"las acciones son mucho mas sinceras que las palabras"..... ( Scuderi)
21 de febrero de 2017
Madres agotadas que padecen el síndrome de burnout .
¿Qué es el Síndrome de Burnout?
El Síndrome de Burnout es una respuesta del organismo cuando ha estado sometido a un periodo de estrés intenso y prolongado, tanto desde el punto de vista físico como emocional. Se trata de un problema común en los profesionales que trabajan en contacto directo con las personas en situaciones de gran tensión, como los médicos y las enfermeras. De hecho, esta entidad fue descrita por primera vez a finales de los años 1960 para referirse al desgaste que sufrían los agentes de policía de libertad condicional. Los psicólogos, trabajadores sociales y teleoperadores son otras de las profesiones más expuestas a este problema.
El principal problema es que el Síndrome de Burnout provoca una serie de síntomas que se pueden confundir fácilmente con otras enfermedades. De hecho, causa síntomas psicosomáticos como dolores de cabeza recurrentes, insomnio, fatiga intensa y dificultades gastrointestinales. También se acompaña con algunos síntomas emocionales, como la ansiedad, depresión, irritabilidad y distanciamiento afectivo.
Además, la persona con Síndrome de Burnout se siente agobiada y cansada. De hecho, suele experimentar un intenso sentimiento de impotencia y desesperación desde que se levanta. A la larga, si este problema no se trata, terminará sufriendo anhedonia; es decir, perderá la capacidad para disfrutar.
¿Por qué las madres sufren el Síndrome de Burnout?
Ser madre es un trabajo a tiempo completo, las 24 horas del día y los 365 días del año. A esto se le suma que muchas mujeres también trabajan y llevan la mayor parte del peso de las tareas del hogar. Sin embargo, en muchas ocasiones, apenas terminan de poner orden y limpiar, encuentran que todo está sucio y desordenado de nuevo, lo cual genera una intensa sensación de frustración e impotencia que les hace cuestionarse el sentido y el valor de lo que están haciendo.
Este problema ha ganado aún más fuerza en los últimos tiempos ya que muchas mujeres también sienten la necesidad de ser madres perfectas, acompañar a sus hijos a las actividades extraescolares y evitarles todo tipo de problemas. Este estilo de crianza, denominado hiperpaternidad, acelera aún más el agotamiento y acrecienta el estrés. De hecho, se ha apreciado que las madres sobreprotectoras tienen mayor riesgo de desarrollar trastornos emocionales como la depresión.
Por otra parte, el Síndrome de Burnout se alimenta de la sensación de falta de control que experimentan muchas madres. A ellas les gustaría proteger a sus hijos pero a menudo se ven inmersas en situaciones que les recuerdan su impotencia. Esa sensación de incertidumbre e imprevisibilidad termina siendo muy desgastante desde el punto de vista emocional.
¿Cómo evitar este problema?
Prioriza las tareas del día. Aprende a jerarquizar las tareas y prioriza aquellas que sean realmente importantes. Si al final del día no has hecho todo lo que tenías programado en tu agenda, no te agobies. No es necesario que seas una súper mamá.
Reserva unas horas solo para ti. Con los niños, es difícil encontrar tiempo para ti, pero si no te lo propones, siempre terminarás relegándote a un segundo plano. Por tanto, asegúrate de reservar algunas horas para relajarte. Puedes dedicarlas a lo que más te apetezca, como ver una buena película, leer, cenar en pareja o darte un baño relajante.
Pide ayuda. No tiene nada de malo apoyarte en las personas más cercanas, como tu pareja, padres o amigos. De hecho, si repartes las tareas del hogar de manera más equitativa tendrás más tiempo para ti, estarás más relajada y la relación con tu familia mejorará. También puedes plantearte contratar de vez en cuando a una canguro o a una empleada doméstica que te eche una mano.
Asume un estilo de vida más sano. El estrés no solo es un problema emocional sino que también está determinado por tus hábitos de vida. Llevar una dieta sana, practicar actividad física y aprender técnicas de relajación te ayudará a evitar el estrés.
http://planlea.listindiario.com/2017/02/mamas-agotadas-padecen-sindrome-burnout/
10 de enero de 2017
DISCRIMINACIÓN LABORAL Y SU EFECTO EN LAS MUJERES TRABAJADORAS
Es una problemática que comprende de ciertos componentes que reciben las
mujeres, por raza, color, sexo, religión, opinión política, o nivel social que tenga
por efecto anular o alterar la igualdad de oportunidades o de trato en el empleo y
la ocupación siendo el tema central de esta investigación, es necesario estudiar
las actitudes y comportamientos de los trabajadores hacia las mujeres en el
entorno laboral.
Organización Internacional de Trabajo (2003) los términos empleo y ocupación
incluyen tanto el acceso a los medios de formación profesional y la admisión en el
empleo y en las diversas ocupaciones como también las condiciones de trabajo
(Convenio 111 OIT, Art. 1.3). Ello implica que la discriminación laboral, como
alteración en las condiciones de igualdad en el trabajo, será siempre tal, en
cualquiera de sus modalidades: de oportunidades (sea de empleo o capacitación),
de trato, de prestaciones o en el pago. La discriminación en el empleo y
ocupación, por tanto, puede suceder, no solo, durante el proceso de búsqueda del
empleo como en su conservación sino, incluso, en el acceso a fuentes de
capacitación o preparación para el trabajo. Toda diferencia de trato basada en
parámetros ajenos a la productividad y capacidad para desempeñar actividades
laborales y carentes de justificación legal, equivale a discriminación laboral, sea en
la búsqueda de preparación profesional para el trabajo, durante la aplicación a
determinados puestos de trabajo que están disponibles, o bien, en el lugar de
trabajo, en lo que a condiciones de empleo corresponda.
Sigue comentando la OIT, que cuando en la empresa se incurra, por acción u
omisión, en cualquier distinción, exclusión, restricción o preferencia, basadas
todas en razones, técnica e ilegalmente injustificadas, tales como sexo, edad,
raza, origen étnico o nacional, estado civil, ideología política, condición social o
económica, condición de salud, opiniones, preferencias sexuales, religión, lengua
o cualesquiera otras igualmente ilícitas, que tiendan a alterar la igualdad entre los
trabajadores en cuestiones como las oportunidades de empleo, programas de
capacitación, promoción en el empleo, prestaciones y/o beneficios legales o
contractuales y, en general, toda condición de trabajo, se estará hablando de
prácticas empresariales discriminatorias.
La desigualdad de la mujer en la fuerza laboral es un reflejo de su desigualdad en el
hogar y en la sociedad en general. Ya que en el caso de las mujeres
con escasa o ninguna educación o formación profesional tienen
pocas posibilidades de obtener trabajo bien remunerado. Para ellas, una
alternativa tradicional ha sido el trabajo doméstico remunerado en casas
particulares y una opción más reciente, el empleo en las maquilas.
Los actos discriminatorios no se deben dar por ninguna situación debido a que
cada persona posee características propias, todo esto solo puede responder a un
marco cultural que crea y difunde estereotipos, imágenes inflexibles construidas
sobre la base de prejuicios, creencias y opiniones preconcebidas.
Articulo completo: http://biblio3.url.edu.gt/Tesario/2014/05/43/Lopez-Nereyda.pdf
9 de enero de 2017
RAZA, NACIÓN TRIBAL Y GÉNERO EN LOS ESTUDIOS NATIVO–AMERICANOS
Desafortunadamente, tratar de conjuntar raza, nación tribal y género como categorías de análisis importantes para los estudios nativo–americanos ha sido visto como divisionista y contrario a la soberanía tribal. Inclusive autoras como Annette Jaimes y Theresa Halsey (1992) han llegado a señalar que el feminismo es un proyecto imperial fincado en el ulterior control del gobierno federal sobre las naciones tribales. En palabras de las autoras:
Aquellas que se han identificado abiertamente como feministas tienden a ser las más claramente asimiladas entre las activistas indias y las que aceptan de la ideología colonial que las naciones indígenas son ya fracciones legítimas del corpus geopolítico estadounidense en vez de naciones independientes, que los indígenas somos ya una minoría dentro de la población general en vez de ciudadanos de nuestra propia y distinta nación. Por lo mismo, se interesan más por los derechos civiles que por la liberación misma […] Las mujeres nativo–americanas más inclinadas por la soberanía han demostrado mayor cautela frente al potencial que ofrecen las políticas y alianzas feministas (Jaimes y Halsey, 1992: 330–331).
