa y el sentimiento de doble opresión: por ser mujer y por tener discapacidad. Para visibilizar, primeramente hay que reconocer, hay que nombrar, hay que construir espacios alternativos para producir nuevas definiciones. No sé si por nombrar a nivel personal, como mujer con discapacidad visual, en un intento por pasar del "yo individual" al "yo colectivo", como "nosotras", contribuyo a hacerlas visibles, a hacernos visibles.

Mi experiencia me demuestra que no es lo mismo una mujer y un hombre con discapacidad. A las mujeres se les añade un extra de prejuicios y de vulnerabilidad, debido al modelo estándar y pretendidamente universal de eso que llaman "feminidad" o "identidad femenina", y así somos doblemente etiquetadas. Por ello, es importante revisar cómo se etiqueta, y bajo qué criterios se hace para imponer una identidad preconcebida y generizada.

La doble discriminación se combina atendiendo al género y a la situación de discapacidad. La discapacidad es una variable temporal, cultural y situacional, ya que depende del contexto en el que se da: si se es mujer urbana, del medio rural, mujer del siglo XVI, mujer africana, o mujer occidental. Y la situación de género es estructural. Por ello, se puede percibir una discriminación añadida por tener una discapacidad, que por ser mujer que ya partimos todas de una situación de desventaja estructural, en esta cultura androcéntrica.

Es importante potenciar la individualidad e independencia: entendida como el reforzamiento de todas las capacidades y particularidades de la persona, para dejar de culpabilizar a la persona con discapacidad, a las mujeres con discapacidad, para ejercer en plenitud la situación de ser persona en sociedad, ya que es el sistema social el que pone las primeras barreras que limitan los derechos individuales: al trabajo, a las relaciones sociales, a la realización personal… Quizás yo siento que las mujeres con discapacidad representan un potencial de participación poco utilizado y potenciado por la sociedad.

Los términos limitantes o despectivos utilizados para denominar a personas con diversidad funcional, juegan un papel fundamental en el refuerzo de la infravaloración, y por lo tanto en el mantenimiento de la discriminación.

En España la palabra más utilizada para denominar a personas con diferentes tipos de diversidad funcional, es "minusválido", del latín: "minusvalidus", que significa "menos válido" "no capaz". Tanto en los medios de comunicación de masas, como en las calles, nosotras formamos parte de un colectivo "menos válido", que "valemos menos".

También en los textos jurídicos de España (sí, Estado Democrático de Derecho) persiste esta terminología y se usan términos, como incapacitado, inválido y minusválido.

Consciente de que el lenguaje produce, modifica y orienta el pensamiento, quizás deberíamos empezar por redefinir la visión social que se tiene de personas con diferentes discapacidades, que a su vez abarca una gran diversidad que no se ven visibilizadas. Por ello, yo opto por utilizar términos como diversidad funcional.

Es innegable que debido a mi enfermedad: Retinosis Pigmentaria, (para mi siempre desconocida e invisible) tengo una discapacidad visual, por lo que experimento un déficit en la función sensorial, unas limitaciones, unas dificultades y una restricción en la participación de ciertas actividades sociales. Esto se agrava con las barreras sociales que la propia sociedad crea, factores socio-ambientales en mi entorno que condicionan y limitan mi funcionamiento, y que a su vez son los que me crean in-capacidad y aislamiento.

Entiendo esto debido a dos perspectivas: mi enfermedad es congénita, por lo que tiene un origen biológico, genético; pero también tiene un origen social, factores sociales que predisponen a su desarrollo y avance. Por ello, me importa darle énfasis a esa perspectiva social en cuanto a la discapacidad, no podemos caer en el esencialismo y determinismo biológico muy aceptado en este ámbito, y que potencia el estancamiento, las frustraciones y la no inclusión social de las personas con discapacidad, presentándonos como personas biológicamente incompletas, y según ese discurso, como personas imperfectas por naturaleza, defectuosas, ya que los seres humanos sólo somos nuestros genes, y por tanto "lo natural", "lo dado" es estático, inmutable, no es posible el cambio.

Así, según este discurso científico pretenciosamente objetivo que apela a "lo natural", las personas defectuosas hay que rehabilitarlas y "arreglarlas" para restaurar unos teóricos patrones de "normalidad", unos patrones de normalidad que nunca han existido, y que no existen, porque es un concepto creado histórico y social.

La sociedad en sí misma, es intrínsecamente imperfecta, pero se ha establecido un modelo de perfección al que ningún miembro concreto de ella tiene acceso, y que define la manera de ser física, sensorial, psicológica y así las reglas de funcionamiento social.

Este modelo está relacionado con las ideas de perfección y "normalidad" establecidas por un amplio sector que tiene poder y por el concepto de mayorías meramente cuantitativas que establecen la normalidad.

A veces las propias personas con diversidad funcional, en el desgaste mental y emocional de hacerse visibles, valorarse e integrarse en una sociedad excluyente, prefieren los términos que designan directamente su deficiencia, antes de personas, somos: sordas, ciegas, tetrapléjicas…, porque constatan una realidad de su propia vida que no pueden borrar. Creo que no se trata de obviar la realidad, las personas con diversidad funcional somos "diferentes" desde el punto de vista médico. Al tener características diferentes, que limitan, que restringen, y dadas las condiciones de entorno generadas por la sociedad, nos vemos obligadas a realizar las mismas tareas o funciones, pero de una manera diferente: unas mediante la utilización y desarrollo de otras partes del cuerpo, mediante maquinarias o mediante terceras personas, de ahí el término diversidad funcional, ya que nos describe en cuanto a la funcionalidad y capacidad que tenemos, y que la llevamos a cabo de una manera diversa o diferente a la normalidad.

La manera en que construimos nuestro entorno depende de lo que nos han enseñado que es "normal" en sentido estadístico, lo "normal" en este sentido no es más que una función estadística de carácter meramente instrumental. En la construcción de nuestro entorno social, físico y mental, ha primado la discriminación de todo aquel que es diferente, adoptando actitudes de explotación, negación, asignación de roles pasivos, y generación de conflictos.

Esa discriminación es la que obliga y hace reaccionar a un colectivo que siente la desigualdad, a agruparse e identificarse como un grupo humano con experiencias compartidas que debe luchar socialmente por un cambio. Este es el origen de todos los movimientos sociales.