Una variedad de factores contribuyeron a que éstas y otras académicas nativas decidieran criticar la conciencia feminista entre las mujeres nativas. Primero, vieron el sexismo como un tema racialmente divisionista. En otras palabras, la conciencia feminista podía causar conflicto entre hombres y mujeres indígenas. En segundo lugar, fueron influidas por el sexismo prevaleciente en el movimiento indio estadounidense. Las mujeres indígenas fueron colocadas en papeles serviles, como cocineras y ayudantes, e incluso se esperaba de ellas que atendieran las necesidades sexuales de los líderes del movimiento. En concreto, las mujeres nativas aprendieron que los hombres deben tener el control (Crow Dog y Erdoes, 1991; A. Smith, 2002). En este contexto, las mujeres indígenas debían defender un nacionalismo nativo que ignoraba su propia necesidad de liberarse de la misoginia y el sexismo.
Desde estas perspectivas no es posible ser nativa y feminista a la vez pues el feminismo procede, en última instancia, de la cultura blanca. Aceptan el discurso dominante sobre la aculturación según el cual la cultura del grupo dominante termina por sobreponerse a la cultura subordinada, por lo que cualquier entrecruzamiento de ambas significa la ulterior asimilación del grupo subordinado y su pérdida de identidad. Por ende, el feminismo no puede ser apropiado o redefinido desde la perspectiva de las mujeres indígenas, a pesar de que algunas académicas nativas, como Lee Maracle (1996), afirman que apropiarse de la identidad feminista e involucrarse en el movimiento feminista las empodera.
De la misma forma, Haunani–Kay Trask argumenta que el feminismo se enfoca únicamente en el género, por lo que es incompatible con la lucha nacionalista hawaiana, y afirma que, en el fondo, no era más que una fabricación blanca (Trask, 1996). Trask usa "feminismo" y "feminismo blanco" como sinónimos, sin reconocer la teoría feminista desarrollada por mujeres afrodescendientes (Hall, 2006, y Kauanui, 2006), como Bell Hooks y Cherrie Moraga (Hooks, 1989, 1995; Moraga, 1993)13. En palabras suyas:
Me di cuenta de que la práctica del feminismo impedía que nuestra gente se organizara en las comunidades rurales. En el contexto de nuestro nacionalismo, el feminismo aparecía como otra intrusión haole [blanca] en el ya sitiado mundo hawaiano. Hacer hincapié en las mujeres dejaba de lado la histórica opresión de todos los hawaianos y el largo brazo del imperialismo. Ahora que trabajo para mi pueblo, veo que son demasiadas las limitaciones del enfoque feminista en la teoría y en la práctica. El feminismo que yo estudié era demasiado blanco, demasiado americano (Trask, 1996: 901).
Poco después, en el mismo artículo, sostiene que la soberanía de su pueblo es una meta más significativa que la equidad educativa o política entre mujeres y hombres en la nación hawaiana (Trask, 1996: 901). De esta forma privilegia la raza y la nación indígena frente a los temas de género.
En vez de considerar la conciencia nativo–feminista como una causa de conflicto interno o una fabricación blanca, debería distinguirse como una fuerza que hace avanzar una meta esencial de las comunidades indígenas: el combate al sexismo. Asimismo, privilegiar la raza y la nación tribal sobre el género, como hacen los académicos nativos, es problemático pues enajena a las mujeres simultáneamente por la raza y por el género (A. Smith, 2002, 2005). Como resultado, el sexismo es fácilmente pasado por alto y deja de ser abordado por académicos y comunidades nativas.
En cambio, la activista académica cherokee Andrea Smith sostiene que raza, género y nación tribal deben estar ligados para combatir la violencia sexual rampante que sufren las mujeres nativas (A. Smith, 2002). Con mucha frecuencia, las mujeres nativas que sufren violencia sexual deben enfrentar consejos tribales, autoridades y comunidades dominadas por hombres16. En consecuencia, la violencia sexual suele ser ignorada y, por lo mismo, no es enfrentada de manera adecuada. Con el fin de empezar a luchar en contra de la violencia que sufren las mujeres nativo–americanas en particular, pero todas las mujeres de color en general17, Smith organizó un congreso llamado "El color de la violencia: violencia contra las mujeres de color". Este encuentro tuvo lugar los días 28 y 29 de abril del año 2000 en la Universidad de California, plantel Santa Cruz, y a partir de entonces se convirtió en un evento anual que se realiza en distintos puntos de Estados Unidos. También ahí se formó Incite!, una organización activista fundada para combatir la violencia que se ejerce en contra de las mujeres de color. Me abocaré al evento del año 2000 porque ilustra muy bien la forma en que las activistas nativas apoyan el nacionalismo tribal y la soberanía, al tiempo que trabajan para combatir la violencia contra las mujeres indígenas, así como sus aspectos subyacentes, como la misoginia y el sexismo.
Andrea Smith organizó el encuentro a causa de la decepción y la frustración que le había producido la tendencia del movimiento contra la violencia a marginar a las mujeres de color y rechazar los temas políticos (Yeung, 2000). Las mujeres de color sostenían que el discurso oficial del movimiento contra la violencia con frecuencia ignoraba sus necesidades y a ellas mismas. Durante la década de 1980, quienes trabajaban en organizaciones dedicadas a combatir la violencia solían sólo proporcionar servicios dejando de lado la organización política frente al creciente involucramiento del gobierno federal en los temas de violencia contra las mujeres (Yeung, 2000). Los centros que atendían casos de violencia o violación fueron obligados a profesionalizarse para ser acreditados y recibir subsidios de las agencias gubernamentales. Así, se les obligó a contratar personal con documentos que avalaran su perfil laboral. En consecuencia, se les impidió ofrecer servicios basados en pares, un sistema que hasta entonces había fomentado la participación de las mujeres. Esto hizo que muchas mujeres no pudieran colaborar más, en particular las mujeres pobres y de color. A la larga, la organización política fue sustituida por los servicios profesionales, lo cual se convirtió en la meta de los centros dedicados a atender la violencia sexual y doméstica (A. Smith, 2000).
De hecho, la corriente dominante del movimiento contra la violencia se inclinó cada vez menos a lidiar con la violencia sexual y doméstica en contextos de inequidad y violencia institucional. Andrea Smith afirma que muchas coaliciones estatales creadas para combatir la violencia sexual y doméstica se rehusaron a cuestionar las leyes antiinmigrantes, bajo el argumento de que ese conflicto no estaba relacionado con la violencia sexual y doméstica. Sin embargo, de acuerdo con Smith, en la medida en que se intensifica la represión, aumenta el número de mujeres que se rehúsan a denunciar el maltrato por temor a ser deportadas (A. Smith, 2000). Esta forma de enfrentar la violencia resulta contraproducente, pues la violencia doméstica y sexual en las comunidades de color no se modificará a menos que se afecten las estructuras superiores de la violencia, como son la brutalidad policiaca, las violaciones a los tratados firmados con los pueblos nativos y a los derechos de los inmigrantes, el racismo institucional y el neocolonialismo económico (A. Smith, 2000). Por ejemplo, según la autora, para combatir la violencia interpersonal es necesario destacar y entender la conexión colonial. De igual manera, la violencia contra las mujeres de color es una forma particular de opresión, que puede entenderse a la luz de la larga historia de genocidio contra los pueblos nativos. Los colonizadores arremetieron contra las mujeres indígenas porque tienen hijos. No sólo mataron mujeres indígenas, también las mutilaron sexualmente y las violaron con la intensión de controlar su capacidad reproductiva (A. Smith, 2000).
En este congreso, las preocupaciones de las mujeres constituyeron el tema central de las mujeres de color organizadas contra la violencia. Durante su discurso inaugural, Ángela Davis, académica y activista afrodescendiente, argumentó que la experiencia de las mujeres nativo–americanas demuestra la necesidad de enfatizar y destacar la prolongada e inexorable dominación y opresión colonial en contra de las naciones indígenas. Discutió las tribulaciones que implica usar los procesos legislativos y judiciales del Estado–nación, los cuales han causado tanto daño y problemas a las naciones tribales y a las comunidades. Habló de lo difícil que resulta esperar que el gobierno federal proporcione respuestas a los problemas de la violencia contra las mujeres cuando el Estado está férreamente entretejido con el dominio masculino, el racismo, el clasismo y la homofobia (Davis, 2000; Ramírez, 2007).