En el imaginario colectivo, las personas con discapacidad aparecemos incompletas: al comparar los rasgos morfológicos con los de los patrones normalizados; así prevalece la limitación física, psíquica, intelectual o sensorial como rasgo, no ya predominante, sino esencial y totalizador.

Nadie nos prepara para asumir que somos iguales, pero … diferentes. Las mujeres con discapacidades, ya sean físicas, psíquicas o sensoriales, quizá no saben lo que las hace ser "inferior", si el "ser mujer" o su situación de persona con discapacidad.

Por ello, el carácter neutro del discurso de la discapacidad difumina las diferencias verdaderamente importantes, que se producen según si la discapacidad se presenta en un hombre o en una mujer. Yo estoy por la labor de aclarar que la discapacidad sí tiene género, que también se estructura conforme al género; las mujeres con discapacidades aparecen como asexuadas, los análisis y actuaciones se centran en la situación de discapacidad, lo que las une a los hombres con discapacidad. Parece ser que la sociedad cree que hombres y mujeres con discapacidad forman un mismo "corpus", no son mujeres y hombres, son discapacitados sin identidad, así se cree que tienen las mismas necesidades, basadas principalmente en la discapacidad, y no en valores y potenciales humanos; es la misma sociedad la que crea BARRERAS.

Por otro lado, como parte del aparato de ingeniería social del Estado, la administración, la burocracia, se mete en todos los rincones de nuestras vidas, como mujeres y como "discapacitadas", y nos etiqueta, nos agrupa, nos clasifica. Cuando te diagnostican una enfermedad que supone discapacidad, el Sistema te señala para poder ejercer sus políticas sobre ti. Aquí empieza todo un peregrinaje institucional, primero médicos y más médicos, luego queda la burocracia: mi enfermedad tiene que quedar plasmada en un certificado que mide mis capacidades y mi "autonomía personal" (como lo llaman ellos), y entonces ya eres una "minusválida" del 33%, del 45%, del 65%..., en sus estupendos baremos de clasificación te adjudican un porcentaje para así encasillarte en unas actividades y funciones sociales que la sociedad te tiene reservada por ser "ESPECIAL", "diferente", pero siempre bajo la buena intención por parte del Sistema de "integrarte", de ejercer su paternalismo hipócrita y su verborrea insultante, todo para su concepto de "integración social".

A partir de aquí, siempre llevarás tu etiqueta de "minusválida".

Valoran mi "autonomía personal", como aquellas capacidades físicas que toda persona desarrolla por sí misma; sí, mi autonomía física se verá limitada y restringida, pero no mi autonomía personal, que comprende mi autonomía moral e intelectual; Mi autonomía moral e intelectual no la van a valorar las instituciones del sistema, mis capacidades para regir mi vida con una madurez y plenitud intelectual. Es muy importante no malinterpretar eso de la "autonomía".

En el caso de las personas con discapacidades psíquicas, cuando no pueden valerse por sí mismas para regir sus vidas, preferiría utilizar el término "carencia de autonomía intelectual", y no que no tiene "autonomía moral", ya que en ningún momento y bajo ningún concepto, cualquier persona tenga la discapacidad que tenga, así como el grado que sea, en todo momento es sujeto moral, y como tal debe ser tratada con absoluta integridad moral, hacia el respeto de su condición física, psicológica y social.

Después, el Sistema te ofrecerá una carta de servicios públicos y privados para poder "integrarte socialmente". Toda una serie de recursos privados se plantean como la salida más satisfactoria; todo un mercado especial para tí "minusválida", para que te integres también en el sistema capitalista que pone a tu disposición una serie de servicios solo para mejorar tu calidad de vida. Eso sí, si perteneces al colectivo de renta pudiente.

Los que padecen discapacidades psíquicas severas o para personas dependientes que necesitan a una tercera persona para realizar actividades básicas de la vida diaria, si no tienen la suerte de tener unas redes sociales, un entorno de apoyo: familia, amigos… el sistema le tiene reservado un lugar para velar por su bienestar social: las Residencias. Las residencias de discapacitados o de personas mayores que debido al proceso de envejecimiento ven su autonomía física muy reducida. Estos lugares son el reflejo de cómo la sociedad ve a las personas con diversidad funcional, y de las políticas sociales asistenciales que aún se practican en este país, sí Estado de Bienestar.

Estos centros se constituyen como un espacio donde se ha de pedir permiso para todo. No se respeta esa autonomía moral de la que hablaba antes, por lo que su libertad para tomar decisiones es muy limitada, en la medida en que alguien, siempre con más autoridad que la propia persona con diversidad funcional, cuestiona y/o prohíbe en función de los criterios que se hayan establecido para el buen funcionamiento del centro. Así, practican el infantilismo, la sobrevulnerabilidad y la deshumanización, y las personas son institucionalizadas, como es el caso de otros colectivos que sienten la exclusión. La institucionalización no propicia llevar a la práctica la autonomía moral de los sujetos en cuestión.

Personalmente pienso que el movimiento de personas con diversidad funcional y el feminismo tienen un encuentro fundamental en el énfasis reivindicativo, de empoderamiento y de emancipación que pretenden para los individuos. Es algo fundamental la aportación del feminismo de la incorporación de la experiencia y de la implicación como forma de investigar, de conocer, de comprender, y por tanto de transformar. A caso ¿las situaciones de las mujeres con discapacidades quedan al margen de las reivindicaciones y las teorías feministas? Está claro que no, ya que la teoría feminista es la que pone de manifiesto las diferentes formas de "ser mujer" que se combina con todo un imbricado de categorías como la etnia, la sexualidad, la cultura, las capacidades o dis-capacidades….

Es difícil para individuos aislados sentirse fuertes y poderosos. Al desarrollar un sentimiento de unión con los demás, es frecuente que las personas subordinadas superen el sentimiento de impotencia que puede inhibir el cambio social. En este sentido, con el análisis feminista que pretendo incorporar de forma integral para conocer y cambiar, desde mi propia experiencia e implicación, a lo teórico, creo que el proceso de capacitación individual es, fundamentalmente, un proceso colectivo. Por eso, sí creo que es importante primero reconocerse a una misma, y con reconocerse me refiero a situarse. Las personas no existen como aislados sociales, vivimos en familias, comunidades, y su sentido de sí se deriva de las relaciones que mantienen con los demás miembros. Una comunidad verdaderamente igualitaria respeta la diversidad y la individualidad de sus miembros.

Por ello, en el intento de incluir otra categoría para el tratamiento integral de la liberación de las mujeres, en este caso la diversidad funcional…… yo me entusiasmo y me empeño por apostar y construir un feminismo no hegemónico, un feminismo libertario, que aborde las desigualdades estructurales y todas las situaciones de dominación, apoyándose en un conocimiento científico social y una posición ética y por tanto política, en el esfuerzo por crear una sociedad que pueda afrontar las diferencias de clase, étnicas, de orientación sexual, edad, diversidad funcional y por su puesto de género como categoría transversal. Porque como decían las feministas de los ’60 para hacer de sus experiencias y luchas individuales una lucha colectiva: "lo personal es político", pero también "lo personal es teórico".

También es importante ser consciente de que la posición que ocupan las mujeres dentro de las redes de amigos, familia y compañeros, y su relación particular con las instituciones sociales definen los modos en los que las mujeres se ven a sí mismas en el mundo, hasta el punto de que éstas pueden desarrollar orientaciones psicológicas, patrones de razonamiento moral y criterios para la acción que difiere significativamente de las normas establecidas (de orientación masculina) y que por tanto, las hace interiorizar esa "feminidad", esa identidad de género como "otredad". El mismo ejercicio de tomar conciencia, de establecer la situacionalidad propia que se vive, es el primer paso para el desarrollo de una "conciencia crítica" como proceso activo que supone la participación en la lucha por un cambio. El enfrentamiento colectivo a las estructuras de autoridad en los entramados de las relaciones de poder existentes, genera conciencias transformadoras y de resistencia.

Creo que cada mujer que toma conciencia de las construcciones sociales en torno a su función sexual y valoración en la sociedad, tienen un espacio de resistencia individual.

Ser consciente de todo esto es tremendamente doloroso y frustrante, pero tampoco soy partidaria de que "la ignorancia da la felicidad". Mi sentido de vida consiste en ser consciente. Conciencia ¿para qué? ¡se vive tan tranquila sin ella!, Claro la eterna actitud de los que no quieren problemas, es decir, de los que no los sienten. Dicen "el mundo es así", "no hay nada que hacer", pero estas ideas son las que impiden la elevación de la mera experiencia dolorosa, a la toma de conciencia, las racionalizaciones que paralizan la acción transformadora. No hay ningún "orden natural". Tomar conciencia, no solo significa trazar un programa de acción, sino asimilar el problema, la situación. Es un acto de la percepción de los hechos y de convencida actitud hacia ellos. Y ahora vuelvo a repetir, conciencia ¿para qué? Pues conciencia para saber lo que soy y donde estoy, para no vivir neurótica por falta de identidad. Aceptarse como se es, con realismo, es el principio de la fuerza. Al aceptar así la verdadera situación en un contexto determinado, de un orden histórico y no natural, ni inmutable, la toma de conciencia crea algo indispensable para el desarrollo: las motivaciones para el cambio y el deseo de alcanzarlo.

Pero es que también creo que hay que tomar conciencia para no caer en demasiadas trampas, para no aceptar sin previa depuración crítica los conceptos y las tablas de valores. Para no ser dependientes mentalmente. Es muy importante la autonomía intelectual, para no aceptar esa especie de colonialismo mental que nos reina.
Vanessa Gómez Bernal
http://www.redfeminista.org/noticia.asp?id=6859




 


CONCILIACIÓN: ¿PARA QUIÉN Y A QUÉ PRECIO?



Hoy que no es 25 de Noviembre (Día contra la Violencia hacia las Mujeres), ni tampoco 8 de Marzo (Dia Internacional de las Mujeres), hoy, un día cualquiera del mes de julio han tenido a bien en el informativo de la televisión pública dedicarnos un ratito a las mujeres.

Se ha emitido una notica cuyo tema central ha sid la "conciliación", curiosamente y muy a mi pesar, todas las personas que han aparecido en el reportaje eran mujeres, todas, absolutamente todas exceputando a dos varones, que eran los directivos de grandes empresas que explicaban los maravillosos beneficios que la llamada "conciliación" tiene en la PRODUCTIVIDAD de las empresas, que la final es lo único que interesa. En esta amable noticia se daba como alternativa a las ausencias de las personas (mujeres) en sus puestos de trabajo, el teletrabajo, como forma cómoda y eficaz para que las MUJERES, que son las que han protagonizado la noticia, compatibilicen la crianza de sus hij@s sin dejar un sólo minuto de producir, y además obteniendo un "salario emocional", según ha expresado una de las entrevistadas, que aseguraba que al pedir reducción de jornada, sus ingresos disminuyeron pero se compensó con un "salario emocional". No sé si este "salario emocional" es válido para cubrir los recibos de alquiler o los de la luz, porque de ser así, sin duda todo el mundo debería pedir de inmediato reducción de jornada.

Por otra parte, me pregunto cómo llevaran a cabo el teletrabajo las mujeres (y hablo todo el tiempo de mujeres porque es de ellas de quien se ha hablando en la noticia) las que trabajan recogiendo aceitunas, barriendo las calles o en una fábrica de conservas, quizás es que yo soy muy ingenua y cuando pienso en que el sistema debe arbitrar medidas para conciliar vida laboral y personal, pienso en medidas aplicadas a varones y mujeres de todas las clases sociales y de todos los trabajos posibles, y sin embargo, el sistema está pensando en que pueda conciliar solo un pequeño sector de mujeres, el más acomodado, cuyo trabajo se puede desempeñar a través de un ordenador y cuya reducción de jornada no las deja a ellas ni a sus hijas e hijos sin un techo para vivir.

Si queremos medidas de conciliación, que las queremos, además de corresponsabilidad, me atrevo a sugerir que los horarios de los colegios sean compatibles con los horarios laborales; que las vacaciones de las niñas y niños sean equivalentes a las que tienen sus padres y/o madres; que si hay que ausentarse del trabajo porque nuestra hija o hijo enferman, no haya motivo de despido; que los varones empiecen a tomar también periodos de excedencia para invertir en cuidados... y así podríamos seguir, sólo para empezar.