El congreso sirvió también para que las mujeres nativas discutieran el entramado estructural de poder que sostiene la violencia ejercida en su contra. Por ejemplo, Luana Ross argumentó, en otra conferencia magistral, que la consolidación del poder masculino en los consejos tribales y las comunidades ha creado una situación dentro de las tribus que fomenta la negligencia y la perpetuación de la violencia sexual contra las mujeres nativas (Ramírez, 2004b, 2007).
Lo que yo he encontrado en mi comunidad en el estado de Montana, las comunidades salish y kootenai, es que la violación es ignorada. ¿Por qué? Por las mismas razones mencionadas: los agresores son parte de la jerarquía en las comunidades nativas, son líderes culturales o consejeros tribales. Los hombres tienen el poder y, por lo mismo, se permite la continuación de la violencia.
La consolidación del poder masculino en los consejos tribales puede llevar a los gobiernos de las tribus a ignorar la creciente violencia de género, por ejemplo, al omitir el desarrollo de una legislación tribal que proteja a las mujeres indígenas de la violencia. En efecto, según Ross, nación tribal y género deben enlazarse para entender las causas por las cuales las comunidades indígenas ignoran la violencia contra las mujeres. Si falta este enlace, entonces se pueden ignorar los temas de género, como ocurre con la violencia sexual. El fortalecimiento del poder masculino está inexorablemente ligado a una larga historia de poder colonial así como a políticas y legislaciones federales, como el caso de los internados indígenas en Canadá y Estados Unidos. El propósito de estos internados, por ejemplo, era insertar el patriarcado en las comunidades tribales y socializar a los menores en la convicción de las normas patriarcales de género (Wall, 1997). Como resultado, los miembros de los consejos tribales, influidos por las ideas patriarcales/coloniales, han ignorado los llamados a una justicia de género de las mujeres nativas, tal como ocurrió con la lucha para cambiar los aspectos sexistas del Acta India de Canadá (Silman, 1987).
Los indígenas nacionalistas que eligen desdeñar o ignorar el sexismo y la misoginia en general, y la violencia contra las mujeres nativas en particular, manifiestan su parecido con otros nacionalismos y otros proyectos, movimientos y agendas, en especial con las europeas y euro–americanas de los últimos doscientos años. Los nacionalistas europeos usaron la ideología del pundonor burgués para manejar y controlar relaciones de género apropiadas y decorosas. Esta ideología ayudó a la burguesía a crear y resguardar una esfera privada que integraba e incorporaba el ocio y la vida familiar. El nacionalismo y la respetabilidad se entretejieron para que el Estado–nación pudiera inmiscuirse e imponer sus normas de las relaciones de género aceptables. A través de las instituciones del Estado como las prisiones, las escuelas y las oficinas censales, la burguesía disciplinó y controló a la población (White, 1995). Así es como los nacionalismos eurocéntricos, el Acta India de 1876 en Canadá y el Acta de Reorganización India de 1934 en Estados Unidos impusieron sus normas patriarcales de género en las comunidades nativas, alentando el sexismo y la misoginia, y su potencial de violencia contra las mujeres.
En respuesta a esta normalización de la violencia, Luana Ross, durante el Congreso "Los colores de la violencia", destacó la importancia de enlazar la soberanía tribal y la violencia contra las mujeres para encontrar soluciones posibles. Puso énfasis en la importancia de redefinir las formas de abordar el combate a la violencia usando marcos indígenas de soberanía, en vez de depender de la ayuda gubernamental. Por ejemplo, Ross sostenía que se debía buscar una adecuada reparación del daño en casos de violencia contra las mujeres en los juzgados indígenas en vez de hacerlo en los federales. En otras palabras, abogaba por el derecho a la autodeterminación y la soberanía con perspectiva de género, al aplicar formas tradicionales de justicia para resolver la desmedida violencia sexual en las comunidades nativas.
REPLANTEAR LA SOBERANÍA TRIBAL
En resumen, las mujeres nativas deben ser protegidas de leyes potencialmente opresivas aprobadas por gobiernos tribales controlados por hombres, y la violencia no debe ser ni tolerada ni ignorada. Para lograr esto, la soberanía tribal debe ser replanteada desde la perspectiva de las mujeres nativas. En la cultura occidental, el significado más aceptado del concepto de autodeterminación es la noción de soberanía independiente y el estatus de Estado–nación. En este modelo, la autodeterminación significa que un gobierno tiene total y completo control y autoridad sobre lo que sucede en su jurisdicción, y ningún agente externo debe interferir o cuestionar su autoridad jurisdiccional. Estar libre de interferencias externas implica que las naciones soberanas deben quedar exentas de su necesidad de relaciones o acciones de otros (Young, 2001). Esta definición es peligrosa, pues entonces los gobiernos tendrían plena libertad para dominar a otros. No necesitarían tomar en serio los reclamos o los derechos individuales. En consecuencia, cuando se parte de esta definición de soberanía tribal basada en aspectos selectivos del Estado–nación, los reclamos de las mujeres indígenas pueden ser ignorados fácilmente.
El académico mohawk Taiaiake Alfred (1999) afirma que, al ser de origen occidental, el concepto de soberanía es poco adecuado para hablar de la lucha de los pueblos indígenas por su liberación. Por ende, mientras los pueblos nativos utilicen nociones occidentales de soberanía para controlar sus actividades gubernamentales, seguirán colonizados bajo formas de poder occidental (A. Smith, 2002). Por el contrario, Craig Womack, académico muscogee, sostiene que la soberanía tribal es flexible y fluida, y que las necesidades de las naciones tribales pueden, en última instancia, influir en las prácticas de la soberanía tribal (1999). Al igual que Womack, Andrea Smith y Luana Ross afirman que la soberanía no es una noción occidental estática, sino que puede ser apropiada por los pueblos nativos (A. Smith, 2002). En consecuencia, replantear la soberanía desde la perspectiva de las mujeres nativas puede disminuir la tensión entre las nociones occidentales y tribales de soberanía y los derechos de género de las mujeres.
De hecho, las mujeres indígenas en México han alzado la voz con respecto a los derechos de género de las mujeres. En los acuerdos de San Andrés firmados por los zapatistas, por ejemplo, se defiende el derecho de las comunidades indígenas para elegir sus autoridades políticas y judiciales, para regirse por su propia organización política y para regularse por sus normas y formas de resolución de conflictos. Al mismo tiempo, se afirma que los derechos humanos de las mujeres indígenas deberán ser protegidos por las mismas comunidades (Collier, 2001). De la misma manera, en Estados Unidos debería haber mecanismos tribales que puedan articular las nociones de soberanía tribal con los derechos humanos y civiles de las mujeres nativo–americanas.
Por ejemplo, la filosofía lakota que encierra la frase "todas mis relaciones" ofrece una alternativa a la manera en que se entiende la soberanía tribal, que incluye la forma en que la gente está emparentada y se ubica en relaciones sociales con otras. Partiendo de este enfoque, todas las personas están interconectadas y son valoradas, a la vez que se espera de ellas que escuchen y respeten a quienes les circundan. Este concepto filosófico nativo, en lugar de jerarquizar los derechos individuales frente a los colectivos, supone la posibilidad de un intercambio respetuoso entre ambos. De esta forma, se puede incorporar este principio indígena como parte integral de los sistemas de juzgados tribales a fin de que la soberanía deje de ser privilegiada por encima de los aspectos de género, lográndose así que estos intereses sean tomados en cuenta y que sean atendidos. La soberanía no puede ser entendida como el derecho de los hombres nativos a controlar la vida de las mujeres. No puede significar únicamente separación e independencia. Debe también incluir respeto, interdependencia, responsabilidad, diálogo y compromiso frente a los derechos y reclamos de las mujeres. Al aplicar este concepto indígena, la raza y la nación tribal dejarán de ser privilegiados con relación a los temas de género. Los derechos de género de las mujeres deberán ser respetados y tomados en serio. [Foto]
Tanto Andrea Smith como Luana Ross argumentan a favor de reelaborar los marcos nativos de nacionalismo y soberanía con el fin de erradicar la violencia que se ejerce en contra de las mujeres. Cuestionan así la forma en que el nacionalismo y la soberanía, basados en ideas de dominación, contribuyen a la xenofobia, el faccionalismo y la violencia, como sucedió en los acontecimientos en Bosnia (A. Smith, 2002; Calhoun, 1994; Scheff, 1994). Por lo tanto, ellas están comprometidas con apoyar la lucha de las naciones tribales contra la influencia colonialista de Estados Unidos.