Las Mujeres ya conciliamos todo, y el teletrabajo es una magnífica opicón en algunos casos, aunque de ningún modo trabajar en casa mientras tus hijas/os te reclaman mejora tu calidad de vida, seguramente sí que mejora la productividad de las empresas. Se me ocurre que pueden volver a emitir otra noticia sobre la conciliación, pero esta vez enfocada a los varones, que sin duda alguna, son los que peor lo tienen para conciliar.

Lourdes Pastor Martínez
Colectivo de Jóvenas Feministas.
http://www.redfeminista.org/noticia.asp?id=7507


 

27 de octubre de 2012

Mujeres cuidadoras: entre la obligación y la satisfacción .


Cuidar es, en el momento actual, el verbo más necesario frente al neoliberalismo patriarcal y la globalización inequitativa. Y, sin embargo, las sociedades actuales, como muchas del pasado, fragmentan el cuidado y lo asignan como condición natural a partir de las organizaciones sociales: la de género, la de clase, la étnica, la nacional y la regional-local.

Así, son las mujeres quienes cuidan vitalmente a los otros (hombres, familias, hijas e hijos, parientes, comunidades, escolares, pacientes, personas enfermas y con necesidades especiales, al electorado, al medio ambiente y a diversos sujetos políticos y sus causas). Cuidan su desarrollo, su progreso, su bienestar, su vida y su muerte. De forma similar, mujeres y hombres campesinos cuidan la producción y la tierra y las y los obreros la producción y la industria, la burguesía cuida sus empresas y sus ganancias, el libre mercado y hasta la democracia exportada a «países ignorantes».

La condición de cuidadoras gratifica a las mujeres, afectiva y simbólicamente, en un mundo gobernado por el dinero y la valoración económica del trabajo y por el poder político. Dinero, valor y poder son conculcados a las cuidadoras. Los poderes del cuidado, conceptualizados en conjunto como maternazgo, por estar asociados a la maternidad, no sirven a las mujeres para su desarrollo individual y moderno y tampoco pueden ser trasladados del ámbito familiar y doméstico al ámbito del poder político institucional.

La fórmula enajenante asocia a las mujeres cuidadoras otra clave política: el descuido para lograr el cuido. Es decir, el uso del tiempo principal de las mujeres, de sus mejores energías vitales, sean afectivas, eróticas, intelectuales o espirituales, y la inversión de sus bienes y recursos, cuyos principales destinatarios son los otros. Por eso, las mujeres desarrollamos una subjetividad alerta a las necesidades de los otros, de ahí la famosa solidaridad femenina y la abnegación relativa de las mujeres. Para completar el cuadro enajenante, la organización genérica hace que las mujeres estén políticamente subsumidas y subordinadas a los otros, y jerárquicamente en posición de inferioridad en relación con la supremacía de los otros sobre ellas.

Sincretismo género o mujeres tradicionales-modernas

Las transformaciones del siglo XX reforzaron para millones de mujeres en el mundo un sincretismo de género: cuidar a los otros a la manera tradicional y, a la vez, lograr su desarrollo individual para formar parte del mundo moderno, a través del éxito y la competencia. El resultado son millones de mujeres tradicionales-modernas a la vez. Mujeres atrapadas en una relación inequitativa entre cuidar y desarrollarse.

La cultura patriarcal que construye el sincretismo de género fomenta en las mujeres la satisfacción del deber de cuidar, convertido en deber ser ahistórico natural de las mujeres y, por tanto, deseo propio y, al mismo tiempo, la necesidad social y económica de participar en procesos educativos, laborales y políticos para sobrevivir en la sociedad patriarcal del capitalismo salvaje. Así, el deseo de las mujeres es contradictorio: lo configura tal sincretismo.

Los hombres contemporáneos no han cambiado lo suficiente como para modificar ni su relación con las mujeres, ni su posicionamiento en los espacios domésticos, laborales e institucionales. No consideran valioso cuidar porque, de acuerdo con el modelo predominante, significa descuidarse: Usar su tiempo en la relación cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con los otros. Dejar sus intereses, usar sus recursos subjetivos y bienes y dinero, en los otros y, no aceptan, sobre todo, dos cosas: dejar de ser el centro de su vida, ceder ese espacio a los otros y colocarse en posición subordinada frente a los otros. Todo ello porque en la organización social hegemónica cuidar es ser inferior.

Algunas tendencias minoritarias se abren paso, pero incluso hombres que se pronuncian por relaciones equitativas están más dispuestos a ser amables con las mujeres o sumarse a algunas de las causas políticas del feminismo, que a hacer política feminista.

El cuidado pues está en el centro de las contradicciones de género entre mujeres y hombres y en la sociedad en la organización antagónica entre sus espacios. El cuidado como deber de género es uno de los mayores obstáculos en el camino a la igualdad por su inequidad. De ahí que, si queremos enfrentar el capitalismo salvaje y su patriarcalismo global, debemos romper con la naturalidad del cuidado por género, etnia, clase, nación o posición relativa en la globalización.

El feminismo del siglo XX ha realizado la crítica del modelo superwoman y ha denunciado la explotación de las mujeres a través del trabajo invisible y de la desvalorización de muchas de sus actividades, incluso del trabajo asalariado, de la relativa exclusión de la política y de la ampliación de una cultura misógina simbólica e imaginaria. Ha logrado llevar a la agenda de las necesidades sociales, la violencia contra las mujeres, y ha realizado pequeñas modificaciones jurídicas y legislativas en el Estado. Algunas corrientes contemporáneas ya no reiteran la desigualdad ni la violencia de género y, en cambio, acuerdan con la igualdad entre mujeres y hombres y por un mundo equitativo.

Sin embargo, nos queda por desmontar el deber ser, el deber ser cuidadoras de las mujeres, la doble jornada y la doble vida resultante. Y eso significa realizar cambios profundos en la organización socioeconómica: en la división del trabajo, en la división de los espacios, en el monopolio masculino del dinero, los bienes económicos, y en la organización de la economía, de la sociedad y del Estado. El panorama se vuelve complejo si se traslada el análisis con perspectiva de género a las relaciones entre clases sociales y entre países, por ejemplo entre países del norte y del sur, entre los 21 y los otros, etcétera.

Se requieren, a la vez, cambios profundos en las mentalidades. Es extraordinario observar cómo la mayoría de las mujeres, aún las escolarizadas y modernas, las políticas y participativas, las mujeres que generan ingresos o tienen poderes sociales diversos, aceptan como un destino, con sus modalidades, la superwomen-empresarial, indígena, migrante, trabajadora, obrera.

Con esa subjetividad de las mujeres subordinada a la organización social, a las instituciones como la familia, la Iglesia y el Estado, y a los hombres, no estaremos en condiciones de desmontar la estructura sincrética de la condición de la mujer, imprescindible para eliminar las causas de la enajenación cuidadora y dar paso a las gratificaciones posibles del cuidado.

La socialización de los cuidados

La vía imaginada por las feministas y las socialistas utópicas desde el siglo XIX y puesta en marcha parcialmente en algunas sociedades, tanto capitalistas como socialistas, y tanto en países del primer como del tercer mundo, ha sido la socialización de los cuidados, conceptualizada como la socialización del trabajo doméstico y de la transformación de algunas actividades domésticas, familiares y privadas, en públicas.

Haberlo hecho ha significado mejoría para la vida de las mujeres, liberación de tiempo para el desarrollo personal, la formación, el arte, el amor y las pasiones, la amistad, la política, el ocio, la diversión, el deporte y el autocuidado, incluso, una mejoría en la calidad de vida y en la autoestima. Es evidente el desarrollo social, cultural y político de las sociedades que así se han estructurado.

Una de las mayores pérdidas de las mujeres de los países que antes fueron socialistas y se han convertido de manera drástica al capitalismo en tiempos neoliberales ha sido la del sustento social que significaba el Estado social para sus vidas. En la actualidad han vuelto a ser su responsabilidad un conjunto de actividades que la transformación socioeconómica ha tornado domésticas, privadas y femeninas. Y lo mismo está sucediendo aun en países capitalistas de alto y medio desarrollo, en los cuales se ha adelgazado al Estado de una manera violatoria de los derechos sociales construidos con muchos esfuerzos en gran medida por los movimientos socialistas, obrero y feminista.

La alternativa feminista contemporánea que se abre paso en gran parte del mundo en el siglo XXI tiene sus ojos puestos en la crítica política de la globalización dominada por el neoliberalismo patriarcal de base capitalista depredadora. La opción que busca avanzar en el desarrollo de un nuevo paradigma histórico, cuya base sea un tejido social y un modelo económico que sustente el bienestar de las mayorías, hoy excluidas, marginadas, expropiadas, explotadas y violentadas.

Pensamos que solo una alternativa de este tipo será benéfica para la mayoría de las mujeres, sus otros próximos, sus comunidades y las regiones y los países en que viven.

Estas transformaciones de género están circunscritas e íntimamente ligadas a transformaciones equitativas de clase, étnicas y nacionales, enmarcadas en la construcción de naciones con derecho al desarrollo sustentable y en una globalización solidaria y democrática.

De no articularse las transformaciones de género con estas últimas pueden observarse distorsiones significativas como las que se dan en la actualidad: mujeres dotadas de recursos y derechos de género que son ciudadanas de naciones hegemónicas, militaristas y depredadoras de otras naciones y pueblos donde habitan mujeres con las que se identifican en la construcción de sus derechos y oportunidades.

Empoderamiento de las mujeres como nuevo paradigma histórico

También hay hombres cuya identidad es la de ser avanzados, democráticos y progresistas que no consideran importante la emancipación de las mujeres. Estados que colocan a las mujeres entre los grupos vulnerables y no las miran como sujetos políticos. Países en los que, a través de las acciones afirmativas, por ejemplo las cuotas, todavía negociamos el grado de exclusión política de las mujeres, y se consideran democráticos. Mujeres que piensan que ya lograron todas las metas de transformación de género y no se percatan que «el género» es su categoría social y a ella pertenece la mayoría pobre y cuidadora del mundo: las mujeres.

Por eso, la otra dimensión de esta alternativa feminista es el empoderamiento de las mujeres como producto de la construcción de un nuevo

paradigma histórico. El empoderamiento es el conjunto de cambios de las mujeres en pos de la eliminación de las causas de la opresión, tanto en la sociedad como, sobre todo, en sus propias vidas.

Dichos cambios, que abarcan desde la subjetividad y la conciencia hasta el ingreso y la salud, la ciudadanía y los derechos humanos, generan poderes positivos, poderes personales y colectivos. Se trata de poderes vitales que permiten a las mujeres hacer uso de los bienes y recursos de la modernidad indispensables para el desarrollo personal y colectivo de género en el siglo XXI.

Todos esos poderes se originan en el acceso a oportunidades, a recursos y bienes que mejoran la calidad de vida de las mujeres, conducen al despliegue de sus libertades y se acompañan de la solidaridad social con las mujeres. La participación directa de las mujeres en la transformación de su mundo y de sus vidas es fundamental y conduce también a la construcción de un mayor poder político y cultural que crean vías democratizadoras para la convivencia social.

El cuidado ha dejado de ser para otros y se ha centrado en las mujeres mismas. La sociedad, en un compromiso inédito, cuida a las mujeres, es decir, impulsa su desarrollo y acepta y protege su autonomía y sus libertades vitales. En ellas va incluida la libertad de elecciones vitales, de actividades, dedicación e identidad: Es el fin del cuidado como deber ser, como identidad.

En el siglo XXI ha de cambiar el sentido del cuidado. Hemos afirmado muchas veces que se trata de maternizar a la sociedad y desmaternizar a las mujeres. Pero ese cambio no significará casi nada si no se apoya en la transformación política más profunda: la eliminación de los poderes de dominio de los hombres sobre las mujeres y de la violencia de género, así como de la subordinación de las mujeres a los hombres y a las instituciones. Es decir, el empoderamiento de las mujeres es un mecanismo de equidad que debe acompañarse con la eliminación de la supremacía de género de los hombres, la construcción de la equidad social y la transformación democrática del Estado con perspectiva de género.

Para la mayor parte de las corrientes feministas contemporáneas, la articulación de lo personal con lo social, lo local y lo global conforma la complejidad de nuestro esfuerzo.

La idea fuerza en torno al cuidado es la valoración de la dimensión empática y solidaria del cuidado que no conduce al descuido ni está articulado a la opresión.