El activismo de estas autoras se asemeja al de feministas chicanas como Elisa Laura Pérez, quien a la vez cuestionaba el sexismo dentro del nacionalismo chicano y trabajaba en un movimiento chicano opuesto directamente a la ideología estadounidense que privilegia las normas culturales y políticas anglo–americanas (Pérez, 1999). Así, las mujeres indígenas, al igual que las chicanas, se suelen comprometer con el trabajo de base dentro de los movimientos nacionalistas nativos a favor de la libertad de ambos, mujeres y hombres.
FEMINISMOS NATIVOS
Analizar lo que ocurre en los congresos anuales de "El color de la violencia" no sólo ayuda a replantear el nacionalismo tribal y la soberanía, sino también el feminismo desde una perspectiva de mujeres nativas. Las lecciones de los congresos, por ejemplo, pueden potencialmente empoderar a las mujeres nativas, y reivindicar el concepto de "feminismo nativo" puede ser parte de este despertar. Los feminismos nativos pueden estar basados en el activismo de las mujeres nativas en contra de una variedad de experiencias en temas que nos interesan, como el sexismo. De manera semejante, las mujeres de color, en general, enfrentan a sus comunidades étnicas para que tomen conciencia del sexismo. Cherrie Moraga, por ejemplo, discute el significado de hogar y comunidad. Nos cuenta que su feminismo la obligó a dejar su hogar. Huyó de su madre porque le decía que los hombres debían tener el control sobre las mujeres y que si ella no aceptaba que los hombres iban primero, entonces sería una traidora a su raza. También nos cuenta que se opuso a los argumentos de los nacionalistas chicanos, quienes afirmaban que traicionaría a su raza si cuestionaba o criticaba las relaciones de género inequitativas (Moraga, 1993). Es así como otras feministas de color, mujeres indígenas que alzan la voz, pueden influir en nuestros debates sobre los feminismos nativos (Hill–Collins, 1995; Hooks, 1995). Alzar la voz tiene el potencial de desarticular estereotipos negativos y otorgarnos la posibilidad de ser vistas como seres humanos completos con agencia social y con valor (Arredondo et al., 2003).
En efecto, como mujeres nativas debemos decidir por nosotras mismas cuáles términos son los adecuados para describir nuestra lucha contra el sexismo y a favor de nuestra emancipación, así como subrayar la naturaleza debatible del término "feminismo". Algunas indígenas, por ejemplo, eligen no usar la palabra "feminismo" porque no tiene traducción a su lengua vernácula (Tohe, 2000). Pero al mismo tiempo, el estudio realizado por Smith sobre las formas de organización de las mujeres nativas muestra que el feminismo sí es importante para muchas de ellas (A. Smith, 2002). Algunas aseguran que la reticencia de las indígenas a reconocerse como feministas no sólo es resultado de diferencias teóricas o filosóficas con las feministas blancas, sino que demuestra la falta de voluntad de abocarse a y confrontar el sexismo y la discriminación de género (A. Smith, 2002). De hecho, elegí el término "feminismo nativo" con el fin de luchar en contra de la misoginia y la opresión de género. En mi caso, el término me ha empoderado para confrontar la omnipresente realidad de la violencia contra las mujeres indígenas y elegir escribir sobre este importante tema. Hacer mío el término también me ha empoderado para enseñar, en el contexto escolar, sobre sexismo en las comunidades nativo–americanas. Me ha fortalecido para denunciar la discriminación de género en mi vida cotidiana. También me ha motivado a imaginar un mundo donde el sexismo deje de causar daño a hombres y mujeres. Visto en su conjunto, el feminismo ha sido un tema fuertemente debatido en las comunidades indígenas y en la academia, como lo demuestran tanto los artículos de Jaimes y Halsey (1992) como el de Trask (1996). Con frecuencia, este candente debate se centra en la idea de que el "feminismo blanco" puede ser reducido al feminismo en general, como hemos visto. Otro argumento en contra de que las mujeres nativas adopten el término "feminista nativa" es el supuesto de que ningún término puede englobar la complejidad y diversidad de las experiencias de las mujeres nativas (Mihesuah, 2003). Pero precisamente por esta diversidad, considero necesario articular muchos feminismos nativos en vez de un solo feminismo.
Si partimos de que las mujeres indígenas constituyen un grupo diverso, es importante basar cualquier teoría sobre el feminismo nativo en la forma en que las mujeres indígenas se imaginan a sí mismas en el mundo. Las mujeres nativas no sólo provienen de contextos tribales diversos, sino también de diferentes relaciones con sus respectivos Estados–nación. En Estados Unidos, por ejemplo, algunas pertenecen a tribus reconocidas por el gobierno federal y otras a tribus que luchan por el reconocimiento. Unas viven en reservaciones (Estados Unidos), otras en reservas (Canadá), otras en pueblos (México), y muchas otras residen lejos de sus comunidades de origen, en zonas rurales o urbanas. Estas experiencias de vida tan distintas influyen en cómo las mujeres indígenas percibimos el mundo y damos prioridad a nuestras necesidades. De hecho, la forma en que nos identificamos varía según la tribu, la geografía y el país de origen. En Canadá, las indígenas se autodenominan "primeras naciones" o "aborígenes", mientras que en Estados Unidos nos identificamos como "nativo–americanas" o "indias americanas". En México, las mujeres nativas suelen reconocerse como "indígenas". Muchas otras mujeres se rehúsan a identificarse con dichos nombres y prefieren usar el nombre de sus propios pueblos. Yo utilizo el término "nativo" en el concepto de "feminismo nativo" para poder enfocar nuestras experiencias comunes a lo largo del continente. Pero independientemente de que usemos "primeras naciones", "indígena", "nativa", el nombre de nuestra tribu o cualquier otro, entender la heterogeneidad es fundamental para comprender nuestra experiencia global como mujeres indígenas.
De hecho, los feminismos nativos son muy diferentes del feminismo blanco. Según Andrea Smith (2002), las mujeres nativas consideran que los derechos tribales, la soberanía y el colonialismo forman parte de los temas del feminismo. Afirma, por ejemplo, que si colocamos a las mujeres nativas en el centro de la historia feminista, deberíamos iniciar ésta en 1492, cuando las indígenas comenzaron a luchar en contra del colonialismo, y que esto significa que la lucha contra el colonialismo es el eje de la historia de los feminismos nativos. El movimiento feminista, por el contrario, sostiene Smith, suele dividir su historia en primera, segunda y tercera oleadas. La primera oleada incorpora el sufragio femenino del siglo XIX; la segunda, la lucha por el derecho al aborto, la creación de la Organización Nacional de Mujeres y la lucha por la enmienda por igualdad de derechos. La tercera oleada es la constituida por la lucha de las mujeres de color, a fines del siglo XX, para cambiar el feminismo de modo que incluya sus experiencias (A. Smith, 2002). Como resultado, Smith plantea que la historia del feminismo blanco margina a las mujeres de color al colocar la historia y la experiencia blanca en el centro. De la misma forma, las mujeres indígenas debemos colocar nuestros temas, luchas y experiencias respecto a las formas de opresión racial, sexual, de género, de clase y otras en el centro de nuestro análisis a fin de crear un pensamiento y una práctica nativo–feminista coherente. Asimismo, el desarrollo de feminismos nativos debe estar ligado con la descolonización de las naciones indígenas, lo cual implica incorporar la memoria y la discusión sobre los sistemas de género igualitarios precoloniales. También debe incluir la forma en que ambos, las mujeres y los hombres indígenas, experimentan la opresión de género, sexual o cualquier otra.
¿FEMINISMOS NATIVOS Y NACIONALISMO?