De ahí la contribución de las feministas: primero, al visibilizar y valorar el aporte del cuidado de las mujeres al desarrollo y el bienestar de los otros; segundo, con la propuesta del reparto equitativo del cuidado en la comunidad, en particular entre mujeres y hombres, y entre sociedad y Estado. Y, tercero, la resignificación del contenido del cuidado como el conjunto de actividades y el uso de recursos para lograr que la vida de cada persona, de cada mujer, esté basada en la vigencia de sus derechos humanos. En primer término, el derecho a la vida en primera persona.

http://mujerdelmediterraneo.blogspot.com/2012/10/mujeres-cuidadoras-entre-la-obligacion.

Marcela Lagarde
http://webs.uvigo.es/pmayobre/textos/marcela_lagarde_y_de_los_rios/mujeres_cuidadoras_entre_la_obligacion_y_la_satisfaccion_lagarde.pdf





Otra masculinidad es posible.


EQUIDAD Incentivar el compromiso de los hombres con el cuidado de los otros y las otras –una tarea que suele estar exclusivamente en manos de las mujeres– puede ser una estrategia para evitar la violencia de género. Al menos así lo entienden en Noruega , el lugar en el mundo con los mejores estándares de equidad entre varones y mujeres después de Islandia. Con esa consigna se ampliaron hasta tres meses las licencias por paternidad y hay cupo masculino para puestos docentes en guarderías, jardines de infantes y para la carrera de enfermería. El resultado es fácil de advertir: en cualquier plaza se ve a hombres solos lidiando con sus bebés y todo lo que implican, cambiando con esa sola tarea buena parte del estereotipo masculino heterosexual.

–Esta es una verdadera revolución en equidad de género y me alegra que mi generación sea protagonista –dice Olden y abre la ventana para invitar a asomarse. Parece una coreografía preparada: se puede ver la costanera que besa el Atlántico Norte y una decena de carritos de bebé empujados por hombres solos a los que Olden distingue y señala como prueba, como bandera de un terreno recién conquistado. Apenas hacía falta la performance, hombres solos con sus hijos, obligados a cargar en sus mochilas mamaderas, pañales, juguetes, bananas por las dudas, la muda por si acaso, el abrigo extra para cuando se va el sol; ésa es una postal tan cotidiana en Oslo como llamativa para quien se ha acostumbrado a que la revolución en materia de padres sea una publicidad de pañales tan fáciles de poner que hasta los pueden usar los varones –es fácil acordarse, Pablo Echarri era el protagonista.

Fue después de la presentación del Papel Blanco que se legisló la licencia por paternidad y se la extendió a 12 semanas con la posibilidad de sumar otras dos con las que los trabajadores y trabajadoras ya contaban para tomarse cuando alguien de la familia se enferma o necesita atención. Esas 12 semanas se suman a los nueve meses que tienen las mujeres gestantes –la salvedad es necesaria ya que el matrimonio entre personas del mismo sexo es ley desde hace 10 años, en caso de adopción, la licencia puede dividirse de común acuerdo– para permanecer junto a sus hijos o hijas. Los padres o parejas de las gestantes pueden tomarse su licencia al mismo tiempo o por separado, opción más común ya que así se cubre el primer año de vida, el único que no está cubierto por la educación pública que arranca apenas los niños y niñas aprenden a caminar.

Aun así no hay paraíso en esta tierra. Si existe una campaña pública para incluir a los hombres en los oficios y profesiones que tienen que ver con el cuidado es porque de hecho existe una división en el mercado de trabajo que parece estar cristalizada. Las enfermeras, las maestras, las cuidadoras en las guarderías, las que limpian, son ellas. Y en algunos casos, los menos, hombres migrantes con menos posibilidades para elegir lo que quieren hacer. La meta del gobierno noruego, según Tone Equer, asesora especial del Ministerio de Educación, es que los hombres alcancen a cubrir el 25 por ciento de los puestos de trabajo en educación temprana (que empieza al año y termina a los cuatro) y jardines de infantes en 2014. Ese cupo está todavía arañando el 20 por ciento. Como contrapartida, se busca con el mismo énfasis que las mujeres elijan carreras ligadas a la tecnología y la economía. "Lo que vemos también es que los varones son los más expuestos a adicciones y a abandonar la educación secundaria. Además, suelen tener peores resultados en la educación que las mujeres. Sin embargo, ellos siguen teniendo los puestos de trabajo mejor remunerados y son mayoría en política. Para una mujer como yo, que fui joven en los ’80, es frustrante ver la apatía en las jóvenes frente a la inequidad de género. Escuchan la palabra feminismo como si fuera una pieza de arqueología, sólo relacionada con luchas del pasado que hoy son derechos adquiridos. Pero el género es el piso para entender que somos diversos, sin ese primer entendimiento de la diversidad, las variables étnicas, de discapacidad, económicas son más difíciles de comprender. Y lo que se daña es la convivencia."

Tone trabaja a diario en la elaboración de materiales para docentes en escuelas primarias y secundarias y también en la revisión de los libros de texto. "Tenemos una semana que se dedica, a partir de sexto grado, a reflexionar sobre la sexualidad, también desde una perspectiva del goce. Hasta hace dos años, la edad de iniciación sexual era de 17 años, tanto para los chicos como para las chicas; aunque podría haber bajado. Junto con el Ministerio de Niños y Equidad también dialogamos con las empresas para desalentar las publicidades sexistas, los estereotipos de belleza, la oferta de juguetes dividida también estereotipadamente por género. Pero sabemos que la mejor herramienta es tener una postura crítica desde la educación contra esa oferta global que sigue exigiendo músculos a los varones y minifaldas a las mujeres."

Por Marta Dillon
Articulo completo: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-7577-2012-10-27.html

8 de octubre de 2012

Cuando votan las mujeres.


"Es un problema de ética, de pura ética, reconocer a la mujer, ser humano, todos sus

derechos; sólo aquel que no considera a la mujer ser humano es capaz de afirmar que todos

los derechos del hombre y el ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el

hombre". Clara Campoamor.

SUFRAGISTAS//FEMINISTAS

Diccionario del Español Actual, Ed. Aguilar, Lexicografía, 1999, sostiene que: el

feminismo es la doctrina que preconiza la igualdad de derechos de la mujer con

respecto al hombre.

Lo que conocemos por primer feminismo se desarrolló durante la segunda mitad del s.