En síntesis, el activismo de las indígenas que forman parte del congreso "El color de la violencia" nos invita a combinar género y nación para desarrollar una sensibilidad nativo–feminista nacionalista. Andrea Smith (2005), por ejemplo, discute la forma en que la soberanía tribal debe ligarse al tema nativo–feminista de la violencia que se ejerce contra las mujeres indígenas. Como feministas nativas, Luana Ross y Andrea Smith no sólo defienden una identidad separada de la de las feministas blancas, sino que recuperan los marcos indígenas de relaciones de género respetuosas y no sexistas para desarrollar un nacionalismo nativo incluyente, encaminado a descolonizar las naciones nativas. De esta forma, a fin de combinar los feminismos nativos con el nacionalismo, las mujeres indígenas deben depender de experiencias concretas y valores filosóficos nativos. Además, necesitan imaginar un nacionalismo indígena que simultáneamente confronte el racismo y el sexismo. De hecho, la conciencia nativo–feminista no sólo no es divisionista, sino que tiene el potencial para ayudar a los hombres y las mujeres indígenas a entender las causas subyacentes de muchos de los problemas que afectan a nuestras comunidades, como el alto nivel de desempleo masculino y los altos índices de mujeres y hombres indígenas encarcelados (Ross, 1995). Estos males sociales pueden ser atribuidos a la vigencia del sexismo en nuestras sociedades. Asimismo, la conciencia nativo–feminista puede alentar a ambos sexos a deshacerse de las nociones predominantes de masculinidad y feminidad, al construir un sentido más fuerte de bienestar y, al mismo tiempo, fortalecer los lazos interpersonales erosionados por las nociones sexistas de cómo deben ser las relaciones de género. Más aún, una conciencia nativo–feminista podría contribuir a que ambos géneros se replanteen las acepciones dominantes de conceptos como nacionalismo, soberanía, masculinidad (que refieren al poder y el control) y feminidad (que refiere a la pasividad), que favorecen la violencia contra las mujeres indígenas. [Foto]
Por ejemplo, a fin de estimular la conciencia feminista, los miembros de las comunidades nativas podrían montar exposiciones que muestren la forma en que el colonialismo ha modificado los roles de las mujeres indígenas y cómo antes prevalecían en muchas tribus las relaciones de género igualitarias (Allen, 1986). Hombres y mujeres deben participar en la organización de estas exposiciones para que todos tomen conciencia de las diversas fuerzas coloniales que han fomentado el sexismo y la misoginia. En 1996 se montó una exhibición de este tipo en San José California (Ramírez, 2004a), en la cual se discutió el papel del colonialismo como causa primaria de la violencia generalizada contra las mujeres nativo–americanas y se expusieron también las normas tradicionales cherokee30. Desplegar las formas en que el colonialismo ha sido la causa de gran parte de la violencia dentro de las comunidades indígenas debe tomar el lugar central en los temas que abordan las feministas nativas.
Por: Renya Ramírez
articulo completo: http://www.scielo.org.mx/
16 de diciembre de 2016
“Femicidios íntimos”.
Uno de los hallazgos más fuertes de la investigación “Análisis de la mortalidad por causas externas y su relación con la violencia contra las mujeres” –efectuada, bajo mi dirección, por requerimiento del Ministerio de Salud de la Nación– fue la tensión entre suicidios y homicidios. Los informes internacionales establecen una relación estadística entre suicidios y homicidios, donde la tendencia en la mayoría de los países es que los suicidios superen a los homicidios. En nuestro país la relación es de 2,2, es decir que eventualmente se presentarán en la población general el doble de suicidios que de homicidios. Pero nuestra investigación observó que, en algunas provincias, esta relación con respecto a mujeres puede variar sustancialmente. Llama la atención que en Salta y Jujuy se presentaron casi cuatro veces más suicidios que homicidios; en Catamarca y La Pampa se registraron seis veces más suicidios que homicidios. Esto, sumado a los métodos utilizados en esos supuestos suicidios, genera una fuerte sospecha.
Según la literatura internacional, los varones utilizan para suicidarse, en primer lugar armas de fuego y en segundo lugar el ahorcamiento. Las mujeres recurren con mayor frecuencia al envenenamiento con plaguicidas, las sobredosis de psicofármacos, arrojarse al vacío, tirarse al paso del tren. Es muy raro que recurran al ahorcamiento, arma de fuego o arma blanca. Sin embargo, precisamente en las provincias que superan ampliamente la relación estadística suicidios-homicidios, los suicidios por ahorcamiento, estrangulamiento, sofocación en vivienda y por disparo de arma de fuego dan los porcentajes más altos. Al mismo tiempo, en esas provincias son casi inexistentes los homicidios a mujeres por ahorcamiento, sofocación o estrangulamiento y por armas de fuego.
Casi en todas las provincias se reitera el hecho de que la mayoría de las mujeres se suicidan por “lesión autoinfligida intencionalmente por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación en vivienda” y en segundo lugar por disparo de arma de fuego. ¿Cómo puede ser que las dos modalidades más comunes de suicidios de mujeres en la Argentina no responden a los patrones internacionales? ¿Es que hay una modalidad específica de suicidios de mujeres en la Argentina? ¿O podríamos estar en presencia de homicidios encubiertos? Puede conjeturarse que, en un número significativo de tales casos, se trataría de femicidios encubiertos.
Para estas situaciones, como para toda muerte de mujer donde se sospeche femicidio, sería de suma utilidad diseñar y operacionalizar autopsias psicológicas específicas: indagar si, a la vista de familiares cercanos, amistades, vecinos, esa mujer había sufrido antes de su muerte algún vínculo sentimental posesivo, abusivo, violento, maltratos, aislamiento de seres queridos u otras formas de violencia de género que pudieran haber antecedido al desenlace fatal.
Para que semejante encubrimiento sea posible, han sido menester complicidades explícitas o implícitas, deliberadas o naturalizadas, extremas negligencias burocráticas y/o llanos delitos. Hay que distinguir tres modalidades de encubrimiento diferentes, que a su vez pueden combinarse.
1) Participación deliberada de agentes de organismos oficiales. Cuando existe mucha celeridad en la resolución de casos dudosos puede sospecharse que lo que se presenta como suicidio sea en realidad un homicidio, más aún cuando aparece la premura de incinerar el cadáver. Para transformar un homicidio en un suicidio, se debe contar con un médico que firme el certificado de defunción, personal policial que sepa alterar la escena del crimen, fiscales y jueces que no investiguen debidamente, medios de comunicación que instalen de entrada la idea de suicidio o accidente, etcétera. Es una acción más factible para varones con poder, relaciones y recursos económicos. La misma asimetría patriarcal que determina la violencia permite mover los hilos necesarios para encubrirla.
2) El peso de lo patriarcal. El patriarcado confiere distintas modalidades de poder y legitimidad a los varones en general, aunque no pertenezcan al poder social o económico. a través de la acción de significaciones imaginarias sociales instituidas. Si el marido mata a su mujer y luego llama a la policía, llorando, “mi mujer se suicidó”, muchas veces a nadie se le ocurre ir más allá. No se investiga si esa muerte estuvo antecedida de violencia de género. Se ignora, se prefiere ignorar algo que los estudios sobre violencia de género señalan sistemáticamente: para las mujeres el hogar es más inseguro que la calle.
3) Inducción al suicidio. Está demostrado que la violencia de género sostenida en el tiempo puede generar abatimientos existenciales o depresiones significativas. A esa persona que se siente muy mal, cuyo psiquismo ha sido progresivamente arrasado, que no encuentra salida a su situación, pueden creársele condiciones favorables a que se quite la vida. No se trata aquí del encubrimiento de un homicidio, sino de que se la “ayudó un poco”. Se trata de algo aún muy poco estudiado: los suicidios inducidos de mujeres y su relación con la violencia de género. Particularmente en suicidios de chicas adolescentes, cuando se los investiga es frecuente encontrar situaciones de abuso sexual, generalmente incestuoso por parte de padre, hermanos, tíos, abuelos. Producido el suicidio, la familia trata de tapar todo con celeridad; quizá no de modo consciente, intuyen al mismo tiempo que desmienten que un ataque incestuoso ha operado como disparador de la decisión de la joven. Serás mía”
En términos forenses, la sospecha de que la muerte violenta de una mujer sea producto de violencia de género se instala ante las siguientes circunstancias: si el método elegido para “suicidarse” no es típico de mujeres; si la muerte no está antecedida por previos intentos de suicidio; si la mujer estuvo embarazada en el último año. La referencia al embarazo responde a que muchos golpeadores incrementan la violencia con el estado de embarazo. Frecuentemente, en los relatos de mujeres golpeadas, se expresa que los primeros golpes o palizas se produjeron en el primer embarazo; muchas veces se trata de golpes en la panza.
Con respecto al último punto, los forenses advierten que generalmente un suicidio de mujer está antecedido de “ensayos” previos. Estos ensayos no son meras manifestaciones histéricas “para llamar la atención”, y pueden servir como importante elemento de diferenciación entre homicidio y suicidio. Entonces, si esa mujer se mató en el primer intento, con una metodología no habitual en mujeres y estuvo embarazada en el último año, es altamente probable que estemos frente a un femicidio. Lamentablemente esta presunción no está suficientemente instalada en los medios policiales y judiciales. Además, ya la OMS en su informe mundial sobre violencia y salud, estableció que la presencia de un arma de fuego en la vivienda aumenta el riesgo de homicidio de mujeres por personas en vínculo con la víctima: en una casa donde el varón tiene un arma, la muerte de la mujer en domicilio con arma de fuego debe sugerir la posibilidad de violencia de género, a ser investigada.
Un vínculo violento entre dos personas suele presuponer un ejercicio de poder, de dominación, de un sujeto que se cree superior y que, básicamente, se atribuye más derechos, sobre alguien a quien considera no merecedor de esos mismos derechos. Para que los femicidios ocurran, es necesario que una sociedad haya inferiorizado y desigualado al conjunto de mujeres. La violencia contra las mujeres se despliega como un continuum de terror, a lo largo de violentamientos crecientes. Puede manifestarse de diferentes formas como el insulto, la subestimación, el golpe, la violación, y el femicidio como desenlace. Este derrotero produce y reproduce un sistema de actitudes, ideas, valores, prácticas, roles y posicionamientos construidos socialmente, diferenciados según el género, que derivan en la dominación, sumisión y desigualdad entre mujeres y varones.
Estos imaginarios sociales actúan en los varones y las mujeres involucrados, pero también en las instituciones actuantes frente a los delitos, y en el sentido común de los agentes de seguridad y Justicia y de los comunicadores sociales. Operan de tal modo que hacen factibles, no sólo los delitos de violencia de género, sino también su impunidad y, en consecuencia, su reproducción e incremento.
En los dichos de femicidas confesos, las razones esgrimidas para matar refieren a supuestas infidelidades, a que ella pretendía dejarlo, a que él se sentía humillado por su trato despectivo, a que ella no lo obedecía, a que lo rechazaba sexualmente, a que no lo atendía en forma adecuada. Pero tal vez la frase que mejor expresa la situación es: “O serás mía, o no serás de nadie”. Las matan porque son “sus” mujeres, son de su propiedad.
Como expresa Jane Caputi (“Advertising Femicide: Lethal Violence against Women in Pornography and Gorenography”, en Femicide: the Politics of Woman Killing, de Diana Russell y Jill Radford), el femicidio “no es ningún fenómeno inexplicable. Es una expresión extrema de la fuerza patriarcal. Esta –como esa otra forma de violencia sexual, la violación– es una expresión social de la política sexual, una institucionalización y una promulgación ritual de la dominación masculina y una forma de terror que funciona para mantener el poder del orden patriarcal”. El hecho de que gran parte de las mujeres asesinadas sean jóvenes, con proyectos laborales propios y con posibilidades de llevarlos a cabo, se podría relacionar con un aspecto que señalan Russell y Radford: “Cuando la supremacía masculina es desafiada, el terrorismo se intensifica”. El otro aspecto es la potencialidad reproductiva propiamente dicha, y ahí surge la pregunta acerca de por qué tantos embarazos generan violencia masculina. Se puede argumentar que la presencia de un hijo desafía la posesividad de estos varones, ya que el bebé hará que esta mujer invista amorosamente y cuide a alguien que, aunque sea también su propio hijo o hija, desvía a “su” mujer de amarlo y cuidarlo sólo a él; se establecerá todo un mundo entre ella y sus hijos que él no podrá ni controlar ni dominar.
Que un femicida se autorice a sí mismo a matar a “su” mujer puede llenarnos de horror. Pero cuando vemos la cantidad de femicidas que en la Argentina quedan libres por falta de pruebas o que reciben condenas mínimas porque el juez considera que actuó bajo emoción violenta, aun cuando todas las pruebas pongan a la vista la premeditación, debemos considerar que estamos frente a una amplísima trama de complicidades de distintos organismos del Estado con las expresiones más feroces del patriarcado. www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-273633-2015-05-29.html Por Ana María Fernández *
2 de diciembre de 2016
Las mujeres sienten el cambio climático en carne propia.
El vínculo entre mujeres y cambio climático es un asunto transversal que merece mayor reconocimiento, pues es omnipresente y afecta a distintos ámbitos, desde la salud y la agricultura hasta el saneamiento y la educación.
En los países en desarrollo, las mujeres son testigos del nexo entre el recalentamiento planetario y las cuestiones de género en carne propia. A menudo, su supervivencia depende mucho de la tierra y de los recursos hídricos, lo que las deja en situación vulnerable.
El cambio climático no es solo un asunto ambiental, sino de justicia social, igualdad y derechos humanos, todos asuntos vinculados con cuestiones de género.
El cambio climático no es solo un asunto ambiental, sino de justicia social, igualdad y derechos humanos, todos asuntos vinculados a cuestiones de género.
La perspectiva femenina debió integrarse totalmente al Acuerdo de París, surgido de la COP21, en especial el empoderamiento de las mujeres, además de prever una respuesta y otras cuestiones de género como la vulnerabilidad de las mujeres rurales.
La COP21 (21 Conferencia de las Partes) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, tuvo lugar del 30 de noviembre al 12 de este mes en la capital francesa.
En las etapas de preparación del borrador, las cuestiones de género se trataron como un elemento accesorio que podía retirarse y casi todas las partes las ignoraron y se equivocaron.
Asia, el Caribe y África son tres de las regiones más vulnerables a la variabilidad climática y, si bien son responsables de una pequeña parte del recalentamiento planetario, las mujeres soportan la peor parte de sus severas consecuencias.
Millones de personas en Asia son extremadamente vulnerables al fenómeno, en especial las mujeres, debido a los roles tradicionales de género. En muchas áreas rurales, su movilidad es muy limitada, pues no se ve con buenos ojos que trabajen fuera del hogar.
Mientras los hombres de las regiones afectadas por la variabilidad climática suelen emigrar a las ciudades o a otras regiones menos vulnerables en busca de trabajo, las mujeres se quedan a cuidar del hogar y de los hijos comunes. Esa reclusión se traduce en dependencia económica y falta de acceso a la información, como alertas tempranas, lo que contribuye a su enorme vulnerabilidad.
En ese continente, las mujeres suelen encargarse de actividades más sensibles al clima, como recolectar agua y preparar la comida, lo que eleva su vulnerabilidad.
Investigaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) han concluido que las mujeres y las niñas son las encargadas de ir a buscar agua, para lo que tienen que recorrer largas distancias.
Con la creciente frecuencia e intensidad de las inundaciones, es común que las mujeres tengan que atravesar habitualmente terrenos anegados para buscar el agua y preparar los alimentos, lo que las expone a riesgos, desde ahogarse, pasando por mordeduras de serpientes, hasta enfermedades cutáneas.
En la otra mitad del mundo, las mujeres soportan situaciones similares. En el Caribe, muchos hogares son principalmente matriarcales, y ellas son las que más necesidades tienen de medidas de adaptación y mitigación del recalentamiento planetario.
También son responsables de las tareas del cuidado de las personas del hogar y sufren el impacto de la inseguridad alimentaria y la escasez de agua. Las mujeres rurales son particularmente vulnerables, en especial las pequeñas productoras, las agricultoras marginadas y las trabajadoras rurales.
Ya sea que la escasez de agua y de alimentos se deba al aumento del número y de la intensidad de los huracanes o de la sequía, las posibilidades de llevar adelante una vida decente no son altas ni mejoran. Comprender esa situación es importante para el buen diseño y la ejecución de estrategias de adaptación.
“La agricultura necesitaba mayor visibilidad en las negociaciones”, observó la presidenta de la Red de Productoras Rurales de Jamaica, Mildred Crawford.
“Las mujeres juegan un papel en la cadena alimentaria y necesitan fondos para asistir a los pequeños agricultores a fin de mitigar y adaptarse al cambio climático. Los grupos de mujeres ya están organizados, así que los incentivos les pueden servir para controlar el desperdicio de carbón en sus comunidades”, añadió.
Según Mary Robinson, ex primera ministra de Irlanda, quien también se desempeñó como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el borrador del Acuerdo de París debía concentrarse en cuestiones de género para garantizar a las mujeres el acceso a fondos para el clima, tecnologías renovables y capacidad de adaptación.