XIX y el primer tercio del s. XX en el seno de sociedades industrializadas con

regímenes democráticos. Sociedades que incumplían el principio teórico de la igualdad

natural de todos los seres humanos al negar a las mujeres los derechos reconocidos a

los hombres: educación, trabajo, capacidad legal, voto, etc. Para conseguirlos nació la

lucha feminista, que tuvo en la reunión de Seneca Falls
1 (New York, 1848) su primer

acto público, y en la Declaración de Sentimientos que en ella se aprobó, su primer

documento reivindicativo. La película Ángeles de hierro
2 realizada en el año 2004 ha

recreado con rigor histórico el contexto de la lucha del National Woman's Party, cuenta

la historia de Alice Paul reclamando, a las puertas de la Casa Blanca hasta conseguir

la XIX Enmienda a la Constitución por la que se reconocía el derecho de la mujer a

votar.

De todas las peticiones enumeradas, el voto se convirtió en objetivo principal, razón

por la cual a esta etapa del feminismo se le conoce también como sufragismo. Se

esperaba que su reconocimiento facilitara obtener las restantes. En la práctica, el

sufragio fue el último derecho conseguido, dadas las fuertes resistencias que

generaba su petición. Nueva Zelanda abrió camino en 1893; le siguieron Australia

(1902) y Finlandia (1906). Pero habrá que esperar al período de entreguerras (1918-

1940) para que el otorgar a las mujeres la capacidad de elegir y ser elegidas se

extienda por los países occidentales. Lo que no ha resultado tan fácil ni tan evidente,

si vemos la lista cronológica de los países que reconocen a sus ciudadanas el derecho

al voto. Recordemos algunas fechas, en Andorra: 1970, Portugal: 1976, Liechtenstein:

1984, Suiza: 1990, Sudáfrica: 1994 y por último Irak en el año 2005.


Articulo completo:
http://e-mujeres.net/sites/default/files/cuando_votan_las_mujeres_1.pdf

 




 



 
 

1 de octubre de 2012

El grito silencioso.

La circulación de imágenes prenatales flotando libremente en diferentes
superficies y espacios públicos –entre ellos, medios de comunicación, afiches
colocados en tribunales de justicia o carteles de movilizaciones callejerasgeneró
desde los años ’80 un conjunto de reflexiones críticas respecto de la dimensión
visual de la contienda vinculada con el derecho de las mujeres a decidir sobre la
interrupción de embarazos. El análisis abarcó, en primera instancia, aspectos
vinculados con la producción de sentidos desde las imágenes mediáticas en la cultura
moderna y, luego, se abocó a las representaciones generadas desde las tecnologías
de visualización obstétricas.
Rosalind Petchesky (1987) fue pionera al advertir acerca de las significaciones
construidas y puestas en juego en torno a imágenes fetales desligadas del cuerpo de
la mujer que inauguraron la noción del feto como sujeto autónomo, independiente de la
mujer gestante y con derecho a reclamar por su vida en los EE.UU., durante la era
conservadora presidida por Ronald Reagan.
En ese contexto, la autora evaluó la aparición pública del video "El grito silencioso" en
1984 como una pieza clave de propaganda de los grupos contrarios al derecho a
decidir de las mujeres en la década de los años ’80. Destacó en primer lugar su aporte
singular en la disputa del imaginario sobre el aborto, por ser el primero en trasladar las
hasta-entonces imágenes fijas del feto, en ilustraciones o fotos, hacia imágenes en
movimiento del presunto "bebé" vistas en la pantalla de un televisor. Además de "dar
vida" a la imagen fetal, el pretendido documental desplazó la retórica antiaborto del
campo religioso al del médico-tecnológico a través de la cultura visual mediática.
Así, las interpretaciones de las imágenes mostradas en el video por el narrador
médico, un ex practicante de abortos "arrepentido", en calidad de "evidencia" o
"información médica", fueron de inmediato criticadas por paneles médicos, editoriales
de diarios como el
New York Times y por la asociación Planificación Familiar (Planned
Parenthood).
En síntesis, éstos indicaron que un feto de doce semanas no tiene corteza cerebral
como para recibir impulsos de dolor como sostiene el relato; que tampoco es posible
que "grite" sin aire en sus pulmones; que los movimientos en esa etapa son reflejos y
sin propósitos; que la imagen de movimiento frenético del feto (en supuesta ‘defensa’
por la intromisión de instrumental para quitarlo del útero) se deben haber generado por
aceleramiento de la película y que la imagen mostrada en la pantalla del televisor es
casi el doble del tamaño de un feto de doce semanas.
Estos señalamientos, junto al singular deslizamiento de sentido operado en el campo
lingüístico donde en reiteradas ocasiones se identifica "feto" con "niño", "ser humano" o
"persona", permitieron situar las significaciones en juego en el audiovisual en el campo
de las representaciones culturales o, mejor dicho, en el de las "construcciones"
culturales; más que en el de la evidencia médica como intentó forjarse desde la voz
legitimada de la palabra médica.
Ahora bien, al indagar en construcciones previas de imágenes de un feto
independizado del cuerpo de la mujer que posibilita su existencia, como si fuese
autónomo, Petchesky destaca como antecedente la edición de junio de 1962 de la
revista de circulación masiva
Look, donde se publicó la historieta Los primeros nueve
meses de vida


, con cuadros que secuencian imágenes de un día, una semana, 44
días, siete semanas, etc. En todos los cuadros, el feto aparece solitario, pendiendo en
el aire (o en su saco), sólo conectado a un sistema generador de vida mediante un
"cordón umbilical claramente definido". Al mismo tiempo que en los globos de diálogo
de la historieta se lo llama "el bebé" (nombrándolo como "él" aún cuando al nacer es
una niña); no existen referencias a la mujer embarazada, salvo en el cuadro final,
donde se muestra a la recién nacida al lado de su madre, mirando hacia el padre. Se
podría afirmar entonces que desde el comienzo, en este material gráfico de circulación
masiva de los años ’60 se representa al feto como principal y autónomo; mientras que
a la mujer como ausente o, en el mejor de los casos, secundaria.
Vinculando esta historieta con las imágenes del documental precedentemente
analizado, la autora enfatiza que el feto no podría experimentar por sí mismo estar
flotando en el espacio si no estuviese en el útero de una mujer, alimentado mediante
un torrente sanguíneo. En este punto, Petchesky considera que se produce una
analogía con ciertas significaciones instituidas en el imaginario estadounidense en
torno a la experiencia grandilocuente de la llegada del hombre a la luna, imágenes
asimismo presentes en "El grito silencioso", y trae a colación una cita de Barbara Katz
Rothman, para quien "el feto en el útero se volvió una metáfora del hombre en el
espacio, flotando libre, solo vinculado por un cordón umbilical a la nave espacial",
donde la mujer gestante es mero "espacio vacío".
A la vez, Petchesky llama la atención respecto de un segundo desplazamiento
acaecido en la década de los años ‘80, vinculado con las imágenes en el campo de la
obstetricia, donde circularon las imágenes de ultrasonido, conocidas como ecografías.
A partir de entonces, las tecnologías de visualización obstétricas contribuyeron con
ese cambio de sentido estratégico en la argumentación al borrar desde el principio las
fronteras entre el feto y el bebé, reforzando la idea de la identidad del feto separada y
autónoma de la mujer gestante.
 