De hecho, las campañas climáticas no deben concentrarse solo en la reducción de emisiones, comercio de carbono y transferencia de tecnología, sino que deben tratar de ir más allá.
Además, deben tener en cuenta que la mayor parte de los agricultores en los países en desarrollo son mujeres y, la adaptación las involucra especialmente. Los asuntos de género son transversales, no se usan por conveniencia.
Kalyani Raj, integrante responsable de la Conferencia de Mujeres Todo India, arguyó que es crucial dar voz a la población femenina más vulnerables e incluirla en la planificación de políticas.
“Muchas mujeres desarrollaron enfoques de adaptación a muy pequeña escala, conocimientos tradicionales y soluciones de las comunidades indígenas que no se amplifican”, explicó. “Las políticas deben concentrarse en ampliar eso, en vez de proponer medidas uniformes para adaptarse al cambio climático”, añadió.
En África, el impacto del cambio climático sobre las cuestiones de género se relaciona principalmente con la agricultura, la seguridad alimentaria y los desastres naturales.
Según el Informe Económico de 2011 del Banco de Desarrollo Africano (BDA), las mujeres representan 40 por ciento o más de los trabajadores del sector agrícola en 46 de los 53 países del continente. Ese sector de la economía se considera vulnerable porque generalmente no incluye empleos formales con contratos e ingresos seguros.
“Los pobres son especialmente vulnerables a los efectos del cambio climático, y la mayoría de las 1.500 millones de personas que viven con un dólar al día o menos son mujeres”, señala el Estado de la Población Mundial de 2009, elaborado por el Fondo de Población de las Naciones Unidas.
Además, en una muestra de 141 países se concluyó que, entre 1981 y 2002, el sesgo de género en las personas fallecidas por desastres naturales están directamente vinculadas a los derechos económicos y sociales de las mujeres. En esos casos, en las sociedades menos equitativas, mueren más mujeres que hombres.
El reclamo de las mujeres rurales es una realidad que debemos afrontar. Sin embargo, debemos reconocer que no son solo víctimas, son poderosos agentes de cambio.
La población femenina debe estar incluida en los procesos de decisión para que pueda contribuir con su experiencia y conocimientos únicos, pues toda intervención vinculada al cambio climático que excluya su perspectiva, así como cualquier política que omita las cuestiones de género, está destinada al fracaso.
Por Sohara Mehroze Shachi, Domoina Ratovozanany, y Dizzanne Billy
http://www.ipsnoticias.net/2015/12/las-mujeres-sienten-el-cambio-climatico-en-carne-propia/
30 de noviembre de 2016
El mobbing, también conocido como acoso laboral o acoso moral, es la acción de un acosador o acosadores sobre una víctima, con el fin de producirle miedo hacia su lugar de trabajo. Las victima reciben una violencia injustificada de tipo psicológico, manifestada a través de actos hostiles (insultos, rumores, vacio…). Estas acciones pueden prolongarse durante meses o incluso años y, en los casos más graves, se puede llegar a la violencia física o sexual.
Para definir el acoso laboral, podríamos decir que es toda conducta abusiva realizada de forma consciente, repetitiva y premeditada y que atenta contra la dignidad y la integridad física o psicológica de la persona afectada, con el objeto de conseguir que abandone el puesto de trabajo o de empeorar su clima laboral.
El objetivo final del mobbing suele ser conseguir el abandono del puesto de trabajo por parte de la víctima, ya que la consideran una amenaza para sus intereses personales. Este acoso puede llegar tanto de los superiores (para conseguir eliminarla de la empresa sin coste económico) como de los propios compañeros de trabajo (por la necesidad de control y destrucción de un individuo con tendencias psicopáticas).
El mobbing suele utilizar técnicas de “tortura” muy sutiles. El acoso es clandestino y no suele haber testigos que se pongan de parte de la víctima y estén dispuestos a testificar sobre lo que está sucediendo. Este tipo de violencia no deja huella, tan solo puede percibirse el progresivo deterioro físico y psicológico de la víctima. Por ello, hay ocasiones en los que la propia víctima se encuentra indefensa pensando que nadie va a creerle o que la gente creerá que ha hecho algo para merecer ese trato. Hay muchos casos en los que la víctima sufre este acoso sin saberlo, pensando que es una parte de su trabajo que debe soportar.
Por ello, es importante que la persona tome conciencia de que lo que le están haciendo no es correcto y que no se culpabilice. Para poder denunciarlo deberá además conseguir datos reales y objetivos de lo que está sucediendo (testigos, grabaciones, escritos…) que puedan probar, sin ninguna duda, que no se trata de algo surgido de su imaginación.
La sociedad se está sensibilizando ante este problema, que ha sido calificado como “la plaga laboral del siglo XXI”. Esto está haciendo que las empresas tomen medidas para prevenir, detectar y cortar de raíz estas situaciones.
Diagnóstico del mobbing: Situaciones que sí son mobbing y situaciones que no lo son
En su significado original, el termino mobbing se utilizaba para explicar el comportamiento animal en el que varios miembros débiles de una misma especie atacaban a un miembro más fuerte. En la actualidad se utiliza para describir la situación en la que un individuo es sometido a presión psicológica por uno o más miembros del grupo, con la complicidad o silencio del resto. Los expertos opinan que el este tipo de acoso es una de las experiencias más devastadoras que puede sufrir un ser humano en una situación social “normal”.
Para que una situación de acoso pueda ser considerada como mobbing se requiere que sea una conducta consciente, que tenga como objetivo disminuir la estima o las capacidades de la persona en su puesto de trabajo para poder eliminarla del grupo y que se mantenga en el tiempo (al menos seis meses) con una frecuencia de acoso al menos semanal.
Para aclarar aún más el concepto explicaremos a continuación que situaciones pueden calificarse como mobbing y cuáles no:
Sí es mobbing:
Los siguientes comportamientos deben estar dirigidos exclusivamente a la persona afectada para que pueda hablarse de mobbing.
Ataques a la víctima con medidas organizacionales: Rechazo a reconocer su valía, trato inferior a los demás, sobrecarga de trabajo o, por el contrario, asignarle tareas de poca valía o dejarle sin trabajo, robar su trabajo, negarle la formación necesaria para realizar su trabajo, cambiar continuamente sus objetivos, ser objeto de procedimientos disciplinarios por causas insignificantes o inventadas…
Ataques a la víctima mediante aislamiento social: Ser separado o marginado de sus compañeros, ser humillado o criticado, distorsionar sus palabras o conductas…
Ataques a la vida privada: Negarle permisos o vacaciones, recibir burlas sobre su vida privada…
Situaciones muy graves: Violencia física ya sea sobre objetos (tirar cosas, dar portazos…) o sobre la propia víctima.
No es mobbing:
El rechazo social por el que una persona es ignorada pero no perseguida.
El stress generado por trabajar bajo presión o en ambientes muy competitivos.
Mantener conflictos con compañeros.
Padecer un jefe con personalidad complicada (autoritario, exigente, perfeccionista…)
Situaciones conflictivas laborales por diferencia de intereses.
Conflictos interpersonales puntuales entre dos individuos del mismo poder.
Conflictos laborales en los que esté afectado un grupo de trabajadores.
Consecuencias del mobbing
El acoso laboral es un problema grave, que no solo afecta a las víctimas directas. Sus consecuencias negativas se extienden a su familia y amigos, sus compañeros de trabajo, la empresa e incluso a todo el conjunto de la sociedad, ya que genera unos altos costes asistenciales. En los artículos de esta sección trataremos de exponer todas las consecuencias negativas de este problema:
Consecuencias psicológicas:
El mobbing puede ocasionar en la victima un trastorno de estrés postraumático, que se caracteriza por la somatización del trastorno, los problemas emocionales, la depresión y la ansiedad.
Depresión: El acoso laboral provoca pérdida de autoestima, bajo autoconcepto, sentimientos de culpa… Si se prolonga en el tiempo, puede desencadenar un cuadro depresivo grave.
Ansiedad: Las victimas de mobbing pueden desarrollar un trastorno de ansiedad generalizado, caracterizado por el miedo y las conductas de evitación, que pueden, en los casos más graves, conducirles al suicidio.
Consecuencias físicas:
El acoso continuo y sistemático provoca graves problemas a nivel físico (trastornos gastrointestinales, trastornos del sueño, desajustes del sistema nervioso autónomo…)
Consecuencias familiares:
El acoso laboral puede provocar problemas en la relación de pareja y repercutir negativamente en el desarrollo psicológico de los hijos.
Consecuencias sociales:
Las personas que han sufrido mobbing pueden desarrollar conductas inadaptadas desde el punto de vista social, que pueden ir del aislamiento a la agresividad.
Consecuencias laborales:
Además de perder o tener que abandonar el puesto de trabajo por causa del acoso laboral, muchas víctimas de mobbing encuentran serias dificultades para volver a integrarse en un puesto de trabajo.
Consecuencias para la empresa:
La propia empresa puede sufrir muchas pérdidas por las situaciones de acoso (pérdida de rentabilidad, mal clima laboral, deterioro de su imagen pública…)
http://www.elmobbing.com/
28 de noviembre de 2016
Sube violencia contra mujer negra en Brasil, pese a mejores leyes
Cuatro meses en el hospital y varias cirugías le salvaron la vida a la brasileña Maria da Penha Fernandes, pero los daños del disparo de escopeta dejaron parapléjica a los 37 años. Cuando volvió al hogar, el marido intentó electrocutarla en el baño.
No había dudas, el autor del primer atentado, el tiro por la espalda mientras dormía una noche de mayo de 1983, había sido también el esposo, que había buscado exculparse atribuyéndolo a unos asaltantes.
Ella dejó la casa protegida por un dictamen judicial que le aseguraba la guardia de las tres hijas que tuvo con el agresor e inició, desde su silla de ruedas, una batalla de 19 años en la justicia para que el homicidio frustrado no quedase impune.
“La Ley Maria da Penha establece que primero hay que hacer la denuncia ante la policía para llegar a los órganos judiciales y se sabe que la policía no protege la mujer negra...El obstáculo es el racismo, sin reconocerlo las políticas públicas no serán adecuadas a las necesidades de la mujer negra. Hay que enfrentar el racismo, preparar los funcionarios, sean policiales o gestores, a atendernos como seres humanos": Jurema Werneck.
Luego de dos condenas en tribunales brasileños que los abogados del reo lograron anular, en los años 90, ella recurrió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que emitió en 2001 un fallo acusando el Estado brasileño de omisión y recomendando un juicio definitivo y medidas para eliminar violencias contra la mujer.
Finalmente en 2002 el homicida en grado de frustración fue condenado a 10 años de cárcel, pero logró la libertad luego de cumplir solo dos años.
El principal triunfo de Da Penha, una biofarmacéutica de Fortaleza, capital del estado de Ceará, en el Nordeste de Brasil, fue inspirar una ley que lleva su nombre, aprobada por el legislativo Congreso Nacional en 2006, contra la violencia de género y que castiga ejemplarmente a los agresores de mujeres.
Estas agresiones, sin embargo, siguieron aumentando en las estadísticas brasileñas, aunque en ritmo menor.
De 1980 a 2006 el número de mujeres asesinadas creció 7,6 por ciento al año, mientras de 2006 a 2013 ese índice bajó a 2,6 por ciento, según el Mapa de la Violencia, elaborado por Julio Jacobo Waiselfisz, coordinador de estudios sobre ese tema en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) en Brasil.
La Ley Maria da Penha, las comisarías de mujeres y otros instrumentos “sí son eficaces contra la violencia, pero sus recursos son insuficientes”, evaluó a IPS la secretaria ejecutiva de la Red Nacional Feminista de Salud Derechos Sexuales y Reproductivos, Clair Castilhos Coelho.
Pero hay una realidad importante en este país latinoamericano de 205 millones de habitantes: los resultados dispares según el color de la piel.
“Para las mujeres negras la situación se agravó”, lamentó a IPS la médica Jurema Werneck, una de las coordinadoras de Criola, organización no gubernamental que promueve los derechos de las afrodescendientes.
En 10 años los asesinatos de mujeres negras por razones de género aumentaron 54,2 por ciento, alcanzando 2.875 en 2013, mientras las blancas se beneficiaron de una reducción de 9,8 por ciento, de un total de 1.747 en 2003 a 1.576 en 2013, según los datos recogidos por el Mapa da la Violencia.
“El racismo explica ese contraste. Los mecanismos de combate a la violencia no protegen la vida de todos de manera igual”, señaló Werneck.
“La Ley Maria da Penha establece que primero hay que hacer la denuncia ante la policía para llegar a los órganos judiciales y se sabe que la policía no protege la mujer negra”, explicó.
“El obstáculo es el racismo, sin reconocerlo las políticas públicas no serán adecuadas a las necesidades de la mujer negra. Hay que enfrentar el racismo, preparar los funcionarios, sean policiales o gestores, a atendernos como seres humanos”, acotó.
Una aplicación más adecuada de la Ley Maria da Penha seria llevar las denuncias directamente al Ministerio Público (fiscalía) y a la Defensoría Pública, lo que exige más fiscales y defensores en lugar de policías, como se está haciendo en algunos barrios de la sureña ciudad de São Paulo, abogó Werneck.
Además es necesario combatir el “racismo institucional”, que contamina muchos órganos policiales, por ejemplo, y “una acción junto a la sociedad para valorizar la mujer negra”, siempre marginada en la historia de Brasil, concluyó.
Otra conquista femenina fue la aprobación, en marzo de 2015, de la ley que castiga como “crimen hediondo (repugnante)”, con agravación de las penas, el feminicidio o femicidio, definido como el asesinato de la mujer en razón de su condición sexual.
Brasil se convirtió así en el 16 país latinoamericano en contar con una ley contra el feminicidio, en un país que el Mapa de la Violencia sitúa como el séptimo en un ranking internacional y donde según cifras oficiales divulgadas al refrendarse la norma mueren en promedio unas 15 mujeres cada día por razón de género.
Pero la violencia contra las mujeres, que tiene el 25 de noviembre como el Día Internacional para su eliminación y que da paso a 16 días de activismo contra el flagelo machista, comprende otras formas de agresión que afectan a la población femenina en su vida cotidiana.
En Brasil los homicidios de varones suman cerca de 92 por ciento del un total que se va acercando a 60.000 al año, una cifra que solo tiene cifras similares en situaciones de guerra intensa.
Pero en otras violencias, como agresiones físicas, sicológicas y económicas, violaciones sexuales y abandono, las víctimas femeninas suelen ser mayoría.
En el Sistema Único de Salud fueron atendidas en 2014 un total de 147.691 mujeres que sufrieron algún tipo de violencia, el doble de los hombres. Eso corresponde a 405 mujeres necesitando atención médica cada día, a causas de agresiones.
La última Investigación Nacional de Salud, que realizan el Ministerio de Salud y el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística cada cinco años, reveló que 2,4 millones de mujeres fueron víctimas de agresiones practicadas por alguien que conocen, contra 1,3 millones de varones.
En términos de violaciones sexuales, el Anuario Brasileño de Seguridad Pública, registró 47.646 casos en Brasil, 6,7 por ciento menos que en el año anterior. Pero la reducción, basada en registros, no indica una tendencia porque especialistas creen que dos tercios, o hasta 90 por ciento, de los casos no son denunciados.
“La violencia contra mujeres puede estarse intensificando a causa del nuevo protagonismo de las mujeres antes sumisas en el hogar, sufriendo en silencio. Roto el viejo paradigma, con las mujeres conquistando derechos, trabajando, votando y denunciando, los opresores reaccionan con más agresiones”, sostuvo Castilhos.
Hay también un incremento de las denuncias, producto de las conquistas femeninas, como las leyes Maria da Penha y del Feminicidio, e incluso de reglas que obligan a informar sobre estas violencias, como hechos de salud pública, añadió.
En su opinión, “la mayor violencia contra una mujer en los últimos años en Brasil fue la destitución de la expresidenta Dilma Rousseff (1 enero 2011-31 agosto 2016), sin la justificación de un delito comprobado, por un parlamento donde la mayoría (de sus miembros) es acusada de delitos electorales y de corrupción”.
El clima político generado por el nuevo gobierno, presidido por Michel Temer, el vicepresidente que sustituyó a Rousseff, “abre espacio a más violencia contra mujeres, por su carácter misógino”, sin mujeres al frente de algún ministerio y con propuestas que anulan el empoderamiento anterior de las mujeres, teme Castilhos.
Por Mario Osava
http://www.ipsnoticias.net/2016/11/sube-violencia-contra-mujer-negra-en-brasil-pese-a-mejores-leyes/
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