 
 

 
 
 

 
 

Articulo completo:

Claudia Nora Laudanohttp://www.filo.unt.edu.ar/rev/temas/t8/t8_web_art_laudano.pdf 
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15 de septiembre de 2012

“Así vamos luchando cuando la migración toca nuestra casa”…





La experiencia de la migración toca y trastoca la vida de una gran parte de la población. De manera voluntaria, pero mayoritariamente forzada, miles de personas dejan sus hogares para buscar mejores condiciones de vida, buscar el ingreso que no pueden conseguir en sus lugares de origen, huir de la violencia, reunirse con sus familiares que ya salieron tiempo atrás, buscar nuevos mundos, etc.Al marcharse algún miembro de la familia, se generan nuevas situaciones y nuevos retos, algunos positivos pero muchos muy difíciles para los que se quedan, principalmente para las mujeres e hijos, cuando el jefe de familia se va. Las rutinas cotidianas se modifican, nuevos roles, nuevos trabajos, reajustes internos, la nostalgia por las ausencias, el deseo del retorno y el sueño de un mejor porvenir, van haciendo su aparición en el día a día.

La situación para la mujer madre de familia es en particular complicada, ya que tiene que asumir nuevos roles para los cuales no estaba ni social ni emocionalmente preparada. Sus actividades, responsabilidades y preocupaciones se incrementan de manera importante:
Le toca llevar sola la conducción del hogar, tanto el cuidado y atención de la casa y sus miembros, como la administración y/o generación de recursos económicos en tanto llega el dinero que envíen los familiares.
Hay que hacer reajustes en los esquemas de autoridad y hacer frente en soledad al crecimiento y desarrollo de los hijos.
Hay que sobrellevar la mirada de la comunidad sobre ellas, que en muchas ocasiones ejerce un férreo control sobre su conducta y comportamiento, impidiéndoles socializar de manera sana, participar en actividades comunitarias, desarrollarse ellas mismas, etc.
Aprender a manejar los procesos de reajuste y adaptación cuando los familiares regresan. Hay dificultades para la reintegración del migrante al nuevo modelo familiar, cuando ya la mujer aprendió a ser más independiente, y el hombre ya no ejerce la misma autoridad con los hijos.

Este tipo de situaciones, en un primer momento hacen que las nuevas jefas de familia estén en una situación de vulnerabilidad, que no es evidente a primera vista, pero que sin duda las afecta a ellas y a todo el núcleo familiar. Se vive con mayor estrés, ansiedad, falta de autoridad, timidez, inseguridad económica, presión social, coraje, etc.

Sin embargo, existen también consecuencias positivas del fenómeno migratorio para las mujeres, que pueden constituirse en fortalezas si se trabaja en ello: el desarrollo de la independencia y la autosuficiencia de la mujer; nuevos arreglos entre madre e hijos que llevan a un entendimiento de los nuevos roles; por supuesto las mejoras económicas, cuando el migrante sostiene la comunicación, mejor comunicación de la pareja, orgullo y mayor libertad para el manejo de las responsabilidades familiares, entre otras.

Con el fin de potenciar estas oportunidades positivas que se generan con la migración y, sobre todo, apoyar a las mujeres que se quedan, en 2008 surgió el proyecto Mujer y Familia Migrante (PMyFM), en el estado de Veracruz, México, que impulsó el Servicio Jesuita a Migrantes de México.

Trabajar la salud emocional, formar un hábito de ahorro e impulsar iniciativas productivas fue la apuesta integral del PMyFM para crear condiciones que mejoren el diario vivir de los familiares que se quedan cuando alguien migra.

Cerca de 5,000 mujeres e hijos beneficiados, 4 proyectos productivos en marcha, 30 grupos organizados para el ahorro en Bancos Comunitarios, que reciben los talleres de salud emocional, una red de aproximadamente 30 promotoras locales que ya llevan la conducción del Proyecto, dos manuales impresos sobre el modelo de Bancos Comunitarios y otro para los Grupos de Autoayuda, constituyen los logros cuantitativos que se han tenido a lo largo de estos 5 años. Pero la manera en como las mujeres que han experimentado la migración en sus familias se viven después de participar en el proyecto, abre esperanzas y da sentido a las pequeñas acciones.

"Aprendí a expresar mis sentimientos, a saber que como mujer tengo derechos, aprendí a ‘domar el león que llevo dentro’ para relacionarme mejor, y hacerme escuchar" (Mujer participante Grupo Autoayuda, Playa Vicente, Ver.)

"A través de mis ahorros en el Banco Comunitario he tenido un recurso sobre el cual yo decido, eso me da independencia y me hace sentir bien". (Socia Banco Comunitario, Minzapan, Ver.)

"Como promotora tengo mucha responsabilidad. Impulsar el ahorro en los grupos lo sé hacer muy bien, las mujeres participan fácilmente. Donde tenemos dificultad es trabajar la parte emocional, nos resistimos a hacer nuestra propia transformación cultural, a romper nuestros miedos e inseguridades, a creer desde dentro que somos capaces, dignas de derechos y a hacer valer nuestra voz. Ver esas transformaciones cuando se logran me dan razón suficiente para seguir en el trabajo". (Promotora, Acayucan, Ver.)


Autor/a: Por: Magdalena Sofía de la Peña-México
http://www.wim-network.org/2012/09